¿POR QUÉ NO TE ENTREGAS?

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George Rodríguez/Foto-Medios

Las monarquías son parasitarias y delictivas -por naturaleza-.

La grosera fuga de Juan Carlos I, el corrupto rey emérito -valga la redundancia- de España, es la más reciente confirmación de esa reiteradamente comprobada hipótesis.

De modo que la calificación de “emérito”, aplicada a un personaje de tan turbia calaña, se convierte en falacia, considerando que el anacrónico Diccionario de la Lengua Española -el oficial, el de la Real Academia Española-, define el término, en lo esencial, así: “que se ha jubilado y mantiene sus honores y alguna de sus funciones”.

Pero la verdad es que nada de honor hay en el hecho, por sí solo, de ser rey -o reina-, porque la honorabilidad es -por naturaleza- lo opuesto a la esencia de una monarquía.

Se trata, en definitiva, de una posición política y social que se obtiene por herencia -o, en el caso de algunas reinas, como la española actual y la “emérita”, por matrimonio-.

Además, el emeritazgo, en este caso, significa que España tiene dos reyes -por si uno no fuese suficiente-, al igual que el Vaticano, con sus dos papas -también, como si uno no fuese suficiente-, pero, igualmente, implica que tiene dos reinas -como de ciencia ficción-.

En el caso del rey fugitivo español -nacido en Roma-, se trata de alguien recurrentemente involucrado en situaciones turbias -para plantearlo eufemísticamente- que han ameritado, en los casos más recientes, investigación en España y en Suiza.

Hay sospechas de obtención ilicitica de dinero -en fenomenales cantidades-, de legitimación de capital -en similares volúmenes-, de desvío de fondos -también abundantes- en calidad de “regalo de amor” a una destinataria clandestina, y de posterior acusación -contra la destinataria- de robo de ese dinero.

Pareciera el libreto de alguna telenovela colombiana o mexicana sobre Pablo Escobar, “El Chapo”, o algún narcojefe -imaginario, aunque basado sobre la brutal narcorrealidad-, pero se trata de actos reales llevados a cabo por un rey -ahora en fuga-.

La turbidez de la historia personal del monarca emérito data -según lo que se sabe-, de su adolescencia.

Nació en Roma, en 1938, en virtud de que su abuelo, el rey Alfonso XIII, se exilió, con todo y familia, en Italia, en 1931, cuando se constituyó la Segunda República Española (1931-1939) -que, temporalmente, terminó con la monarquía-.

La Segunda República tuvo fin en la violenta toma del poder por el ultraderechista general -posterior “generalísimo”- Francisco Franco, cuya sanguinaria dictadura se extendió hasta 1975, cuando murió “el caudillo”.

Instalados sus padres -Juan de Borbón y María de Borbón, condes de Barcelona- en la sureña ciudad portuaria portuguesa de Estoril, cuando tenía 18 años, Juan Carlos mató, de un balazo, a Alfonso, su hermano cuatro años menor, en lo que, según declaró entonces -aunque no del todo seguro- su tío Jaime de Borbón, fue un accidente.

Juan Carlos tuvo un fácil ascenso político, ya que “el generalísimo” lo eligió para sucederlo, en calidad de rey, lo que fue determinado de acuerdo con la franquista Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, aprobada en 1947.

Una de las ocho Leyes Fundamentales -que constituyeron la estructura estatal durante la dictadura-, ese instrumento legal reactivó la monarquía -en este caso, parlamentaria-, y determinó que Franco sería sucedido por un rey -propuesto por el tirano-.

La selección por parte de Franco, determino que Juan Carlos se trasladase a España, para ser designado y juramentado, el 22 de julio de 1969, por las Cortes Españolas (parlamento), sucesor del dictador, entonces en calidad de príncipe, para ser, seis años después, proclamado, por el organismo legislativo, rey de España.

Durante su reinado de 38 años, entre otros acontecimientos, fue aprobada, en 1978, la actual Constitución Española, y, el 23 de febrero de 1981, Juan Carlos I frustró, mediante una alocución televisada a nivel nacional, un intento militar golpista.

Su gestión monárquica visiblemente inofensiva lo mantuvo, durante décadas, en niveles aceptables de popularidad -de alguna inexplicable manera, las monarquías logran, aun en el siglo 21, aun en la era de Internet, tener apoyo popular-.

Pero, desde hace algunos años, la corrupción -personal y familiar- se convirtió en una carga que, eventualmente, lo doblegaría, disparando un intensamente polarizado debate nacional entre monárquicos y republicanos, con los segundos planteando la urgente necesidad de eliminar la parasitaria corona española.

Cuando la pandémica crisis económica mundial estallada en 2008 golpeó a España, la gente empezó a perder confianza en las instituciones nacionales, y la monarquía no escapó a ese sentimiento que comenzó, entonces, a viralizarse.

En tal contexto, y sumado a ello, la imagen de “rey bueno” que Juan Carlos I venía proyectando, hacía décadas, comenzó a recibir demoledores golpes públicos.

