El histórico penduleo electoral derecha-izquierda/izquierda-derecha latinoamericano está, desde el año pasado, en la segunda variante de la oscilación, lo que resulta en una región marcadamente gobernada por regímenes avalados -en algunos casos, promovidos- por el imperio estadounidense -modernizado en versión Maga-.
En ese contexto, pasos de animal grande -y calzando botas militares- resuenan en el histórico patio trasero regional, dominio imperial que, desde el tóxico regreso de Donald Trump, a la Casa Blanca, está en proceso de actualización y de extensión al resto del planeta -el gran patio trasero-.
La excusa, en el caso de América Latina, es el combate al narcotráfico, mietras que para el contexto mundial es el combate a las tiranías y la defensa de la democracia -esto, planteado por la dictadura trumpista, destructora del sistema democrático estadounidense que, este año, cumple dos siglos y medio-.
En cuanto a tiranías, el dominó Venezuela/Cuba/Nicaragua está activado: el 3 de enero, cayó la primera ficha, desestabilizando a la segunda, y colocando, a la tercera, bajo el signo de interrogación respecto a cuándo/cómo.
A diferencia de lo que erróneamente suele plantearse, ninguna de las tres puede, ahora, etiquetarse como de izquierda, ya que su verdadera ideología es el poder, y su sistema de dominación es un híbrido de corrupción/represión -en plena coincidencia con cualquier régimen de facto ultraderechista-.
Las tres dictaduras son derivaciones de procesos revolucionarios escandalosamente traicionados, contexto en el cual la primera se ha convertido en la estructura criolla que hace el trabajo sucio para que la ocupación imperial estadounidense se mantenga, en Venezuela -desplazando, en servilismo, a la vergonzosa oposición gringuera-.
La tiranía trumpista -que, sin autoconsiderarse como tal, combate a otras dictaduras- está, de momento, siendo exitosa, ya que no solamente derribó/secuestró al patético autócrata venezolano, Nicolás Maduro, sino que, en lugar de traerse abajo al resto de la estructura totalitaria, ha puesto, maquiavélicamente, a los presuntos antimperialistas, a servir
-precisamente- al imperio.
La humillación impuesta, por el trumpismo, al madurismo, es de proporciones épicas, ya que el tirano estadounidense -el actual gobernante de facto, de Venezuela- permite, al régimen sudamericano, seguir con su hueco discurso antimperialista, sus patéticas declaraciones de soberanía, sus hipócritas expresiones de autodeterminación, y hasta es recurrentemente elogioso de la presidenta encargada (interina), Delcy Rodríguez -quien, según Trump, “está haciendo un gran trabajo” (“is doing a great job”)-.
La región latinoamericana/caribeña presenta, en la segunda década del nuevo siglo, una tendencia derechizante, destacándose, cronológicamente, los casos de Costa Rica (desde 2022); Paraguay, Argentina (desde 2023); El Salvador, Panamá, República Dominicana (desde 2024); Ecuador, Bolivia (desde 2025); Honduras, Chile (desde 2026).
Trump sostiene -como tantas otras exageraciones- que varios de esos presidentes ganaron las respectivas elecciones, gracias al apoyo (endorsement) que les dio, además de asegurar que es amigo de todos -o casi todos- ellos.
Lo cierto es que esos y otros gobernantes latinoamericanos y caribeños se alinean con su contraparte estadounidense, razón por la cual Trump convocó, a doce, a una reunión cumbre para lanzar la iniciativa continental -de naturaleza esencialmente militar- oficialmente denominada Escudo de las Américas (Shield of the Américas).
Lo acompañaron los presidentes Javier Milei (Argentina), Rodrigo Paz (Bolivia), Rodrigo Chaves (Costa Rica), Daniel Noboa (Ecuador), Nayib Bukele (El Salvador), Irfaan Ali (Guyana), Nasry “Tito” Asfura -popularmente conocido como “Papi a la Orden”- (Honduras), José Raúl Mulino (Panamá), Santiago Peña (Paraguay), y Luis Abinader (República Dominicana), así como la primera ministra Kamla Persad-Bissessar (Trinidad y Tobago), y el entonces producente electo José Antonio Kast (Chile) -quien fue juramentado, el 11 de marzo, cuatro días después del encuentro, para el período (2026-2030)-.
