Diazepam: beneficios, riesgos y criterios clínicos

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Uso de diazepam en personas en recuperación: IAFA advierte sobre riesgos, beneficios y criterios médicos

El uso del diazepam y otras benzodiacepinas en personas en proceso de recuperación por consumo de sustancias debe realizarse bajo criterios clínicos estrictos, durante el menor tiempo posible y como parte de un abordaje terapéutico integral, advirtió el psiquiatra del Instituto sobre Alcoholismo y Farmacodependencia (IAFA), Luis Eduardo Sandí, al evacuar una consulta técnica profesional sobre esta práctica médica.

Sandí explicó que el diazepam pertenece al grupo de las benzodiacepinas, junto con otros fármacos como lorazepam, clonazepam y bromazepam. Estos medicamentos poseen tres funciones terapéuticas ampliamente reconocidas: ansiolítica, anticonvulsivante y miorrelajante, por lo que resultan eficaces para el tratamiento de la ansiedad, las crisis convulsivas y los espasmos musculares.

Luis Eduardo Sandí
Luis Eduardo Sandí, Psiquiatra IAFA

No obstante, advirtió que, aunque son fármacos seguros cuando se utilizan en las dosis indicadas y durante el tiempo necesario, su potencial de generar dependencia química obliga a un uso prudente y supervisado, razón por la cual requieren receta digital especial para su despacho.

Riesgo de dependencia y síndrome de abstinencia

Según el especialista, cuando las benzodiacepinas se utilizan de forma continua por más de cuatro a seis semanas, el cerebro reduce la producción de neurotransmisores relacionados con la regulación de la ansiedad, lo que puede desencadenar un proceso de dependencia química. En estos casos, al disminuir el efecto del medicamento, la persona puede experimentar un síndrome de abstinencia física, caracterizado por ansiedad, malestar y una fuerte compulsión por continuar el consumo.

“A mayor tiempo de uso y mayor dosis, mayor riesgo de dependencia”, enfatizó Sandí.

Sin embargo, el psiquiatra precisó que en personas con trastornos de ansiedad generalizada de larga data, caracterizados por síntomas persistentes como nerviosismo, temblores, insomnio, sudoración palmar, taquicardia o ataques de pánico, puede considerarse el uso prolongado del medicamento, siempre bajo estricta supervisión médica.

Indicaciones en procesos de recuperación

Sandí explicó que las benzodiacepinas pueden estar indicadas especialmente al inicio del tratamiento en personas en recuperación, ya que al suspender el consumo de sustancias psicoactivas suelen aparecer síntomas intensos de ansiedad, intranquilidad, insomnio y compulsión por consumir.

En el caso del alcohol, el cannabis u opioides —sustancias con efecto depresor del sistema nervioso central—, estos síntomas pueden ser aún más severos, debido a que muchas personas las han utilizado como mecanismos de automedicación para calmar estados emocionales asociados a traumas, estrés crónico y experiencias adversas.

“El malestar propio de la abstinencia o de los trastornos emocionales no tratados puede convertirse en un disparador directo de recaídas, por lo que resulta fundamental intervenir oportunamente”, subrayó.

Insomnio: síntoma clave de la abstinencia

El insomnio figura entre los síntomas más relevantes del síndrome de abstinencia. Según el especialista, este no solo se explica por la supresión del efecto sedante de la sustancia, sino también por los estilos de vida desorganizados asociados al consumo.

La falta persistente de sueño puede derivar en depresión, irritabilidad, fatiga, deterioro cognitivo y malestar general, lo que incrementa el riesgo de recaída. Por ello, Sandí destacó la importancia de un tratamiento integral que combine medicamentos, cuando estén indicados, con estrategias no farmacológicas orientadas a restablecer hábitos saludables.

Cuando el paciente logra recuperar una adecuada calidad de vida, se recomienda reducir progresivamente la dosis hasta suspender el medicamento.

Criterios clínicos de prescripción

El psiquiatra detalló que la indicación de benzodiacepinas se fundamenta en tres criterios centrales:

  1. Diagnóstico del trastorno por consumo de sustancias, diferenciando entre uso nocivo, dependencia y adicción.

  2. Valoración clínica de los síntomas de abstinencia, su intensidad, duración y patrón previo de consumo.

  3. Presencia de trastornos mentales subyacentes, como ansiedad generalizada, depresión, insomnio crónico o trastornos de personalidad, los cuales pueden requerir un abordaje más prolongado y cuidadoso.

Asimismo, insistió en la necesidad de promover cambios en el estilo de vida, incluyendo higiene del sueño, alimentación equilibrada, actividad física regular, psicoterapia y acompañamiento psicosocial, así como la participación en grupos comunitarios de apoyo.

“El principio rector es utilizar la dosis mínima eficaz durante el menor tiempo posible, siempre integrada a un plan terapéutico integral”, afirmó.

Supervisión prolongada y enfoque integral

Sandí señaló que una variable determinante para el éxito terapéutico es el seguimiento prolongado, idealmente no menor de dos años, con estricta supervisión del uso de la medicación.

En cuanto al manejo del insomnio, recomendó medidas como ejercicio aeróbico regular, evitar cafeína y bebidas estimulantes en horas vespertinas, cenar temprano, suprimir siestas diurnas, reducir el uso de pantallas luminosas antes de dormir y fomentar actividades relajantes como la lectura o la música suave.

Además, advirtió que las benzodiacepinas pueden provocar efectos secundarios como somnolencia diurna y debilidad, especialmente en pacientes con daño hepático, situación en la cual puede preferirse el uso de fármacos de vida media más corta, como el lorazepam, en dosis reducidas y por periodos breves.

Medicación: necesaria en casos severos

Aunque idealmente podría prescindirse de la medicación, Sandí reconoció que en muchos pacientes los síntomas de la abstinencia superan su capacidad de afrontamiento, por lo que el uso racional de ansiolíticos puede ser decisivo para prevenir recaídas y mejorar la calidad de vida.

“La ansiedad secundaria a la abstinencia tiende a disminuir progresivamente. La abstinencia sostenida y los cambios en el estilo de vida permiten al cerebro recuperar su funcionalidad gracias a su plasticidad”, concluyó.

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