Son parte del mayoritario segmento de la minoritaria población blanca que, durante décadas, mantuvo el poder, en Sudáfrica, brutalmente discriminando/reprimiendo a la originaria y mayoritaria población negra.
Después de haber impuesto la nefasta política segregacionista conocida como apartheid, ahora que los oprimidos están en el poder, los afrikaners -descendientes de colonizadores holandeses- se declararon “perseguidos”, logrando, en falsa calidad de “refugiados”, la protección del racista/xenofóbico Donald Trump, en su segundo nefasto período (2017-2021, 2025-2029) como ocupante de la Casa Blanca.
De alguna manera, los afrikaners y Trump tenían que, respectivamente, vengarse de dos cosas puntuales: que Sudáfrica haya erradicado el apartheid y sea gobernada por la otrora reprimida/explotada mayoría, y -sobre todo Trump- que, más recientemente, haya llevado al sionismo criminal gobernante en Israel, ante la justicia universal -la Corte Internacional de Justicia (CIJ) -, por los crímenes de lesa humanidad perpetrados en Gaza.
La racista minoría blanca -un 7.8 por ciento de la población nacional- sometió, durante décadas, a la mayoritaria población negra -un 80.9 por ciento de los habitantes-, por la vía del brutal sistema de apartheid (“aparte”, en afrikaans, uno de los varios idiomas sudafricanos).
El ultraderechista Partido Nacional (en afrikaans, Nasionale Party -NP-) -fundado en 1914, disuelto en 1997-, que fue creado para impulsar los intereses de los afrikaners -alrededor de 3.6 por ciento de la minoritaria población blanca-, fue el responsable de la vigencia del apartheid -lo que implicó, para la población negra, la violación de absolutamente todos sus derechos-.
Ejemplo de ello, el régimen racista entregó, a la población blanca, algo más de 90 por ciento de la tierra, y, como secuela de esa injusticia socioeconómica, todavía ocupa un 50 por ciento, además de que sus integrantes adinerados conservan las respectivas fortunas que acumularon durante las décadas de apartheid.
El injusto sistema rigió durante casi medio siglo (1948-1994) en Sudáfrica.
Los afrikaners son descendientes de los colonizadores holandeses llegados, en 1652, inicialmente, al Cabo de Buena Esperanza, en la atlántica costa suroeste del país que, a su vez, está ubicado en el extremo sur de África.
Como todas las dictaduras, el régimen del NP inventó espuria legislación, en este caso, para dar imposible apariencia de legalidad a la sanguinaria discriminación racial, incluida la creación de “patrias” (bantustans, palabra combinada en persa y en bantu, otro de los idiomas sudafricanos, que significa “tierra del pueblo”), lugares caracterizados por extremadamente críticas condiciones socioeconómicas.
La población originaria fue obligada, por los invasores, a habitar esos territorios -y a permanecer obligatoriamente en ellos, pudiendo salir sólo obteniendo un permiso, específicamente para trabajar fuera de allí-, como medio de impedir que tuviese contacto, y se incorporase, a la criminalmente privilegiada población blanca -afrikaners incluidos-.
A ello se sumaron, también como parte de la represión social no armada, por ejemplo, la Ley de Prohibición de Matrimonios Mixtos (impuesta desde 1949), y la Enmienda de la Ley de Inmoralidad (desde 1950), garantizando la absoluta marginación racial de la mayoritaria comunidad negra.
La compleja lucha antiapartheid -que implicó, durante décadas, monumental sacrificio-, liderada por el izquierdista Congreso Nacional Africano (African National Congress, ANC) -fundado en 1912- logró el justiciero objetivo cundo el criminal régimen racista del PN tuvo fin, en 1994.
El esfuerzo del ANC incluyó acción armada, por parte de su estructura políticomilitar, denominada Lanza de la Nación (en xhosa, uMkhonto weSizwe), fundada, en 1961, por Nelson Mandela -el histórico líder a quien los racistas mantuvieron encarcelado/secuestrado durante casi tres décadas (1962-1990)-.
Mandela dio universal visibilidad a la caída del apartheid, cuando se convirtió, en 1994, por la vía electoral, en el primer presidente negro de Sudáfrica -en reemplazo de Frederick de Klerk (1989-1994)-, e instaló el Gobierno de Unidad Nacional.
Mostrado, admirablemente, voluntad de conciliación nacional, Mandela nombró a De Klerk -uno de sus carceleros- como su vicepresidente, y dio variedad ideológica a su administración, con la participación de diversos partidos -entre ellos, el afrikaner PN-.
