El sionismo guerrerista gobernante en Israel está, implacablemente, implementando su criminal libreto de expansión imperialista: al cumplirse un año de la masacre que inmisericordemente perpetra en la palestina Franja de Gaza, logró regionalizar la guerra.
La mañana del 7 de octubre de 2023, combatientes del terrorista movimiento políticomilitar palestino Harakat al-Muqawama al-Islamiya -que, en transliteración del árabe, significa Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas)-, incursionaron, brutalmente, en territorio Israeli.
El ataque de Hamas, perpetrado desde la fronteriza Gaza, cobró 1200 vidas e implicó el secuestro de 251 rehenes judíos -incluidas mujeres-, lo mismo israelíes que de otras nacionalidades.
Por la noche, el régimen del guerrerista/corrupto primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, lanzó la inmisericordemente desproporcionada respuesta -con la gastada excusa de la legítima defensa-: la guerra de exterminio con la cual, en Gaza, ha asesinado a más de 40 mil palestinos -la mayoría, niños y mujeres-.
Por si eso fuese poco, ha bombardeado hospitales, escuelas, instalaciones de ayuda humanitaria internacional, ha obstruido el ingreso de esa vital asistencia para la población civil.
En síntesis: desde el 7 de octubre de 2023, el régimen israelí está, flagrantemente, perpetrando genocidio contra la población palestina.
Es una de las brutales etapas en el tenaz cumplimiento del plan supremo sionista: anexar, completamente, el territorio que corresponde al Estado de Palestina -que el expansionismo extremista judío se niega, flagrantemente, a reconocer-, de modo que la totalidad de la región palestina se convierta en el Estado de Israel.
La criminal movida fue formalmente lanzada en 1948, cuando, en arrogante unilateralidad, Israel se declaró independiente.
La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó, el 29 de noviembre de 1947, la Resolución 181, y, por lo tanto, el Plan de Partición de Palestina, iniciativa que, entre otras disposiciones clave, delineó, con precisión, las fronteras correspondientes a los dos Estados que estaba creando: el de Israel y el de Palestina.
La traición judía fue perpetrada apenas seis meses después, cuando el dirigente sionista David Ben-Gurion proclamó, unilateralmente, el 14 de mayo de 1948, en un acto llevado a cabo en la ciudad de Tel Aviv, la independencia de Israel -materializando el Estado judío-, tres días después de lo cual, inauguró el cargo de primer ministro del nuevo país.
Ante la arbitrariedad de la proclamación, y considerando algunos aspectos del plan de partición como negativos para el pueblo palestino, la comunidad árabe internacional rechazó la iniciativa aprobada por Naciones Unidas.
Esto fue la excusa para que Israel -cuyos habitantes iniciales fueron judíos europeos asentados, décadas antes, en Palestina- expulsara, a la mayoría de los palestinos, de sus lugares de origen.
Registros históricos ubican, en el rango de 750 mil a 800 mil -y hasta un millón-, el total de personas violenta y repentinamente convertidas, sin piedad ni justificación, en refugiadas
-unas, en diferentes países, otras, en territorio correspondiente al Estado de Palestina pero bajo ocupación israelí-.
Ese brutal capítulo de la violenta historia de Oriente Medio, se conoce, en árabe, como al-Nakba (la catástrofe) -descrita, por investigadores académicos, como una operación militar de limpieza étnica antipalestina-.
Además de la expulsión, las víctimas sufrieron el robo -o la destrucción- de su patrimonio, mientras que las ciudades, los barrios, la aldeas que ancestralmente habitaron hasta entonces, fueron, en gran proporción, arrasadas.
Las viviendas que no resultaron destruidas, pasaron a ser ilegalmente ocupadas por pobladores israelíes invasores -insultante y engañosamente denominados “colonos”-.
Numerosas familias árabes expulsadas, llevaron consigo, al forzado exilio, las llaves de sus respectivas viviendas, objetos que conservan como símbolo de la esperanza de regreso, de reivindicación de los derechos violados, de justicia colectiva.
