El holocausto es brutal memoria histórica, la Nakba es brutal realidad

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El pueblo judío carga con una pesada memoria histórica de persecución, uno de cuyos momentos más fuertes ha sido el holocausto (en hebreo: shoah), como se conoce al genocidio antijudío que tuvo lugar en Europa, de 1941 a 1945 -la mayor proporción de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y buena parte del sanguinario régimen nazi alemán (1933-1945)-.

Esa brutal manifestación de antisemitismo, fue decisiva en cuanto a determinar la necesidad de que la población afectada ejerciera, libre de violencia, el derecho a la autodeterminación.

Surgió, así la iniciativa, promovida, en diferentes momentos, por líderes históricos judíos, de procurar un espacio geográfico autónomo en el cual asentar a esas personas.

En algún momento, se consideró la posibilidad formular solicitud, en ese sentido, a una variedad de países -entre los que figuraron Argentina, Angola, Australia, Chipre, Estados Unidos, Japón-.

Entre esos dirigentes, se destacó Theodor Herzl (1860-1904), un periodista y abogado húngaro, quien, al final del siglo 19 y en el inicio del 20, fue uno de los primeros promotores de la fundación de un país judío.

En ese sentido, Herzl impulsó la migración judía a Palestina, territorio que, en Oriente Medio, era parte del entonces Imperio Otomano -o Imperio Turco- (siglo 14 a inicios de siglo 21), cuyo amplio territorio cubría partes del sureste asiático, de Europa, y del norte africano.

Finalizada la Primera Guerra Mundial (1914-1918), y luego de una insurrección árabe contra el dominio turco, Palestina fue convertida, en 1920, por mandato de la Liga de Naciones (1920-1946), en territorio bajo administración británica -estatus que se extendió hasta 1948-.

Naciones Unidas -que reemplazó, en 1946, a la Liga de Naciones-, aprobó, el 27 de noviembre de 1947, la Resolución 181, que dio vigencia al “Plan de Partición con Unión Económica” -más conocido como “el Plan de Partición de Palestina” o “el Plan de Partición”-.

La idea original fue la creación del Estado de Israel y del Estado Palestino, pero el sionismo imperialista arrebató el poder en el primero, para negar la existencia del segundo.

Esa negativa se mantiene desde que el dirigente sionista polaco David Ben-Gurion (1886-1973) anunció, unilateralmente, el 14 de mayo de 1948, al mundo, la independencia del Estado de Israel -inaugurando, además, el cargo de primer ministro, que desempeñó en dos períodos: 1948-1953, 1955-1963)-.

Manipuladoramente, se apoyó, para la acción inconsulta, en el inminente fin del mandato británico, y en la aprobación del plan de partición.

Con el anuncio formulado por Ben-Gurion, el sionismo extremista lanzó su ofensiva de expansión territorial, objetivo para el cual soltó la despiadada fuerza destructora con la que, desde entonces, victimiza bestialmente al pueblo palestino.

En tal contexto, palestinos fueron masivamente expulsados de sus lugares de origen, por la brutalidad militar israelí, lo que generó la Nakba (en árabe: Catástrofe).

La persecución antipalestina se constituyó, así, en una política que sucesivos gobiernos israelíes han mantenido durante casi ocho décadas -y que el régimen actual ha, inmisericordemente, agudizado-.

En su inclaudicable agresión contra esa comunidad, el sionismo viola fronteras y soberanías, asesina -en países limítrofes y cercanos- a dirigentes de organizaciones políticomilitares que lo enfrentan en defensa de una población históricamente victimizada en grado de limpieza étnica, masacra poblaciones civiles -afectando, principalmente, a mujeres y a niños-.

De modo que, habiendo los judíos dejado atrás su condición de víctimas, el sionismo empoderado en Israel se ha convertido en victimario, esforzándose, criminalmente, por hacer efectiva la consolidación del plan de ilegal anexión territorial denominado Gran Israel (en hebreo: Erezt Yisrael Hashlema, en inglés: Greater Israel).