La reunión se llevó a cabo el 7 de marzo, en el lujoso alojamiento/instalación de golf Trump National Doral Miami, en la ciudad de Doral, en el extremo sur del sudoriental estado de Florida.
No está claro si los gastos fueron cubiertos por el gobierno estadunidense, o por cada participante, pero, cualquiera sea el caso, Trump suele utilizar instalaciones de su propiedad, como sede de actividades oficiales, algo que, automáticamente, le genera altos volúmenes de ingresos -según diferentes versiones periodísticas, se trata de millones de dólares-.
En ese sentido, en un artículo de opinión que difundió, el 20 de enero de 2026 -al cumplirse el primer año de su segundo cuatrienio en la presidencia (2025-2029)-, el diario estadounidense The New York Times (NYT) indicó que, hasta ese momento, la cifra era considerablemente superior a mil millones de dólares.
Bajo el título “Cómo Trump se ha embolsado $1,408,500,000” (“How Trump Has Pocketed $1,408,500,000”), el Times -medio de comunicación odiado y recurrentemente injuriado por el autócrata- precisó que, “hace un año, Donald Trump juramentó servir al pueblo estadounidense. En cambio, se ha enfocado en usar la presidencia para enriquecerse”.
En el marco de la cita cumbre en Doral, el reincidente inquilino de la Casa Blanca firmó la Proclama que formalizó la creación de la también flagrantemente militar Coalición de las Américas Contra los Carteles (Americas Counter Cartel Coalition, Accc) -igualmente conocida como A3C-.
“Estados Unidos, bajo mi liderazgo, ha demostrado un sostenido compromiso hacia lograr el desmantelamiento de Carteles y terroristas extranjeros operando en el Hemisferio Occidental”, señaló en la extensa parte introductoria del texto de cuatro puntos resolutivos
-cuyo contenido es groseramente imperialista-.
“Mi administración ha designado a un número de carteles y pandillas transnacionales como organizaciones terroristas extranjeras, y ha, desde entonces, dedicado recursos sin precedente hacia la destrucción de las mismas”, agregó, en su conocido estilo de exagerado/recurrente autoelogio.
“Estas entidades controlan territorios y comercio, extorsionan sistemas políticos y judiciales, manejan armas y capacidades militares de campo, y usan asesinatos y terrorismo para lograr sus fines”, planteó, a continuación.
“Impulsando nuestros esfuerzos, el Secretario de Guerra estableció la Coalición de las Américas Contra los Carteles, una promesa de líderes militares y representantes de 17 países demostrando que la región está pronta para operacionalizar poder duro para derrotar esas amenazas a nuestra seguridad y civilización”, agregó -insistiendo en usar su arbitraria/belicista denominación del secretario de Defensa como “secretario de Guerra”-.
“Atenderemos esos graves peligros con el uso de los recursos necesarios y las autoridades legalmente disponibles, junto con nuestras naciones socias”, precisó, en tono amenazante.
En el primero de los cuatro puntos resolutivos de la proclama, indicó que “los carteles criminales y las organizaciones terroristas en el Hemisferio Occidental tendrían ser demolidos en el grado más pleno posible, consistete con la ley aplicable”.
En el segundo, afirmó que “Estados Unidos y sus aliados tendrían que coordinar para privar, a esas organizaciones, de cualquier control de territorio y acceso a financiamiento o recursos necesarios para conducir sus campañas de violencia”.
En el tercero, se comprometió a que “Estados Unodos capacitará y movilizará las fuerzas militares de naciones socias para lograr la más eficaz fuerza de combate para desmantelar los carteles y su capacidad para exportar violencia y procurar influencia a través de la intimidación organizada”.
En el cuarto, señaló que “Estados Unidos y sus aliados tendrían que mantener bajo control las amenazas externas, incluyendo malignas influencias extranjeras desde fuera del Hemisferio Occidental”.