En notoriamente marcado contraste, la independencia palestina fue declarada, el 15 de noviembre de 1988, en Argel -la capital de Argelia, país árabe en el sector occidental del costero norte africano-, por Yasser Arafat, entonces el máximo -y emblemático- líder de la guerrillera y política Organización para la Liberación de Palestina (OLP).
O sea que, 41 años después de aprobada la resolución que le daba origen, y 40 años después de la unilateral declaración israelí de independencia, se formalizó, en injusta/flagrante precariedad, el Estado de Palestina.
Sin embargo, y a diferencia de Israel, su territorio -establecido en 1947, por Naciones Unidas, en el Plan de Partición-, fue inmisericorde y violentamente reducido -por parte de Israel-, además de militarmente ocupado en su abrumadora mayoría -por las bestiales Fuerzas de Defensa de Israel (Israel Defense Forces, IDF)-.
El plan expansionista del sionismo implica la asimilación de las dos porciones territoriales del agredido Estado de Palestina: Cisjordania y la Franja de Gaza.
Separadas por territorio israelí, son los sectores, respectivamente, occidental y oriental del estado árabe que el sionismo extremista se niega a reconocer.
Cisjordania -mencionada, asimismo, como la Margen o la Ribera Occidental (West Bank)- limita, en el norte, el oeste, y el sur, con Israel, y en el este, con Jordania -separadas ambas por el Río Jordán y el Mar Muerto-.
Gaza es fronteriza, en el norte y el este, con Israel, y, en el sur, con Egipto, además de que es bordeada, en el oeste, por el Mar Mediterráneo.
Cisjordania, establecida sobre 5,640 kilómetros cuadrados -con algo menos de 3.2 millones de habitantes-, es el área mayor, mientras Gaza cubre 365 kilómetros cuadrados -y su población es de poco más de 2.1 millones, es desplazada, en un noventa por ciento, por la guerra genocida en desarrollo desde el 7 de octubre de 2023-.
Gobernada, desde 2007, por el terrorista Hamas, Gaza es una de la zonas más densamente pobladas, a nivel mundial, y, a causa del inmisericorde bloqueo impuesto, desde ese año, por Israel, la aislada franja presenta algunos de los más críticos índices socioeconómicos.
Ambas extensiones territoriales palestinas están bajo ocupación por parte de las IDF -Gaza, en el contexto de la presente guerra, completamente, y Cisjordania, hace décadas, en aproximadamente 90 por ciento-.
Pero la voracidad imperialista no se detendría en la anexión Cisjordania-Gaza sino que, de lograr ese objetivo, se extendería a la ilegal apropiación de porciones territoriales de países vecinos -para construir la Gran Israel (the Greater Israel)-.
En términos puntuales: el sionismo extremista, en modo de saqueo imperialista fuera de control.
En un artículo de análisis y opinión que socializaron, el 21 de marzo, en Internet, el economista, investigador, y analista político canadiense Michel Chossudovsky, y el docente universitario israelí, defensor de los derechos humanos -sobreviviente del holocausto (genocidio de judíos europeos, de 1941-1945, por el régimen nazi alemán)- Israel Shahak, abordaron, precisamente, el genocidio en Gaza como un componente clave del plan general sionista para la región.

“Benjamin Netanyahu está presionando para formalizar ‘el proyecto colonial de Israel’, específicamente la apropiación de todas las Tierras Palestinas”, señalaron, en el extenso artículo titulado “‘Gran Israel’ entonces y ahora: el plan sionista para el Oriente Medio” (“‘Greater Israel’ Then and Now: The Zionist Plan for the Middle East”).
“Su posición, definida más abajo, consiste en la total apropiación, además de la directa expulsión, del pueblo palestino, de su patria”, plantearon.
A continuación, citaron, textualmente, al corrupto primer ministro israelí: “estas son las líneas básicas del gobierno nacional encabezado por mí: el pueblo judío tiene exclusivo e incuestionable derecho a todas las áreas de la Tierra de Israel” -o sea: Eretz Yisrael, o sea: Gran Israel-.
