La arbitrariedad está en el ADN del autoritarismo, y es algo que, en la extensa y agitada historia humana, demuestran los dictadores quienes, en su fenomenal mediocridad, han sojuzgado pueblos, o invadido países, o generado guerras -además de haber, invariablemente, incurrido en corrupción-.
Los dictadores -algunos en mayor medida- cambian de parecer e incurren en contradicciones, contexto en el cual las lealtades -por convicción o por conveniencia- no protegen, a los serviles, contra los abusos, pero tampoco blindan, a los tiranos, contra inevitables traiciones.
La verticalidad es la irracional estructura de poder mediante la cual los déspotas dominan, mintiendo, manipulando, cambiando de opinión, imponiendo políticas, puntos de vista, ignorancia, todo lo cual es visiblemente aceptado, sin cuestionamiento, por los arrastrados
-aunque, íntimamente, algunos no estén de acuerdo con el orden de cosas-.
El autoritarismo imperial funciona así, y uno de los más claros ejemplos contemporáneos de ello es el que ofrece el dictador estadounidense, Donald Trump, con sus legiones de obedientes locales e internacionales.
Mentir, manipular, cambiar de opinión es, para Trump, tan natural y tan necesario como respirar, y es algo que hace apoyado en la patanería, el bullying con que ejerce poder absoluto -sin que nadie, en su entorno, se atreva a cuestionarlo, al menos no públicamente-.
Durante su segunda campaña presidencial -para la votación de 2024-, insistió, entre otras promesas, que reduciría marcadamente el costo de vida para los estadounidenses, y que no involucraría, a Estados Unidos, en guerras -incluyendo lo que describió como “guerras eternas” (“forever wars”), en alusión, específicamente, al conflicto armado afgano (2001-2021)-.
Todo ello para -en su manipuladora conceptualización de la realidad-, “Hacer a Estados Unidos Grande Otra Vez” (“Make America Great Again”, Maga) -o sea, reposicionar al imperio gringo como represivo policía mundial-.
Aunque se jacta de haber cumplido sus promesas de campaña, los precios de numerosos artículos de la canasta básica están en indetenible ascenso, y el país está involucrado en guerras -por ejemplo, en la confrontación Rusia-Urania (estallada en 2014 y agudizada desde 2022), financiando/armando al régimen ucraniano, y en el genocidio en la palestina Franja de Gaza (en desarrollo desde 2023), financiando/armando al imperialista régimen sionista israelí-.
Habiéndose reinstalado, el 20 de enero de 2025 en la Casa Blanca -después del cuatrienio 2017-2021-, y no obstante su flagrante militarismo/belicismo, el tirano estadounidense alardea -por supuesto que falsamente- con que ha puesto fin a ocho guerras.
En el mundo Maga -paralelo al mundo real-, eso se maneja como una verdad, pero en la vida real, apenas iniciando 2026, y antes de haber cumplido el primer año de su presente período presidencial (2025-2029), Trump ordenó la operación bélica lanzada, la madrugada del 3 de enero, contra Venezuela, para perpetrar un golpe de Estado externo, y secuestrar a Nicolás Maduro, el patético dictador local.
La excusa fue el cumplimiento de la acusación judicial (indictment) estadounidense -emitida en 2020- contra Maduro, en calidad de narcoterrorista, jefe de la narcoestructura militar-civil denominada Cartel de los Soles -nombre que deriva de las insignias, con forma de sol, que los generales de Venezuela lucen en el uniforme-.
De acuerdo con el texto contenido en 29 páginas, los delitos inicialmente tipificados al dictador sudamericano fueron cuatro: “conspiración narcoterrorista”, “importación de cocaína”, “posesión de ametralladora y dispositivos destructivos”, “conspiración para poseer ametralladoras y dispositivos destructivos”.
En esa acusación, además de Maduro, figuran Diosdado Cabello, Hugo Armando Carvajal
(alias “El Pollo”), Oliver Antonio Alcalá, Luciano Martín Arango (alias “Iván Márquez”), Seuxis Paucis Hernández (alias “Jesús Santrich”)-.
Cabello -un criminal con rango militar de capitán quien ha desempeñado numerosos cargos en el régimen dictatorial venezolano-, es el actual ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz; Carvajal, es un ex jefe de la Dirección de Inteligencia Militar (DIM); Alcalá es un general retirado; Arango y Hernández son ex guerrilleros colombianos de las ahora disueltas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).
En la obsesión del régimen trumpista con el Cartel de los Soles, la estructura delictiva fue mencionada 32 veces, en ese documento.
