Esta semana inicio una nueva serie llamada Metamorfosis poética / Voces del fogón y de la raíz, inspirada en las mujeres de mi pueblo y en la memoria del maíz.
Espero que estas historias también le recuerden a alguien querido.
- Historias nacidas en la tierra donde el maíz y la lengua Ditza’a siguen vivos.
- La señora de las tortillas
- A las mamás, que nos enseñaron que el amor también se amasa.
Por Elizabeth Alejandra Castillo Martínez
Ya está amaneciendo. Se escucha el kikirikí de los gallos anunciando el nuevo día. Guau, guau ladran los perros. Ahhh, ahhh, ahhh rebuznan los burros. Tan, tan, tan resuenan las campanas de la iglesia… ¿las escuchas?
Son las cinco de la mañana. Huele a tierra húmeda y en las calles se ven las siluetas de varias mujeres que se cubren del frío con su rebozo. Sobre la cabeza llevan un tenate lleno de nixtamal y caminan con pasos presurosos hacia el molino.
En el camino se encuentran con los señores que van arreando su yunta rumbo a la milpa. A lo lejos se escucha la trompeta del primer autobús que parte hacia la ciudad, donde otras mujeres ya van listas para vender sus tortillas y tlayudas.
Cuando llegan al molino, las señoras se forman para que pesen su nixtamal. Después de pagar, colocan en una banca larga sus tenates, alineados uno junto al otro. Cuando llega su turno, vacían el nixtamal en el molino y cada una comienza a recoger la masa que va cayendo. La sienten suave entre las manos. Me gusta ver cómo juegan con ella, cómo la baten y la revuelven varias veces hasta formar grandes bolas que acomodan nuevamente en el tenate.
Luego se despiden e inician su camino de regreso a casa.
Allá, en la cocina, ya está listo el metate con una batea de madera al frente. El gran comal está puesto: redondo, bonito, recién pintado de blanco. Debajo hay pencas de maguey secas, ramas de mezquite, cañuelas y carrizo que pronto encenderán para calentarlo y cocer las tortillas.
Cuando la señora comienza su tarea, vacía una bola de masa en el metate, la revuelve con fuerza y le agrega un poco de agua limpia hasta que queda suave. Después forma bolas de buen tamaño. Coloca una sobre un cuadro de plástico y la aplasta con la tortilladora; primero de un lado, luego del otro. Con mucha destreza despega el plástico, la tortea una o dos veces más con las manos y la coloca sobre el comal caliente.
No sé cómo le hace la señora para no quemarse los dedos.
Porque cuando ya está cocida una cara de la tortilla, la voltea… y entonces sucede algo mágico.
Empieza a inflarse.
Se pone bien gordita.
Algunas personas dicen que eso pasa cuando alguien tiene hambre, y creo que es verdad, porque mi pancita se mueve de un lado a otro.
La señora no tarda en hacer muchísimas tortillas. Poco a poco se va llenando otro tenate donde se conservarán calientitas para la hora del almuerzo y otras más que se llevarán a vender al mercado.
A mí me gusta ver a mi mamá cuando las hace. Se ve tan hermosa con su delantal de flores y sus trenzas enredadas con listones del mismo color. Pero lo que más me gusta es sentarme en un banquito junto a ella y esperar a que salga la primera tortilla, toda esponjadita.
- Porque siempre me la da con un poquito de sal, envuelta en un taquito…
- Mmmmm…
- Sabe deliciosa.
- ¿Te gustaría probar una?
- Monólogo de una canasta
Qué feliz me siento cuando llega la mañana y tus manos me buscan entre las demás. Me levantas con cuidado y colocas mi asa sobre tu delicado antebrazo, que descansa envuelto en un bello rebozo de hilo negro. Entonces sé que comienza mi día contigo.
Sales con tu colorida falda de brocado y tus blusas de encaje que parecen guardar historias en cada puntada. Desde mi lugar puedo ver cómo el sol juega entre los pliegues de tu ropa y cómo el viento se entretiene rozando tus pasos.
Tus trenzas, largas y firmes, van adornadas con listones de colores que danzan cuando caminas. Tus labios, del color de las bugambilias, dibujan una sonrisa que hace que la gente voltee a mirarte. Yo también me siento hermosa cuando voy contigo, porque tu gracia parece envolver todo lo que tocas… incluso a mí.
En el aire flotan las notas de la música de banda que despierta la plaza. Tu caminar tiene ritmo, tiene alegría. Tus pies, ligeros, parecen tocar la tierra apenas, como si caminaras entre nubes mientras dignamente me llevas a tu lado.
Entonces tu voz se levanta, clara y melodiosa entre la gente:
—¡Lleve, marchante, su hermosa canasta!
Muchos no me miran a mí. Se acercan atraídos por tu luz, por la alegría que llevas en los ojos. Me toman entre sus manos, me observan, pero sus miradas vuelven siempre a ti. Extienden un billete y tu rostro se ilumina con una sonrisa grande, agradecida, de esas que nacen del corazón.
Y aunque en ese instante me separo de tu brazo, no me entristezco.
Porque yo sé algo que ellos no saben.
Sé del orgullo con que me llevaste.
Sé del ritmo de tus pasos.
Sé del aroma de la mañana que caminó contigo.
He sido testigo de tu andar.
Y mientras te escucho nuevamente, entre la gente, repetir con alegría:
—¡Lleve, lleve su hermosa canasta!
Comprendo entonces que no soy solo un objeto.
Soy parte de tu historia de cada día,
del trabajo digno de tus manos,
y del camino que recorres con esa belleza sencilla
que nace de la tierra.







