El sida aún cobra vidas

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Tubo de muestra sanguínea marcado con VIH
Cifra alarmante en casos de VIH en El Salvador/ Informativo JBS

La impactante verdad: decir que ya no se muere de sida es, en parte, falso
La idea de que, gracias a los antirretrovirales, “ya no se muere” del sida es, en el mejor de los casos, una verdad a medias. Los avances científicos han sido extraordinarios y han transformado radicalmente el pronóstico del VIH. Sin embargo, la carga de la enfermedad persiste bajo nuevas formas: comorbilidades, envejecimiento prematuro, desigualdades sociales, diagnósticos tardíos y un estigma que sigue costando vidas.

Hoy, con un seguimiento adecuado, una persona con VIH puede alcanzar una carga viral indetectable, lo que significa que no transmite el virus. Esta evidencia, base del principio Indetectable = Intransmisible (I=I) y del enfoque de Tratamiento como Prevención (TasP), ha salvado millones de vidas y reducido drásticamente las nuevas infecciones. Pero estos logros no eliminan por completo los riesgos ni corrigen las profundas brechas de acceso a la salud.

Más allá del tratamiento

El VIH dejó de ser una sentencia de muerte automática, pero no se convirtió en una condición inocua. Las personas que viven con el virus presentan mayores tasas de enfermedad cardiovascular, ciertos tipos de cáncer, trastornos metabólicos y problemas renales, además de un envejecimiento más acelerado. A ello se suman las secuelas psicológicas del estigma, la discriminación y la precariedad.

En Francia, por ejemplo, en 2024 se registraron 5.125 nuevos diagnósticos y más de 200.000 personas viven con VIH. Entre 2014 y 2023, los diagnósticos en jóvenes de 15 a 24 años aumentaron un 41 %, una señal clara de que las políticas de prevención siguen siendo insuficientes. La epidemia no terminó: simplemente cambió de rostro.

Una trayectoria de lucha

La historia de Pascale Bastiani, hoy de 65 años, resume varias décadas de resistencia. Contrajo el virus en los años ochenta, en un contexto marcado por el consumo de drogas y la ausencia casi total de políticas públicas. Vivió más de una década sin síntomas, acompañada por redes comunitarias de apoyo que suplían la indiferencia institucional. En ese entorno, la muerte era cotidiana: funerales frecuentes, cuidados improvisados y duelos constantes.

Con el tiempo, Pascale transformó el dolor en activismo. Se convirtió en portavoz de pacientes, impulsó campañas de prevención y defendió derechos. Su recorrido ilustra tanto la resiliencia humana como el costo físico y emocional de envejecer con el VIH.

El estigma que no cede

El prejuicio no desapareció con los fármacos. La serofobia continúa marcando relaciones personales, oportunidades laborales y la calidad de la atención sanitaria. La desinformación alimenta miedos infundados, como la creencia de que una persona en tratamiento eficaz puede transmitir el virus, algo que la evidencia científica desmiente categóricamente.

“Podemos vivir y amar con VIH, pero todavía cargamos con miradas que te excluyen”, relata Pascale. Recuerda escenas familiares de distancia, manos que no se estrechan y farmacias que niegan un servicio digno. El estigma no es un residuo del pasado: es una barrera activa que retrasa diagnósticos y debilita la adherencia al tratamiento.

Ser mujer con VIH

Las mujeres han enfrentado una doble invisibilización: por género y por condición serológica. Durante años, los ensayos clínicos priorizaron a hombres, homogeneizando dosis y efectos secundarios. Esta miopía científica dejó fuera aspectos clave como la salud reproductiva, los cambios hormonales y la maternidad.

Embarazos interrumpidos por miedo, lactancias prohibidas por protocolos obsoletos y la necesidad constante de explicar que las mujeres heterosexuales también forman parte de la epidemia son parte de una historia aún poco contada.

Lo que todavía mata

Aunque la mortalidad directa por sida ha disminuido notablemente, persisten factores que siguen cobrando vidas:

  • Diagnósticos tardíos, cuando el sistema inmunológico ya está severamente dañado.

  • Interrupciones del tratamiento por pobreza, trámites administrativos o efectos secundarios.

  • Coinfecciones como hepatitis y tuberculosis, más graves en personas inmunodeprimidas.

  • Enfermedades cardiovasculares y cánceres asociados al VIH y al envejecimiento.

  • Discriminación y miedo, que disuaden de buscar atención médica a tiempo.

Ciencia, derechos y cuidado

El mensaje sanitario debe ser claro y equilibrado: con diagnóstico temprano y tratamiento continuo, el VIH permite una vida larga y plena; sin acceso, sin información y con estigma, el riesgo de morir persiste. Las políticas públicas deben articular la evidencia biomédica con cuidados comunitarios, educación sexual integral y servicios accesibles.

Celebrar los avances sin atender las desigualdades equivale a maquillar la realidad. La ciencia salva, pero solo cuando llega a tiempo y sin barreras sociales.

Educar para prevenir, acompañar para vivir

Las juventudes necesitan información clara sobre condones, pruebas diagnósticas, profilaxis preexposición (PrEP) y la importancia de testearse. A la vez, quienes viven con VIH requieren entornos laborales, familiares y sanitarios libres de discriminación. La dignidad es parte esencial del tratamiento.

La prevención moderna se sostiene en tres pilares: educación sexual integral, acceso universal al diagnóstico y tratamiento, y una lucha frontal contra la desinformación y el miedo.

Un recordatorio incómodo y necesario

Decir que ya nadie muere de sida borra historias y oscurece riesgos reales. La frase tranquiliza, pero también invisibiliza las muertes evitables y debilita la urgencia de políticas públicas sólidas. La esperanza es legítima, y la ciencia ha demostrado una capacidad extraordinaria de innovación. Pero la esperanza no debe convertirse en negación.

Mientras la ignorancia, la desigualdad y el estigma sigan cobrando vidas, afirmar que el sida ya no mata seguirá siendo, inevitablemente, una verdad a medias.

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