La agitación geopolítica global y la corrupción de la Fifa, en la cancha del mundial 2026

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Tarjeta roja colectivaa Trump, Infantino, y la Fifa -por atentar contra la ética-. Foto/Agencias

El contexto geopolítico global que enmarca el desarrollo del Campeonato Mundial de Fútbol 2026, es uno de los más caóticos en la historia de esas competencias que la Federación Internacional de Fútbol Asociación (Fédération Internationale de Football Association, Fifa) organiza, hace casi un siglo.

Por otra parte, la corrupción que viene caracterizando a la federación -hace décadas, y en aumento- se fusiona con la politización de la cúpula del máximo organismo que rige al más popular deporte a nivel planetario.

Fundada en 1904, en París, la Fifa llevó a cabo, en 1930, en Uruguay -específicamente en el Estadio Centenario, ubicado en Montevideo, la capital nacional-, el primer torneo por la copa mundial.

Inaugurado el 18 de julio de 1930, el histórico centro deportivo fue nombrado así para marcar los 100 años del juramento de la primera Constitución uruguaya -el 18 de julio de 1830, frente al Cabildo de Montevideo, la sede del gobierno colonial, en la Plaza Matriz, ahora denominada Plaza Constitución-.

Elaborada en oro de 18 quilates, la copa -cuya altura es algo superior a 36 centímetros, con peso que apenas supera seis kilos- ha cambiado nombre y diseño, habiendo sido inicialmente conocida como Victoria, y configurada para representar a Niké, la mitológica diosa griega de -precisamente- la victoria.

El creador de la distinción, el francés Jules Rimet -el tercer presidente de la Fifa (1921-1954), y principal impulsor del torneo mundial-, determinó que el país que la obtuviese tres veces, conservaría la escultura perpetuamente en propiedad.

Ese privilegio correspondió, primeramente, a Brasil, cuando concretó, en 1970, el tercero de sus -hasta ahora- cinco títulos (1958, 1962, 1970, 1994, 2002).

También Italia, Alemania, y Argentina han sido tricampeones, respectivamente, en 1982, 1990, y 2020 -la selección italiana ha ganado cuatro veces la copa (1934, 1938, 1982, 2006), al igual que la alemana (1954, 1974, 1990, 2014), mientras que la argentina la ha obtenido en tres torneos (1978, 1986, 2022)-.

Para el campeonato de 1974, la Fifa determinó el diseño actual, también en oro -dos figuras humanas sosteniendo al planeta Tierra-, y la nombró en homenaje a Jules Rimet, designación que estuvo vigente hasta 1974, cuando recibió su denominación actual: Copa Mundial de la FIFA.

La escultura fue objeto de dos robos, en el lapso de 17 años -desconociéndose su paradero, después del segundo-.

Exhibida públicamente en una vitrina en Westminster Central Hall (Salón Central de Westminster) -una instalación multipropósito, operada por la Iglesia metodista británica, en el sector de Westminster, en el centro de Londres, la capital británica-, la copa fue robada, el 20 de marzo de 1966, mientras esa ciudad era una de las siete sedes del sétimo campeonato mundial.

La reliquia futbolística fue hallada -abandonada, envuelta en papel-, nueve días después, accidentalmente, por un perro, mientras su dueño lo paseaba.

El máximo símbolo del fútbol mundial sufrió una nueva sustracción, ahora en 1983, en la oriental y costera ciudad de Río de Janeiro -la capital brasileña, desde 1822, hasta 1960, cuando fue reemplazada por la actual, Brasilia, en el centroccidente del país-.

Ese hurto ocurrió el 19 de diciembre de 1983, mientras la copa era exhibida, a perpetuidad, en la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol (Confederação Brasileira de Futebol, CBF).

De acuerdo con la versión oficial del hecho, citada entonces por medios de comunicación, el nuevo robo determinó la desaparición irreversible de la codiciada escultura, ya que los delincuentes la fundieron para convertirla en lingotes de oro.

Ambos hechos fueron antecedidos por la eficaz acción antirrobo llevada a cabo, apenas iniciada la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), por el dirigente deportivo italiano Ottorino Barassi.

Desempeñándose, en 1939, como secretario general de la Federación Italiana de Fútbol (Federazione Italiana Giuoco Calcio, Figc) -cargo que ocupó desde 1933 hasta 1944-, Barassi evitó que el invasor nazismo alemán se apoderase de la copa.

Italia ejercía entonces el segundo de sus hasta ahora dos títulos mundialistas (1934, 1938), y ante la perspectiva de ocupación militar nazi -lo que implicaba que las tropas buscarían la copa de la Fifa-, Barassi retiró, secretamente, el trofeo, del banco -en Roma- donde era custodiado, y lo introdujo en una caja de zapatos, la que ocultó debajo de su cama, en su residencia en la capital italiana.