Ese nefasto proyecto expansionista incluye el exterminio o la expulsión -o el sojuzgamiento- de los palestinos de la Frana de Gaza y de Cisjordania, las dos áreas territoriales que constituyen el Estado palestino.

La avidez imperialista del sionismo, incluye a Jerusalén, ciudad sagrada para el cristianismo, el islam, y el judaísmo, que es reclamada por Israel y por Palestina.

Sus sectores occidental y oriental son reconocidos, por Naciones Unidas, como partes, respectivamente, del territorio israelí y del territorio palestino -aunque, de acuerdo con el Plan de Partición, su estatus es internacional (“corpus separatum”, o “cuerpo separado” de ambos estados)-.

Sin embargo, Israel afirma, ilegalmente, que Jerusalén -en árabe: al-Quds (Santuario Sagrado), en hebreo: Yerushalayim (Ciudad de Paz)- es su capital, y algunos cómplices internacionales han establecido allí sus respectivas embajadas, contrariamente a la tendencia mayoritaria de instalarlas en la occidental ciudad costera de Tel Aviv -el centro económico israelí-.

La idea consiste en la anexión de esas geografías -y de áreas de países vecinos-, a la soberanía israelí -para crear la Gran Israel-.

Separadas por territorio israelí, Cisjordania y la Franja de Gaza son los sectores, respectivamente, oriental y occidental, del Estado de Palestina -el mismo al cual el sionismo extremista niega, hace casi ocho décadas, reconocimiento-.

Cisjordania limita, en el norte, el oeste, y el sur, con Israel, y, en el este, con Jordania
-territorialmente separadas, ambas, de norte a sur, por el Río Jordán y el Mar Muerto-.

Gaza es fronteriza, en el norte y el este, con Israel, y, en el sur, con Egipto, además de que
es bordeada, en el oeste, por el Mar Mediterráneo.

Cisjordania, establecida sobre 5,640 kilómetros cuadrados -con algo menos de 3.2 millones de habitantes-, es el área mayor, mientras Gaza cubre apenas 365 kilómetros cuadrados -y su población es de poco más de 2.1 millones, desplazada, en un noventa por ciento, por la guerra genocida en desarrollo desde 2023-.

La relación territorio/gente hace que la Franja sea una de las regiones más densamente pobladas a nivel mundial: aproximadamente, seis mil personas por kilómetro cuadrado.

Cisjordania es gobernada por la Autoridad Nacional Palestina (en árabe: as-Sulta al-Watanīya al-Filastīnīya) -también conocida como Autoridad Palestina-, aunque su territorio está, en un 90 por ciento, bajo destructiva ocupación israelí -civiles denominados “colonos”, y fuerzas militares-.

El gobierno de Gaza es ejercido, desde 2007, por el terrorista movimiento políticomilitar palestino Harakat al-Muqawama al-Islamiya (en transliteración del árabe: Movimiento de Resistencia Islámica-, más conocido por su sigla -Hamas-.

A causa del inmisericorde bloqueo que Israel mantiene, desde ese año, y de la constante agresión del sionismo, la Franja presenta algunos de los más críticos índices socioeconómicos a nivel mundial.

Pero la dramática situación del pueblo palestino es sistemáticamente ignorada -o, peor aún, tergiversada- por el régimen sionista gobernante en Israel y sus cómplices locales e internacionales, quienes, no obstante presentarse como defensores de los derechos humanos, y contrarios a la discriminación, parecen considerar que los árabes palestinos carecen de derechos, y que no son discriminados.

Según esos hipócritas sectores y sus simplistas/manipuladores razonamientos -o antirrazonamientos-, cualquier crítica al genocidio que el régimen israelí está perpetrando en Gaza, y a la violencia que los supuestos “colonos” judíos llevan a cabo -con apoyo militar- en Cisjordania, es antisemitismo -pero difundir mentiras contra los palestinos, y justificar su genocidio, no es islamofobia-.