En 2011, fue indirectamente afectado por el escándalo de corrupción que involucró a su hija la infanta Cristina y al marido de ésta, el empresario y ex deportista español Iñaki Urdangarin.

Tras un extenso proceso judicial, Urdangarin fue condenado, el 18 de junio de 2018, a cumplir condena de prisión -de cinco años y 10 meses-, hallado culpable de haber cometido delitos contra la hacienda pública, además de fraude a la administración pública, prevaricato, y tráfico de influencias.

La infanta, por su parte, fue absuelta, el 17 de febrero de 2017, de los dos delitos fiscales que se le había tipificado.

Pero el monarca también ha sido actor directo en algunos escándalos.

En 2012, se descubrió que el rey participó, en Botswana -mediterráneo país en el sur de África-, en un costoso safari, una expedición de lujo, para cazar elefantes.

El destape ocurrió porque, a raíz de una caída, durante el safari, el monarca sufrió fractura de cadera, lo que determinó su traslado a Madrid, y su hospitalización para ser operado.

En tal contexto, se viralizó una fotografía, del cazador delante de uno de sus baleados trofeos

-que pesaba cinco toneladas-, y se conoció que, en la depredadora expedición, estuvo acompañado por la alemana Corinna Larsen, el primero de sus dos maridos -Philip Adkins-, su hijo Alexander, además del magnate sirio Mohamed Eyad Kayali.

Larsen se desempeñaba, en ese tiempo, en una agencia de viajes que, entre otras actividades, organizaba cacerías de lujo -y de obvio alto costo-, la lista de cuyos clientes incluía al rey español.

Conocidas, mundialmente, la foto -además de otras imágenes- y la información, quedó en evidencia que el “rey bueno” se divertía matando animales.

En un esfuerzo por administrar la crisis de imagen, Juan Carlos I declaró, a medios de comunicación, el 18 de abril del 2012, mientras estaba hospitalizado: “lo siento mucho, me he equivocado, y no volverá a ocurrir”.

La cereza que coronó ese pastel: Juan Carlos I era, mientras participaba en cacerías, presidente honorario de la representación, en España, de la organización ambientalista internacional World Wildlife Fund (WWF), entidad protectora de especies en riesgo -entre ellas, precisamente, los elefantes africanos-.

La hipocresía no fue tolerada por la dirigencia de WWF España, cuyos integrantes, por tratarse de un rey, en lugar de correrlo, sin más, planteando la verdad, se acobardaron y optaron por, eufemísticamente, eliminar la presidencia honoraria -y, con el cargo, remover al rey-.

Por su parte, el gobierno de Botswana -entonces encabezado por el presidente Ian Khama (2008-2013, 2013-2018)- prohibió, a raíz de lo ocurrido, la caza de elefantes en el país.

El accidente reveló, además, la relación sentimental y de negocios clandestina entre el monarca y la empresaria alemana, lo que sacudió los cimientos de la Casa Real de España.

El peso de los monárquicos escándalos conocidos hasta entonces, condujeron, a Juan Carlos I, a abdicar, el 2 de junio de 2014, heredando la maltrecha corona española a su hijo Felipe VI, y, exactamente cuatro años después -el 2 de junio de 2019-, en calidad de “rey emérito”, a retirarse de la vida pública.

El más reciente escándalo -en este caso, de corrupción monetaria, mezclado con el sentimental-, fue el que asestó el devastador y definitivo golpe a la imagen de Juan Carlos I.

Jaque

Medios españoles destaparon, este año, que, en 2008, el rey emérito recibió 100 millones de dólares que el gobierno de Arabia Saudita le depositó, secretamente, en una cuenta bancaria en Suiza, además de que el monarca venía usando una red de paraísos fiscales para evadir pagos fiscales.

Una década después de esa transferencia, el Tribunal Supremo (Corte Suprema de Justicia, TS) español comenzó a investigar el traslado de fondos y la posible responsabilidad penal, de Juan Carlos I, en esa abundante movilización de dinero, indagación que fue anunciada en junio de este año.

De acuerdo con las versiones periodísticas de ahora, la investigación se originó en el contenido de una serie de audios -atribuidos a Larsen-, en los cuales la empresaria habría revelado que Juan Carlos I cobró una considerable comisión por haber logrado la concesión de contratos, a empresas españolas, en la construcción, en Arabia Saudita, de una conexión ferroviaria de alta velocidad.

Se trata de la línea ferroviaria, de algo más de 450 kilómetros, que une a las ciudades sauditas de Meca -el principal centro del islamismo, a nivel mundial- y Medina.

La línea que une a ambas ciudades -“Los Dos Santos Lugares” del islam-, está operativa, desde diciembre de 2016.

Algunas versiones revelaron que Larsen habría declarado, además, en Suiza -donde, igualmente, se investiga movimientos monetarios del monarca-, que, al parecer, de ese dinero, Juan Carlos I le habría transferido alrededor de 65 millones de euros (unos 76.8 millones de dólares).

La empresaria habría afirmado que no se trató de una maniobra para evadir pagos fiscales sino que constituyó un apoyo “por gratitud y amor”.