La reunión cumbre fue antecedida, el 4 y el 5 de marzo, por la Conferencia de las Américas Contra los Carteles (Americas Counter Cartel Conference), encuentro de 18 ministros de Defensa y de Seguridad del continente -incluido el titular de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, quien presidió el cónclave-.
Acompañaron a Hegseth, sus colegas de Argentina, Bahamas, Belice, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Guyana, Honduras, Jamaica, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Trinidad y Tobago, mietras que, por Chile, participó el entonces designado ministro de Defensa, Fernando Barros -quien asumió el cargo también el 11 de marzo-.
La conferencia ministerial, llevada a cabo en la sede del militar Comando Sur de Estados Unidos (United States Southern Command, Southcom), resultó en la firma, en la segunda de las dos jornadas, de la Declaración Conjunta de Seguridad de la Conferencia de las Américas Contra los Carteles (Americas Counter Cartel Conference).
Por su entonces condición de ministro designado, y dado que el gobierno saliente del izquierdista chileno Gabriel Boric no fue invitado, Barros no suscribió, en ese momento, el breve texto de tres puntos explicativos, y cuatro declaratorios de compromiso.
Con sede en Doral -después de haber estado medio siglo (1947-1997) en la entonces estadounidense Zona del Canal de Panamá-, el Southcom tiene la tarea oficial de “trabajar, colaboradoramente, para asegurar que el Hemisferio Occidental sea seguro, libre, y próspero”.
Además, como misión oficial, “desalienta agresión, derrota amenazas, rápidamente responde a crisis, y construye capacidad regional, trabajando con nuestros aliados, naciones socias, y miembros del equipo del Gobierno de Estados Unidos (US government, USG) para mejorar la seguridad y defender la patria estadounidense, y nuestros intereses nacionales”.
Los ministros reunidos en la sede militar, señalaron, en el texto que suscribieron, que “declaramos nuestra intención de: expandir la cooperación multilateral y bilateral para mejorar nuestra seguridad em el Hemisferio Occidental”.
Igualmente, de “cooperar en las siguientes áreas: plenos esfuerzos gubernamentales respecto a seguridad fronteriza; combatir el narcoterrorismo y el tráfico; asegurar la infraestructura crítica; y otras áreas a ser mutuamente determinadas”.
Asimismo, “impulsar ‘Paz a través de Fuerza’ (‘Peace through Strength’) para enfrentar futuras amenazas a nuestros mutuos intereses”, además de “ingresar a una coalición para combatir al narcoterrorismo y otras amenazas compartidas al Hemisferio Occidental”.
Las intenciones fueron declaradas “reafirmando nuestras fuertes relaciones, sobre la base de un compromiso compartido de paz, soberanía, y seguridad en el Hemisferio Occidental”, lo mismo que “respetando la soberanía de cada una de nuestras naciones, consistete con acuerdos bilaterales existentes y las leyes de nuestros respectivos países”.
También, “reconociendo la importancia estratégica del mejoramiento de la cooperación entre socios alineados con un interés común en un Hemisferio Occidental seguro y protegido”.
La afinidad militarista entre los objetivos del Southcom y de la Coalición es, por demás, notoria.
Afectada en diferente medida por el narcotráfico, la región latinoamericana/caribeña consiste en 33 países, lo que significa que la mitad quedó -al menos en principio- fuera del escudo y de la coalición.
Entre las ausencias, dos son monumentales -aunque no son sorprendentes-: México y Colombia.
México es el vecino inmediato de Estados Unidos -con frontera terrestre compartida de aproximadamente 3,155 kilómetros-, y, en su extenso territorio -algo más de 1.9 millones de kilómetros cuadrados, el tercero latinoamericano en superficie, después de Brasil (8.5 millones) y Argentina (2.7 millones)- operan algunos de los más activos y violentos narcocarteles.
El actual gobierno mexicano -presidido por la fenomenal estadista Claudia Sheinbaum-lleva adelante un esfuerzo -que procura equilibrar los componentes social y represivo- por combatir a esas narcoestructuras, lo mismo que el tráfico de drogas hacia Estados Unidos.