Pero la mediocridad es la característica básica de los autoritarios, los represores, los discriminadores, de modo que los afrikaners optaron por hacer oposición sucia contra los gobiernos del ANC.
En tal contexto, surgió la campaña de infundios consistente en denunciar una inexistente persecución racial -como política de gobierno- que supuestamente los victimiza.
La leyenda incluye aseveraciones tales como que la administración del ANC despoja, violenta e ilegalmente, de sus tierras, los agricultores afrikaners.
La aseveración se apoya sobre la tergiversación de la legislación vigente en materia de expropiaciones -respecto a la cual el gobierno sudafricano ha indicado que no se ha llevado a la práctica-.
La Ley de Expropiación 2024 (Expropriation Act, 2024) -publicada, el 24 de enero de 2025, en la Gaceta Gubernamental (Government Gazette)-, tiene, entre otros, el objetivo de “posibilitar la expropiación de propiedad, para un propósito público o en el interés público”.
Asimismo, “regular el procedimiento de la expropiación para un propósito público o en el interés público, incluyendo el pago de compensación”, además de dejar sin efecto la Ley de Expropiación 1975 (Expropriation Act, 1975) -un resabio del apartheid-.
En su Preámbulo, el nuevo instrumento legal cita disposiciones constitucionales que determinan, entre otras garantías, que “nadie puede ser privado de propiedad excepto en términos de legislación de aplicación general, y ninguna ley puede permitir la arbitraria privación de propiedad”.
La Constitución también prevé que “la propiedad puede ser expropiada solamente en términos de la legislación de aplicación general”, y “para un propósito público o en el interés público”, además de que tiene que estar “sujeta a compensación”.
La nueva ley explica, asimismo, que por “interés público”, se entiende “el compromiso de la nación con la reforma agraria, y con reformas que posibilitan acceso equitativo a todos los recursos naturales de Sudáfrica, para reparar los resultados de pasadas leyes o prácticas discriminatorias”.
Igualmente, señala que, por “propósito público”, se entiende “cualquier propósito conectado con la implementación de cualquier ley por una órgano del Estado, en términos de lo cual la propiedad involucrada será usada por o en beneficio del público”.
En el quinto de sus 31 artículos -titulado “Compensación por Expropiación”-, la ley actual determina que “el monto de compensación debe ser justo y equitativo, reflejando un equilibrio equitativo entre el interés público y los intereses de los afectados”.
Como parte del procedimiento de compensación, plantea, en el artículo 19, la posibilidad de que el monto sea cuestionado.
Allí, se indica que, “si la autoridad expropiadora y la parte en disputa no se ponen de acuerdo respecto al monto, el tiempo, y la manera de pago de la compensación, pueden tratar de resolver la disputa por la vía de la mediación, la que debe iniciarse y finalizarse sin demora indebida por ninguna de las partes”.
También plantea que, en ausencia de solución por consenso o por mediación, “cualquiera de las partes puede, dentro de 180 días a partir de la fecha de notificación de la expropiación, establecer un proceso en un tribunal competente para decidir o aprobar el monto, el tiempo, y la manera de pago de una justa y equitativa compensación”.
La ley establece -clara y reiteradamente-, los conceptos de justicia y equidad, para describir la compensación, cerrando cualquier espacio para arbitrariedad.
Pero, sin perjuicio de ello, los racistas -afrikaners y Trump- montaron el show de la llegada de algo más de medio centenar de sudafricanos blancos como supuestas víctimas de violenta persecución por parte del gobierno -incluido el robo de sus tierras-.
Durante un ofensivo diálogo con periodistas, el 12 de mayo, en la Oficina Oval de la Casa Blanca, Trump aseveró que, en Sudáfrica, “es un genocidio, lo que está teniendo lugar, sobre el cual ustedes no quieren escribir, pero es una cosa terrible que está teniendo lugar”.
“Y los granjeros están siendo asesinados”, agregó, para, manipuladoramente, afirmar: “ocurre que son blancos”.
A continuación, insistió en la tergiversación racista: “pero si son blancos o negros, me es indiferente, pero los granjeros blancos están siendo brutalmente asesinados, y su tierra está siendo confiscada, en Sudáfrica”.
Repetitivamente -una de las características de sus gramatical/sintácticamente deficientes declaraciones-, planteó que “a mí no me importa, a mí no me importa su raza, su color, no me importa su estatura, su peso, no me importa nada, sólo sé que lo que está pasando es terrible”.
