La Edad Media en el Siglo 21: un nuevo rey es coronado en Europa

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La estupidez humana marcó un nuevo hito: Europa estrenó rey.

El británico Charles III fue coronado rey, el 6 de mayo, perpetuando la parasitaria institución llamada monarquía.

En una ceremonia que insumió alrededor de dos horas, el nuevo monarca del imperio británico, heredó, formalmente, el cargo dejado vacante -ocho meses antes- por su madre, la reina Elizabeth II -fallecida entonces-, quien ostentó, durante siete décadas (1952-2022), la corona.

La ceremonia fue doble, porque Camilla Parker -desde ahora, la “reina consorte”-, completó la coronación.

Luego de la interminable formalidad, la pareja protagonizó, en un balcón del Palacio de Buckingham -sede de la monarquía británica-, el tradicional saludo, a los súbditos, actividad en la suele participar la familia real -la que, en este caso, dados sus mediáticos escándalos y sus turbias pugnas internas, hace que los Simpson parezcan una familia funcional-.

Afortunadamente, una proporción considerables de los centenares de personas reunidas en la histórica Plaza Trafalgar llegó al lugar para expresar su oposición a la monarquía, en términos generales, y al nuevo rey, en particular.

Entre las consignas que fue posible leer en numerosas pancartas, se destacaron algunas: “no es my rey” (“not my king”), “abajo con este tipo de rey” (“down with this sort of king”), “este país es nuestro” (“this country is ours”).

Algunas, mostraron ironía -“no creen que todo esto es un poco ridículo?” (“don’t you think this is all a bit silly?”)-, y hasta humor con un toque de realismo deportivo: “Dios salve al Rey Pelé” (“God save the King Pele”) -en alusión al fenomenal futbolista brasileño Edson Arantes do Nascimento (1940-2022), popularmente conocido como “Pelé.

El futbolista -considerado, por la fanaticada, como “o rei” (“el rey”)- recibió, el 1 de noviembre de 1968, de Elizabeth II -cuando la monarca visitó Brasil-, el título de caballero de la Orden del Imperio Británico (Order of the British Empire, OBE).

Ello, después de un partido de fútbol, en el histórico Estadio de Maracaná, el lugar donde, en el juego final del campeonato mundial 1950, la selección uruguaya venció 1-2 a su contraparte brasileña -en la segunda de sus hasta ahora dos victorias en la máxima competencia del “deporte rey” (1930, 1950)-.

La consigna escrita en esa pancarta, parafraseó el tradicional saludo británico “Dios salve al Rey” (“God save the King”), expresión que, durante los 70 años de reinado de Elizabeth fue, obviamente, modificada a “Dios salve a la Reina” (“God sabe the Queen”).

A su llegada al trono real, el 8 de setiembre de 2022 -el día que su madre murió, a la edad de 96 años-, Charles III se encontró con un imperio considerablemente menguado.

Elizabeth recibió la corona, el 6 de febrero de 1952 -cuando tenía 26 años-, momento en el cual el Reino Unido contabilizaba alrededor de un centenar de posesiones coloniales a nivel global -entre ellas, varios territorios insulares-.

Según diferentes análisis históricos, al final del siglo 19 y en el inicio del siglo 20, ese imperio europeo cubría casi 40 mil kilómetros cuadrados -alrededor de la quinta parte de la tierra firme planetaria-.

Sin embargo, para 2022, la histórica “Britania soberana de los mares” (“Britannia, rule the waves”) había perdido alrededor de cincuenta por ciento de esas colonias -entre las más recientes, la caribeña Barbados, independizada en 2021-.

No obstante ello, sigue siendo el punto central de la Comunidad de Naciones (Commonwealth of Nations), bloque ahora integrado por una veintena de países -varios de los cuales, evalúan dejar el bloque-.

Entre las ilegales posesiones a las cuales el imperio británico sigue aferrado, figuran las Islas Malvinas -a más de mil kilómetros de la metrópoli-, territorio obviamente argentino por el cual la entonces primera ministra (1979-1990), la derechista y patriarcal Margaret Thatcher -la infame “dama de hierro” (“iron lady”)-, desencadenó una guerra.

