Una crítica ética desde Costa Rica
Aprender a ver el universo
“El futuro es hoy mismo, dentro de una milésima de segundo y abarca un amplio campo temporal, tanto como el pasado”, afirmaba Lino Budiño, y esta reflexión ilumina la necesidad de una educación que trascienda la mera transmisión de contenidos.
Frank Ulloa Royo, intelectual costarricense con una vasta trayectoria en el ámbito de la educación, los derechos humanos y el derecho laboral recuerda: “Yo no aprendí a leer por algoritmos. Aprendí a leer en los gestos de mis maestras, en sus pausas, en sus formas de estar. Pero antes de las letras, antes de los números, aprendí a ver el universo. Y fue una maestra quien me lo mostró.” En Salinas, Puntarenas, la maestra bajaba del tren y caminaba largas distancias hasta la escuelita unidocente, “donde nos esperaba con una sonrisa que parecía traer el mar en su bolso. No venía solo a enseñar: venía a sembrar asombro.”
Bajo su guía, los niños aprendían a “contar estrellas, a nombrar constelaciones, a imaginar que cada punto de luz tenía una historia porque no estábamos solos en el universo.” Así, el saber se transformaba en belleza, sueños y aspiración de una vida feliz. La docente también promovía el bienestar de la comunidad: “Apoyaba las buenas ideas, escuchaba los problemas, aconsejaba con ternura y firmeza. Nadie en el pueblo podría olvidarla. No por sus títulos, sino por su presencia. Por estar. Por quedarse. Por caminar cada día desde el tren hasta nuestras vidas.”
La emoción como parte del aprendizaje
Ulloa, recuerda con emoción a Ligia, su maestra de sexto grado: “Se casó en esos días de noviembre en que terminábamos la primaria, y lloré. Pero no solo yo: todos lloramos. No era un llanto de pérdida, era un llanto de gratitud, de ternura, de algo que no sabíamos nombrar pero que nos había tocado el alma.”
También destaca a la docente que enseñó a amar las matemáticas: “Los números no son fríos si se tocan con experiencias. Que la lógica puede tener corazón. Que el aprendizaje puede ser abrazo y recuperación del entorno.” Ulloa enfatiza: “Estas emociones educativas son insustituibles. No se programan. No se descargan. No se simulan. Son vínculos que forman carácter, que enseñan a vivir.”
Y advierte: “Ya hay quienes las consideran prescindibles. En oficinas de planificación estatal, donde el afecto no tiene casilla presupuestaria, ya se hacen cálculos para reducir la planilla. Porque si una aplicación puede enseñar a sumar, ¿para qué pagarle a la maestra que también enseña a ver el cielo?”
La deshumanización de la educación postmoderna
Según Ulloa, Lino Budiño y Rodrigo Carazo soñaron con una escuela modelo que abriese ventanas al aire, la tierra y el mar, “y a muchos telescopios, como ventanas para abolir los límites terrenales.” Sin embargo, emergen modelos educativos que prescinden de la figura del maestro: “Escuelas como Alpha en Estados Unidos, y otras iniciativas tecno-pedagógicas, promueven entornos donde el docente es reemplazado por algoritmos, plataformas adaptativas y ‘guías’ sin formación pedagógica. Este fenómeno, presentado como innovación, exige una reflexión profunda desde la ética, la pedagogía y la memoria sindical.”

En esta escuela sin maestros, “el niño se convierte en usuario, el aprendizaje en producto, el vínculo en interfaz. Se pierde la dimensión corporal, emocional, simbólica del acto educativo. Se pierde el llanto compartido, la celebración del logro, el consuelo ante el error.” Ulloa subraya: “Desde una óptica ética, esto es inaceptable. La educación debe formar sujetos, no solo habilidades. Debe cultivar humanidad, no solo competencia. Y eso requiere presencia, contacto, diálogo.”
El sindicato como guardián de la ternura y la solidaridad
“El sindicato no puede quedarse en la defensa técnica del empleo. Son mucho más que eso. Son custodios de la ternura, defensores del vínculo, arquitectos de una pedagogía que no se rinda ante la eficiencia sin alma.” Ulloa insiste en que la solidaridad es el núcleo de la educación: “Es lo que permite que el maestro no vea al estudiante como un número, sino como un rostro lleno de ilusiones. Es lo que hace que una maestra se quede después de clase para escuchar a un niño que llora, que acompañe a una familia en duelo, que defienda a una comunidad cuando el Estado se ausenta.”
Prescindir del maestro, advierte, “es romper el vínculo entre escuela y territorio. Es convertir la educación en una operación abstracta, sin raíces, sin memoria.” Por ello, concluye: “Si el futuro amenaza con borrar a las maestras, el sindicato debe ser el archivo vivo de su ternura. El lugar donde se diga, con firmeza y con amor: aquí, todavía, florece el gesto. Aquí, todavía, educamos en solidaridad.”