De acuerdo con esa vara para malmedir -expresión del genial poeta cubano Nicolás Guillén (1902-1989)- la política de limpieza étnica que el régimen sionista perpetra, desde 2023, en Gaza -victimizando, principalmente a decenas de miles de mujeres y niños-, no es sanguinaria discriminación sino derecho a defenderse contra Hamas.

Ese exterminio de palestinos incluye, además de la bestialidad militar, la hambruna generada por el inhumano boqueo sionista a los envíos internacionales de ayuda humanitaria -alimentos, medicinas, otros insumos vitales-, y los letales ataques armados a las organizaciones encargadas de distribuir esa asistencia y a los convoyes -claramente identificados- que logran ingresar con esa vital carga.

También implica el objetivo de diezmar a la población local, privándola de asistencia médica adecuada -incluido el acceso de mujeres a atención en materia de salud sexual y reproductiva-, lo que resulta de la destrucción -mediante bombardeos- de la infraestructura sanitaria -masivamente, la red de hospitales-.

La política israelí en Gaza es, frecuentemente, comparada con el criminal/corrupto/racista régimen de apartheid (separación, en la lengua local afrikaans), mediante el cual la minoría blanca de Sudáfrica -lo mismo que la de África Sudoccidental (la limítrofe y actual Namibia)- sojuzgó, brutalmente, durante casi medio siglo (1948-1990), a la originaria y abrumadoramente mayoritaria población negra-.

Pero los cómplices de la masacre en Gaza -y de la violencia antipalestina en Cisjordania- consideran -contra lo determinado por la Corte Penal Internacional (CPI)-, que el régimen israelí no está perpetrando crímenes de lesa humanidad, ni crímenes de guerra, y, por lo tanto, histéricamente, catalogan las lógicas condenas a esa política, como expresiones antisemitas.

Su simplismo -una notoria característica de los mediocres- es flagrantemente manipulador, ya que tiene el objetivo de presentar, como víctima, al victimario.

También trata de silenciar cualquier expresión de repudio/condena a la barbarie antipalestina, lo que, además, atenta contra las libertades de opinión y de expresión, y de pensamiento y de conciencia, garantizadas por la Declaración Universal de los Derechos Humanos -en los dos primeros casos, mediante el artículo 19, y, en los otros dos, por la vía del artículo 18-.

Entre los cómplices del sionismo guerrerista, figuran organizaciones judías que, no obstante presentarse como defensoras de los derechos humanos, y contrarias a la discriminación, ayudan a viralizar la maniquea manipulación sionista de la realidad: quien no apoya a Israel, es antisemita; quien no apoya a Israel, es terrorista o promueve el terrorismo.

Esas agrupaciones incluyen, por ejemplo, a Yad Vashem -Autoridad de Rememoración de los Mártires y los Héroes del Holocausto-, y al Centro Simon Wiesenthal, que tienen cobertura global.

También hay organizaciones regionales, entre las que figura el Congreso Judío Latinoamericano, además de una multitud de grupos locales, en diferentes países.

Yad Vashem (en hebreo: “una conmemoración y un nombre”), creada en 1953, por la Knesset (en hebreo: Asamblea) -el unicameral parlamento israelí-, tiene -según lo indicado en sus sitio en Internet- la misión oficial de cumplir las tareas de “conmemoración, documentación, investigación, y educación” -los “Cuatro Pilares de Rememoración”-, para “recordar a los seis millones de judíos asesinados por los nazis alemanes y sus colaboradores”.

Asimismo, “conmemorar a las comunidades judías destruidas, el gueto, y los combatientes de la resistencia”, lo mismo que “honrar a los Justos Entre las Naciones (the Righteous Among the Nations) quienes arriesgaron sus vidas para rescatar a judíos durante el Holocausto”.

En cuanto al recuerdo, Yad Vashem -cuya sede está en Jerusalén- indica que lleva a cabo “decenas de actividades conmemorativas, a lo largo del año, en memoria de las víctimas del Shoah, y de las comunidades judías destruidas”.

