George Rodríguez/Foto-Medios
El autoritario gobernante de Estados Unidos, Donald Trump, está enfrentado al inminente fin de su tóxica presidencia.
Pero, fiel a su conducta negacionista, y excediéndose en su notoria capacidad de inventar contextos y presentarlos como realidad, persiste en difundir su difamatoria teoría conspirativa de que existe un diabólico plan de fraude electoral para arrebatarle la presidencia.
Dispuesto a desestabilizar la institucionalidad del país, minando la electoral -la que, en lo inmediato, más lo perjudica-, Trump se lanza al vacío de la calumnia, de la acusación sin prueba alguna, de la tergiversación de hechos irrefutables, corriendo el riesgo de arrastrar, con él, al país.
Esto incluye una breve, aunque incitadora, mención de que, ante la presunta manipulación de votos, existe la posibilidad de violencia.
En su más reciente aparición en la Casa Blanca, el 5 de noviembre -dos días después de la votación-, al lanzar una nueva e insultante declaración, ante periodistas -aunque sin aceptar preguntas-, el candidato republicano a la reelección empezó por erigirse en autoridad electoral.
“Quisiera proporcionar, al pueblo estadounidense, una actualización de nuestros esfuerzos por proteger la integridad de nuestra muy importante elección 2020”, asevero, al inicio de lo que no sería nada más que un compendio de inexactitudes, imprecisiones, mentiras.
Componente esencial en su tendencioso informe, además de cuestionar la integridad del proceso electoral -institución clave en la estructura democrática estadounidense-, inventó dos categorías de sufragios, y se declaró ganador de la jornada comicial.
“Si ustedes cuentan los votos legales, fácilmente gano”, espetó.
“Si ustedes cuentan los votos ilegales, ellos pueden tratar de robarnos la elección”, aseveró, a continuación.
“Si ustedes cuentan los votos que entraron tarde (…) muchos votos entraron tarde, decisivamente, ya he ganado”, siguió planteando.
Ello, no obstante el hecho de que, minutos más tarde, calificaría de ilegal la contabilización, precisamente, de los sufragios que, según su versión, fueron recibidos, vía postal, después del día de la votación.
En realidad, los millones de sufragios emitidos por correo, antes del 3 de noviembre -por electores quienes, a causa de la pandemia, optaron por no votar presencialmente-, están favoreciendo al candidato presidencial demócrata, el ex vicepresidente (2009-2013, 2013-2017) Joe Biden.
Ello porque, contrariamente a los votantes republicanos, los electores demócratas optaron, masivamente, por ese mecanismo electoral.
En virtud de que, en la mayoría de los estados, el conteo de los votos postales está realizándose después de tabulados los sufragios presenciales emitidos el 3 de noviembre, la breve ventaja inicial de Trump en materia de votos electorales se convirtió en superioridad de Biden, algo que el mandatario manipula para tratar de justificar su teoría conspirativa de fraude.
Según el arbitrario sistema electoral estadounidense, el candidato presidencial ganador no es necesariamente el más votado en la elección popular sino el que obtiene por lo menos 270 de 580 sufragios en el Colegio electoral.
Esos votos son obtenidos según los sufragios populares que cada candidato reúne en los diferentes estados, de modo que, el aspirante presidencial ganador en un estado, recibe los votos electorales correspondientes.
Para ganar la presidencia, son necesarios, como mínimo, 270 de los 538 votos en juego en el Colegio Electoral.
“Íbamos ganado en todos los lugares clave, por mucho, en realidad, y, entonces, nuestros números empezaron, milagrosamente, a reducirse, en secreto, y ellos no admitían a observadores legalmente autorizados”, afirmó Trump, en alusión a los veedores electorales-republicanos y demócratas- que, contrariamente a su falaz afirmación, están presentes en los centros de conteo.
“Fuimos a la corte, en un par de instancias, y logramos que los observadores entraran”, afirmó, para agregar que, “cuando los observadores llegaron allí, los querían a 60, 70 pies (19, 23 metros) de distancia, 80 pies, 100 pies (24, 30 metros) de distancia, o afuera del edificio, para observar gente dentro del edificio”.
