Un comemierda atenta contra la humanidad

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George Rodríguez

El Grupo de los Siete (G7) –integrado por siete de las mayores economías mundiales- acordó, durante su reciente reunión (24 a 26 de este mes) en Francia, la disposición a actuar velozmente para enfrentar los miles de incendios que están quemando miles de kilómetros cuadrados de la Amazonia, principalmente en territorio brasileño.

Al respecto, el bloque –Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón- comprometió veinte millones de dólares para extinguir los incendios amazónicos –que suman decenas de miles, de enero a agosto de este año-.

Por su parte, el presidente francés y anfitrión de la 45 Cumbre del G7, Emmanuel Macron, dijo a periodistas, una vez finalizado el encuentro, que procurará hacer frente a las causas de largo, plazo de los incendios, mediante la creación de una alianza internacional para salvar la Amazonia, y, además, que los detalles de un plan para reforestar la vasta zona serán dados a conocer en el marco de la próxima sesión de las Asamblea General de las Naciones Unidas, a iniciarse el mes próximo, en la sede central de la organización mundial, en la nororiental ciudad estadounidense de Nueva York.

Sin embargo, la oferta fue rechazada por el ultraderechista y antiambientalista presidente brasileño, capitán retirado Jair Bolsonaro, en declaraciones ofensivas contra el G7, en general, y Macron, en particular.

Desde dos días antes del inicio de la cumbre, llevada a cabo en el exclusivo balneario atlántico francés de Biarritz, Bolsonaro hostilizó a Macron por la iniciativa con la cual el mandatario francés estaba demostrando –a diferencia de su contraparte de Brasil- disposición a frenar la catástrofe ambiental –de afectación no solamente brasileña sino planetaria-.

En dos mensajes que difundió, el 22 de agosto, en la red social Twitter, en portugués, el militar retirado afirmó que “lamento que el presidente Macron busque instrumentalizar una cuestión interna de Brasil y de otros países amazónicos p/ ganancias políticas personales. El tono sensacionalista con que se refiere a la Amazonia –apelando hasta p/ fotos falsas- no contribuye en nada a la solución del problema”.

En una actitud negacionista –igual a la de su cercano colega, el igualmente antiambientalista presidente estadounidense, Donald Trump, respecto al cambio climático-, Bolsonaro procuró restar importancia al desastre ambiental en el principal ecosistema del planeta.

Y, no conforme con esa afirmación, a continuación, tuiteó que “el gobierno brasileño sigue abierto al diálogo, con base en datos objetivos y en el respeto mutuo. La sugerencia del presidente francés, de que asuntos amazónicos sean discutidos en el G7 sin participación de los países de la región, evoca mentalidad colonialista fuera de lugar en el siglo XXI”.

El mismo día, en un intercambio en inglés con un usuario de Twitter identificado como Felipe G. Martins, el presidente recomendó “seguir el hilo” (“follow the thread”).

Martins planteó, dirigiéndose a Bolsonaro, respecto a exhortaciones a orar por la Amazonia: “De modo que usted piensa que el Amazonas está en peligro y que hay que orar para salvarlo? Un consejo: lo primero que usted debe hacer es dejar de difundir mentiras, porque mentir no sólo daña kilos esfuerzos reales por proteger nuestro bosque, sino compromete sus oraciones –a Dios no le gustan los mentirosos-“.

En otro momento, al reafirmar su reiterado planteamiento sobre la difusión de supuestas “noticias falsas” sobre los incendios –habiendo llegado a señalar la posibilidad de que los fuegos fueron intencionalmente iniciados por organizaciones no gubernamentales ambientalistas, para perjudicarlo-, Bolsonaro se permitió soltar un tuit, ahora, en portugués –el 25 de agosto, coincidiendo con la segunda de las tres jornadas de trabajo de la cumbre del G7-, autoseñalándose, no sólo como presunto demócrata sino como supuesto protector ambiental.

“Somos una de las mayores democracias del mundo, comprometidos con la protección ambiental, respetamos la soberanía de cada país. Mi agradecimiento a decenas de jefes de estado que me oyeron y nos ayudaron a superar una crisis que sólo interesaba a los que quieren debilitar a Brasil!”, aseveró.

Por su parte, en conferencia de prensa, en Biarritz, luego de finalizada la reunión de gobernantes, Macron informó sobre la decisión de poner, a inmediata disposición de los ocho países amazónicos –principalmente Brasil y Bolivia, los más afectados, de momento, por el fuego-, unos veinte millones de dólares, así como aviones equipados para combatir incendios forestales, y anunció el plan de asistencia, a ser revelado el mes próximo, en detalle, en Naciones Unidas, iniciativa que incluiría un programa de reforestación de la Amazonia.