Sometido, en 1941, a interrogatorio, por parte de la temida policía política del nazismo alemán -la brutal Policía Secreta del Estado (Geheime Staatspolizei, Gestapo), Barassi trasladó, también clandestinamente, el trofeo, a la casa del futbolista italiano Aldo Cevenini, en las afueras de la norteña ciudad de Milán -considerada como el centro financiero e industrial de ese sureño y costero país europeo-.

Finalizada la guerra, Barassi -entonces presidente de la Figc (1945-1958)- entregó, en 1946, a la Fifa, el trofeo que resguardó durante siete años.

A causa de la Segunda Guerra Mundial, y de la crisis de posguerra, la Fifa suspendió los campeonatos mundiales programados para, respectivamente, 1942 y 1946, reactivando la competencia en 1950.

El regreso del torneo mundialista se cumplió en Brasil, y fue ganado por Uruguay
-que se convirtió en bicampeón, estatus que mantiene-.

La conducta altamente ética de Barassi -quien, además, fue vicepresidente de la Fifa (1952-1956)- no ha sido, lamentablemente, seguida por algunos de los dirigentes más contemporáneos de la federación.

La fenomenal corrupción que se ha instalado en la organización, en calidad de modus operandi de sus máximos dirigentes, fue descrita, con demoledora precisión, por el Parlamento Europeo.

El breve -aunque poderoso- señalamiento es parte de la extensa resolución que el organismo regional aprobó, el 24 de noviembre de 2022, sobre las criminales irregularidades que enmarcaron los preparativos para el Campeonato Mundial 2022, llevado a cabo, del 20 de noviembre al 18 de diciembre de ese año, en Qatar, y ganado por Argentina -convertida, entonces, en tricampeón-.

En uno de los numerosos puntos del texto de nueve páginas, el organismo legislativo regional indicó que “la corrupción dentro de la FIFA es descontrolada, sistémica y profundamente enraizada”.

A continuación, expresó que “la organización ha seriamente dañado la imagen y la integridad del fútbol global”.

Si bien ha sido un componente del quehacer en la Fifa, la corrupción, antes de la década de 1990, no era sistémica, ni se centraba en avorazado enriquecimiento ilícito, ni implicaba instalarse inescrupulosamente en los círculos de poder mundial sino que consistía, esencialmente, en la centralización europea del poder, en favoritismo político, en controversiales decisiones internas.

En el primer caso, existió, sobre todo en las décadas de 1950 y 1960 -período particularmente intenso de la ideológica/políticomilitar Guerra Fría (1947-1991), entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética (1922-1991)-, un notorio predominio de las federaciones de fútbol de Europa, y también de Sudamérica -las potencias de ese deporte-.

El favoritismo político -inclinado, obviamente, hacia la derecha-, se evidenció en casos tales como la decisión del británico Stanley Rous, como presidente de la Fifa (1961-1974), de tratar de mantener, dentro de la organización mundial, a la federación de Sudáfrica -país entonces gobernado por el criminal/corrupto régimen racista blanco denominado apartheid (1948-1994)-.

Ello, no obstante el veto de la Federación Africana de Fútbol (Confédération Africaine de Footbal, CAF).

También durante la presidencia de Rous, el sanguinario/corrupto régimen militar de Chile (1973-1990) fue favorecido por la Fifa.

Cuando la entonces Unión Soviética (1922-1991) -tenaz adversaria de esa dictadura- solicitó que el partido eliminatorio de vuelta, de su selección contra la de Chile, programado para el 21 de noviembre de 1973 -con miras al campeonato de 1974, en Alemania Occidental-, no se jugase en el Estadio Nacional, en Santiago -la capital chilena- sino en otra sede, la Fifa se negó a acceder a la petición.

Ello, no obstante el hecho de que la razón por la cual los soviéticos formularon la solicitud radicó en el hecho de que el régimen usaba la instalación deportiva como campo de concentración -para encerrar, torturar, asesinar a presos políticos-.

Para la realización de ese partido, los reclusos fueron trasladados a diversas prisiones, a nivel nacional.

Respecto al uso del estadio para perpetrar crímenes de lesa humanidad, por parte de la dictadura, en declaraciones que formuló, ese año, a periodistas, Lucía Hiriart -la corrupta/criminal esposa e influyente asesora del cobarde tirano Augusto Pinochet- bromeó sobre el “espíritu deportivo” de su marido quien, “a los presos, en lugar de mandarlos a la cárcel, los manda al estadio”.

