La democracia costarricense enfrenta una crisis sin precedentes, marcada por la creciente influencia del crimen organizado y la alarmante militarización política. En el centro de la controversia se encuentra José Fabio Pizarro, exdirector de la Fuerza Pública condenado por narcotráfico, quien ha convocado a exuniformados a manifestarse en apoyo al presidente Rodrigo Chaves.
El llamado de Pizarro, difundido en redes de mensajería, ha generado un intenso debate sobre el posible vínculo entre el Ejecutivo y estructuras criminales. La movilización, organizada en San Carlos, pretende presentarse como apolítica, pero su simbolismo—exuniformados con ropa militar—ha levantado alertas sobre la legitimidad de sus propósitos.
El Organismo de Investigación Judicial (OIJ) ha iniciado una pesquisa sobre el alcance de estas convocatorias, mientras la oposición advierte sobre el riesgo de una deriva autoritaria en el país. La diputada Rocío Alfaro, del Frente Amplio, calificó la situación como “nefasto intento de sustituir la institucionalidad con fuerzas paramilitares”. Por su parte, la Fiscalía ha abierto una investigación sobre posibles acuerdos entre el gobierno y carteles mexicanos, denuncia revelada por el diario El Universal de México.
En este contexto, diversas figuras públicas han publicado un Manifiesto por la Democracia, instando a la sociedad civil a resistir cualquier intento de concentración de poder. “La democracia está en peligro”, señala el documento, subrayando la importancia de mantener la institucionalidad ante las amenazas del crimen organizado y la retórica de confrontación.
Mientras el presidente Chaves defiende sus decisiones como necesarias para el combate al narcotráfico, la incertidumbre sobre el futuro democrático del país crece. ¿Costa Rica podrá superar esta crisis sin comprometer sus principios de paz y estabilidad? La respuesta dependerá de la reacción de la sociedad y el actuar de sus instituciones.