“Tengo gente que vive en Sudáfrica, dicen que lo que está teniendo lugar, es una situación terrible”, siguió repitiendo.
A continuación, reveló: “entonces, hemos esencialmente extendido la ciudadanía, a esta gente, para que escape de la violencia, y venga aquí”.
De modo que, mientras niega la realidad de cientos de miles de migrantes quienes llegan huyendo de violencia verdadera -por ejemplo, desde el Triángulo Norte de Centroamérica, y desde Haití-, los detiene, y los deporta, acusándolos de ser criminales, inventa una persecución racial para recibir recibe a integrantes de la comunidad responsable, durante décadas, del apartheid -y de los crímenes de lesa humanidad perpetrados bajo ese tóxico sistema-.
Por lo tanto, es mentira que “a mí no me importa su raza, su color”: los afrikaners son blancos -los superiores arios hitlerianos-, los centroamericanos -en su mayoría- y los haitianos no lo son.
El insultante argumento de Trump fue refutado, entre otros sudafricanos, por el presidente, Cyril Ramaphosa, además del analista político del Centro de Información Alternativa y Desarrollo (Alternativa Information and Development Centre), Andile Zulu, y el profesor de periodismo y director del Centro para Integridad de la Información en África (Centre for Information Integrity in Africa), de la sudafricana Universidad Stellenbosch, el afrikaner Herman Wasserman.
En declaraciones que formuló, también el 12 de mayo, Ramaphosa rechazó lo aseverado por Trump, calificando la leyenda de la persecución antiblanca como “una narrativa completamente falsa” -por lo tanto, exhibiendo al autócrata estadounidense como el mentiroso compulsivo que es-.
El presidente sudafricano relató, al día siguiente, a periodistas, que dialogó, al respecto, con su racista contraparte de Estados Unidos.
“Tuve una conversación con el presidente Trump, por teléfono”, comenzó a informar.
“Él preguntó, él dijo: ‘qué está pasando ahí?’, y yo dije: ‘presidente, lo que le han dicho esas personas -quienes se oponen a la transformación en el país, en Sudáfrica-, no es verdad’”, siguió relatando, en referencia a los afrikaners.
“Y le agregué, dije: ‘aprendimos muy bien, de Nelson Mandela y otros icónicos líderes
-como Oliver Tambo-, sobre cómo continuar construyendo una nación unida, a partir de los diversos grupos que tenemos, en Sudáfrica’”, informó, a continuación -en referencia al activista antiapartheid (1917-1993) quien fue presidente (1967-1991) del ANC-.
“Somos el único país, en el continente, donde los colonizadores llegaron para quedarse, y nunca los hemos expulsado de nuestro país”, precisó Ramaphosa-, para señalar, a su interlocutor: “de modo que están quedándose, y están haciendo un gran progreso”.
“Hay un grupo marginal, que no tiene mucho apoyo, que es antitransformación y anticambio, que, en realidad, preferiría ver a Sudáfrica regresar a políticas de tipo apartheid”, precisó, durante el diálogo telefónico con Trump.
Por su parte, en declaraciones que formularon desde la costera Ciudad del Cabo, en el suroeste sudafricano, Zulu y Wasserman también refutaron las aseveraciones del estadounidense, lo mismo que la falsa versión de que los afrikaners son víctimas de violenta represión racista por parte de la administración Ramaphosa.
Ambos expertos dialogaron, el 15 de mayo -tres días después de las calumniosas aseveraciones de Trump-, con el programa radial estadounidense Democracy Now! (Democracia Ahora!).
“Esta acusación de genocidio blanco que emana de la Casa Blanca, es una teoría conspirativa, y un mito” impulsados por “populistas de derecha y nacionalistas blancos”, explicó, demoledoramente, Zulu.
Se trata, en esencia, de “la acusación de que sudafricanos blancos -en particular, sudafricanos afrikaners- son víctimas de violencia deliberada, directa, aprobada por el Estado”, agregó.
“Cualquiera viviendo en este país, al tanto de la realidad de este país -la desigualdad, la pobreza, el desempleo que la mayoría de los sudafricanos negros tiene que soportar (…)- sabe que es flagrantemente falsa”, subrayó.
Pero “la verdad, no obstante, es irrelevante para quienes están perpetuando este mito”, precisó, a continuación, para explicar la sinrazón de la campaña que los racistas tenazmente mantienen.