De acuerdo con la misma cita textual, Netanyahu aseveró, en calidad de flagrante amenaza a ser cumplida, que “el gobierno promoverá y desarrollará asentamientos en todas las partes de la Tierra de Israel -Galilea, el Neguev, el Golán, Judea, y Samaria-”.
Lo que quiere decir la toma de algunas áreas de los territorios, respectivamente, de Arabia Saudita, Egipto, Irak, Siria, y la totalidad territorial, respectivamente, de Israel, Jordania, Líbano, y Palestina.
Los articulistas incluyeron, ilustrativamente, en el análisis, el siguiente mapa de la Gran Israel, que marca, con un grueso trazo rojo, las fronteras de la proyectada entidad nacional judía, y en cuyo centro, en letras verdes y moradas, se lee: “Fronteras de la Gran Israel” (“Greater Israel’s Borders”):
(mapa)
En otro texto -ilustrado con el mismo mapa-, dado a conocer el 19 de setiembre de 2023, y actualizado el 8 de octubre -un día después del ataque de Hamás, y del inicio del genocidio de las IDF en Gaza-, Chossudovsky explicó que “el proyecto sionista (de la Gran Israel) ha apoyado al movimiento colonizador judío (en territorio palestino)”.
“Más ampliamente, implica una política de exclusión, de palestinos, de Palestina, conduciendo a la anexión, tato de Cisjordania como de Gaza, al Estado de Israel”, precisó, a continuación.
Eso es impulsado por “poderosas facciones sionistas dentro del actual gobierno de Netanyahu, del partido Likud, así como dentro del establishment militar y de inteligencia israelí”, explicó, a manera de advertencia, y aludiendo al ultraderechista partido cuyo nombre, transliterado del hebrero HaLikud, significa “La Consolidación”.
La agrupación política fue fundada, en 1973, por los criminales de guerra israelíes Menachem Begin y Ariel Sharon -los extremistas ex primer ministro (1977-1983), fallecido en 1992, y ex ministro de Defensa (1981-1983) y ex primer ministro (2001-2006), fallecido en 2014-, y es actualmente presidida por Netanyahu.
Además de ser parte del plan mayor trazado por el sionismo extremista, la guerra está sirviendo, a Netanyahu, como escudo contra su judicialización como el corrupto politiquero que es.
El entonces fiscal general de Israel (2016-2022), Avichai Mandelblit, formalizó, en 2019, los cargos contra Netanyahu.
Desde entonces, el acusado sostiene que no ha cometido ningún delito, y que el caso -no obstante la exhaustiva documentación sobre la cual fue construido-, no ha sido más que un fallido intento por, inicialmente, impedir su nueva elección como primer ministro, y, a partir de su regreso -en 2022- a la jefatura de gobierno, por hacer que renuncie.
Netanyahu se desempeñó, antes, como primer ministro, en los períodos 1996-1999 y 2009-2021, para un subtotal de doce años, a los que se suman los dos cumplido en su tercer mandato, con lo cual se ha convertido en el político quien se ha desempeñado más tiempo ese cargo.
La extensa y exhaustivamente documentada acusación que Mandelblit produjo, contenida en aproximadamente 80 páginas, fue estructurada en tres casos: todos, por los delitos de fraude y abuso de la confianza, y uno de ellos, además, por soborno.
Según Netanyahu, se trata de una cacería de brujas impulsada por la oposición política, los medios de comunicación, la fuerza policial, y la fiscalía general -es como oír los delictivos ex residentes Donald Trump (2017-2021) -de Estados Unidos-, Juan Orlando Hernández -JOH- (2014-2018, 2018-2022) -de Estados Unidos-, Ricardo Martinelli (2009-2014) -de Panamá-, para mencionar a apenas algunos.
A diferencia de los más hábiles Netanyahu y Trump -quien enfrenta cuatro juicios por corrupción y abuso sexual-, JOH cumple prisión, en Estados Unidos, bajo cargos referidos a narcotráfico, mientras Martinelli sigue escondido en la Embajada de Nicaragua en Panamá, tratado de eludir la condena a 10 años y ocho meses de prisión por lavado de dinero y malversación de fondos públicos -por algo más de 40 millones de dólares-.