A manera de inconcebible ejemplo, afirmó que, “en Filadelfia, se ha mantenido lejos, a los observadores, muy lejos, tan lejos que la gente está usando binoculares, para tartar de ver”.
También en este caso usó la recurrente y vaga referencia, cuando aseguró que “ellos ponen papel en todas las ventanas, no se puede ver nada”, y, peligrosamente, dijo que “la gente prohibida está muy disgustada, y se torna algo violenta”.
Trump aludió así a manifestaciones, lo mismo en oposición que en apoyo a sus afirmaciones sobre presunto fraude electoral, entre otros temas, y a choques entre participantes rivales en algunas de esas demostraciones, las que, según versiones periodísticas, han tenido lugar a nivel nacional.
El presidente indicó, en su habitual estilo de precaria sintaxis, que, de su parte, se lleva a cabo “mucha litigación”, y aseguró que, “aún más allá de nuestra litigación, hay una tremenda cantidad de litigación, generalmente, por lo injustamente que era este proceso”.
También reiteró sus infundadas críticas respecto a la opción de sufragio postal, un mecanismo que es tradicional en los procesos electorales estadounidenses -y que el mandatario ha usado-.
“Yo predije eso, he estado hablando, de la votación por correo, por mucho tiempo”, indicó, para afirmar que “ha destruido nuestro sistema (electoral), es un sistema corrupto, y convierte a las personas en corruptas, aunque no lo sean por naturaleza, pero se corrompen tan fácilmente”.
También describió, siempre sin fundamento, el supuesto mecanismo mediante el cual “ellos”-en alusión al Partido Demócrata- manipulan el proceso electoral.
“Ellos quieren saber cuántos votos necesitan, y, entonces, parecen estar en condiciones de encontrarlos”, comenzó a narrar.
“Ellos esperan y esperan, y, entonces, los encuentran”, prosiguió.
A manera de ejemplo, y fiel a su habitual imprecisión, mencionó al oriental y costero estado de Carolina del Norte.
“Ustedes ven que, en la noche de la elección, estábamos adelante, en Carolina del Norte, por mucho, un tremendo número de votos, y seguimos al frente, pero no por tantos, porque están encontrando votos, de pronto: “oh, tenemos votos por correo’”, agregó, en tono de burla.
“Es sorprendente lo parcializados que son los votos por correo (…) se supone que son para ventaja de los demócratas, pero, en todos los casos, son tan parcializados”, dijo a continuación.
“Siguen viniendo, y viniendo, y viniendo, los encuentran por todos lados, y no quieren que tengamos observadores, aunque ganamos un caso en la corte, un juez dijo que hay que tener observadores”, insistió.
Al persistir en constituirse en autoridad electoral, reafirmó su presunta intención de proteger el proceso electoral -el que, en realidad, está minando-.
“Nuestro objetivo es defender la integridad de la elección, no permitiremos corrupción, robar una elección tan importante -o cualquier elección, en realidad-, y no podemos permitir que se silencie, nadie, que se silencie a nuestros votantes”, afirmó -aunque eso es lo que ha procurado hacer, al exigir el fin del conteo de votos, por ejemplo, en un reciente tuit -y en mayúsculas-: “PAREN EL CONTEO!” (“STOP THE COUNT!”).
La absurda orden se refiere, obviamente, a la tabulación de sufragios en los estados donde va ganando.
En términos generales, aseguró que “estamos escuchando historias de horror, absolutas historias de horror, y no podemos dejar que eso les pase a los Estados Unidos de América -no es un tema de quién gana: republicano, demócrata, Joe, mi persona-, no podemos dejar que eso le pase a nuestro país, no podemos ser avergonzados por permitir que algo así ocurra”.
El 6 de noviembre, a las 0140 hora del este de Estados Unidos, la elección seguía en el aire, con ambos contendores en posibilidad de lograr los 270 votos electorales requeridos para ganar.
A esa hora, Biden se mantenía en ventaja, con 253, frente a los 213 en los que Trump se mantiene estancado desde el 3 de noviembre.
En tal contexto, en el altamente improbable caso de que Trump lograse la reelección, surge la interrogante de qué tendría que hacer con su injuriosa teoría conspirativa.