También se esfuerza por erradicar el tráfico de armas que, desde Estados Unidos, beneficia directamente a los carteles mexicanos.
Trump sistemáticamente insulta a la administración Sheinbaum, con afirmaciones inexactas tales como que “los carteles de la droga controlan a México”.
Si tal fuese el caso -que, obviamente, no lo es-, México debió recibir invitación a participar en la cumbre del escudo y en la reunión de la coalición.
Lo mismo se aplica a Colombia, uno de los principales lugares de origen del narcotráfico mundial, y uno de los puntos de apoyo regionales de Estados Unidos en materia de combate militarizado al narcotráfico -por, ejemplo, a través del Plan Colombia, vigente en 2000-2015, que, con millonario financiamiento imperial, sirvió, en realidad, para fortalecer a las fuerzas armadas del país sudamericano, y golpear a la guerrilla colombiana entonces operativa-.
En su condición de patán que se maneja como dueño de la verdad, Trump ha acusado, al presidente colombiano, Gustavo Petro -con quien se reunió, recientemente, en Washington-, de ser narcotraficante.
Por su parte la secretaria de Prensa de la Casa Blanca -o sea, la principal portavoz del régimen trumpista-, la insoportable Karoline Leavitt, justificó, en la cotidiana conferencia de prensa, el 10 de marzo -tres días después de la reunión de gobernantes-, la exclusión de Colombia -es decir, de Petro-.
“No creo que estamos viendo el nivel de cooperación que, en realidad, queremos ver aún, del gobierno de Colombia, para invitarlos a la actividad del Escudo de las Américas”, empezó a decir.
“Pero, seguramente, esperamos que esta recién fundada organización se expanda, y continuaremos invitado a países miembros adicionales”, agregó.
“Pero hubo unos cuantos países -creo que hubo 17 países- representados, doce jefes de Estado con el presidente, el fin de semana”, puntualizó.
“Firmaron un acuerdo de defensa, con todos nuestros militares, para enfatizar la necesidad de combatir a los carteles de drogas en toda América Latina -y el Hemisferio Occidental-, y, eventualmente, por supuesto, frenar el tráfico ilegal que se dirige a Estados Unidos, lo que es la prioridad del presidente, en todo esto”, planteó, a continuación -obviamente, sin mencionar del tráfico norte-sur de armas-.
“Entonces, fue una gran actividad, el sábado, y esperamos que la coalición se expanda”, reafirmó.
Pero ni la centroizquierdista Sheinbaum -la primera mujer en ejercicio de la presidencia mexicana- ni el izquierdista Petro -un ex guerrillero del disuelto Movimiento 19 de Abril (M19)- tuvieron cabida en las reuniones, ya que, para Trump, pesa más la ideología que el pragmatismo.
El enfoque militarista del escudo y de la coalición, reafirman la terquedad de considerar, equivocadamente, que la única vía idónea, para combatir al narcotráfico, es la militar.
Un ejemplo de ello es el hecho de que el patéticamente mediocre ex presidente mexicano (2006-2012) Felipe Calderón, priorizó la opción de guerra antinarco, lo que generó una brutal confrontación armada gobierno-carteles, con saldo -según diversos cálculos- en el rango de 60 mil a más de 80 mil bajas fatales -incluidas víctimas de sicariato-.
El monumental error de cálculo de Calderón no solamente significó un criminal fracaso sino que agudizó el problema, porque generó el surgimiento -y el fortalecimiento- de varias narcoestructuras, entre las que se destacan La Familia Michoacana y Los Zetas.
Si bien la violencia caracteriza a esas organizaciones, el caso de Los Zetas -que operó en 1999-2018- es paradigmático, probablemente por el hecho de que sus filas incluyeron a ex integrantes del particularmente represivo segmento élite de las Fuerzas Armadas de Guatemala denominado Kaibiles.
No obstante el antecedente calderonista -y sin perjuicio de la represión como fallida opción de combate antinarco-, Trump convocó, a los gobernantes más afines, en el área latinoamericana/caribeña, para instalar el escudo y la coalición.