Respecto a la documentación, “la Colección de Archivo, con tecnología de punta, contiene cientos de millones de páginas de documentos, fotografías, y testimonios de sobrevivientes, en formatos de video, audio, y texto”.

Además, su “Instituto Internacional para Investigación del Holocausto alienta, apoya, y promueve estudios académicos sobre el Holocausto”, mientras que el “Instituto Internacional para Educación sobre el Holocausto ofrece amplias actividades para estudiantes y educadores”.

Por su parte, el Centro Simon Wiesenthal (Simon Wiesenthal Center, SWC), establecido en la occidental y costera ciudad estadounidense de Los Angeles, y con oficina regional latinoamericana en Buenos Aires -la capital de Argentina-, tiene cobertura mundial,

Esta agrupación lleva el nombre del austríaco Simon Wiesenthal (1908-2005), sobreviviente al holocausto, y conocido como “cazador de nazis”.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Wiesenthal se dedicó a rastrear y reunir información sobre fugitivos criminales de guerra nazis, con el propósito de ayudar a someterlos a la justicia.

Entre los casos de prófugos atrapados, en diferentes países, con el aporte de Wiesenthal, se destaca el de Adolf Eichmann (1906-1962), capturado, el 11 de mayo de 1960, en Buenos Aires, por agentes del israelí Instituto para Inteligencia y Operaciones Especiales (en transliteración del hebreo: ha-Moád le-Modi’ín u-le-Tafkidím Meyuhadím) -más conocido por su sigla, Mossad-.

La detención de Eichmann se llevó a cabo en el marco de una operación clandestina que, no obstante su éxito, violó la soberanía del rioplatense y andino país sudamericano -lo que generó tensión diplomática entre Israel y Argentina-.

Secuestrado por sus captores, el criminal nazi fue llevado a Israel, donde enfrentó juicio como autor de crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra, y crímenes contra el pueblo judío.

Condenado a la pena capital, por el cargo de genocidio, Eichmann fue ahorcado, el 1 de junio de 1962, poco después de la medianoche, en la prisión donde estaba recluido, en la central ciudad israelí de Ramla.

En su sitio en Internet, el Centro -dos de cuyas oficinas, a nivel internacional, se ubican, respectivamente, en la oriental ciudad alemana de Berlín, y en Buenos Aires- se describe como una organización no gubernamental que trabaja “a través de una combinación de incidencia, educación, y narrativa”.

De esa manera, el SWC “combate, activamente, el antisemitismo en Estados Unidos y en todo el mundo”, según la información redactada en inglés y en español.

“Sea combatiendo la demonización de Israel en organismos internacionales; denunciando la violencia contra turistas israelíes o judíos en las calles de Europa, o combatiendo la creciente marginalización de judíos de la academia, el Centro Simon Wiesenthal trabaja para combatir el antisemitismo en todas sus formas”, según el perfil institucional oficial.

La entidad sostiene que trabaja “defendiendo al Estado de Israel”, y “combatiendo la demonización de Israel y el Sionismo”, lo mismo que “promoviendo la tolerancia”.

También asegura que “Irán continúa procurando la aniquilación de Israel, mientras los Houthis en Yemen llaman al asesinato no solamente de todos los Israelíes sino de todos los judíos”.

Pero el SWC omite indicar el hecho de que fuerzas militares israelíes y estadounidenses llevan a cabo, desde el 28 de febrero, una arrasadora ofensiva bélica -de momento, devastadores bombardeos- contra Irán -país gobernado, desde 1979, por una brutal teocracia-, con la excusa de destruir su capacidad nuclear, guerra que las partes enfrentadas han extendido a nivel regional.

El consejo también se refiere a la islámica organización políticomilitar Ansar Allah (en transliteración del árabe: Seguidores de Dios) -popularmente conocida como al-Hūthiūn (en transliteración del árabe: Movimiento Houthi).

