Autores: Licenciado Michael Rojas Vargas, quien es Psicólogo Cod. 9441 y Máster Psicóloga Paula Picado Granados, Cod.2980, quienes forman parte de la Comisión de Adicciones del Colegio de Profesionales en Psicología de Costa Rica / Foto-Medios

Se han descrito en la condición de obesidad humana diferencias estructurales del cerebro en las regiones que han sido implicadas para desempeñar un papel en la regulación de la conducta alimentaria (p. Ej., Circuitos de recompensa de alimentos), se resalta además que los hombres que presentan obesidad son más susceptibles a un deterioro cognitivo leve que las mujeres que presentan una condición de obesidad, lo que ha sido respaldado por observaciones previas que indican una mayor atrofia cerebral en hombres , comparado con mujeres, indicando que una posible explicación de estos hallazgos podría ser un efecto protector relativo del estrógeno sobre el síndrome metabólico.
Los autores resaltan la necesidad de realizar más investigación para evaluar los cambios en la arquitectura cerebral de la obesidad a lo largo del tiempo y las influencias metabólicas como la resistencia a la insulina, las respuestas metabólicas al ayuno, el ejercicio, y las condiciones de alimentación y descanso.
Se necesitan más investigaciones para indagar hasta qué punto una mayor cantidad de tejido adiposo visceral (por una inflamación metabólica sistémica de bajo grado) conduce a efectos perjudiciales sobre la estructura cerebral y el funcionamiento cognitivo más allá de las medidas de obesidad general, así como en profundizar en la evaluación de que si la reducción de peso estricta y el tratamiento de los trastornos metabólicos relacionados con la obesidad también benefician las posibles consecuencias neurológicas de la obesidad.
ALIMENTACIÓN COMPULSIVA
Ahora bien, en relación a la alimentación compulsiva de alimentos procesado que involucran azúcar y glucosa, debemos entender que en el transcurso de la historia el ser humano desarrolló mecanismos de aprendizaje que le permitían adaptarse al medio ambiente a través de sistema denominado “sistema de recompensa”, el cuál responde a las gratificaciones naturales de supervivencia básica como la comida, el agua, y la reproducción.
Estos circuitos están localizados en zonas específicas del cerebro conectadas entre sí y se conoce como circuito del placer, debido a la estrecha relación con la naturaleza, el ser humano asoció la activación de dichos circuitos del placer con sustancias como el tabaco, el alcohol, la marihuana, la cocaína, etc.
Los sistemas de recompensa que están asociados al sistema nervioso central, obedecen a estímulos específicos y naturales.

Los mismos se encuentran regulados por neurotransmisores, permitiendo que el individuo desarrolle conductas aprendidas respondiendo de forma somera a hechos placenteros o de desagrado, por lo que la adaptación neurobiológica de las adicciones y sus mecanismos es compleja porque actúa sobre dichos sistemas de neurotransmisión.
El que una persona adquiera un trastorno por consumo de sustancias va depender de muchas variables que cursan desde lo genético, epigenético, las funciones ejecutivas, la socialización, estrés crónico, características de personalidad y la capacidad de resiliencia.
Aspectos que son distintos para cada individuo.
Debido a esto, una persona puede consumir de forma ocasional –por ejemplo, en festividades como navidad, celebraciones de cumpleaños- mientras que otras personas pueden desarrollar un consumo perjudicial o dependencia basado en factores de vulnerabilidad que adquiere o los factores de protección que se le presenten.
Existen etapas de mayor vulnerabilidad para adquirir un trastorno por consumo de sustancias, a menor edad en el inicio del consumo, mayor riesgo de generar un consumo problemático de sustancias.
Dependiendo las sustancias que consuma, puede generar lo que se denomina como síndrome de supresión, el mismo implica que ante la retirada de la sustancia, se presentan efectos no placenteros, descritos como desagradables -generalmente conocido como el síndrome de abstinencia- el cual varía dependiendo de la sustancia, presentándose síntomas clínicamente significativos tanto fisiológicas como del comportamiento.
Los mismos pueden variar en intensidad y duración dependiendo del patrón de consumo, algunos de ellos pueden incluir un estado de ánimo disfórico, irritabilidad, fatiga, inercia, sueños vívidos desagradables, insomnio o hipersomnia, aumento del apetito, agitación o enlentecimiento psicomotor, ansiedad, depresión.







