Como el dictador de república bananera que es, Trump imparte públicamente órdenes a su escuadrón paramilitar

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George Rodríguez/Foto-Archivo

El patético nivel del primer debate electoral de candidatos presidenciales en la actual campaña proselitista estadounidense, no causó ninguna sorpresa -aunque superó lo esperado-.

La vileza, la mentira, el afán tergiversador, la mentira, la ignorancia que, entre otros rasgos personales caracterizan al ilegítimo actual inquilino de la Casa Blanca, hacían prever algo así-pero, como suele ocurrir con ese tipo, la realidad tuvo características de ciencia ficción-.

Lo único sorprendente fue el nuevo nivel de patanería exhibido por Trump.

Durante la poco más de hora y media de supuesto debate, los papeles parecieron invertirse, ya que la actitud de estadista estuvo a cargo de Biden, no del presidente -por ahora- en ejercicio.

Y eso fue señalado, por el demócrata, cuando, en una de las irrespetuosas avalanchas de interrupciones de su adversario, planteo -como resignado-: “this is so unpresidential” (“esto es tan impresidencial”).

Como era de esperar, Trump se valió de cuanta indignidad le fue posible manejar en los algo más de noventa minutos de pleito personal -si el debate hubiese durado más, el presidente se habría autosuperado, como suele hacer-.

Mintió, atacó suciamente, interrumpió constantemente a su adversario, haciendo gala de sus incuestionables/incuestionadas dotes de patán autoritario, agresor, manipulador, todo lo cual, indudablemente, fascinó a su electorado redneck, ignorante, retrógrado, pero no le ganó nuevos votantes -algo que, desesperadamente, necesitaba-, y, quizá, hasta -ojalá- le alienó electores republicanos.

En este sentido, y entre abundantes ejemplos, existe un particularmente ilustrador testimonio de un ex votante trumpiano anónimo, difundido, recientemente, en redes sociales.

En un breve video, el republicano declara, de frente, que, si bien habitualmente ha votado según la línea de su partido, en esta crucial elección, votará demócrata, y que lo haría aunque el partido opositor postularse, a la presidencia gringa, “una lata de tomates”.

Pero lo más alarmante, entre todas las preocupantes afirmaciones de Trump, en el primer -acaso único?- debate electoral presidencial fue su delatador desplante escuadronero/racista.

Ello ocurrió cuando mi colega el periodista moderador del debate -también vulgarmente tratado por Mr. President- introdujo el tema del racismo sistémico -lo que incluye la brutalidad policial antinegra, el accionar de civiles blancos armados, la impunidad con la que actúan los ultraderechistas supremacistas blancos.

A la pregunta concreta de si condenaría, en ese momento, el supremacismo blanco, Trump evadió hacerlo, generando discusiones simultáneas con Biden y el conductor del debate.

“A quién les gustaría que condene?”, preguntó, molesto a ambos, y, cuando, después de mencionar, en términos generales, a los “supremacistas blancos”, los dos coincidieron en señalar, específicamente, a los “Proud Boys” (“Muchachos Orgullosos”), Trump se dirigió, específicamente, al grupo.

El presidente, les envió un mensaje que, en el contexto dictatorial en el que se mueve, constituyó una orden: “Proud Boys, stand back and stand by” (“Muchachos Orgullosos: retrocedan, y prepárense”).

De acuerdo con algunas versiones periodísticas, esas siete palabras de Trump no solamente generaron éxtasis en el escuadrón paramilitar sino que le significaron altísimos números de nuevos adherentes.

A ello se sumó el llamado que Trump hizo, a sus simpatizantes, a vigilar cada voto que sea depositado, físicamente, el 3 de noviembre, en los centros de sufragio, lo que implica una amenaza a quienes acudan a los centros de votación -ojalá que masivamente, y en arrolladora mayoría en contra del dictador-.

Trump es un mentiroso compulsivo, cuya hipocresía 24/7 -yo no le creería ni los buenos días- se evidencia en su lenguaje corporal, sus expresiones faciales, los gestos con sus pequeñas manos.

Habla -obviamente, mintiendo, o tergiversando- con tono y actitud de que las falacias que dice, son la verdad absoluta, de imponer inexactitudes diciéndolas como si fuesen ciertas solamente porque es él quien las afirma.

Habla como recitando un libreto, el cual está colmado de contradicciones, porque, además-y, obviamente, sin que le importe-, suele afirmar algo, desdecirse, volver a la primera versión, con absoluta naturalidad, como también suele negar que ha dicho cosas que están registradas en videos.

Si se trata de mentir, es un natural.

Pero el problema radica en que ese mentiroso por naturaleza, es el presidente de Estados Unidos, razón por la cual -y no por ningún mérito personal sino por default- lo que diga y lo que haga tiene repercusión planetaria -desde no participar en una ceremonia, en Europa, en homenaje a los losers soldados gringos caídos en combate en la segunda guerra mundial, porque la lluvia le arruinaría el peinado, hasta negarse a usar mascarilla porque el nuevo coronavirus no existe, es un fake invento de “la izquierda radical demócrata” bidenista, al igual que el calentamiento global-.

Y también tiene obvia repercusión local.

Por esto, es fuertemente riesgoso el mensaje que dirigió, públicamente, a ese hatajo de escuadroneros supremacistas blancos que se llaman a sí mismos Proud Boys -que ni son boys, porque son güevones adultos quienes portan armas de guerra, ni son merecedores de orgullo, porque son delincuentes trumpistas, valga la redundancia-.

Pero ese mensaje es peligroso, principalmente, porque se enmarca en la política violenta, caoticista, confrontacionsita que Trump quiere iomponer, para desconocer los resultados de la votación del 3 de noviembre, por supuestgamente fraudulentos, y desencadenar una posible reacción inconteniblemente furiosa de parte de gente -demócratas y republicanos- harta del autoritarismo, la mediocridad, la incapacidad de Trump, y un choque con sus “orgullosas” huestes escuadroneros paramilitares.

La democracia -imperfecta-, las instituciones -tromponamente minadas-, el proceso electoral-deslegitimado como el hondureño, el nicaragüense, el venezolano-, la seguridad interna-escuadronada a nivel argentino, guatemalteco, salvadoreño, uruguayo de las décadas de 1970 y 1980-, peligran.

La esperanza radica en que la votación, el 3 de noviembre, sea masiva y fenomenalmente favorable a Biden, de modo que, en el contexto del fraudulento sistema electoral estadounidense, no haya siquiera un atisbo de duda respecto a la estrepitosa derrota del patán.

Porque el sistema electoral gringo es legalmente fraudulento, ya que permite que un tipo quien, en la votación popular, pierde la elección presidencial, en realidad, la gane, en el Consejo Electoral -los casos de Trump y del otro inepto, llamado George W. Bush, en su primera elección, ambos, postulados por el Partido Republicano, son los más recientes-.

Qué diferencia hay entre los ilegítimos/fraudulentos triunfos electorales, por ejemplo, del hondureño Juan Orlando Hernández y de Trump?

Que el de Trump está previsto en la legislación.

 

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