Los casos de Netanyahu fueron identificados, respectivamente, como Caso 1000, Caso 2000, y Caso 4000, de acuerdo con el contenido del texto elaborado por el fiscal general.
El primero se refiere a acusaciones de que Netanyahu -lo mismo que su esposa, Sara Netanyahu- recibió regalos -incluyendo dinero, joyas- y otros beneficios, a cambio de ejecutar favores.
El segundo se apoya en acusaciones de que Netanyahu acordó, con el empresario Arnon Mozez, director del diario israelí Yedioth Ahronoth, debilitar a un medio de comunicación que le hacía competencia, a cambio de cobertura periodística, del primero, favorable al primer ministro.
El tercero se centra en acusaciones que también incluyen de soborno -equivalente a millones de dólares- en beneficio de un empresario de telecomunicaciones, también a cambio de cobertura periodística favorable a Netanyahu, en este caso, por la plataforma de noticias Walla.
Según los cálculos incluidos en el documento firmado por Mandelblit, los regalos recibidos por el matrimonio Netanyahu tienen valor global de 707,147 shekels (unos 192,102 dólares).
Al dar a conocer, el 16 de mayo de 2019, la versión en inglés, de los cargos formalizados contra Netanyahu -redactados, en la versión original, en hebreo-, el diario israelí Times of Israel (ToI) -que se publica en inglés- informó que, probablemente, haya más delitos.
“Nuevas sospechas han surgido también respecto a posible conflicto de interés relacionado con negocios no declarados posiblemente vinculados con un astillero alemán al que Israel compra submarinos”, según la versión periodística.
“Las adquisiciones fueron investigadas en el llamado Caso 3000, y varias personas allegadas a Netanyahu están, al parecer, incriminadas, pero el primer ministro no es sospechoso” en este caso, indicó el medio de comunicación.
No obstante su récord de corrupción, y sin perjuicio de que es un criminal de guerra, el primer ministro israelí se dirigió, el 24 de setiembre, a la 79 Sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
En su insultante discurso de algo más de 30 minutos -extensión considerablemente mayor que en los casos de otros jefes de Estado y de gobierno-, Netanyahu se confirmó como el sionista guerrerista que es.
“No hay lugar, en Oriente Medio, al que el largo brazo de Israel no pueda llegar”, amenazó, en calidad de confesión de que está, efectivamente, llevando a cabo el plan guerrerista/expansionista del sionismo extremista.
Ello, complementando el inicio, en escala superior, de la regionalización de la guerra genocida en Gaza.
Con la excusa de responder a los históricos y recurrentes ataques lanzados desde el sur del limítrofe Líbano, por la terrorista organización políticomilitar musulmana libanesa Hezbollah -en transliteración del árabe: Ḥizbu-‘llāh- (Partido de Dios)-, está bombardeando diferentes sectores del territorio de ese país.
Con la excusa de responder al apoyo de la dictadura musulmana iraní a Hezbollah, y los ataques contra territorio israelí, está bombardeando sectores del más lejano Irán.
En su irracional verborrea belicista ante la comunidad mundial, exhibió el sicariato bélico que Israel perpetra en la región, cuando se refirió, por ejemplo, a los bombardeos selectivos en Líbano y en Siria -los cuales, no obstante su alegada precisión, están generando miles de víctimas, desplazamiento masivo de población, destrucción física de infraestructura-.
Al afirmar que los bombardeos aéreos en esos países han exitosamente destruido instalaciones clandestinas de Hezbollah, afirmó: “matamos a altos comandante militares (…) y, después, matamos a sus reemplazos, y, después, a los reemplazos de sus reemplazos”.
“Y continuaremos degradando a Hezbollah, hasta que todos nuestros objetivos estén cumplidos”, garantizó.
Originado en el terremoto bélico que estremece brutalmente a Gaza, el actual tsunami guerrerista israelí, en Oriente Medio, recién empieza.
En tal contexto, el devastadoramente destructivo panorama se presenta largoplacista.
Las complicidades internacionales lo garantizan.