“Lo que importa es que se trata de un medio a través del cual se puede movilizar ansiedad, movilizar miedo, y movilizar frustración en un segmento -creo que un segmento relativamente pequeño- de la población, que está insatisfecho con la democracia post-apartheid y la pérdida de su estatus políticamente elevado”, precisó.
“Es una manera en la cual se puede movilizar temores, aquí, en Sudáfrica, y, después, apelar a la base dentro del movimiento MAGA, en Estados Unodos, también, para presentar a la presidencia de Donald Trump como, esencialmente, un paladín defensor de la civilización blanca, lo mismo en Estados Unidos que aquí”, reveló.
“Todo esto comenzó, inicialmente, con la firma, por el presidente Ramaphosa, de la Ley de Expropiación, que, en sí misma, no es una gran política radical ni progresista”, agregó.
“Es una legislación muy procedimental, que, esencialmente, cambia los criterios a través de los cuales el gobierno puede expropiar propiedad privada para el bien público y para el uso público, sobre la base de hallar compensación justa y equitativa”, indicó.
“Entonces, esta legislación no es un ataque a los medios de vida de los blancos, ni siquiera es un ataque a las relaciones de la propiedad privada en post-apartheid”, dijo, a continuación.
“Pero, para Elon Musk y para Donald Trump, sirve para lo que el populismo de derecha, las ideologías raciales siempre funcionan para hacer, que es generar miedo, conflicto, y división para poder proteger las relaciones explotadoras y desiguales bajo el capitalismo neoliberal de Sudáfrica, y reo que bajo el orden neoliberal que tenemos más ampliamente”, explicó.
Musk es el multibillonario sudafricano -naturalizado canadiense y estadounidense- a quien Trump arbitrariamente nombró su capataz para operativizar el desmantelamiento del Estado, y el reemplazo de la corrupción existente, con la megacorrupción de ambos.
Wasserman también descalificó, en el diálogo con Democracy Now!, la aseveraciones de Trump.
“Mi primera respuesta fue de incredulidad, y, posteriormente, de repugnancia y justo rechazo a esa noción de un genocidio blanco, o blancos siendo perseguidos”, expresó, agregando que “creo que esa visión es compartida por” sudafricanos blancos -incluida la mayoría de los radicados en Estados Unidos-.
“Eso también es el resultado de un esfuerzo concertado por algunos grupos de lobby (presión) afrikaners, durante muchos años, para difundir la idea de que sudafricanos blancos, especialmente afrikaners, están siendo perseguidos”, dijo, y mencionó asimismo, influyentes medios de comunicación estadounidenses.
Se ha generado “una dramática imagen de Sudáfrica, en la cual los granjeros blancos están, supuestamente, bajo constante ataque, en la cual son señalados para violencia, están al borde de perder su tierra, que son injustamente el objetivo de un gobierno corrupto y totalitario que discrimina contra ellos en lo que ellos llamarían un tipo de apartheid a la inversa”, precisó.
“Y, todo esto ha sido hábilmente envuelto en una estrategia de comunicación que, luego, encontró oídos receptivos entre los conservadores estadounidenses”, siguió revelando.
“Y, ahora, con esta llamada campaña de refugiados, esa campaña de comunicación, durante estos muchos años -su lobbying (presión)-, finalmente, ha fructificado”, aseguró.
“Pero creo que, en general, la gente reconoce que eso no tiene base en la realidad (…) se basa sobre una campaña de desinformación”, aclaró.
“Pero (…) alguien quien realmente tiene su base en la realidad factual, sabría que eso es un engaño, que eso es una campaña de desinformación, y que, en realidad, ese pequeño grupo de llamados refugiados, son peones en una campaña política mayor”, reveló, a manera de denuncia.
En ese marco, “Trump está usándolos como peones, como accesorios en una campaña que dice promover lo blanco -y lo blanco bajo amenaza-, y también geopolíticamente”, advirtió.
Respecto al componente geopolítico de la campaña, Wasserman destacó el hecho de que el decreto presidencial -Orden Ejecutiva (Executive Order, EO)- firmado por Trump, beneficiando a los afrikaners, es contemporáneo con la denuncia que Sudáfrica presentó, contra Israel, en la CIJ, por violaciones a los derechos humanos.
La acusación sudafricana -tramitada al final de diciembre de 2024, menos de un mes antes de la segunda juramentación presidencial de Trump- se refiere a los crímenes de guerra, incluidos actos de lesa humanidad, perpetrados por las fuerzas militares israelíes en su brutal ocupación -iniciada hace algo más de dos años y medio- de la palestina Franja de Gaza.
