Si fuese mexicano, sería un naco. Si fuese costarricense, sería un polo. Si fuese uruguayo, sería un terraja. Pero es argentino, de modo que es un mersa.
Sin perjuicio de nacionalidad, las diferentes expresiones populares -que, en términos generales, definen a alguien vulgar-, son perfectamente aplicables al actual inquilino de la Casa Rosada, el “liberal libertario” -eufemismo por ultraderechista- Javier Milei.
Su elección para ocupar la presidencia de Argentina, significó, además del inicio de una larga pesadilla para la gente, la invasión de la vulgaridad en el nominalmente principal poder del Estado.
Impresentable en todo sentido -por su aspecto, por su lenguaje lo mismo hablado que corporal, por sus expresiones faciales, por los conceptos que maneja, o sea, por su esencial mediocridad-, Milei logró su objetivo político, gracias a que en el rioplatense y andino país sudamericano hay balotaje -segunda vuelta electoral-.
Su éxito respondió, en gran medida, al salvavidas que le lanzó un particularmente tóxico sector de “la casta” a la cual decía combatir -el macrismo, visiblemente la nefasta Patricia Bullrich-, porque en la primera, con ese sector como adversario electoral, perdió.
Disfrazando su patanería como rebelde incorrección política de un supuesto outsider, el entonces diputado y candidato presidencial caracterizó sus discursos -incluido el de asunción presidencial- con el grito “viva la libertad, carajo!” -invariablemente proferido tres veces, por si una fuese poco- apoyado -también invariablemente- apuntalado por una primitiva expresión facial de rabia.
Su electoral marca de fábrica incluyó otro primario/violento componente mediático: la motosierra.
Quizá la inspiración le llegó desde Estados Unidos, específicamente del senador republicano Rand Paul, quien, como aspirante presidencial, en 2015 -rival de Trump, por la nominación para 2016-, difundió un video proselitista en el cual aparece cortando las aproximadamente 70 mil páginas del código tributario estadounidense, al tiempo que asegura que lo reemplazaría con un texto de una sola hoja.
En su consigna de campaña, Paul (senador desde 2011) llamaba a “derrotar la máquina de Washington” (“defeat the Washington machine”) -o sea, “la casta” gringa-.
Milei exhibe una especie de tranquilidad tensa, que, en cualquier momento, se transforma en violencia -por lo menos verbal- sin control -algo así como un síndrome Jekyll-Hyde-.
Un video, que muestra diferentes momentos en los cuales el Milei-Hyde se ha ofuscado insultantemente, fue difundido, el 11 de noviembre de 2023 -ocho días antes de la segunda vuelta-, en la red social X, por Sergio Massa, entonces ministro de Economía y candidato presidencial peronista -ganador de la primera votación-.
En varios de los descontroles registrados, el “liberal libertario”, grita, usa lenguaje local insultante -exageradamente soez-, gesticula violentamente.
En síntesis: el verdadero señor presidente.
Ahora, en menos de un mes como inquilino de la Casa Rosada -desde el 10 de diciembre-, ante los cuestionamientos legislativos que sus dos primeros paquetes de demolición del Estado argentino, y de flagrante violación de derechos humanos, Milei está apuntando, su ofensiva verborrea, hacia los parlamentarios nacionales.
Se trata del Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) y de la denominada Ley Ómnibus, que Milei presentó -en ese orden- al bicameral Congreso de la Nación -cámaras, respectivamente, de Diputados y de Senadores-, proyectos que, a lo largo de centenares de artículos, contienen, según analistas locales, aspectos inconstitucionales.
Ambas iniciativas plantean, entre otras disposiciones antipopulares, violentas medidas de shock económico, así como limitación de garantías fundamentales -por ejemplo, el derecho a realizar manifestaciones de protesta pacíficas-.
Al momento de redactar esta nota, Milei los ha acusado de recibir sobornos, de ser manipulables además de estúpidos.
En el marco de declaraciones que formuló, el 27 de diciembre, al canal de televisión del diario argentino La Nación (LN+), criticó lo que describió como ausencia de prontitud, por parte del Poder Legislativo, en cuanto a tramitar proyectos de leyes -como el que contiene el DNU-.
Cuando una iniciativa “entra en la maquinaria del Congreso, esto le pone tanta lentitud, que lo estropea todo”, aseguró, para, a continuación, plantear: “al margen que, parte de esa lentitud, que le ponen los legisladores, es porque buscan coimas, también, eh?” -usando la expresión popular local que significa “soborno”-.
Atención: lo anterior, dicho por alguien saltó, de la Cámara de Diputados (2021-2023), a la presidencia del país.
Más recientemente, cuando era entrevistado, el 7 de enero, por la local Radio Mitre, al defender específicamente el DNU, dijo que los parlamentarios “se quejan, lo atacan de inconstitucional -cuando está dentro de la Constitución-, y, si no, hay otros que son los idiotas útiles que hacen foco sobre las formas, cuando es parte de la dinámica”.
“Por más que estamos haciendo un laburo (trabajo) fenomenal, cuando el Congreso se pone a hacer estupideces, te pasa la factura”, agregó.
“Que quede claro que son ellos, los responsables”, porque “yo hice lo que tengo que hacer: mandé el programa de ajuste (económico), de shock bien ortodoxo”, siguió acusando
Y, en su habitual tono amenazante, advirtió que “no vamos a negociar nada”, además de aseverar -cual dueño de la verdad que cree que es-: “los políticos tienen que tomar conciencia de que, si no hacemos lo que hay que hacer, van a estar hundiendo a la sociedad en una crisis enorme”.
En realidad, lo último, es, exactamente, lo que está haciendo.
Los mersas, con poder, son nefastos.