Entre los reporteros quienes reprodujeron esas soeces declaraciones figuró el despreciable Raúl Duque, a quien Pinochet condecoró, en 1973 -algunos meses después del golpe-, como “periodista del año”.

Según versiones de medios de comunicación, ante la politizada/antideportiva decisión de la Fifa, la selección soviética no salió a la cancha, mietras su contraparte chilena lo hizo.

El árbitro -el austríaco Erich Linemayer- pitó el inicio del peculiar partido, el capitán de la selección local -Francisco “Chamaco” Valdés- anotó un gol -popularmente conocido como “el gol fantasma”-, el árbitro pitó el cierre del no-encuentro, y la selección chilena clasificó.

Durante la felicitación -el 24 de mayo de 1974- de Pinochet, al equipo, a causa de la clasificación mundialista, el dictador fue sucesivamente estrechando manos con los jugadores, alineados para ello, pero el delantero y goleador Carlos Caszely se negó a saludarlo.

Consecuencia de ese monumental acto de dignidad/valentía, el régimen lo marginó, durante años, de la selección, además de que detuvo y torturó a su madre, Olga Garrido, quien, en declaraciones que formuló, en 1988, reveló que “yo fue secuestrada de mi hogar, y llevada a un lugar desconocido, con la vista vendada, donde fui torturada y vejada, brutalmente”.

“Fueron tantas, las vejaciones, que yo ni siquiera las conté todas”, denunció, además de expresar que “las torturas físicas, en realidad, las pude borrar, pero las torturas morales no creo que las borre tan fácil”.

La corrupción monetaria, y en procura de poder político, se inauguró en la Fifa, como manera de gobernar, a mediados de la década de 1970, cuando la ausencia absoluta de ética se instaló -para quedarse y, constantemente, fortalecerse- en la cúpula del fútbol mundial.

Una sintética línea de tiempo, referida a las tres presidencias de la Fifa responsables de ello, es ilustrativa.

Se trata de las jefaturas respectivamente desempeñadas por el brasileño João Havelange (1974-1998) -fue presidente honorario, hasta que renunció, en 2013-, el suizo Joseph “Sepp” Blatter (1998-2015), el italiano/suizo/libanés Gianni Infantino -el actual- (desde 2016) -los tres imperios de la megacorrupción marca Fifa-.

El modo de gobernar cambió, drásticamente, en la federación, con la instalación de Havelange en el Olimpo del fútbol.

El brasileño -quien falleció en 2016, a la edad de 100 años- echó los cimientos para que el mayor deporte mundial -sus aficionados superan los cuatro mil millones, alrededor de la mitad de la población planetaria, a su vez estimada en algo más de ocho mil millones- se convirtiese en el multimillonario -y turbio- negocio que ha llegado a ser -con miras a seguir creciendo-.

Para ello, contó con la decisiva complicidad de su yerno/compatriota Ricardo Teixeira -un ex presidente (1989-2012) de la CBF-.

Entre los actos ilegales enmarcados en el imperio Havelange, el centro del escenario corresponde a la espesa trama delictiva que unió a la Fifa y a International Sport and Leisure (Deportes y Ocio Internacional) -una empresa suiza en el campo del mercadeo deportivo-.

Considerado como uno de los mayores escándalos de corrupción en la federación, el caso consistió -entre otros opacos componentes- en una red de sobornos superiores a cien millones de dólares para asegurar derechos de transmisión televisiva de partidos, garantizar contratos en diversas áreas de comercialización de los torneos mundiales, y apoyar actividades de mercadeo.

Si bien el masificado accionar delincuencial derivó, en 2013, en la renuncia de Havelange y de otros jerarcas de la federación, la Comisión de Ética de la Fifa se abstuvo de imponer otras sanciones.

La corrupción de Havelange y sus cómplices no se imitó al caso ISL, ya que, por ejemplo, su elección presidencial (11 de junio de 1974), y las sucesivas seis reelecciones (1978, 1982, 1986, 1990, 1994), fueron marcadas por la compra de votos.

Según versiones periodísticas, Havelange actuó con pleno conocimiento de Blatter, quien se desempeñaba, entonces, como director de Desarrollo Técnico (1975-1981) -cargo para el cual fue contratado por el brasileño-, pasando, a continuación al cargo de secretario general (1981-1998) de la Fifa-,

De acuerdo con las mismas fuentes, el europeo se convirtió, secretamente, en oportunista informante secreto de la investigación penal contra el sudamericano -convirtiéndose en su sucesor inmediato al frente de la Fifa-.

