Con la colaboración Lorraine María Vargas Barrantes
Los pasillos de cualquier colegio público en Costa Rica hoy suenan distintos. El bullicio juvenil persiste, pero ha sido matizado por una presencia omnipresente: la pantalla. La escena es cotidiana y casi invisible de tan común que se ha vuelto. Un grupo de adolescentes se sienta juntos, pero no se miran. Cada quien en su mundo, deslizándose por TikTok, revisando Instagram o consumiendo videos de YouTube como quien toma agua sin saber si tiene sed.
Esta no es una crítica moral a la juventud. Es una alarma. Una alerta suave pero urgente sobre lo que estamos perdiendo como sociedad mientras delegamos a los algoritmos el acompañamiento de nuestras futuras generaciones.
Conexiones veloces, vínculos frágiles
A diario se repite un fenómeno que hemos normalizado: los chicos hablan más con su celular que con sus cuidadores. La intimidad emocional es cada vez más sustituida por validaciones digitales: likes, comentarios, vistas. Y mientras la tecnología avanza, la presencia adulta retrocede.
«Es que nadie me escucha en la casa», me dijo hace poco una estudiante de décimo año en un colegio de Heredia. “En redes, al menos, hay gente que opina. Que dice algo. Aunque sea hate”. Ese “aunque sea” es lo más revelador: los adolescentes prefieren ser atacados en línea que ignorados en su vida real.
Escuelas sin alma, hogares sin tiempo
Los centros educativos están desbordados. Con docentes saturados y recursos escasos, no es fácil detenerse a escuchar al estudiante que llega triste, al que responde con rabia, al que dejó de participar. Mientras tanto, muchos hogares se han convertido en estaciones de paso: lugares donde se duerme, pero no se conversa.
En esta Costa Rica cada vez más marcada por el trabajo precario y las jornadas extendidas, los adultos están ocupados sobreviviendo. Pero los afectos también necesitan tiempo, y las adolescencias no esperan.
Lo que enseñan los algoritmos
En ausencia de referentes humanos, la juventud aprende de lo que encuentra. Y lo que encuentra, en gran medida, son mensajes que refuerzan la superficialidad, la competencia estética, la mercantilización del cuerpo, el individualismo feroz y una masculinidad tóxica disfrazada de “humor”.
Plataformas como TikTok ofrecen ventanas al mundo, sí, pero sin filtros pedagógicos. El algoritmo no pregunta si el contenido es sano, solo si es popular. Y el joven que no tiene a nadie que le diga “esto no está bien” termina creyendo que todo lo que ve es normal.
Cultura digital sí, pero con brújula
No se trata de satanizar la tecnología. Se trata de acompañarla con humanidad. La cultura digital llegó para quedarse, y tiene un enorme potencial creativo, educativo y de organización social. Pero necesita brújula. Y esa brújula no se encuentra en un “control parental”, sino en el diálogo cotidiano, la escucha empática y la presencia afectiva.
Es urgente reimaginar nuestras escuelas como espacios no solo de enseñanza, sino de contención emocional. Capacitar a docentes, sí, pero también abrir espacios de conversación segura, talleres artísticos, grupos de reflexión. Volver a hacer de la comunidad un refugio para quienes hoy navegan en soledad digital.
¿Y si volvemos a mirar?
Costa Rica se llenó de pantallas y se vació de miradas. Volver a mirar no es quitar el celular, sino preguntarse: ¿quién está detrás de esa pantalla? ¿Qué necesita? ¿Qué siente? ¿A quién extraña?
La juventud costarricense no está perdida. Está buscando. Y lo que necesita encontrar no es otro video viral, sino alguien que la mire sin juicio, que la escuche sin prisa, que la nombre sin etiquetas.
Porque el futuro no está en el algoritmo. Está en las relaciones que construyamos hoy.







