George Rodríguez/Foto-Medios
La expresión “banana republic” (“república bananera”) es un término peyorativo acuñado, al inicio del siglo veinte, en Estados Unidos, como menospreciante referencia a países -en particular latinoamericanos, en especial centroamericanos- políticamente inestables, económicamente limitados, socialmente injustos, gobernados por corruptos y represivos caudillos -o sanguinarias dictaduras militares-.
Por lo tanto, en la pandémica actualidad mundial -que enmarca a la “nueva normalidad” global-, un país cuyo presidente es un patán autoritario, que militariza ciudades-específicamente, enfocándose en ciudades que son gobernadas por alcaldes demócratas-, en las cuales las tropas enviadas por el gobierno central, además de reprimir masivamente cualquier protesta antigubernamental, utilizan automóviles sin placas ni distintivos para desplazarse secuestrando gente, encaja en esa definición.
A manera de paréntesis contextualizador, esos desplazamientos, nos recuerdan, por ejemplo, a quienes venimos de las realidades dictatoriales latinoamericanas de las décadas de 1960 y 1970, por ejemplo, a los carros marca Ford modelo Falcon usados por la policía uruguaya para secuestrar opositores -o sospechosos de serlo-.
También, un país cuyo autoritario presidente “despeja”, mediante represión militar, una manifestación opositora pacífica frente a la sede del poder ejecutivo, para llegar, caminando y acompañado por varios jerarcas gubernamentales -incluido el más alto jefe militar del país, quien luego pidió disculpas-, a un templo religioso, y, sosteniendo una biblia, tomarse fotos-una ridícula photo op-, encaja en esa definición.
Asimismo, un país cuyo autoritario y negacionista presidente, durante meses, sostuvo que el nuevo coronavirus no causa más que “un resfrío”, y que “se irá” -no, no es Jair Bolsonazi-, además de, también durante meses, negarse a usar mascarilla en actividades públicas, mientras, por causa del devastador golpe de la pandemia a la economía nacional, crecientes decenas de millones de trabajadores han perdido sus respectivos empleos, encaja en esa definición.
Igualmente, un país cuyo gobierno autoritario -y negacionista- silencia -o procura silenciar- a las principales -y no negacionistas- autoridades de salud, además de manipular la realidad respecto a la letal pandemia, sin importarle el riesgo implícito para la población, encaja en esa definición.
Por otra parte, un país cuyo autoritario y demencial presidente ha proferido, a lo largo de su mandato -a punto de finalizar-, más de 16 mil afirmaciones inexactas -entre flagrantes mentiras, cifras manipuladas, errores fruto de monumental ignorancia, etc- contabilizadas por medios de comunicación, encaja en esa definición.
Y, un país cuyo dictatorial gobernante es, además, misógino, machista, xenofóbico, racista-otra vez: no, no es Jair Bolsonazi-, y, entre otras peligrosas acciones para imponer sus generalmente equivocados puntos de vista, llega a marcar, en televisión, un mapa indicando la trayectoria que arbitrariamente se le ocurrió que seguiría un huracán -y ninguna autoridad meteorológica se atrevió a corregir, por miedo a perder su empleo-, encaja en esa definición.
Los ejemplos pueden seguir, pero sería tedioso enumerar más.
Efectivamente, el país es Estados Unidos, y, obviamente, el tiránico presidente es el empresario/caudillo derechista Donald Trump.
Y, si se aplica, en este caso, la ofensiva expresión, se llega a la conclusión de que Trump ha “bananizado” al país que, para muchos, es la aséptica democracia modelo, el perfecto ejemplo de invariable estabilidad económica, política, y social a seguir.
Dada la tradición injerencista estadounidense, la democracia modelo, actuando como policía del planeta, ha quitado y puesto, en el caso específico de América Latina, gobierno tras gobierno, ha perpetrado “ene” sangrientos golpes de Estado -desde Guatemala hasta Chile-, e instalado a corruptos regímenes militares represores de larga duración -como, por ejemplo, en el caso de Nicaragua-.
Así, a lo largo del siglo pasado, chafas comemierdas de la calaña de Carlos Castillo Armas, en Guatemala, Augusto Pinochet, en Chile, y dos Somoza, en Nicaragua -para citar solamente algunos de los ejemplos más conocidos-, fueron puestos en el poder, por designio del conspirativo tío Sam.
Tres de los despreciables integrantes de ese nefasto cuarteto -Castillo Armas, y los dos Somoza- tuvieron castigo, no así Pinochet.
En el caso de Castillo Armas, de acuerdo con una de las versiones sobre el hecho, un soldado lo baleó, el 26 de julio de 1957, dentro del Palacio Presidencial, en la céntrica Zona 1 de Guatemala, la capital nacional.