En su obsesión por volver a constituir a Estados Unidos como gendarme mundial, el autócrata norteamericano -ansioso por obtener el Premio Nobel de la Paz- está dispuesto a arrastrar a la región a una demencial guerra destinada al brutal fracaso -mientras genera otras situaciones bélicas, por ejemplo en Oriente Medio, después de haber aseverado que, gracias a sus gestiones, la región estaba en paz-.
Según el tradicional razonamiento imperial gringo, Estados Unidos puede, arbitrariamente, invadir cualquier país, porque su misión divina así lo prevé.
Convertido en arma de la intervencionista política exterior estadounidense -sin perjuicio del partido gobernante-, el denominado Destino Manifiesto es una visión flagrantemente imperialista que data de por lo menos 1845.
Un estadounidense llamado John O’Sullivan, lanzó, ese año, el desquiciado concepto absolutista de que Estados Unidos es la única potencia providencialmente llamada a dominar al mundo, para salvarlo mediante la difusión y la imposición del modelo correcto de democracia -el gringo, obviamente-.
Según relatos históricos, el nacionalista cristiano O’Sullivan (1813-1895) –fundador, director, y columnista de los medios de comunicación United States Magazine (Revista Estados Unidos) y Democratic Review (Revista Democrática)- escribió, en 1839, un artículo de opinión notoriamente proimperialista.
El autor aseveró que el “destino divino” asignó, a Estados Unidos, la misión de “establecer, sobre la tierra, la dignidad moral y la salvación del hombre”.
O’Sullivan produjo el escrito, en el marco de la escalada expansionista estadounidense
-fenómeno geopolítico particularmente fuerte durante las décadas de 1830 y 1840-, cuando el país crecía geográficamente, por la vía de la creación de estados -hasta llegar a los actuales 50-, mediante la compra -o la apropiación bélica- de territorios.
Partidario de la independencia de Texas -hasta entonces, territorio mexicano- para su violenta incorporación a Estados Unidos -lo que ocurrió en 1845-, el columnista escribió, en 1836, el artículo que tituló “Annexation” (“Anexión”).
Según el autor, la asimilación de Texas -como el estado número 28- debía concretarse en razón del “derecho de nuestro destino manifiesto de extendernos y poseer la totalidad del continente que la Providencia nos ha dado para el libre desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno federado que se nos ha confiado”.
Entre las más agresivas interpretaciones del destino manifiesto, se destaca la formulada, en 1859, por Reuben Davis (1813-1890), entonces diputado, por el Partido Demócrata, de la Cámara de Representantes del sureño estado de Mississippi, un propietario de esclavos quien sirvió, durante la Guerra Civil Estadounidense (1861-1865), en el Ejército Confederado (Confedrate Army) -la fuerza armada que fracasó en lograr la secesión del sur esclavista-.
En la expansionista visión de Davis -imperialismo irrestricto-, “podemos expandirnos hasta incluir el mundo entero”.
Específicamente, “México, América Central, América del Sur, Cuba, la Islas de las Indias Occidentales (caribeñas), y hasta Inglaterra y Francia podríamos anexar sin inconveniente”, siguió explicando, para aclarar, de inmediato, que ello se haría, “permitiéndoles, con sus Legislaturas locales, regular sus asuntos locales, a su manera”.
Algo así como convertir a los demás países, en municipalidades de Estados Unidos -lo que, en el siglo 21, parece ser un objetivo del trumpismo, empezando por la vecina Canadá-.
Dirigiéndose al entonces presidente del congreso de Mississippi, Davis subrayó, categóricamente: “esta, señor, es la misión de esta República, y su destino original”.
Habiendo acuñado, casi dos siglos después, la consigna “Hacer a Estados Unodos Grande Otra Vez” (“Make America Great Again”, Maga), Trump, cual reencarnación de Davis, lanzó lo que yo etiqueto como el aún más tóxico “Destino Magafiesto” (“Magafest Destiny”, en su idioma de origen).
Esa providencialista ideología de atropello de soberanías como misión por encargo divino, se complementa con la también nefasta Doctrina Monroe -que, igualmente, data del siglo 19-.