“Directamente, ofreceremos, a los países amazónicos que nos indiquen sus necesidades, apoyo financiero de hasta 20 millones de euros (alrededor de 22 millones de dólares)”, dijo el presidente francés, quien agregó la disposición europea a proporcionar diverso tipo de respaldo, y precisó, al respecto, que “Francia lo hará con apoyo militar, en las próximas horas”.

Sin embargo, al centrar el tema, narcisistamente, en su persona, Bolsonaro reaccionó, rápidamente, afirmando que Macron lo insultó, y que, por lo tanto, estaba rechazando la oferta.

En tal contexto, su jefe de Gabinete, el veterinario y ex diputado Onyx Lorenzoni, rechazó, el 27 de agosto –un día después del cierre de la cumbre-, en términos no tan obviamente ofensivos –aunque igualmente arrogantes-, la oferta anunciada por Macron, al declarar, a periodistas, en Brasilia, la capital nacional, que “agradecemos, pero tal vez esos recursos sean más relevantes para reforestar Europa”, y al afirmar que el mandatario francés haría mejor, en cambio, en atender “su casa y sus colonias”.

Poco después –quizá, alguien medianamente lúcido, en su retrógrado equipo de trabajo, le hizo notar su nueva barbaridad-, Bolsonaro echó parcialmente atrás en su rechazo, y dijo que aceptaría la oferta, pero a condición de que Macron retire los supuestos insultos que le dirigió.

“Primero, el señor Macron debe retirar los insultos que hizo contra mi persona. Primero, me llamó mentiroso y, después, por informaciones que tuve, que nuestra soberanía en la Amazonia es una cuestión abierta”, por lo que, “para conversar y aceptar cualquier cosa de Francia (…) tendrá que retirar esas palabras, y, entonces, podremos conversar”, afirmó.

Por enésima vez –y como suele hacerlo su alma gemela y colega estadounidense, Donald Trump, también adicto atildar de “noticia falsa” (“fake news”) cualquier información que no sea de su agrado-, Bolsonaro tergiversó la realidad, porque quien insultó, en verdad, fue el brasileño, al burlarse, simultáneamente, de Macron y su esposa, Brigitte.

Bolsonaro reprodujo, también el 25 de agosto, e igualmente en Twitter, un ofensivo mensaje, de un patán usuario de esa red social, contra la esposa de Macron.

Identificado como Rodrigo Andreaça, el usuario se refirió la confrontación verbal que ambos presidentes venía protagonizando, y difundió el mensaje, ilustrándolo con una composición fotográfica que muestra, en dos imágenes, respectivamente, a Macron junto a Brigitte, y a Bolsonaro junto a su esposa, Michelle –una foto de la pareja presidencial brasileña, el día de la asunción presidencial en Brasil-.

En la imagen superior, se ve a Brigitte, con expresión seria, sin maquillaje, detrás de su esposo, mientras que, en la inferior, se observa a Michelle, sonriente, maquillada, delante del nuevo presidente.

“Es envidia presidente, del Macron puede creer”, afirmó el tuitero, quien, intercaló, en el texto una pequeña imagen de la bandera brasileña, y, junto a ambas fotografías, escribió: “Entiende ahora pq Macron persigue a Bolsonaro?”.

Debajo de la reproducción del tuit, Bolsonaro festejó la broma de exagerado mal gusto –y fuerte contenido machista-, escribiendo: “Rodrigo Andreaça no humilles al tipo. Kkkkkkk”.

Interrogado, un día después –en la jornada de cierre del encuentro del G7-, sobre ese texto de Bolsonaro en Twitter, Macron lo definió como expresiones “extremadamente irrespetuosas”, emitidas en “un día triste, para él y para Brasil”, y también reflexionó que “creo que los brasileños, que son un gran pueblo, sienten un poco de vergüenza, al ver ese comportamiento, y que esperan que, cuando uno es presidente, se comporte bien con los otros”.

También exhibiendo su arrogancia antiambientalista, Trump decidió no participar en la sesión de la cumbre del G7 referida al tema ambiental –específicamente, a los incendios amazónicos, y a la crisis ecológica de la región subsaheliana africana-.