Blatter asumió, el 8 de junio de 1998, la presidencia de la federación, mediante votación que -como no podía ser de otra manera-, estuvo también marcada, de acuerdo con versiones periodísticas, por la compra de votos -en el rango de 50 mil a 100 mil dólares por soborno-.

Esa práctica, le aseguró sus tres reelecciones (2002, 2011, 2015, mientras que en 2007 se mantuvo en el cargo por ausencia de competidores).

El imperio Blatter fue el marco de lo que se considera como el más espectacular escándalo de megacorrupción -hasta ahora- en la historia de la federación: el mediático Fifagate.

La denominación responde a la tendencia de agregar el sufijo -en inglés- “gate” (pronunciado “guéit”) a los casos de corrupción de proporciones épicas -por lo general, los que tienen impacto planetario-.

Ello, a partir del escándalo de espionaje político, llevado a cabo, en 1972, en el Complejo Watergate (Watergate Complex), en la capital estadounidense, contra el entonces opositor Partido Demócrata.

La sede del Comité Nacional Demócrata (Democratic National Committee, DNC) en ese desarrollo inmobiliario -consistente en seis edificios de oficinas más un hotel, interconectados-, fue blanco de una acción de espionaje cuyo origen fue rastreado hasta el entonces presidente estadounidense (1969-1973, 1973-1974), el delincuente republicano Richard Nixon -quien se vio obligado a renunciar, para evitar un juicio político (impeachment) y su virtualmente segura destitución-.

Entre las aplicaciones del sufijo “gate” -tomado del nombre Watergate-, principalmente, por medios de comunicación, para designar megaescándalos de corrupción, figura la referida al caso del financiamiento ilegal, por parte del también republicano y corrupto presidente estadounidense (1981-1985, 1985-1989) Ronald Reagan, para la mercenaria fuerza antisandinista nicaragüense (1981-1990) popularmente conocida como “la contrarrevolución” o “la contra”.

Entre otras acciones ilegales, Reagan vendió, clandestinamente, armas a la recién instalada dictadura musulmana iraní (1979) -entonces el principal enemigo de Estados Unidos-, para, con ese dinero, mantener activa a la contra -durante la guerra interna nicaragüense de 1982-1990, cuyo saldo se estima en alrededor de 50 mil bajas fatales-.

Estallado en 1986, ese escándalo internacional de corrupción en gran escala fue conocido, indistintamente, como “Contragate”, lo mismo que como “Irangate” -además de “Irán-Contras”-.

En el caso del Fifagate, viralizado mundialmente en 2015, fueron detenidos numerosos altos dirigentes de la federación mundial, incluidos el uruguayo Eugenio Figueredo, el hondureño Alfredo Hawit, el paraguayo Juan Ángel Napout, y el británico/caimanés Jeffrey Webb, (vicepresidentes), el costarricense Eduardo Li (miembro del comité ejecutivo), así como jerarcas de varias federaciones regionales y nacionales de fútbol -incluidas la Confederación Norte, Centroamericana y del Caribe de Fútbol (Concacaf), y la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol)-.

Los involucrados recibieron, durante décadas, millonarios sobornos para favorecer a empresas de mercadeo, de equipamiento, de difusión de torneos mundiales y de competencias regionales -por ejemplo, la Copa América, y la Copa Oro-.

Los resultados de la extensa investigación (2011-2015) que, al respecto, llevaron a cabo, los estadounidenses Departamento de Justicia (Department of Justice, DoJ) y Buró Federal de Investigación (Federal Bureau of Investigation, FBI), fueron revelados el 27 de mayo de 2015.

El imperio Blatter cayó, definitivamente, el 2 de junio de ese año, cuando el suizo renunció a la presidencia de la Fifa.

Las sanciones disciplinarias y administrativas, por parte de la Comisión de Ética de la federación incluyeron expulsiones vitalicias, así como exclusiones de actividades vinculadas con el fútbol, aplicadas a ex vicepresidentes de la Fifa y ex jerarcas de entidades regionales.

Asimismo, la imposición de multas millonarias, y la orden de que los dirigentes involucrados reintegrasen el dinero obtenido ilegalmente.

En materia penal, la justicia estadounidense aplicó penas de cárcel, ordenó la restitución de fondos malversados, obligó al pago de multas millonarias.

Tras el brevísimo interinato del camerunés Issa Hayatou (8 de octubre de 2015-26 de febrero de 2016), se instaló, el imperio Infantino.

A diferencia de sus antecesores Havelange y Blatter, el actual presidente de la Fifa se muestra exageradamente amable -rayando en servilismo ante gobernantes a nivel mundial-, no obstante lo cual ejerce, centralizadamente, el poder.