El cartel fue entonces descrito, en el texto, como “una organización narcotraficante venezolana integrada por altos funcionarios venezolanos quienes maltrataron al pueblo venezolano y corrompieron las instituciones legítimas de Venezuela -incluyendo partes de la fuerza militar, el aparato de inteligencia, la legislatura, y el Poder Judicial- para facilitar la importación de toneladas de cocaína en Estados Unidos”.
Pero en el ambiente de arbitrariedad/manipulación que caracteriza a las dictaduras, el régimen de Trump -que no es, en lo absoluto, la excepción- modificó la acusación, de acuerdo con sus necesidades en el nuevo contexto de ofensiva imperialista.
Dada a conocer el 5 de enero de 2026, la nueva versión mantiene, como acusados, a Maduro y a Cabello, mietras que, en lugar de los otro cuatro, presenta a Ramón Rodríguez, Cilia Flores, Nicolás Ernesto Maduro -alias “Nicolasito”-, y Héctor Rusthenford -alias “Niño Guerrero”-.
Rodríguez es un ex ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz; Flores y Maduro son, respectivamente, esposa e hijo del dictador -el segundo, además, integra la Asamblea Nacional (parlamento unicameral venezolano)-.
Y el Cartel de los Soles, virtualmente desapareció del nuevo texto, de 25 páginas -cuatro menos que la versión inicial-, en el que se lo menciona apenas dos fugaces veces, además de que, ahora, se lo describe como “un sistema de patrocinio” (“a patronage system”) administrado por aquellos en lo alto”.
O sea que, por milagrosa transmutación trumpiana, el Cartel de los Soles dejó de ser, para el imperio, “una organización narcotraficante”, y se convirtió en “un sistema de patrocinio”.
Pero las arbitrariedades dictatoriales trumpistas no se limitan a promesas electorales incumplidas, ni a acciones gubernamentales ilegítimas, sino que también cubren ese amplio campo oficial/personal de peligroso subjetivismo en el cual, constantemente, se maneja el dictador.
Esto incluye, por ejemplo, el elogio de personajes quienes, por la razón de la que se trate, cuando caen en desgracia, pasan a ser objeto de crítica -frecuentemente, soez-.
Se trata de la realidad de, invariablemente, toda dictadura -sin perjuicio de etiqueta ideológica-: el servilismo no garantizan nada, a los obsecuentes -salvo, eventualmente, ser desechados por los tiranos-.
Es una lección que los arrastrados -ya sea que lo son por convicción o por conveniencia- no aprenden, a pesar de que la historia desborda ejemplos.
Tal es patético/triste/vergonzoso caso de la opositora venezolana María Corina Machado, servilmente alineada con el régimen trumpista y ganadora del notoriamente desprestigiado Premio Nobel de la Paz 2025.
Machado fue informada, el 10 de octubre de 2025, por el Comité Nobel, sobre la decisión de entregarle la medalla -y-los codiciados 11 millones de coronas suecas (alrededor de 1.17 millones de dólares)-.
En ese momento en situación de clandestinidad, en Venezuela -según versiones periodísticas-, Machado escribió, entre otras cosas, en inglés, en la red social X:
“estamos en el umbral de la victoria y hoy, más que nunca, cortamos con el presidente Trump, el pueblo de Estados Unidos, y los pueblos de América Latina, y las naciones democráticas del mundo como nuestros principales aliados para lograr libertad y democracia”.
Y, en servilismo sin control, anunció: “dedico este premio al sufriente pueblo de Venezuela y al presidente Trump por su decisivo apoyo a nuestra causa!”.
Como si lo anterior hubiese sido poco, también dirigió elogio a Netanyahu.
“Hablé con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu hoy y le agradecí su cálida felicitación para el pueblo de Venezuela por nuestro Premio Nobel de la Paz 2025”, escribió, igualmente en X, y en inglés, el 17 de octubre.
Y, otra vez alabando al autócrata estadounidense, escribió -en referencia al acuerdo de alto el fuego, del 9 de octubre de 2025, recurrentemente violado por ambas partes enfrentadas en la Franja de Gaza- que “tenemos la esperanza de que la plena implementación del visionario plan del presidente Trump contribuirá a lograr una paz duradera en la región”.
Siempre ceñida a la narrativa del sionismo guerrerista gobernante en Israel, y del trumpismo, agregó que, “la paz requiere libertad, y la libertad requiere valor y fuerza”.
Sin tener en cuenta la exagerada genuflexión de Machado, y después de haber dialogado telefónicamente, el 10 de octubre, con la venezolana, se registró una contradicción, o un comentario despectivo -nada raro, en el autócrata anaranjado-, que, al parecer, no se percibió o no ameritó atención, en ese momento.
En declaraciones que formuló en la Casa Blanca, el 17 de octubre -una semana después del diálogo que, según relató Machado, ambos mantuvieron-, Trump dijo, a periodistas, que desconocía quién es la sudamericana.