Interrogado al respecto, en conferencia de prensa, Trump respondió que “siento que Estados Unidos tiene una tremenda riqueza”, aseverando, a continuación, que “no voy a perder esa riqueza en sueños, en molinos de viento –que, francamente, no están funcionando muy bien”.

Y el presidente negacionista del cambio ambiental, quien sostiene que el calentamiento global no existe sino en la tendenciosa imaginación de organizaciones ecologistas de izquierda, y quien ha propuesto neutralizar huracanes “dejándoles caer una bomba nuclear” en el centro –algo que ha desmentido, obviamente-, coronó esas declaraciones en la conferencia de prensa, afirmando esto: “creo que sé más, sobre el ambiente, que la mayoría”.

Entretanto, y siguiendo la turbia línea, efectivamente manipuladora, que Bolsonaro ha impuesto, su leal ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, presentó, el 27 de agosto, entrevistado por una estación brasileña de televisión, al régimen bolsonarista, como contrario a la deforestación.

“El gobierno está contra la deforestación ilegal. Nosotros necesitamos, de hecho, dejar eso claro. Tal vez no se haya dicho de forma más explícita. Entonces, decimos: estamos en contra”, mintió.

A medida que transcurren los días desde el cierre de la cumbre del G7, el régimen bolsonarista está –al parecer- entrando en razón, y empieza a decir que acepta ayuda de otros países.

En ese sentido, Bolsonaro dio la bienvenida de la oferta, de envío de aviones equipados para el combate a incendios, que le formuló su derechista colega chileno, Sebastián Piñera –un declarado pinochetista-.

Pero, al aceptar el ofrecimiento, en compañía de Piñera –con quien se reunió, el 28 de agosto, en Brasilia-, Bolsonaro siguió refiriéndose a Macron, a quien acusó, esta vez, de proyectarse como “la única persona” quien se preocupa por el ambiente, y, de paso, acusó, a los gobiernos alemán y francés de querer, mediante la ayuda ofrecida, comprar soberanía brasileña.

Además, el régimen bolsonarista prohibió, el 29 de agosto, y por sesenta días, lo que definió como las quemas controladas para despejar maleza en tierras amazónicas usadas para siembra.

La desubicación de Bolsonaro es tal que, frente a la devastación ambiental que su política ha causado, cree que esa medida –equivalente a poner una curita sobre una herida de bala de AK47- va a resolver algo, y cree que, con eso, va a enmendar su criminalmente omiso manejo de la crisis ecológica de la que es plenamente responsable.

Con anterioridad, y en contradictorios términos marcadamente –pero no sorprendentemente- similares a los habituales de Trump, en declaraciones que formuló a periodistas, el 21 de agosto –tres días antes del inicio de la cumbre-, en Brasilia, la capital nacional, Bolsonaro acusó –aunque dijo que, en realidad, no estaba haciéndolo-, a organizaciones no gubernamentales (ONG) ambientalistas, de estar causando los incendios –para perjudicarlo-.

Según la negacionista teoría conspiratoria del capitán retirado –un ferviente defensor de la dictadura militar brasileña (1964-1985)-, “puede ser que haya –no estoy afirmando- acción criminal de esos ‘ongueros’, para llamar la atención contra mi persona, contra el gobierno de Brasil”, porque se trata de personas quienes sirven a “intereses extranjeros”.

“El crimen existe, y nosotros tenemos que hacer lo posible para que ese crimen no aumente, pero nosotros quitamos dinero a las ONG”, aseguró, además de afirmar que, “de las transferencias de afuera, 40 por ciento iban para las ONG”, y que “esa gente está sintiendo la falta del dinero” –lo que constituye, según el antiambientalista, el origen de los incendios-.

 

La reacción de la comunidad ecologista brasileña no tardó.

Horas después de la temeraria acusación lanzada por Bolsonaro, el Observatorio del Clima (Observatório do Clima, OC) –que reúne a unas cincuenta ONGs ambientalistas- emitió un demoledor comunicado en el cual, bajo el título “Récord de incendios refleja irresponsabilidad de Bolsonaro”, refutó la aseveración presidencial.

“Los incendios son apenas el síntoma más visible de la antipolítica ambiental del gobierno de Jair Bolsonaro y de su ministro de Medio Ambiente (Meio Ambiente), el ímprobo Ricardo Salles, que impulsó el aumento de la tasa de deforestación en el último año”, lo que  resulta destructor para el bioma (conjunto de ecosistemas) amazónico, planteó el OC, precisando responsabilidades.