La génesis de la doctrina se ubica en enero de 1821, cuando el entonces secretario de Estado (1817-1821, 1821-1825) John Quincy Adams, lanzó el principio de que América tendría que blindarse contra cualquier nuevo intento colonizador por parte de Europa -la mayoría de las ex posesiones europeas en el continente se había convertido, para ese momento, en países independientes-.
Según Adams -quien, cuatro años después de haber divulgado el axioma de la dominación gringa, se convirtió en el sexto presidente del país (1825-1829)-, existía el peligro de que potencias coloniales europeas -tales como Austria, Francia, Rusia- intentasen aprovechar el deterioro que presentaba el imperio español, y procurasen recolonizar las ex posesiones iberoamericanas.
Lo planteado por su secretario de Estado sirvió, al entonces presidente -el quinto- James Monroe (1817-1821, 1821-1825), como base para imponer su doctrina, lo que hizo al presentar, el 2 de diciembre de 1823, al congreso estadounidense, su sétimo informe anual de labor.
Entre otros conceptos proteccionistas, Monroe -quien, previamente, fue secretario de Estado (1811-1815, 1815-1817)- aseveró, “como un principio en el cual los derechos y los intereses de Estados Unidos están involucrados, que los continentes americanos (en alusión a Norte, Centro, y Sudamérica), por la libre e independiente condición que han asumido y mantienen, deben, desde ahora, no ser considerados como sujetos de futura colonización por ninguna potencia Europa”.
“Tenemos que considerar cualquier intento, de su parte, de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio, como peligroso para nuestra paz y seguridad”, recomendó.
De modo que, respecto a los nuevos países independientes en América, cualquier acción europea “con el propósito de oprimirlos, o controlar, de cualquier otra manera, su destino”, sería vista “como la manifestación de una disposición inamistosa hacia Estados Unodos”, advirtió.
También incluyó un componente de reciprocidad -no exento de amenaza-, que definió a la política estadunidense, respecto a Europa, como consistente en “no interferir en los asuntos internos de ninguna de sus potencias”, y en mantener las relaciones “mediante una política (exterior) franca, firme, y viril”-léase: “imperialista”-.
En la opinión de Monroe, “es imposible que las potencias aliadas (europeas) extiendan su sistema político” a América, “sin poner en peligro nuestra paz y felicidad, así como nadie puede creer que nuestros hermanos sureños, por sí solos, lo adoptarían voluntariamente”, además de que “es igualmente imposible, por lo tanto, que nosotros veríamos con indiferencia tal interferencia”.
También justificó la expansión territorial estadounidense, a partir de la independencia (1776) respecto a la corona británica.
“En la primera época, la mitad del territorio dentro de nuestros límites reconocidos estaba inhabitado”, pero, “desde entonces, nuevo territorio de vasta extensión ha sido adquirido”, en el cual “nuestra población se ha expandido en toda dirección, y nuevos estados han sido establecidos”, precisó -racistamente ignorando a los habitantes originales: los pueblos indígenas-.
Ello, “ha eminentemente aumentado nuestros recursos y agregado a nuestra fuerza y respeto como una potencia que es aceptada por todos”, a nivel mundial, señaló, a continuación.
La actual política exterior estadounidense presenta notoria afinidad con los enunciados monroístas, por lo que -apoyándose en las tres primeras letras del nombre de Trump-, algunos medios de comunicación estadounidenses, y algunos de los colaboradores inmediatos del autócrata, la han bautizado como la “Doctrina Donroe” (“Donroe Doctrine”) -o sea, la doctrina de Donald/Monroe-.
Fusionando el “Destino Magafiesto” y la “Doctrina Donroe”, el autócrata gringo está fortaleciendo, desmedidamente, el ADN imperialista/guerrerista de Estados Unidos, y una de las expresiones más notorias -la más reciente, al momento de redactar esta nota- es el Escudo de las Américas -con su A3C-.
El intelectualmente patético secretario de Defensa, Pete Hegseth, notificó, a sus pares participantes en la reunión de la coalición, respecto a la naturaleza militar del grupo.