Infantino fue elegido, el 26 de febrero de 2016, para presidir la Fifa, con el gatopardista compromiso de implementar reformas para impedir la repetición de situaciones de corrupción -en realidad, para intensificarlas-.

No obstante su plataforma electoral, Infantino arrastra una cuestionada carrera en el mundo del deporte internacional, iniciada cuando incursionó, en 2000, en la Union de Asociaciones Europeas de Fútbol (Union of European Football Association, Uefa), con sede en la occidental ciudad suiza de Nyon.

En ese bloque deportivo regional, se desempeñó, inicialmente, como asesor legal (2000-2004), rápidamente posicionándose como director de la División de Asuntos Jurídicos y Licencias de Clubes (2004-2009), el trampolín para convertirse en secretario general (2009-2016).

En el cargo de director jurídico, fue el nexo con autoridades de la Unión Europea, lo mismo que con diferentes gobiernos, consolidando su base de contactos influyentes en el ámbito político.

Su veloz ascenso a la Secretaría General de la Uefa, lo convirtió en influyente/turbio personaje del fútbol regional.

De acuerdo con los Papeles de Panamá (Panama Papers) -informe sobre corrupción global, a partir del análisis de millones de documentos confidenciales, publicado, en 2016, por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (International Consortium of Investigative Journalists, Icij)-, Infantino incurrió, como director jurídico, en la firma, en 2006 y 2007, de cuestionados contratos de derechos de transmisión televisiva de partidos de la Liga de Campeones de la Uefa (Uefa Champions League).

Los empresarios beneficiados con esas adjudicaciones, estuvieron involucrados en el Fifagate -acusados de haber incurrido en soborno-.

La documentada revelación del Icij, no condujo a investigación ni a acusación contra Infantino en particular ni la Uefa en general.

Su desempeño en la presidencia de la Fifa, tampoco está exento de denuncias de corrupción, incluidos señalamientos de tráfico de influencias, y de irregularidades en la venta de boletos para los partidos del Campeonato Mundial de Fútbol 2026 -que se desarrolla, del 11 de junio al 19 de julio, en Canadá, Estados Unidos, y México-.

La justicia de Suiza inició, en 2020, una investigación sobre contactos secretos de Infantino, en 2016-2017, con el fiscal general de ese país europeo, Michael Lauber, quien tenía entonces a su cargo la supervisión de las pesquisas referidas al Fifagate.

El actual presidente de la federación internacional fue sospechoso de haber incurrido en “conducta delictiva”, pero el caso fue cerrado, en 2023, por la justicia suiza.

Sumado a ello, Infantino mantiene una flagrantemente manipuladora conducta oportunista en su interacción con autoridades políticas en el escenario internacional.

El caso más evidente de ese juego de poder es su vergonzosa relación con Donald Trump
-el tirano cuya monumental megalomanía Infantino alimenta pública e impunemente-.

Probablemente la más notoria/flagrante expresión de trumpismo por parte de Infantino es el patético invento -a la medida de Trump- del “Premio Fifa de la Paz: el Fútbol Une el Mundo”.

Cuando anunció la creación de la presunta distinción, el organismo deportivo indicó, en un comunicado de cuatro mayoritariamente extensos párrafos que emitió el 5 de noviembre de 2025, que “distinguirá a todos aquellos que, con su trabajo excepcional y extraordinario por la paz, hayan unido a las personas del planeta”.

“El premio se entregará en nombre de las más de 5000 millones de personas que aman el fútbol”, agregó la Fifa, además de reafirmar que “este galardón tan especial reconoce con toda justicia sus logros extraordinarios”.

“Esta distinción se concederá a aquello que, con su inquebrantable compromiso y sus acciones especiales, hayan ayudado a unir las personas en todo el mundo en la paz y, por consiguiente, merecen un reconocimiento único y especial”, aseguró, en reiteración de conceptos obviamente pensados para proyectar la falsa imagen del megalómano estadounidense.

Citado en el comunicado, Infantino afirmó -en insoportable repetición de planteamientos- que, “en un mundo cada vez más inestable y dividido, es fundamental reconocer las extraordinarias contribuciones de quienes trabajan arduamente para acabar con los conflictos y unir a las personas n un espíritu de paz”.

Y aseveró: “el fútbol es un símbolo de paz, y en nombre de toda la comunidad futbolística mundial, el Premio FIFA de la Paz: el Fútbol Une el Mundo reconocerá los enormes esfuerzos de aquellas personas que unen a los pueblos y proporcionan esperanza a las próximas generaciones”.