En cuanto a Nicaragua, Anastasio Somoza García -el iniciador, en 1933, de la criminal dinastía creada y empoderada por Estados Unidos- fue ejecutado, el 21 de setiembre de 1956, durante una actividad social, en la occidental ciudad nicaragüense de León –“el cerebro de toda mi nación”-, por el heroico poeta local Rigoberto López Pérez, quien le disparó cuatro certeros balazos con un revólver Smith & Wesson, calibre .38, y fue, inmediatamente acribillado por los guardaespaldas del dictador.
El heredero, Anastasio Somoza Debayle, derrocado, el 19 de julio de 1979, por la Revolución Popular Sandinista, fue ajusticiado, el 17 de setiembre de 1980, por un comando guerrillero argentino, en Asunción, la capital de Paraguay, donde se había exiliado cortesía de Alfredo Stroessner, jefe de una de las más crueles y extensas dictaduras militares latinoamericanas.
En cambio, Pinochet, por ser entonces el jefe del ejército de Chile, se puso, por una cuestión operativa de comunicaciones, al frente del golpe contra el socialista Salvador Allende-después de haberse negado a participar por temor a que, si la insurrección fascista fracasaba, Allende hiciera fusilar a los conspiradores-, murió, el 10 de diciembre de 2006, en Santiago, la capital nacional, a causa de un infarto cardíaco.
De acuerdo con un chiste político regional respecto a la sobrepoblada galería de dictadores, a diferencia de las “repúblicas bananeras” latinoamericanas, en Estados Unidos no puede haber golpe de Estado, porque, en ese país, no hay embajada gringa.
Sin embargo, la humorística afirmación no es del todo correcta, porque Estados Unidos no se ha librado de esas quiebras del orden constitucional.
La diferencia radica en que, en lugar de las tradicionales movilizaciones de tropas, y de los acostumbrados entre fuerzas leales e insurrectas, características de América Latina, el pragmatismo de los conspiradores gringos ha limitado, los golpes de Estado, al asesinato del presidente en cuestión.
Por esa vía rápida, Estados Unidos ha sido escenario de golpe de Estado contra cuatro de sus 45 presidentes -hasta ahora-: Abraham Lincoln (1865), James Garfield (1881), William McKinley (1901), y John Kennedy (1963) -tres republicanos, los primeros, y un demócrata.
En la actualidad políticamente más “sofisticada” del siglo 21, en la que virtualmente no hay golpes de Estado tradicionales -con la excepción de Honduras, en 2009, contra “Mel” Zelaya-, la ilegitimidad del régimen de Trump es similar a la de cualquier dictadura, y se asemeja bastante a la generada por la tradicional -y aun de moda- corrupción electoral.
En el caso de Trump -a quien el medio informativo electrónico estadounidense Daily Kos ha descrito, entre otros fuertes calificativos, como el “idiota anaranjado” (“the orange idiot”)-, la ilegitimidad deriva del hecho de que, gracias al peculiar sistema electoral estadounidense, el país tiene, desde enero de 2017, ocupando la Casa Blanca, al perdedor de la votación popular de noviembre de 2016.
Entonces, qué diferencia hay entre la ilegitimidad de Trump y la de alguien que llega a la presidencia de una “república bananera”, mediante el tradicional fraude electoral -por ejemplo, Juan Orlando Hernández, en Honduras, en 2017-?
Que, en Estados Unidos, el fraude electoral está legalizado en inglés, mientras que, en Honduras, no lo está -aunque es una realidad de hecho, en español-.
Entretanto -y, por lo menos, por ahora-, Trump está enfrentado al estrepitoso fracaso de su esfuerzo por lograr la reelección -objetivo que mencionó la noche de noviembre en que se produjo su cuestionable victoria-.
Su patriotero/efectista eslogan de “Hacer Grande Otra Vez a Estados Unidos” (“Make America Great Again”, MAGA), estampado en gorras rojas, en pancartas y mantas usadas en actividades oficiales y proselitistas -que no se diferencian mucho-, y respaldado por un aumento de fuentes de trabajo, le daba margen para alardear-cuestionablemente- que la economía del país nunca había estado tan fuerte.
Esas y otras afirmaciones -mayoritariamente inexactas- respecto al desempeño de su administración, le permitían verse en la Casa Blanca, a partir de enero próximo, por otros cuatro años.
Sin embargo, las demenciales referencias -frecuentemente contradictorias, en algunos casos insultantes-, a dirigentes políticos nacionales y de otros países, a comunidades, al multilateralismo, se han visto fuertemente complementadas por el pésimo manejo trumpiano de la pandemia causada por el nuevo coronavirus, para erosionar su supuestamente brillante gestión gubernamental.
Al criticar a dirigentes opositores -particularmente, si se trata de mujeres-, Trump no escatima ofensa.
Cuando, temprano en su administración, llegaron a la Cámara de Representantes, cuatro congresistas en particular comenzaron a destacar por sus posiciones liberales, feministas, opuestas a la gestión del misógino presidente, quien no tardó en apuntar su artillería de menosprecio en insulto machista contra el grupo -que, de inmediato, pasó a ser popularmente y mediáticamente conocido como “the squad” (“el escuadrón”)-.