En alusión a la trumpiana denominación del Departamento de Defensa, Hegseth dijo que “el presidente Trump y su Departamento de Guerra están dando inicio a una nueva era de defensa interna y hemisférica, enraizada en la singular herencia de nuestra nación y las naciones de ustedes”.
“Estamos, después de mucho tiempo, poniendo primero a Estados Unidos, a los estadounidenses, y a las Américas, asegurando la paz a través de la fuerza y restableciendo el sentido común”, agregó.
“En nuestro departamento, estamos haciéndolo al restituir el Carácter Guerrero (Warrior Ethos), reconstruyendo nuestras fuerzas militares a niveles históricos, y restableciendo la disuasión, en este hemisferio y en todo el mundo”, planteó.
“Por mucho tiempo, líderes en Washington, y su política exterior, abandonaron la sencilla sabiduría de la Doctrina Monroe”, aseguró, de inmediato.
“Hoy, unos 200 años después, seguimos maravillándonos con la sabiduría de la declaración del presidente Monroe”, dijo.
“Nosotros, como ustedes, queremos fronteras y territorios soberanos que son seguros, queremos irrestricto acceso a terreno y comercio claves, de modo que nuestras naciones puedan industrializarse, y queremos impedir que potencias externas amenacen nuestra paz e independencia en nuestro vecindario compartido”, indicó.
“Esta es la esencia de la Doctrina Monroe: ninguna potencia externa interferirá en este hemisferio”, porque “la nuestra, tendría que ser una región de naciones soberanas fuertes”.
“Es el mismo principio que, hoy, anima el enfoque de defensa del presidente Trump”, garantizó.
Además de su discurso supuestamente amable, el obsecuentemente trumpista vocero Maga advirtió sobre amenazas, dejando claramente establecida la naturaleza imperialista/guerrerista de la alianza.
“Estados Unidos está preparado para enfrentar esas amenazas e ir a la ofensiva, solo -si es necesario”, dijo, en tono amenazante.
“Sin embargo, es nuestra preferencia -y es el objetivo de esta conferencia- que, en el interés de este vecindario, lo hagamos junto con ustedes, con nuestros vecinos y con nuestros aliados, quienes están ansiosos, y dispuestos, y son capaces”, aclaró.
“Para hacer esto, para trabajar juntos, debemos, primero, reconocer lo que se perdió, y, luego, entender qué se necesita restablecer”, señaló, a continuación.
“Todas las naciones representadas en este salón, son hijas de la civilización occidental”, de modo que “nuestras naciones están, y siempre estarán, unidas por nuestra herencia, nuestra historia y geografía, en este nuevo mundo”, aseguró, para determinar que “compartimos los mismos intereses, y, debido a esto, enfrentamos una prueba esencial”.
Según Hegseth, la prueba se refiere a “si nuestras naciones serán y seguirán siendo naciones con características distintivas, naciones cristianas, bajo Dios, orgullosas de nuestra herencia compartida, con fronteras fuertes y gente próspera, gobernadas no por la violencia y el caos sino por la ley, el orden, y el sentido común”.
“O si somos penantemente divididos por otra cosa, conducidos engañosamente por fuerzas en competencia, el narcocomunismo radical y la narcotiranía, que amenaza a nuestra gente, nuestras fronteras y nuestras tierras soberanas en el nombre de una falsa soberanía o una falsa paz”, agregó.
“La migración masiva descontrolada, que sobrepasa nuestros recursos nacionales destinados a ciudadanos quienes los merecen, y genera crimen sin control, y violencia sin control, o la creencia en el así llamado globalismo que procura borrar nuestras distintivas identidades nacionales en el nombre de la tolerancia, borrar nuestras fronteras, en el nombre de la compasión, y borrar nuestro Carácter Guerrero -que nos hace fuertes-, en el nombre de la así llamada diversidad y corrección política”, siguió aseverando.
También impuso el mapa geopolítico y geoeconómico trazado por el imperialismo Maga -a su vez, constituido en corrupto administrador mundial preocupado por sus inconfesables negocios turbios-.