De acuerdo: el fútbol es considerado como un instrumento de paz, a nivel mundial, además de que suele ser eficaz instrumento para rescatar a personas -principalmente, menores de edad- en riesgo social en países cuya realidad sociopolítica y socioeconómica es dramática, y cuyos niveles de criminalidad -lo mimo común que organizada- son elevados.

Pero Trump es lo opuesto a la vergonzosa/oportunista caracterización con la cual la Fifa -o sea, Infantino- lo presentó -hipócritamente- en el comunicado, para justificar el otorgamiento v del presunto galardón.

Si bien el mundo, efectivamente, está “cada vez más inestable y dividido”, lo cierto es que uno de los principales responsables de ese crítico cuadro de situación es, precisamente, el ridículo dictador estadounidense.

Por otra parte, la Fifa -o sea, Infantino- incurre en flagrante/ofensiva manipulación de conceptos universales, comparando, de hecho, a los tiranos, con las personas quienes, poniéndose en riesgo, defienden los derechos humanos -y con las personas quienes, haciéndolo, han sacrificado su vida-.

Ningún tirano -Trump incluido- figura entre “aquellos que, con su trabajo excepcional y extraordinario por la paz, hayan unido a las personas del planeta”.

Ningún tirano -Trump incluido- figura entre quienes, “con su inquebrantable compromiso y sus acciones especiales, hayan ayudado a unir las personas en todo el mundo en la paz”.

Ningún tirano -Trump incluido- figura entre quienes, con “enormes esfuerzos (…) unen a los pueblos y proporcionan esperanza a las próximas generaciones”.

Antítesis de esos elogios, Trump perpetró, el 6 de enero de 2021, un intento de golpe de Estado -lanzando sus irracionales turbas a invadir, violentamente, el Congreso-, tratado de revertir su incuestionable derrota electoral de noviembre de 2020 para perpetuarse en el poder.

Además es responsable de los ataques aeronavales que Estados Unidos perpetra, desde 2025, en el Mar Caribe y en el sector occidental del Océano Pacifico -próximo a la costa de América-, para hundir supuestas narcolanchas -sin demostrar que lo sean-.

Sumado a ello, reprime brutalmente, desde 2025, a la población migrante asentada en territorio estadunidense, y aplica violencia militar/policial a quienes -migrantes, residentes extranjeros, ciudadanos estadounidenses- protestan contra esa política violatoria de los derechos humanos, habiendo asesinado, hasta ahora, a dos nacionales de Estados Unidos-.

También apoya la limpieza étnica que el sionismo guerrerista israelí mantiene, desde el 7 de octubre de 2023, en la palestina Franja de Gaza -y la violencia militar/civil israelí contra comunidades en la también palestina Cisjordania-.

Por si todo lo anterior fuese poco, dirigió, la madrugada del 3 de enero de 2026, la invasión militar aérea de Venezuela, que facilitó el trumpiano golpe de Estado que causó el derrocamiento y el secuestro del patético dictador Nicolás Maduro -desde entonces, encarcelado, en pésimas condiciones, en Estados Unidos, a la espera de juicio como narcotraficante-.

Y unió fuerzas, el 28 de febrero, con el criminal/corrupto primer ministro israelí, Benjamin “Bibi” Netanyahu, para mantener la guerra del sionismo contra Irán -que, al momento de redacción de esta nota parece encaminada a una negociación de paz, en el contexto de un poco creíble acuerdo marco de tregua de sies meses de duración-.

Pero, según el servil presidente de la Fifa, dado que Trump no cumplió el capricho de recibir, el año pasado, el Premio Nobel de la Paz, había que enmendar esa afrenta al desmedido ego del autócrata.

Infantino llevó a cabo la ignominia, durante la ceremonia de sorteo de grupos del Campeonato Mundial 2026, llevada a cabo el 5 de diciembre, en la capital estadounidense, al entregar, al megalómano estadounidense, los elementos componentes del premio: una escultura bañada en oro, -de dimensiones similares a la copa mundial Fifa: casi 37 centímetros de alto, con peso apenas superior a seis kilos- que representa cinco manos sosteniendo al mundo, una medalla de oro, y un certificado de entrega.

De pie, junto a Trump, en un escenario del Centro Kennedy para las Artes Escénicas (Kennedy Center for the Performing Arts) -del cual Trump se ha apoderado administrativamente-, Infantino ratificó, de hecho, que la supuesta distinción fue concebida para alimentar el monumental ego del dictador estadounidense.

“Señor presidente: este es su premio, este es su premio de la paz, que también es una hermosa medalla, para usted, que usted puede usar adonde usted quiera ir”, afirmó, riendo.

También leyó el certificado, según el cual la Fifa otorgó, primera versión del premio, a Trump, “en reconocimiento de sus excepcionales y extraordinarias acciones para promover la paz y la unidad en todo el mundo”.

