El Nica que supo guardar silencio

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Por Alberto Cabezas
Periódico Informativo JBS

San José, Costa Rica, 29 de agosto de 2026. — Hay veces en que una noticia no está solamente en lo que ocurrió, sino también en aquello que no ocurrió.

Hay silencios que pesan.

Silencios que caminan por las calles sin hacer ruido. Silencios que se esconden detrás de una puerta, debajo de un techo, entre las paredes de una casa. Silencios que no dicen una palabra y, precisamente por eso, parecen decirlo todo.

La nueva información oficial sobre la fuga de dos privados de libertad del Centro de Atención Institucional Nelson Mandela, en San Carlos, introduce un elemento inesperado en esta historia.

Uno fue encontrado.

El otro no.

Y entre ambos acontecimientos aparece una palabra que pocas veces ocupa titulares policiales: silencio.

El Ministerio de Justicia y Paz informó inicialmente sobre la evasión de Geiner Ordóñez Vargas, costarricense, y Alfredo Castillo Páramo, nicaragüense. Este viernes 28 de agosto, mediante el Comunicado de Prensa CP-0727-2026, se confirmó que la Fuerza Pública y la Policía Penitenciaria lograron capturar a Ordóñez Vargas en Ciudad Quesada, Alajuela.

Según el comunicado, estaba escondido en su propia vivienda.

Su madre, después de conversar con los oficiales, decidió entregarlo.

El costarricense fue localizado.

El nicaragüense, hasta la información oficial conocida, continúa sin ser capturado.

Y aquí comienza una historia diferente.

No una historia para hablar mal de Nicaragua.

No una historia para convertir una nacionalidad en sospecha.

Sino una historia para preguntarnos algo mucho más profundo:

¿Puede el silencio convertirse en una forma de inteligencia?

Cuando callar también es pensa

Desde hace siglos, escritores y pensadores han sospechado que hablar no siempre es una virtud y que callar no siempre es cobardía.

Thomas Carlyle escribió que “el silencio es más elocuente que las palabras”. La frase, atribuida a su obra Heroes and Hero Worship, resume una antigua intuición: hay momentos en que una boca cerrada puede comunicar más que una boca abierta.

Y la investigación contemporánea ha ido incluso más lejos.

La académica Janine Natalya Clark estudió el silencio como una posible forma de resistencia y estrategia de supervivencia. Es decir, no siempre callar significa no tener nada que decir; algunas veces significa comprender que hablar puede tener un costo.

También existe en los estudios de comunicación el concepto de silencio estratégico: la decisión deliberada de permanecer callado cuando hacerlo puede responder a un interés determinado.

Por eso, ante esta historia, el silencio puede convertirse en una metáfora poderosa.

Porque mientras uno fue encontrado dentro de su propia casa, el otro permanece fuera del alcance de las autoridades.

¿Casualidad?

¿Suerte?

¿Precaución?

¿Información?

¿Ayuda?

¿O simplemente circunstancias distintas?

La respuesta corresponde a la investigación policial.

Pero el periodismo sí puede detenerse frente al misterio.

El nicaragüense que no hablo

El comunicado oficial no dice que Alfredo Castillo Páramo haya utilizado el silencio como estrategia.

No lo afirma.

Tampoco sabemos, con la información disponible, dónde se encuentra.

Pero sí sabemos algo: no fue capturado junto con su compañero de fuga.

Y ahí nace una diferencia narrativa que resulta imposible ignorar.

Uno fue descubierto.

El otro no.

Uno terminó nuevamente bajo custodia.

El otro continúa siendo buscado.

Uno apareció en el lugar donde posiblemente creyó estar seguro.

El otro permanece convertido en una ausencia.

Y las ausencias también hablan.

Quizá el nicaragüense entendió —o quizá simplemente tuvo fortuna— que en determinadas circunstancias la palabra puede ser una huella.

Que hablar puede dibujar un mapa.

Que una llamada puede convertirse en una pista.

Que una conversación puede dejar un rastro.

Que una explicación puede entregar aquello que el silencio protege.

No estamos diciendo que haya ocurrido así.

Estamos observando el resultado.

Y el resultado, por ahora, es contundente:

la Policía capturó al tico, pero no al nica.

El silencio no siempre es vací

La cultura popular suele asociar el silencio con miedo.

Pero no todo silencio nace del miedo.

Existe el silencio del que observa.

El silencio del que calcula.

El silencio del que espera.

El silencio del que no quiere entregar información.

El silencio del que comprende que cada palabra puede convertirse en una pieza de evidencia.

Como un ajedrecista que no mueve una pieza porque sabe que moverla puede revelar su estrategia.

Como el pescador que sabe que el ruido espanta al pez.

Como el animal que deja de moverse cuando percibe al depredador.

El silencio, en determinadas circunstancias, puede ser una forma de disciplina.

Puede ser un escudo.

Puede ser una puerta cerrada.

Puede ser una sombra.

Y una sombra, cuando sabe dónde colocarse, puede resultar difícil de atrapar.

¿Y qué dice esto de la Policía?Ilustración de manos pintadas y palomas como símbolos de paz

La otra cara de esta historia resulta mucho menos poética y mucho más incómoda.

Si una persona que se encontraba bajo custodia estatal logró escapar y posteriormente una fue localizada mientras la otra continúa prófuga, la pregunta no puede dirigirse únicamente hacia quienes huyeron.

También debe dirigirse hacia las instituciones encargadas de impedir la fuga y posteriormente de ejecutar la recaptura.

Porque perseguir a una persona que guarda silencio requiere algo más que esperar que hable.