“Los mismos adversarios que amenazan nuestra herencia compartida, amenazan, también, nuestra geografía compartida”, dijo, manejando conceptos presentados como irrefutables verdades absolutas -que no son sino tergiversaciones de realidades que al imperio no le gustan-.
“Procuran desplazar la histórica relación ‘Norte-Sur’, que siempre hemos compartido, con una especie de nuevo ‘Sur Global’ que excluye a Estados Unidos y a otras naciones occidentales pero incluye a potencias no occidentales y otros adversarios”, siguió ofensivamente simplificando.
“La respuesta a nuestro desafío no es la de ignorar nuestra geografía en el nombre de intereses globales sino abrazar nuestra geografía compartida en el nombre de intereses nacionales”, agregó.
“Es por eso que el presidente Trump ha trazado un nuevo mapa estratégico, desde Groenlandia, hasta el Golfo de Estados Unidos, hasta el Canal de Panamá y sus países vecinos”, agregó, usando la insultante denominación que, imperialistamente, Trump decidió dar, el año pasado, al Golfo de México.
Groenlandia -masivo territorio isleño en el extremo nororiental de América, que es parte de la soberanía de Dinamarca-, y el canal -que, después de haber pertenecido a Estados Unidos, es parte de la soberanía de Panamá- son dos declarados objetivos del expansionismo delirante trumpiano.
“En el Departamento de Guerra, llamamos, a este mapa estratégico, la Gran Norteamérica”, reveló.
Ello, “porque cada nación soberana y territorio al norte de la línea ecuatorial, desde Groenlandia hasta Ecuador, y desde Alaska hasta Guyana, no es parte del ‘Sur Global’” sino que “es nuestro perímetro de seguridad inmediato en este gran vecindario en el que todos vivimos”, afirmó.
“Cada uno de estos países limita con el Atlántico Norte o con el Pacífico Norte”, además de que “cada uno de esos países se ubica al norte de dos barreras geográficas básicas que existen en la región: el Amazonas y la Cordillera de los Andes”, agregó.
En su ignorancia, los trumpianos no toman en cuenta que Ecuador no se ubica al norte de la cordillera sino que es atravesado, en su sector centroccidental, por esa cadena montañosa que se extiende, por el oeste sudamericano, a lo largo de unos nueve mil kilómetros, desde Argentina, pasando por Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, hasta Venezuela.
Respecto a la supuesta “Gran Norteamérica”, dijo que “ésta, es geografía básica que no enseñamos, en las escuelas, tanto como deberíamos, y restablece nuestras relaciones Norte-Sur, y tenemos que entenderla bien”, planteó.
“En el Norte, Estados Unidos debe mejorar posición y presencia, en cooperación con ustedes y nuestros socios soberanos, para defender nuestro compartido perímetro de seguridad inmediato”, indicó.
“En el Sur -es decir, al sur de la línea ecuatorial-, el otro lado de este gran vecindario, fortaleceremos nuestras alianzas a través de compartir más la carga”, prometió.
“Esto les permitirá, a ustedes, asumir un papel mayor en la defensa del Atlántico Sur y del Pacífico Sur, y asegurar la infraestructura y los recursos críticos en alianza con nosotros y otras naciones occidentales”, agregó, tratando de presentar una imposición imperialista como si fuese una generosa concesión solidaria.
Pero, a continuación, impartió la orden de que “esto significa que, para cada país en este hemisferio, la seguridad fronteriza debe ser su prioridad”.
Hegseth indicó que “apenas hemos empezado a trabajar con ustedes”, y aseguró que “ustedes y nosotros debemos hacer más, para poner la mira en grupos narcoterroristas en todos los dominios”.
“Desmantelaremos las redes narcoterroristas en este hemisferio, y negaremos acceso a los adversarios estatales que las apoyan”, y “corregiremos los errores del pasado, los errores del así llamado ‘Sur Global’”, vaticinó.
Como no podía ser de otra manera, el intelectualmente limitado trumpismo interpreta, al revés, la realidad, porque los errores a corregir son las barbaridades perpetradas por el imperio gringo contra el Sur Global -que existe, aunque la insultante ignorancia Maga quiera desestimarlo-.