El enfrentamiento bélico -que duró poco más de dos meses (2 de abril a 14 de junio, 1982) fue obviamente ganado por las fuerzas británicas, lo que aportó al debilitamiento -y el inicio de la caída- de la criminal y corrupta dictadura militar argentina (1976-1983), entonces encabezada (diciembre de 1981 a junio de 1982) por el general Leopoldo Galtieri -cuyo combustible personal para enfrentar la agresión británica, fue el whisky-.

Aliada del mediocre actor cinematográfico y peor presidente estadounidense (1981-1985, 1985-1989) Ronald Reagan, la “dama de hierro” fue solidaria con su también amigo el criminal y corrupto -además de cobarde- Augusto Pinochet, cuando el ex dictador militar chileno (1973-1990) fue detenido (16 de octubre de 1998 a 2 de marzo de 2000) en el Reino Unido.

La captura fue ordenada por Baltasar Garzón, desempeñándose como juez de la Audiencia Nacional de España -alto tribunal del país europeo-, para que el general retirado -entonces senador vitalicio- respondiese por violaciones a los derechos humanos -incluidos crímenes de lesa humanidad- perpetrados por el sanguinario régimen de facto.

En declaraciones reproducidas entonces, Thatcher reveló que Pinochet había colaborado, con el Reino Unido, en la contexto de la Guerra de las Malvinas.

Charles III -cuya expresión de limitado intelectual, por no decir de idiota, es equiparable a la del dos veces presidente estadounidense (2001-2005, 2005-2009) George W. Bush-, heredó la corona -absurdo aditamento que le fue colocado el 6 de mayo-, de la tercera de apenas tres reinas quienes, hasta ahora, la han llevado.

En más de tres siglos de existencia, el reino ha tenido 14 monarcas -incluido el actual-.

De ese total, solamente tres mujeres interrumpieron el dominio patriarcal.

Se trata de Anne, cuyo reinado se caracterizó por haber sido comparativamente breve (1707-1714), a quien siguió -123 años después- Victoria I, con el segundo más extenso (1837-1901), sucedida -51 años más tarde- por Elizabeth II (1952-2022), la jefa del más duradero.

La longeva reina sucedió a su padre, George VI, cuyo tiempo monárquico se extendió casi 16 años (diciembre de 1936 a febrero de 1952), quien fue padre de solamente dos hijas: Elizabeth (1926-2022) y Margaret (1930-2002).

En su condición de hermana mayor, Elizabeth fue la heredera, convirtiéndose, así, en la más reciente integrante del trío de matriarcas reales británicas.

Ahora, las riendas de esa parasitaria realeza están en las manos de Charles III, el nuevo titular del cargo esencialmente decorativo que -siguiendo la regla de todas las monarquías, incluida la vaticana- no es más que una dictadura legitimada, una autoritaria estructura de poder cuyo origen es incuestionablemente espurio.

La corrupción, la criminalidad, la hipocresía, la traición, la arbitrariedad, el autoritarismo son rasgos que comparten las “casas reales”.

Esas superfluas estructuras de poder, incurren en insensibilidad social cuando dilapidan millonarias sumas de dinero, en ofensiva ostentación en el brutal contexto de pobreza e indigencia en la mayor parte del planeta.

En el caso del nuevo monarca británico, el dinero desperdiciado en algo tan prescindible como su coronación, se aproximó a 100 millones de libras (unos 125 millones de dólares), de acuerdo con versiones periodísticas internacionales.

La obscena cifra marca un bestial contraste con -por ejemplo- los menos de dos dólares diarios con los que subsiste la mayoría de los casi 11.5 millones de haitianos.

En una parte de su juramento, el nuevo rey aseguró -leyendo tarjetas con los textos que hipócritamente debió recitar-: “vengo, no para ser servido sino para servir” (“I come not to be served but to serve”).

Lo que las monarquías hacen es, en realidad, exactamente, lo contrario, contraviniendo el orden natural de las cosas.

Pero, en la medida en que la mediocridad siga caracterizando a un sector considerable de la humanidad, las monarquías tendrán asegurada su parasitaria e insultante existencia.

Afortunadamente, la historia presenta momentos de lucidez, como la antimonárquica Revolución Francesa, en los cuales impera la justicia social.

De modo que la tradicional consigna británica promonárquica, está incorrectamente formulada.

“God save the King!” tendría que ser: “God fuck the king!”.

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