Requiere inteligencia policial.

Requiere investigación.

Requiere análisis.

Requiere paciencia.

Requiere capacidad para reconstruir movimientos sin depender exclusivamente de declaraciones.

Y aquí aparece una paradoja:

quizá el silencio del fugitivo esté poniendo a prueba el ruido de las instituciones.

Una Policía puede tener uniformes, vehículos, tecnología, comunicaciones y protocolos.

Pero si no logra encontrar a quien no habla, entonces el silencio comienza a convertirse en una pregunta dirigida a la eficacia de quienes sí tienen la obligación de investigar.

No se trata de burlarse de la Policía.

Tampoco de justificar una fuga.

Se trata de recordar que una captura no debería depender de que el perseguido cometa el error de hablar.

El nica no es la noticia

Folklore Nicaragüense/Foto-Jesús Sánchez-InformativoJBS
Folklore Nicaragüense/Foto-Jesús Sánchez-InformativoJBS

En Costa Rica existe una larga convivencia con Nicaragua y con la población nicaragüense.

Por eso sería demasiado fácil —y también injusto— convertir esta noticia en una caricatura nacional.

Un delincuente no representa a un pueblo.

Una fuga no representa a una nacionalidad.

Un expediente judicial no puede transformarse en una sentencia colectiva contra millones de personas.

El apellido Castillo Páramo y su nacionalidad nicaragüense forman parte de la información oficial sobre este caso.

Pero ser nicaragüense no es una conducta delictiva.

Y eso también debe decirlo el periodismo.

Si vamos a contar esta historia, contémosla completa.

Digamos que el nicaragüense continúa sin ser capturado.

Digamos que el costarricense ya fue detenido.

Digamos que la investigación continúa.

Pero no hagamos de Nicaragua el villano de una historia donde el verdadero protagonista es otra cosa:

la capacidad de una persona para desaparecer sin decir una palabra.

El silencio como arte de sobrevivir

obra de teatro el nica de cesar melendez

Hay personas que hablan para ser encontradas.

Hay otras que callan para no ser encontradas.

La diferencia puede ser enorme.

Un estudio sobre el silencio y la justicia transicional encontró precisamente que el silencio puede funcionar como una estrategia de supervivencia y como una forma de resistencia.

Eso no significa que todo silencio sea inteligente.

Ni que todo silencio sea legítimo.

Ni mucho menos que esconderse de la justicia sea correcto.

Significa algo más sencillo:

callar también puede ser una decisión.

Y algunas decisiones tienen consecuencias.

En comunicación, incluso se ha estudiado el silencio estratégico como una herramienta que puede utilizarse deliberadamente, aunque sus efectos dependen del contexto y del propósito.

En este caso, desconocemos si Castillo Páramo está utilizando conscientemente esa estrategia.

Pero su ausencia genera exactamente el efecto que produce el silencio:

obliga a los demás a hablar.

La Policía habla.

Los medios hablan.

Las autoridades hablan.

La ciudadanía pregunta.

Y mientras todos hablan, el que no aparece permanece convertido en interrogante.

El que calla también escribe

Quizá esa sea la ironía más grande de esta historia.

El fugitivo no ha concedido entrevistas.

No ha explicado nada.

No ha escrito una declaración.

No ha pronunciado una palabra públicamente.

Y, sin embargo, su silencio ya está escribiendo una historia.

Una historia donde el que no habla obliga a los demás a explicar.

Una historia donde la ausencia ocupa más espacio que la presencia.

Una historia donde una puerta cerrada puede convertirse en un párrafo.

Donde una llamada telefónica puede ser una pista.

Donde una palabra de más puede convertirse en una huella.

Y donde una boca cerrada puede resultar más difícil de perseguir que una voz.

La inteligencia de saber callarRobot humanoide en un entorno tecnológico

En Costa Rica solemos decir que alguien “habló de más” cuando una conversación termina perjudicándolo.

Tal vez también deberíamos reconocer la otra cara:

hay momentos en que saber callar es saber sobrevivir.

Eso no convierte una fuga en algo correcto.

No borra las acusaciones que pesan sobre una persona.

No sustituye a la justicia.

No elimina el deber de las autoridades de encontrarla.

Pero sí nos permite mirar esta historia desde un ángulo diferente.

Porque mientras algunos podrían apresurarse a utilizar la nacionalidad nicaragüense como explicación, nosotros preferimos observar el comportamiento individual y formular una pregunta institucional:

¿qué hizo diferente quien todavía no ha sido capturado?

Quizá fue inteligencia.

Quizá fue cautela.

Quizá fue suerte.

Quizá fue una combinación de todas.

Lo que sí parece evidente es que, hasta ahora, el silencio le ha funcionado mejor que las palabras.

Y ahí está la lección inesperada de esta historia.

Carlyle decía que el silencio podía ser más elocuente que las palabras.

En San Carlos, esta vez, el silencio no está diciendo una frase.

Está diciendo un lugar.

Está diciendo una ausencia.

Está diciendo:

todavía no me encuentran.

Y mientras la Policía intenta convertir ese silencio en una pista, el nicaragüense que permanece prófugo se ha convertido, paradójicamente, en el personaje que menos ha hablado y más preguntas ha generado.

Porque algunas veces el silencio es simplemente silencio.

Pero otras veces —como escribió la literatura y ha estudiado la comunicación— puede ser estrategia, resistencia, prudencia o supervivencia.

La justicia tendrá la última palabra.

Por ahora, quien no ha hablado sigue siendo quien no ha sido capturado.

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