Y, en un indudable caso de vergüenza ajena, después de la lectura del certificado, Infantino siguió interactuando, vergonzosamente, con su ídolo.

“Usted merece el primer Premio Fifa de la Paz , por sus acciones, por lo que ha obtenido, a su manera, pero que lo ha obtenido de una manera increíble”, afirmó.

A continuación, desbordando servilismo, le juró, públicamente, vasallaje: “y usted puede, siempre, contar, señor presidente, con mi apoyo y el apoyo de toda la comunidad del fútbol”.

De modo que el jefe de la máxima entidad futbolística convirtió, al mayor deporte a nivel mundial, en un arma de guerra, en un instrumento de apoyo a las violaciones contra los derechos humanos -incluidos crímenes de lesa humanidad-, demostrando que corrupción no solamente significa robar dinero -algo, por demás, frecuente, en la Fifa-.

No conforme con lo anterior, y manteniendo la línea de vasallaje trumpiano, en declaraciones que formuló, el 10 de junio -el día antes de la inauguración del campeonato mundial, en la capital de México-, durante una conferencia de prensa en esa ciudad, Infantino dijo que “tengo una gran relación con el presidente Trump”.

“Soy muy feliz, por eso”, agregó, para narrar que “lo conocí durante su primer mandato, y hemos trabajado, muy estrechamente, ahora, en su segundo período”.

Aprovechando el momento para alabar a su deidad, se permitió afirmar que, “sin su compromiso y su involucramiento, creo que habría sido imposible -tan sencillo como eso: imposible- organizar una Copa Mundial en Estados Unidos”.

Sería conveniente que alguien informe, al patético payaso trumpista, que Estados Unidos organizó -durante la primera de las dos presidencias (1993-1997, 1997-2001) del demócrata Bill Clinton- el campeonato mundial de 1994 -realizado del 17 de junio al 17 julio de ese año, y ganado por Brasil, que sumó, así, el cuarto de sus hasta ahora cinco trofeos Fifa-.

Ese año, 52 partidos fueron disputados, en nueve estadios a nivel nacional, con asistencia total de casi 3.6 millones de espectadores -para un promedio, por juego, de algo más de 68 mil aficionados-.

Esos números -que en ese momento marcaron récords- fueron posibles sin el ridículo dictador anaranjado.

Ahora, con el aval de la negacionista conducta de Infantino, su ídolo ha llevado, a la cancha, la criminal agitación geopolítica que está causando a nivel mundial, lo mismo que su soez xenofobia y su flagrante racismo.

Por ejemplo, prohibió que la selección de Irán se estableciera, en la estadounidense ciudad de Tucson, en el sudoccidental estado de Arizona -fronterizo con México-, para los tres partidos de la etapa de grupos.

A causa de esa arbitrariedad, el equipo se instaló en la ciudad de Tijuana, en el noroccidental estado mexicano de Baja California -limítrofe con Estados Unidos-.

La dictadura trumpista autorizó el ingreso de la selección iraní, específicamente, para jugar cada uno de sus partidos en la primera etapa de la competencia: el 15 de junio, ante Nueva Zelanda; el 21 de junio, ante Bélgica -en ambos casos, en la costera ciudad de Los Ángeles, en el occidental estado de California-, y el 26 de junio, ante Egipto -en la ciudad de Seattle, en el noroccidental estado de Washington, fronterizo con Canadá-.

De acuerdo con versiones periodísticas, finalizado el primero de los tres juegos -empatado en dos goles por bando-, el equipo fue obligado a abandonar, de inmediato, el estadio, y regresar -sin el necesario descanso- a Tijuana.

Además, la conducta xenofóbica/racista de Trump, se ha traducido -entre otros inconvenientes para el desarrollo del torneo mundial en Estados Unidos- en la prohibición de ingreso al país para el somalí Omar Artan, árbitro designado por la Fifa para el actual torneo mundial.

No obstante ser titular de visa, a su llegada a la sudoriental ciudad estadounidense de Miami -donde los réferis debían reunirse para ser asignados a los diferentes partidos-, le fue negado el ingreso Estados Unidos, y fue enviado de regreso a Somalia.

Los inmigrantes de ese país de África Oriental -ubicado, específicamente, en la región conocida como el Cuerno de África-, son objeto de particular ira de parte del régimen trumpista.

Ello, a causa de que la congresista demócrata Ilhan Omar, representante por el norteño estado de Minnesota -fronterizo con Canadá-, una tenaz opositora a Trump, nació en Mogadishu -la capital de Somalia-.