“El fuego refleja la irresponsabilidad del presidente con el bioma que es patrimonio de todos los brasileños, con la salud de la población amazónica y con el clima del planeta, cuyas alteraciones alimentan la destrucción del bosque y son por ella alimentadas, en un círculo vicioso”, explicó.

En apoyo a su documentado señalamiento del régimen bolsonarista como responsable de la brutal degradación ambiental brasileña –que afecta a otros países amazónicos, en particular la limítrofe Bolivia-, el observatorio citó un reciente comunicado del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonia (Instituto de Pesquisa Ambiental da Amazônia, Ipam) en el cual, esta entidad, determinó que la deforestación sea la causa principal de los incendios que están ocurriendo en Brasil.

“El análisis de datos del Ipam para el bioma Amazonia muestra que el factor que mejor explica el aumento de los focos de calor es la deforestación. Los diez municipios más deforestados en 2019 son también los diez que más se quemaron en la región”, indicó el OC, al exhibir el vínculo directo entre la crisis ambiental brasileña y la política antiecológica bolsonarista.

“La combinación de autoritarismo y fanatismo ideológico del presidente y de su ministro transforman en humo no solamente los árboles de la Amazonia y la reputación de Brasil sino también el bienestar de una población que el gobierno federal debería proteger y nuestro acceso a mercados internacionales y a inversiones”, denunció, con precisión, el observatorio, tras lo cual recomendó: “sería bueno ya ir haciendo algo al respecto”.

Para el período desde el 1 de enero –fecha en que Bolsonaro asumió la presidencia- hasta el 20 de agosto de este año, el brasileño Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Instituto Nacional de Pesquisas Espaciais, Inpe) registró alrededor de 73 mil focos de incendio, en territorio de Brasil –cifra que, una semana después, era superior a 80 mil-.

Se trata, exactamente, de los ocho primeros meses del mandato (2019-2023) presidencial de Bolsonaro, cuya política antiambiental ha debilitado la protección ecológica, en particular del bioma de la Amazonia, una zona donde el gobierno prioriza los intereses económicos de sectores tales como el agrícola, el maderero, y el de la minería extractiva, de acuerdo con lo denunciado por organizaciones ambientalistas locales e internacionales, además de comunidades de la zona.

Ello significa que los beneficiarios de esa política llevan a cabo, irrestrictamente, masiva deforestación, lo que incluye no solamente el despale de extensas áreas sino también la quema del material de desecho así acumulado, a lo que se suma, en el caso específico de los agricultores locales, la anual quema de vegetación en las tierras ya despaladas, como cíclica preparación del suelo, para el tiempo de siembra, según las mismas fuentes.

Con algo más de 7.4 millones de kilómetros cuadrados, la Amazonia -que represéntala cuarta parte del territorio continental americano- se ubica mayoritariamente –alrededor de 60 por ciento- en Brasil, cubriendo, asimismo, extensiones territoriales de otros siete países -Bolivia, Colombia, Ecuador, Guayana, Perú, Surinam y Venezuela-, y de la Guayana Francesa.

Atravesada de este a oeste por el Río Amazonas –el mayor a nivel mundial, que se extiende siete mil kilómetros, desde Perú hasta el Océano Pacífico-, esa selva contiene alrededor de 20 por ciento de las reservas globales de agua dulce, de acuerdo con estimaciones de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA).

La selva también aloja a aproximadamente 2.5 millones de especies de insectos, 30 mil especies de plantas, 2,500 especies de peces, 1,500 especies de aves, 550 especies de reptiles, 500 especies de mamíferos, según la OTCA.

En esa región residen, asimismo, aproximadamente 34 millones de personas, población en la que están incluidos alrededor de tres millones de indígenas, pertenecientes a 420 comunidades, quienes hablan casi noventa lenguas, indica la entidad.

Pero, precisamente, la indígena constituye un sector de la población brasileña al que el racista Bolsonaro particularmente menosprecia, lo cual se suma a san insensibilidad ecológica para determinar que vastos sectores del mayor ecosistema del mundo están en llamas, pero no importa.

Es algo apenas natural como conducta de un comemierda a quien, a partir de sus recurrentes y ofensivas expresiones -antiambientalistas, racistas, misóginas, homofóbicas, ultraderechistas, reivindicativas de la tortura-, durante la campaña electoral, el año pasado, le fue aplicado el apodo de “Bolsonazi” -y, más recientemente, el igualmente acertado de “el Trump de Brasil”, respecto al cual, el Trump original, recientemente, dijo: “me gusta eso”-

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