En la segunda mitad del siglo XX, Centroamérica vivió una paradoja económica marcada por la coexistencia de dos modelos económicos que buscaban transformar la región: el modelo agroexportador y la industrialización sustitutiva de importaciones (ISI). Esta dicotomía refleja las tensiones entre la modernización agrícola y el intento de diversificación industrial que, a pesar de su potencial, resultó ser en gran medida un intento fallido de reconfigurar el capitalismo agrario-exportador que predominaba en la región.
El modelo agroexportador había dominado la economía centroamericana desde la época colonial, centrado en cultivos de exportación como el café y el banano, que generaban un considerable excedente económico. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, emergió una nueva visión económica promovida por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y apoyada por varios sectores de la sociedad centroamericana. Esta visión proponía una industrialización sustitutiva de importaciones como un medio para diversificar las economías y reducir la dependencia de las importaciones extranjeras.
El enfoque ISI, respaldado por la CEPAL y funcionarios públicos de alto nivel, buscaba transformar las economías agroexportadoras a través de la creación de una base industrial regional. Se planteó que la integración económica y la industrialización regional podrían ofrecer una solución a las limitaciones del mercado interno, permitiendo la formación de industrias de mayor escala y la reducción de la desigualdad generada por el mercado libre. El Tratado Multilateral de Libre Comercio e Integración Económica Centroamericana, ratificado en 1958, fue el primer intento formal de implementar este modelo en la región.
La propuesta inicial de la CEPAL era avanzada para su época, abogando por una integración industrial gradual que permitiera a los países de Centroamérica coordinar sus planes de desarrollo, crear empresas regionales y optimizar la localización de actividades industriales. Esta integración buscaba no solo la liberalización del comercio regional sino también la creación de un mercado interno suficientemente amplio para justificar la inversión en nuevas industrias.
Sin embargo, el sueño de una transformación económica radical encontró serios obstáculos. Primero, las profundas diferencias entre los países centroamericanos sobre el rol del Estado en la economía y la ubicación de las plantas industriales generaron conflictos significativos. Además, la oposición de Estados Unidos, que prefería un orden económico liberal , libre mercado, y la resistencia de las élites agrarias locales, que veían la intervención estatal como una amenaza a sus intereses, contribuyeron al fracaso del proyecto.
La intervención estadounidense, que incluía el sabotaje de la propuesta de la CEPAL por parte de empresarios , políticos con intereses en la región, y la presión para adoptar un modelo más alineado con el libre comercio, alteró profundamente los objetivos originales del proyecto integracionista. A partir de 1959, la estrategia de integración se inclinó hacia la formación de una unión aduanera entre El Salvador, Honduras y Guatemala, excluyendo a Costa Rica y Nicaragua. Este cambio no solo comprometió el ideal de una integración económica regional sino que también exacerbó las tensiones entre los países.
Finalmente, la crisis que surgió de estos desacuerdos se resolvió en parte con la firma del Tratado General de Integración Económica en 1960, que dio lugar a una unión aduanera menos ambiciosa y centrada en las reglas del mercado para determinar la localización de las actividades industriales. Esto significaba que, en lugar de una industrialización planificada , coordinada, la región terminó con un sistema que perpetuaba muchas de las estructuras económicas preexistentes , no logró cumplir con las promesas de autonomía y desarrollo regional.
En resumen, el intento de transformar el capitalismo agrario-exportador a través de la industrialización sustitutiva de importaciones en Centroamérica se encontró con múltiples barreras, desde la resistencia interna hasta la intervención externa. Aunque el proyecto ISI presentó una visión ambiciosa para el desarrollo regional, su ejecución fallida subraya las dificultades de implementar cambios estructurales significativos en un contexto de intereses divergentes y presiones externas.