En suiza, la investigación judicial está a cargo del fiscal Yves Bertossa, quien procura determinar si hubo, efectivamente, intento de lavar los 100 millones de dólares, a través del sistema bancario suizo, mediante un gestor y un abogado, al parecer testaferros del rey emérito español, según versiones periodísticas europeas.

Los movimientos monetarios posiblemente revelarían la existencia de una red financiera offshore que involucraría a Juan Carlos I, indicaron.

En ese contexto, Larsen transfirió, los 65 millones de euros, a dos cuentas personales, respectivamente, en la capital británica y en la nororiental ciudad estadounidense de Nueva York, además de que el rey la autorizó, al parecer, a adquirir, en Londres, un dúplex (apartamento de dos pisos), valorado en siete millones de dólares.

Pero la trama se espesa aún más, ya que Larsen, en lo que pareciera ser un intento desesperado por distanciarse del escándalo, dirigió, el año pasado, a la Casa Real Española, una carta en la que afirmó que, dos años después del afectivo regalo, Juan Carlos I le planteó que le reintegrase los 65 millones, y que, ante la negativa a devolverlos, el monarca la acusó de haberle robado el dinero.

La revelación del pleito -que pulverizó el hipócrita glamour con el que se maneja la aristocracia monárquica europea- generó, como respuesta de la Casa Real Española, una carta advirtiéndole que la corona ni conocía, ni tuvo participación, ni estaba en conocimiento de lo que estaba alegando.

También incluyó la amenaza de que, si intentaba involucrar al rey Felipe VI en las operaciones de su padre, sería demandada.

Así las cosas, Juan Carlos I optó por lo más fácil: huir.

Pero los delitos y crímenes que cometan los integrantes de la realeza, les son encubiertos -o perdonados, si llegan a ser conocidos públicamente-, el rey emérito anunció, sin ruborizarse, que haría, exactamente, eso: fugarse.

Por lo tanto, oficializó su escape, mediante la carta -de tres párrafos- que dirigió, el 3 de este mes, a su hijo y heredero, explicándole, en esencia, que, al conducirse de ese modo, trataba de no complicarle el trabajo.

“Majestad, querido Felipe: Con el mismo afán de servicio a España que inspiró mi reinado y ante la repercusión pública que están generando ciertos acontecimientos pasados de mi vida privada, deseo manifestarte mi más absoluta disponibilidad para contribuir a facilitar el ejercicio de tus funciones, desde la tranquilidad y el sosiego que requiere tu alta responsabilidad”, afirmó, para agregar que “mi legado, y mi propia dignidad como persona, así me lo exigen”.

“Hace un año te expresé mi voluntad y deseo de dejar de desarrollar actividades institucionales. Ahora, guiado por el convencimiento de prestar el mejor servicio a los españoles, a sus instituciones y a ti como Rey, te comunico mi meditada decisión de trasladarme, en estos momentos, fuera de España”, planteó.

En el comunicado que incluyó la escueta carta, la Casa de Su Majestad el Rey informó que Felipe VI “le ha transmitido”, al rey emérito, “su sentido respeto y agradecimiento ante su decisión”.

“El Rey (Felipe VI) desea remarcar la importancia histórica que representa el reinado de su padre, como legado y obra política e institucional de servicio a España y a la democracia; y al mismo tiempo quiere reafirmar los principios y valores sobre los que ésta se asienta, en el marco de nuestra Constitución y del resto del ordenamiento jurídico”, según lo indicado en el comunicado.

El escape fue inmediato -y sin la “emérita” reina Sofía-, a lo que siguieron días de incógnita respecto al paradero del fugitivo.

Las especulaciones pasaron a ubicarlo, indistintamente, en el limítrofe Portugal o en la más lejana y caribeña República Dominicana, pero la revista española Lecturas, aseguró, el 12 de agosto, que Juan Calos I y Larsen se refugiaron en Emiratos Árabes Unidos (EAU), específicamente, en la ciudad de Abu Dhabi.

“El rey emérito don Juan Carlos viaja con la que ha sido su fiel amiga durante 40 años”, tituló la información, y, en la portada, indicó “Juan Carlos está en Abu Dabi con su amante. El verano más duro de la familia real”.

La soberbia de clase que genera la monarquía fue enfrentada, en el caso de Juan Carlos I, por el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, durante la 17 Cumbre Iberoamericana, llevada a cabo en 2007, en Chile.

El entonces presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, estaba en uso de la palabra, y fue interrumpido, insistentemente, por Chávez, quien denunciaba la participación del derechista José María Aznar -el mediocre antecesor inmediato de Rodríguez Zapatero-, en el breve golpe militar, de abril de 2002, contra el mandatario venezolano.

  • Juan Carlos I intervino, increpando a Chávez con la pregunta; “por qué no te callas”, a lo que el venezolano respondió que “muy rey será, pero no me puede hacer callar, yo también soy jefe de Estado, y elegido tres veces”.
  • Fin de discusión.
  • La pregunta pertinente, 18 años después, para el rey fugitivo es: por qué no te entregas?

 

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