La agrupación -de naturaleza terrorista- fue fundada en 1994, en Saada, en el extremo noroeste de Yemen -país ubicado en la zona sur de la Península Árabe, del cual fue la capital -, y tomó su nombre de la etnia Houthi, que habita el sector norte yemenita, segmento de población al cual pertenece la mayoría de los dirigentes de la organización.

El Movimiento Houthi, con base de operaciones en la noroccidental ciudad de Sana’a -la presente capital de Yemen-, opera, principalmente, en la franja fronteriza norte -el límite terrestre, de 1,307 kilómetros, con Arabia Saudita-, y es respaldado por la dictadura religiosa iraní.

El grupo ha llevado a cabo, desde el inicio de la guerra en Gaza -y en protesta contra esa invasión militar- ataques contra naves civiles en aguas regionales -Mar Rojo, Golfo de Aden, Estrecho de Bab El-Mandeb- para tratar de alterar la navegación comercial mundial en el área.

El SWC es, por otra parte, crítico de Naciones Unidas, sosteniendo que la organización mundial “aprueba más resoluciones contra Israel que contra todos los demás países del mundo combinados”.

También afirma que “Israel es el único país cuyos ciudadanos son constantemente expulsados de competencias atléticas, conferencias académicas, y hasta actividades musicales”.

“Contra ese ambiente desafiante, el centro Simon Wiesenthal trabaja activamente para defender al estado de Israel”, así como “para defender la seguridad del estado de Israel, y promover la coexistencia pacífica entre Israel y sus vecinos”, asegura.

El SWC sostiene, por otra parte, que, entre lo que describe cono “nuestras actuales prioridades de promoción” figura la de “poner fin a la incitación por parte de Unrwa, llamando a la supervisión y la reforma de instituciones que perpetúan el odio”.

En este punto en particular, el SWC se hace eco de la manipuladora narrativa del sionismo belicista que justifica la recurrente agresión militar contra instalaciones, vehículos, y personal del Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East, Unrwa), aseverando que, en la palestina Franja de Gaza, la agencia especializada colabora con Hamas.

En cuanto a su acción de combate al antisemitismo, sostiene que se trata de una labor que lleva a cabo en Estados Unidos así como en el resto del mundo.

“Se trate de pelear contra la demonización de Israel en organismos internacionales; de denunciar la violencia contra turistas israelíes o judíos en las calles de Europa, o de pelear contra la creciente marginalización de los judíos de la academia; el Centro Simon Wiesenthal trabaja para combatir el antisemitismo en todas sus formas”, asegura.

El segmento latinoamericano de la organización desarrolla liderazgo en esa materia, de acuerdo con la descripción oficial -en este caso, redactada en español-.

Entre las actividades regionales desarrolladas, figuran la creación del centro documental denominado Fondo Simon Wiesenthal sobre Holocausto y Antisemitismo, que opera en la argentina Biblioteca Nacional Mariano Moreno, según la misma fuente.

Asimismo, el SWC “impulsó la adopción de la Definición de Antisemitismo de la Alianza Internacional Para el Recuerdo del Holocausto -Ihra-, y su complemento a las leyes antidiscriminatorias en América Latina”, según se indica, en alusión a la
International Holocaust Remembrance Alliance (Ihra).

Fundada en 1998, por el socialdemócrata ex primer ministro sueco (1996-2006) Göran Persson, la Ihra se define, en su sitio en Internet, como “una organización intergubernamental con 35 Países Miembros”.

De acuerdo con la definición adoptada por la Ihra, “el antisemitismo es una cierta percepción de los judíos, que puede expresarse como odio hacia los judíos. Manifestaciones retóricas y físicas de antisemitismo están dirigidas hacia personas judías o no judías y/o su propiedad, hacia instituciones e instalaciones religiosas de la comunidad judía”.

En su torpe fanatismo, los cómplices del criminal sionismo imperialista/belicista no se dan cuenta de que sus expresiones describen, exactamente, el odio israelí contra el pueblo palestino, que la islamofobia es tan tóxica como el antisemitismo.

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