En vergonzosa genuflexión política 43 senadores republicanos absuelven a su criminal ídolo

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George Rodríguez/Foto-Medios

Cuarenta y tres integrantes republicanos del Senado de Estados Unidos se mantuvieron en patética lealtad a su criminal ídolo, Donald Trump, y, en un vergonzoso nuevo ejercicio de genuflexión política, votaron a favor del ex inquilino de la Casa Blanca, en el segundo impeachment (juicio político) que enfrentó exitosamente -el primero fue hace un año-.

Los otros siete, salvaron imagen, al sumarse a los 50 senadores demócratas quienes se pronunciaron, el sábado 13 de febrero, a favor de declararlo culpable de incitar la violencia ocurrida el 6 de enero, cuando centenares de supremacistas blancos y otros ultraderechistas seguidores de Trump invadieron el Capitolio -sede del bicameral parlamento estadounidense-.

Trataron, por esa criminal vía -y dejando saldo de cinco víctimas fatales-, de impedir que se desarrollase la sesión conjunta de la Cámara de Representantes y el Senado en la cual se confirmaría -contra la dictatorial voluntad de Trump- el triunfo electoral del actual presidente, el demócrata Joe Biden.

El Senado, de 100 integrantes, está dividido en dos bloques numéricamente iguales, de demócratas y republicanos: 50 cada uno.

En la sesión del sábado -la última de las cuatro jornadas de juicio político-, antes de los alegatos de cierre -por los diputados encargados de presentar y sostener la acusación, y por los abogados defensores de Trump-, se votó favorablemente -56 a 47- que, antes de esas presentaciones, se admitiese la comparecencia de testigos.

Esto, para contar con prueba testimonial que apoyase la evidencia documental -incluido un impactante video, hasta entonces desconocido públicamente, con fuertes detalles de la violencia ejercida por la turba trumpista que intentó materializar el autogolpe de Estado que el entonces presidente buscaba-.

Permitir comparecencias, habría implicado la declaración de la congresista republicana Jaime Herrera Beutler, a quien el líder republicano de la Cámara, Kevin McCarthy, relató la discusión telefónica -a gritos y con expresiones soeces- entre el legislador y Trump, mientras se desarrollaba el ataque de enero al Capitolio.

Durante ese diálogo, el entonces presidente fue informado, testimonialmente, por McCarthy, de lo que ocurría, de que asediados senadores y congresistas se hallaban en proceso de ser evacuados a un lugar seguro, y de que el entonces vicepresidente, Mike Pence-simultáneamente, presidente del Senado- corría particular riesgo, ya que numerosos atacantes coreaban “colguemos a Pence!” -hasta montaron una horca, en las afueras del Capitolio-.

De acuerdo con el relato de McCarthy a la congresista, la reacción de Trump fue burlarse del testimonio que estaba oyendo.

Con posterioridad a la insurrección, Trump -quien sigue aseverando, sin fundamento alguno, que el voto presidencial del 3 de noviembre le fue robado, favoreciendo a Biden- ha insistido no solamente en negar que instigó la violencia de enero sino en afirmar que, en el momento, no sabía qué era lo que ocurría en la sede parlamentaria.

Esto, sin perjuicio de que numerosas estaciones de televisión estaban transmitiendo simultáneamente, en vivo, mostrando -al país y al mundo- lo que sucedía, no obstante el relato que recibió, en el momento, de McCarthy, y a pesar de que era el presidente del país -por lo tanto, con acceso a información privilegiada, incluida la que, obligatoriamente, le hayan proporcionado agencias de seguridad tales como el Servicio Secreto (seguridad presidencial y vicepresidencial), el Buró Federal de Investigación (FBI), la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), por ejemplo-.

El testimonio de Herrera posiblemente hubiese convencido a 17 del medio centenera de senadores republicanos a sumarse a los 50 demócratas, para reunir los 67 votos necesarios para declarar culpable a Trump, e inhabilitarlo, permanentemente, en cuanto al ejercicio de cualquier cargo público.

Pero un receso que duró aproximadamente dos horas -a continuación de la votación favorable a la comparecencia de testigos- fue, evidentemente, espacio de negociación -y, posiblemente, amenazas republicanas de obstrucción parlamentaria de la gestión gubernamental de Biden-, en opinión de analistas políticos estadounidenses.

Transcurridos los 120 minutos, sorpresivamente, se decidió que el testimonio de Herrera fuese incorporado a la documentación del juicio político, tras lo cual fueron escuchados los argumentos de cierre de acusación y defensa, dando lugar a la innoble votación de casi toda la bancada republicana -43, de los 50- para absolver a Trump.

Si bien 57 senadores -incluidos siete republicanos- votaron por declararlo culpable, el número estuvo 10 sufragios por debajo de los 67 necesarios.

Quizá sea posible llevar a Trump a un juicio penal -por haber incitado a la violencia, por haber provocado el ataque a uno de los poderes del Estado, y por haber, de ese modo, atentado contra la Constitución -la que, por juramento presidencial, tenía la obligación de proteger-.

Eso, está por verse.

En su condición de presidente de Estados Unidos, y por lo tanto, oficialmente, de comandante en jefe (Commander-in-Chief-), Trump actuó -no solamente, pero particularmente, el 6 de enero- como terrorista en jefe (Terrorist-in-Chief), encabezando un intento golpista.

Trump significa, para la democracia estadounidense -considerada, por las legiones gringueras que pueblan el planeta, como perfetca- una mancha más, que se suma a las que históricamente presenta por la ejecución de golpes de Estado a nivel global, las criminales invasiones militares en numerosos países, los golpes de Estado nacionales -en la pragmática variante de asesinatos presidenciales-.

Quien, después del delictivo desempeño de Trump en la presidencia de Estados Unidos, siga hablando maravillas de la democracia de ese país, estará cometiendo el mismo delito perpetrado por el patán ex mandatario: mentir.

 

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