La vergonzosa presidenta encargada (interina) de Venezuela, Delcy Rodríguez, confirmó, ante la comunidad internacional, su abjuración de la reciente Revolución Bolivariana -entre cuyo más tenaces defensores/promotores figuró-.
La revolución, instaurada, en 1999, por el entonces presidente venezolano (1999-2013), el mediático/ocurrente coronel Hugo Chávez -fallecido en el ejercicio del cargo-, tuvo abrupto fin cuando su heredero político, el patético dictador (2013-2026) Nicolás Maduro, fue derrocado y secuestrado -el 3 de enero de 2026- por fuerzas militares estadounidenses cumpliendo la orden específica de su comandante en jefe, el dictador anaranjado Donald Trump.
Sí, Maduro tenía que irse. No, esa no era la vía correcta para lograrlo.
Hasta ese momento vicepresidenta, Rodríguez fue inmediatamente ascendida por los golpistas gringos, transicionado de revolucionaria antimperialista a servidora del imperio
-puntualmente, del trumpismo-.
Si alguien aún dudaba respecto a Rodríguez, la desertora se encargó de aclarar su triste papel.
Lo hizo, al hablar, el 23 de setiembre, en la segunda jornada de la Semana de Alto Nivel (22-28 de setiembre) de la 81 Sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Rodríguez tuvo, al parecer, una epifanía ideológica que la hizo reconocer los flagrantes errores de los regímenes chavista (1999-2013) y madurista (2013-2026), de los que fue destacada integrante.
Esos errores fueron monumentales, y destruyeron un país cuya relevancia histórica incluye hechos tales como que el libertador latinoamericano Simón Bolívar (1783-1830) nació en Caracas -la capital de la colonial Capitanía General de Venezuela (1777-1823) -, además de que es uno de los principales países productores de petróleo.
Sus vastos yacimientos petrolíferos representan alrededor de 20 por ciento de las reservas mundiales, por lo que es uno de los 11 integrantes -y uno de los cinco fundadores, en 1960-, de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep).
Después de haber sido -bajo Chávez- ministra de la Presidencia (2006), de Comunicación e Información (2013-2014), y de Relaciones Exteriores (2014-2017), además de presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente (2017-2018), y -bajo Maduro- ministra de Economía (2020-2024), y de Hidrocarburos (2024-2026), así como vicepresidenta (2018-2026), Rodríguez se convirtió, oportunistamente, en crítica de la Revolución Bolivariana.
Durante su reciente participación -de casi 20 minutos- en la Asamblea General, la trumpista presidenta planteó, entre otros conceptos, que “vengo a hablarles de una Venezuela cuya vida nacional ha estado afectada por una crisis de convivencia política que perturbó la vida nacional, y nuestra interacción con el mundo”.
En tal contexto, “se impusieron intereses ajenos al bien común de los venezolanos”, aseguró, en implícito cuestionamiento del chavismo y del hereditario madurismo -y de la revolución-.
“En 2026, Venezuela ha vivido dos grandes y dolorosas pruebas en su vida como nación: una, derivada del estrangulamiento de su vida política interna, y la confrontación agudizada con los Estados Unidos de América; otra, proveniente de la fiereza de la naturaleza: el doble terremoto del 24 de junio”, siguió narrando.
Las alusiones fueron, obviamente, al golpe de Estado gringo -el 3 de enero- contra Maduro, y a los fenómenos telúricos, que, ocurridos esa noche -con respectivas magnitudes de 7.2 y 7.5, separados por apenas 39 segundos-, causaron masivo daño en diferentes ciudades principalmente en la costa.
Según la visión entreguista de Rodríguez, tras la abruptamente finalizada Revolución Bolivariana, “para los venezolanos y venezolanas, hoy, Venezuela renace”.
El concepto “‘renace’, resume (…) la transformación de una relación política fundamentada en el diálogo, la negociación y la diplomacia”.
“Por eso, hoy, Venezuela aspira -con Estados Unidos, con sus vecinos, con todos los países de nuestro continente y de la comunidad internacional- reconstruir y sostener relaciones de cooperación, respeto e igualdad”, aseguró -obviamente según la arbitraria/imperialista conceptualización trumpiana de “cooperación, respeto, e igualdad”-.