Al hecho de ser mujeres, se agregó la coincidencia de que son de variada ascendencia-latinoamericana, africana, árabe-, para exacerbar la xenofobia trumpiana.
El mandatario afirmó, en arrebatadas declaraciones en una actividad pública, que las cuatro debían regresar a sus respectivos países de origen -sin advertir que, si bien solamente una nació en otro país, todas son ciudadanas estadounidenses-.
Se trata de Alexandria Ocasio-Cortez, nacida en la ciudad de Nueva York y de ascendencia puertorriqueña, la afrodescendiente Ayanna Presley, nacida en la norteña ciudad de Cincinnati, Rashida Tlaib, oriunda de la nororiental ciudad de Detroit y de origen palestino, e Ilhan Omar, nacida en Somalia, en el oriente africano, y naturalizada estadounidense.
En uno de sus verbales ataques misóginos/racistas contra el grupo, Trump les dirigió un vergonzoso ataque verbal: “regresen!” (“go back!”).
La afirmación xenofóbica se convirtió, rápidamente, en consigna antinmigrante de los sectores estadounidenses más conservadores -precisamente, los incondicionales de Trump, rednecks incluidos-.
En esa línea antiextranjera, y también temprano en su administración, cuando se inició una incontenible marea de migrantes -decenas de miles, incluidos niños y mujeres, algunas, embarazadas- desde el exageradamente empobrecido y violento Triángulo Norte de Centroamérica -El Salvador, Guatemala, Honduras- hacia Estados Unidos, cruzando México, Trump aseguró que cumpliría su reaccionaria promesa electoral de construir un muro de contención junto a la frontera terrestre estadounidense-mexicana -que se extiende unos 3155 kilómetros-.
Ello, para impedir el ingreso a quienes, al inicio de los desplazamientos definió -fruto de su monumental ignorancia-, como mexicanos, y de quienes ofensivamente afirmó que se trata de criminales y violadores.
Por si eso hubiese sido poco, durante una reunión de trabajo con legisladores estadounidenses, llevada a cabo el 11 de enero de 2018 en la Casa Blanca, para abordar, precisamente, ese tema, Trump soltó su pensamiento discriminatorio -obviamente, con lujo de lenguaje implícita y explícitamente insultante-.
En alusión a la variedad de nacionalidades -además de las mayoritarias centroamericanas- presentes en el flujo de migrantes irregulares hacia Estados Unidos, el presidente preguntó: “para qué queremos, aquí, a Haitianos? Por qué queremos, aquí, a toda esa gente de África? Por qué queremos a toda esa gente de países de mierda?”.
El discriminatorio gobernante usó la expresión “shithole”, que, en inglés significa, literalmente, “hoyo de mierda”, en alusión al agujero que, en lugares donde no se cuenta con instalación sanitaria adecuada, se cava, en el sueño, a manera de letrina.
No conforme con esa manifestación, Trump afirmó, a continuación, que “deberíamos tener gente de lugares como Noruega”, en referencia al nórdico país europeo con cuya primera ministra, Erna Solberg, se había reunido, un día antes, en Washington.
Ahora, al final de su mandato cuatrienal -que termina el 20 de enero-, después de que estuvo al borde de ser destituido en un juicio político por acciones antiéticas contra su adversario electoral -el demócrata y ex vicepresidente Joe Biden-, y ante la cercanía de los próximo comicios -programados para el 3 de noviembre-, que parece inevitablemente encaminado a perder, Trump, en su condición de inescrupuloso caudillo de “república bananera”, se convierte en una amenaza para el actual proceso electoral estadounidense.
Por una parte, el presidente se opone a la modalidad de voto por correo, que sectores de la sociedad civil están promoviendo como medida para evitar aglomeraciones en centros de sufragio, en tiempo de pandemia.
Trump sostiene que esa modalidad -que ha usado, dos veces, para votar- constituye un medio para consolidar fraude y asegurar el triunfo demócrata -en realidad, teme que, sufragando por correo, los electores demócratas voten masivamente, y lo quiten de la presidencia-.
Sectores sociales y políticos están denunciando que, apoyado en ese razonamiento, el mandatario está apostando a desfinanciar al sistema postal nacional -uno de los orgullos nacionales de los estadounidenses, y el medio para canalizar, de manera segura, los sufragios no emitidos presencialmente-.
Además, en declaraciones a medios nacionales, ha amenazado con no aceptar los resultados de la próxima jornada electoral, si -según su arbitraria, corrupta percepción- ocurre el supuesto fraude.
El fraude es -salvo escasas excepciones- el tradicional escenario “bananero” electoral latinoamericano.
De modo que todo indica que, lejos de hacerlo “grande otra vez”, Trump, en realidad, convirtió, al país, en los Estados Unidos Bananeros -o, dicho en su idioma: The Banana States of America-.







