Cuando la deuda devora el futuro

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qué dice la ética del género humano sobre las prioridades fiscales de Costa Rica

Presupuesto 2027: 40% para pagar deuda, recortes en educación, justicia y seguridad. La pregunta educativa que nadie formula.

En septiembre de 2026, el Ministerio de Hacienda presentó al Congreso la propuesta presupuestaria para 2027. Los números son claros, aunque sus implicaciones raramente se analizan desde una perspectiva educativa. De los 12.4 billones de colones proyectados, 40% —casi cinco billones de colones— está comprometido exclusivamente para pagar la deuda.

Para ponerlo en contexto: en 2016, la inversión social representaba 49.9% del presupuesto del Gobierno Central. Una década después, en 2025, cayó a 38%. Mientras tanto, el pago de intereses de la deuda creció exponencialmente.

El Ministerio de Educación recibirá la mayor partida presupuestaria (4.9% del PIB), pero en términos nominales, enfrenta una reducción de 0.7%. El Poder Judicial verá reducido su presupuesto en 1.9%. Seguridad y Justicia afronta una reducción de 1.7% y 2.5%, respectivamente.

El mensaje presupuestario es legible: Costa Rica está pagando deuda a costa de la inversión en educación, seguridad y justicia. Pero hay una pregunta educativa más profunda que no aparece en ningún análisis técnico: ¿Qué significa esto para la «ética del género humano»? ¿Qué nos dice sobre cómo entendemos nuestra responsabilidad colectiva como ciudadanos terrenales?

Edgar Morin y la triada que olvidamos

En el capítulo final de sus Siete Saberes, Morin plantea algo que desafía la forma en que pensamos la ciudadanía y la responsabilidad. Sugiere que no podemos absolutizar ni al individuo, ni a la sociedad, ni a la especie humana como si uno fuera más importante que los otros.

Existe lo que Morin denomina una «triada»: individuo-sociedad-especie. Cada término es simultáneamente medio y fin. Los individuos necesitan la sociedad para realizarse plenamente, pero la sociedad existe para permitir que los individuos florezcan. Ambos tienen sentido en el contexto de la especie humana como un todo.

Aplicado a la realidad costarricense: cuando un ciudadano nace en Costa Rica en 2026, hereda un país con una deuda que asciende al 61.1% del PIB. Esa deuda es una herencia que no eligió. Es una responsabilidad colectiva impuesta a generaciones futuras.

¿Quién decidió que esa deuda debería existir? No fue un individuo. Fueron decisiones colectivas acumuladas: gobiernos que gastaron más de lo que recaudaban, instituciones que tomaron deuda, ciudadanos que votaron por políticos que prometieron servicios sin financiamiento sostenible. Todos somos responsables. Y todos compartimos las consecuencias.

El problema no es la regla fiscal

Hay un debate técnico sobre si la regla fiscal —el mecanismo legal que limita el gasto cuando la deuda supera el 60% del PIB— es «buena o mala política económica». Algunos argumentan que es necesaria para evitar un colapso fiscal. Otros dicen que ahoga las inversiones sociales necesarias para el país.

Pero este debate técnico enmascara una pregunta educativa más fundamental. La pregunta no es técnica. Es ética.

Cuando Costa Rica destina 40% de su presupuesto a pagar deuda, mientras reduce inversión en educación (que forma los ciudadanos del futuro), en justicia (que sostiene la democracia), y en seguridad (que protege a la población), ¿qué mensaje educativo está enviando?

Dice, implícitamente: «Los compromisos financieros del pasado son más importantes que la inversión en el futuro. Pagarle a quienes prestaron dinero es más urgente que educar a nuestros hijos, que proteger a nuestras comunidades, que administrar justicia».

Morin lo vería como un problema de visión sistémica. La regla fiscal opera desde una lógica que aisla lo financiero del resto de la realidad. Pero en realidad, los números son inseparables de las vidas humanas que representan.

La deuda y el futuro

En 2025, la inversión en infraestructura en Costa Rica había caído a 1.27% del PIB. En 2016, era 2.48%. Eso significa que menos recursos van a construir carreteras, acueductos, escuelas, sistemas de transporte. La infraestructura es la columna vertebral de una economía. Sin ella, no hay productividad, no hay servicios, no hay futuro.

¿A quién le entra esa caída? A generaciones futuras. Si nacés en Costa Rica en 2030, herederás un país con infraestructura más deteriorada, educación menos financiada, sistemas de justicia más débiles, todo para pagar deuda que fue acumulada antes de tu nacimiento.