Firmada el 7 de febrero -algo más de un mes después de la denuncia sudafricana-, la EO del autócrata estadounidense lleva el manipulador título “Atendiendo acciones flagrantes de la República de Sudáfrica” (“Adressing Egregious Actions of The Republic of South Africa).
Lo flagrante, en realidad, es la tergiversación que, en el documento, se hace de la realidad.
En la primera de cinco secciones (puntos) -la referida a “Propósito”-, se asevera, falazmente, que la administración Ramaphosa puso en vigencia la Ley de Expropiación, “en chocante menosprecio de los derechos de sus ciudadanos”, con el propósito de “permitir, al gobierno de Sudáfrica, arrebatar propiedad agrícola, de la minoría étnica de los afrikaners, sin compensación”.
En la cuarta –“Reasentamiento de refugiados y otras consideraciones humanitarias” (“Refugee Resettlement and Other Humanitarian Considerations”)-, además de arbitrariamente calificar el estatus migratorio de los afrikaners, se establece el procedimiento a seguir.
En tal contexto, se ordena que el secretario de Estados, Marco Rubio, y la secretaria de Seguridad Interna, Kristi Noem “darán todos los pasos adecuados, consistentes con la ley, para priorizar asistencia humanitaria, incluyendo admisión y reasentamientop a través del Programa Estadounidense de Admisión de Refugiados (United States Refugee Admission Program), para los afrikaners en Sudáfrica quienes son víctimas de injusta discriminación racial”.
De modo que Trump reactivó -para los afrikaners- ese programa, que restaba suspendido desde enero, perjudicando a decenas de miles de refugiados verdaderos.
Respecto a la ilegítima calificación de los afrikaners, Ramaphosa también fue preciso al refutarla.
“Un refugiado, es alguien quien tiene que salir de su país por temor a persecución política, persecución religiosa, o persecución económica, y ellos no llenan esa categoría”, señaló.
A su llegada a Washington -a bordo de un avión privado que, de acuerdo con versiones periodísticas, fue alquilado por el Departamento de Estado-, los 59 afrikaners -integrantes de diversos grupos familiares-, fueron recibidos por el subsecretario de Estado, Christoph Landau.
“Bienvenidos a la tierra de los libres”, les dijo Landau, parafraseando el himno estadounidense que, en una estrofa, define al país como “la tierra de los libres, y el hogar de los valientes” (“the land of the free, and the home of the brave”).
“Quiero que todos ustedes sepan que no realmente bienvenidos aquí, y que respetamos lo que ustedes han tenido que enfrentar estos últimos años”, agregó.
Luego de la bienvenida, los afrikáners abordaron otros aviones para dirigirse, en grupos, a diferente ciudades estadounidenses.
En declaraciones a periodistas, en el marco de la actividad, Landau dio una patética explicación sobre por qué, mientras caza, detiene, y deporta a miles de migrantes llegados de situaciones de verdadera violación de derechos humanos, recibe a los afrikáners y los declara “refugiados”.
La política migratoria de Trump “estuvo, desde el inicio, sujeta a excepciones cuando se determinó que esto sería en el interés de Estados Unidos”, empezó a decir.
En el caso específico de los afrikáners, “algunos criterios consisten en asegurarse de que los refugiados no implicaban ningún reto a nuestra seguridad nacional, y que podían, fácilmente, asimilarse en nuestro país”, agregó.
Por su parte, la portavoz del Departamento de Estado, Tammy Bruce, dijo que la acción de Trump “envía un claro mensaje, en línea con la agenda gubernamental de política exterior, de Estados Unidos Primero (America First), que Estados Unidos tomará acción para proteger a las víctimas de discriminación racial”.
Según el prejuiciado razonamiento de los trumpianos, habiendo sido el sector sudafricano responsable de la vigencia del apartheid, los afrikaners no presentan ninguna peligrosidad para los estadounidenses, a diferencia de, por ejemplo, el segmento inmigrante de refugiados haitianos, cuyos integrantes aterrorizan a las comunidades donde se han asentado, porque cazan y comen las mascotas de sus vecinos.
Además, se diferencian de los peligrosos niños inmigrantes, quienes son detenidos y deportados según los nazis procedimientos del Control de Inmigración y Aduanas (Immigration and Customs Enforcement, ICE) y del Departamento de Seguridad Interna (Department of Homeland Security).
La realidad es una: los afrikaners son blancos y son, por lo general, racistas, especímenes perfectos para integrarse al planeta MAGA.