Al responder a una pregunta, hizo alusión a lo que considera sus propios méritos para obtener el galardón Nobel, y planteó que “resolví ocho guerras”.
“Miren todas las guerras que resolvimos, y cada vez que resuelvo una, dicen: ‘si usted resuelve la próxima, usted va a recibir el Premio Nobel’”, agregó, en tono de burla
-mencionando un par de casos, sin poder enumerar la totalidad-.
“Alguien lo recibió, que es una muy agradable mujer, muy agradable, no sé quién es, pero fue muy generosa”, aseguró.
En cuanto al declarado desconocimiento de Trump respecto a quién es Machado, a las posibles razones se suma una que, probablemente, sea la verdadera -o la principal-: en su monumental megalomanía, no soportó el hecho de que, contrario a su distorsionada visión de la realidad, no fue el destinatario de la medalla.
El golpe al ego trumpiano fue múltiple: en primer lugar, el comité no optó por él; en segundo lugar, lo hizo por una mujer; en tercer lugar, premió a una persona cuya nacionalidad el autócrata ha soezmente estigmatizado, con particular agresividad, en el marco de su represiva/xenofóbica política antinmigrante.
El tiro de tracia de la agresión contra Machado, fue disparado, por Trump, durante la conferencia de prensa que -junto con varios obedientes jerarcas de su régimen- protagonizó, el 3 de enero -algunas horas después del secuestro de Maduro-, en Mar-a-Lago, su lujosa residencia en el sector de la ciudad de Miami, en el sudoriental estado de Florida.
En respuesta a una pregunta sobre el papel de Machado, en Venezuela, tras el derrocamiento del dictador, Trump la descartó -sin ninguna consideración- como líder local en el proceso político en drástico desarrollo en el caribeño país sudamericano.
“Creo que sería muy duro, para ella, ser la líder: ella no tiene el apoyo interno, ni el respeto dentro del país”, aseguró, categóricamente, en su habitual mezcla de patanería y misoginia
-y severamente resentido por haber quedado fuera de la lista de galardonados Nobel-.
Y asestó, nuevamente, la bofetada: “es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto”.
Sin perjuicio del bestial insulto, la trumpista venezolana bajó a un indescriptiblemente vergonzoso nivel de servilismo, al afirmar -como si nada hubiese pasado- que está dispuesta a entregar, el galardón Nobel, a Trump.
Lo afirmó durante una entrevista -en inglés-, el 6 de enero, con la derechista estación de televisión estadounidense Fox, en respuesta a la pregunta: “usted le ha ofrecido darle el Premio Nobel de la Paz?”.
“Bueno, no ha ocurrido aún, pero, seguramente, me encantaría poder, personalmente (…) dárselo, compartirlo con él”, afirmó, tres días después de que Trump la menospreció públicamente.
Formulada la patética confesión, el Instituto Noruego Nobel, no tardó en ubicarla, también públicamente, en la realidad.
“Un Premio Nobel no puede ser revocado ni transferido a otros”, precisó, Erik Aasheim, portavoz del instituto, en una declaración que formuló el 7 de enero -un día después de la deshonrosa aseveración de Machado-.
“Una vez que el laureado o los laureados son anunciados, la decisión es final”, explicó, adicionalmente.
Sin embargo, los laureados tienen la libertad de disponer, como consideren adecuado, del dinero que es parte del premio, aclaró Aasheim.
Respecto a la actitud de Trump en cuanto a Machado y el premio nobel, el diario estadounidense The Washington Post citó, el 4 de enero, a una persona de la oposición venezolana “quien habló en condición de anonimato para abordar deliberaciones internas”.
Esa fuente, “dijo que las afirmaciones de Trump fueron difíciles de escuchar, para muchos en el movimiento opositor, pero ‘en toda transición, hay que tragar algunas píldoras amargas’”, según el Post.
El periódico agregó que “dos personas cercanas a la Casa Blanca dijeron que la falta de interés del presidente en cuanto a promover a Machado, a pesar de los recientes esfuerzos de la segunda por halagar a Trump, derivaron de la decisión, de ella, de aceptar el Premio Nobel de la Paz, un galardón que el presidente ha, abiertamente, codiciado”.
“Aunque Machado, en última instancia, dijo que dedicaba el premio, a Trump, su aceptación del premio fue un ‘pecado supremo’, dijo una de las personas”, según el medio de comunicación.
De Acuerdo con la versión periodística, la fuente dijo que “si ella lo hubiese rechazado, y hubiese dicho ‘no puedo aceptarlo porque es de Donald Trump’, ella sería, hoy, la presidenta de Venezuela’”.
Pero los serviles nunca aprenden.