Morin escribió: «La ética debe ser la brújula de la razón y de la tecnología». Lo que significa es que nuestras decisiones racionalmente «eficientes» deben ser guiadas por preguntas éticas sobre el ser humano: ¿Quién paga el precio? ¿Qué legado dejamos? ¿Es justo que generaciones futuras hereden la deuda que otras acumularon?

Esto no es una pregunta de izquierda o derecha. Es una pregunta sobre civilización.

¿Qué ciudadanía estamos educando?

Costa Rica ha construido una narrativa sobre sí misma: una nación que cree en educación, que ha eliminado el ejército en favor de paz, que invierte en salud pública y derechos humanos.

Pero los presupuestos son textos. Dicen la verdad que las palabras a veces ocultan. Un presupuesto que dedica 40% a deuda mientras reduce educación dice: «Honrar compromisos financieros es más importante que formar ciudadanos».

Morin proponía que la educación fundamental para el siglo XXI debe enseñar una «ética del género humano». Esto significa:

Comprensión de que estamos interconectados: la decisión fiscal que yo no cuestiono afecta a la educación que otros recibirán.

Responsabilidad hacia la especie: mis acciones como ciudadano (votar, presionar, cuestionar) tienen consecuencias para generaciones futuras.

Visión sistémica: no puedo resolver la deuda sin preguntar cómo eso afecta la educación, la justicia, la seguridad, la infraestructura.

Ética de la limitación: reconocer que existen límites a lo que podemos hacer, y que esos límites deben ser honrados, no solo por ley, sino por principios.

El dilema irresuelto

No se trata de decir que la deuda no importa. La deuda es real. Pero también es real que la educación es formación del futuro, que la justicia es la columna del estado de derecho, que la seguridad es base de la convivencia.

¿Cómo resuelve Costa Rica este dilema? Morin no ofrece solución técnica. Pero ofrece una pregunta: ¿Cómo priorizamos cuando todas las cosas importantes están en competencia por recursos finitos?

La respuesta que ha dado Costa Rica hasta ahora es: priorizamos pagar deuda. Esto es una elección. Podría haber otras. Se podría haber renegociado la deuda. Se podría haber aumentado impuestos a sectores de mayor capacidad contributiva. Se podría haber reducido gastos administrativos en lugar de inversión social. Pero no se hizo.

Morin diría que esa elección refleja una visión de lo que es ser ciudadano. Si el ciudadano es alguien cuya principal responsabilidad es honrar los compromisos financieros de administraciones pasadas, entonces tiene sentido. Si el ciudadano es alguien responsable por el futuro de la especie humana en este territorio, la respuesta sería diferente.

La pregunta que nadie formula

En septiembre de 2026, cuando Costa Rica aprobó un presupuesto que prioriza deuda sobre inversión social, no hubo gran debate público sobre qué significaba esto para la ética colectiva del país. Hubo análisis técnicos. Hubo negociaciones políticas. Hubo discusiones sobre porcentajes.

Pero no hubo pregunta educativa: ¿Qué ciudadano estamos formando? ¿Qué mensaje educativo enviamos cuando decimos que honrar deuda es más importante que educación?

Morin insistía en que la educación debe ser el espacio donde aprendemos a pensar la complejidad del ser humano, nuestra interconexión, nuestra responsabilidad mutua. El presupuesto es educación invisible: enseña, sin palabras, cuál es la jerarquía real de valores.

Si enseñamos con presupuestos que la deuda importa más que la educación, entonces estamos educando ciudadanos para los que la responsabilidad hacia el pasado es mayor que la responsabilidad hacia el futuro.

Hombre levanta una prenda roja durante un acto público

Eso es la opuesto a la «ética del género humano» que Morin proponía.

Un último acto

En noviembre, Costa Rica celebra el Día de los Muertos. Es una tradición de raíz indígena donde se honra a quienes partieron. Es un acto de gratitud: reconocemos que somos deudores del pasado.

Pero Morin sugería que hay otro acto igualmente importante: honrar al futuro. Reconocer que las generaciones que vendrán también merecen respeto, cuidado, inversión.

Un país que dedica 40% de su presupuesto a pagar deuda del pasado mientras reduce inversión en el futuro está honrando a los acreedores más que a las generaciones venideras.

Eso es también una educación. Y es la más profunda de todas.

La pregunta que Costa Rica debe hacerse no es solo cómo reducir deuda. Es qué clase de ciudadano, qué clase de sociedad, qué clase de futuro estamos dispuestos a construir. Y si ese futuro vale la pena el precio que estamos pidiendo que paguen otros.

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