Naturalizada estadounidense, Omar es la primera represente negra de Minnesota, en la cámara baja, además de ser una de las dos congresistas islámicas -junto con la también demócrata Rashida Tlaib, estadounidense de ascendencia palestina-.

Tenaces opositoras a Trump -desde el primero de los dos períodos presidenciales (2017-2021, desde 2025) del misógino racista-, y fuertes críticas del machismo, Omar, Tlaib, y su colega y correligionaria neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez -estadounidense de ascendencia puertorriqueña- fueron conocidas, al inicio de sus respectivas gestiones parlamentarias -en 2019-, como integrantes de “El Escuadrón” (“The Gang”).

En su monumental ignorancia, Trump llegó a decir -durante su primer inquilinato en la Casa Blanca-, que las tres debían regresar a sus países de origen -sin tener en cuenta que Tlaib y Ocasio-Cortez están en su país, ya que son nacidas en Estados Unidos, respectivamente en la norteña ciudad de Detroit y en la nororiental ciudad de Nueva York-.

Respecto a los inmigrantes somalíes, Trump ha aseverado -por ejemplo, durante una reciente reunión del gabinete, el 27 de mayo- que “los somalíes, ladrones como el demonio; Ilhan Omar, ladrona como el demonio”, aseverando, además, que “todos son ladrones, y los agarramos”.

Ello, en alusión a que alrededor de 82 -de los 92- detenidos por fraude respecto a la pandemia de Covid-19 en 2020, son de nacionalidad somalí -o sea: un 0.1 por ciento de las aproximadamente 80 mil personas de esa nacionalidad quienes son residentes en Minnesota-.

El gen discriminatorio de Trump permite, al déspota, satanizar a los migrantes de países en desarrollo.

Por ejemplo, durante una reunión de trabajo con legisladores estadounidenses, llevada a cabo el 11 de enero de 2018 -en el marco de su primera tóxica presidencia-, en la Casa Blanca, para abordar, precisamente, la brutal crisis humanitaria que empezaba a hacerse realidad en la frontera sur -el límite terrestre de 3,155 kilómetros, con México-, protagonizó un incidente de racismo descontrolado -en su habitual lenguaje implícita y explícitamente soez-.

En referencia a la variedad de nacionalidades presentes en el flujo de migrantes irregulares hacia Estados Unidos, preguntó: “para qué queremos, aquí, a Haitianos? Por qué queremos, aquí, a toda esa gente de África? Por qué queremos a toda esa gente de países de mierda (shithole countries)?”.

El patán racista -la redundancia es plenamente justificada- usó la expresión “shithole”, que, en inglés, significa -literalmente- “hoyo para mierda”, en alusión al agujero que, en lugares donde no se cuenta con instalación sanitaria adecuada, se cava, en el suelo, a manera de letrina.

Más recientemente, en su actual período dictatorial, volvió a insultar a los inmigrantes haitianos, aseverando que aterrorizan a las comunidades estadounidenses donde se han establecido, cazando mascotas de sus vecinos -para comerlas-.

Además, para justificar su criminal cacería antinmigrante, aplicó su discurso de odio también a los ciudadanos venezolanos -manipuladoramente, asociando, en términos generales, a las personas de esa nacionalidad, con la brutal organización criminal Tren de Aragua-.

No conforme con implantar falsos estereotipos en el imaginario colectivo de sus irracionales seguidores, Trump está contaminando el deporte -específicamente, el fútbol; puntualmente el campeonato mundial 2026-, con su animadversión xenofóbica/racista.

Sumado a lo ocurrido con el equipo iraní y con el árbitro somalí, el capitán y principal delantero de la selección de Irak, Aymen Hussein, fue retenido, durante aproximadamente siete horas, en el Aeropuerto Internacional O’hare -de la ciudad de Chicago, en el norteño estado de Illinois-.

Hussein fue sometido a interrogatorio -mientras autoridades estadounidenses inspeccionaban su teléfono-, antes de permitírsele el ingreso a Estados Unidos.

Simultáneamente, el fotógrafo de la selección iraquí, Talal Salah, fue retenido, en el mismo aeropuerto, durante alrededor de 10 horas, en similar procedimiento, pero el ingreso a territorio estadounidense le fue negado, por matones de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (US Customs and Border Protection, CBP) quienes adujeron, para ello, “preocupaciones en la investigación de antecedentes” (“vetting concerns”).

Pero, en su patético negacionismo servil, y en su complicidad de hecho con los crímenes de lesa humanidad de los que Trump es flagrantemente responsable, Infantino considera que el dictador estadounidense es –“a su manera”- un modelo a seguir en materia de promoción de paz y unidad mundiales.

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