Y, en servilismo elevado a nivel de clímax, declaró, ante el mundo: “quiero, en esta 81 Asamblea General de la ONU, agradecer, al Presidente Donald Trump, y a su gobierno, por su disposición a retomar el camino de las relaciones diplomáticas y de cooperación con Venezuela”.
Eso, afirmado por quien -al menos mientras fue dirigente revolucionaria bolivariana- se proyectó cual enemiga del imperio estadounidense.
Y, como tratando de justificar su conducta, dijo que “la última vez que dos presidentes de Venezuela y los Estados Unidos se reunieron, fue en el año 2009”.
Los protagonistas de esa reunión fueron Chávez y el demócrata Barack Obama (2009-2013, 2013-2017), la fecha fue el 17 de abril, el lugar fue Puerto España -la capital de la caribeña nación isleña angloparlante Trinidad y Tobago-, el marco del encuentro fue la inauguración de la Quinta Cumbre de las Américas (17-19 de ese mes).
“Hoy, trabajamos seriamente para dirimir, a través del diálogo, las diferencias existentes, pero, principalmente, para abonar los caminos para el relacionamiento energético, la promoción de seguridad, la lucha común contra el crimen transnacional, y la cooperación económica en beneficio de ambos pueblos y de nuestro continente”, -otra vez, obviamente según la arbitraria/imperialista conceptualización trumpiana, en este caso, de “relacionamiento energético”, “promoción de seguridad”, etc-.
También aseguró que, “hoy, vengo, a esta Asamblea -como una hija más de Venezuela-, a presentar las aspiraciones de un país que busca construir su propio destino”.
En ese sentido, planteó que, “durante demasiado tiempo, fuimos un país dividido entre trincheras, donde el color de una bandera partidista pesaba más que el apellido común que todos compartimos: venezolanos, y venezolanas”, evidentemente adjudicando, al chavismo y al madurismo, la violenta polarización ideológica que, durante años, ha golpeado al caribeño país sudamericano brutalmente empobrecido.
“Esta etapa debe cerrarse, para dar inicio a un nuevo tiempo político, basado en la verdad, la justicia, y la capacidad de mirar hacia adelante juntos, y encontrar, en el diálogo político respetuoso, un espacio genuino para dirimir las diferencias que, como venezolanos, tenemos, buscando, siempre, un horizonte a favor del país”, aseguró, a continuación.
Rodríguez admitió, así, de hecho -en un oportunista mea culpa-, que fue uno de los paladines de un proceso político que se caracterizó por la mentira, la injusticia, la ausencia de diálogo, y la incapacidad para superar divergencias.
Al respecto, dijo que “me complace anunciar que Venezuela ha iniciado un proceso de transformación democrática para su renacer”.
Se trata de “un proceso ordenado, institucional, y verificable, para construir un país más libre para todos, más próspero, y más reconciliado consigo mismo, un proceso de cambio político, económico, espiritual, de reformas estructurales para el renacer de Venezuela, para el renacer de nuestra nación, para el renacer de nuestro pueblo”.
La idea consiste en “construir un país donde nadie tenga que ganar desconociendo al otro, porque todos —especialmente los jóvenes que apenas empiezan su socialización política— somos Venezuela”.
“Tenemos que aspirar a una Venezuela cuya clase política esté íntimamente comprometida con los intereses nacionales, por encima de cualquier cosa, y no esté secuestrada por algoritmos mediáticos”, señaló, de inmediato.
Dado que “conozco, muy bien, a Venezuela (…) sé dónde están las puertas que se deben abrir para la transformación profunda de Venezuela”, aseguró.
Ese cambio integral implica “la edificación de las nuevas bases para una economía al servicio del desarrollo nacional, de una justicia cabal para todos sin distingo de clase social o política”, además de “consolidar un sistema de justicia e igualdad social como lo concibió nuestro padre libertador Simón Bolívar”, agregó, en su exposición de buenas intenciones.
En síntesis, “quiero que, de los escombros de la división, levantemos los cimientos de una República nueva, plural, profundamente espiritual, y en paz consigo misma, pero también en paz con un mundo, lamentablemente, cada día menos integrado”.
De acuerdo con la visión de Rodríguez -alineada con la óptica trumpista, “la legalidad puede ser el camino hacia una legalidad mejor”.
La reconstrucción de Venezuela, según el régimen títere instalado tras el golpe contra Maduro, tiene que dar seguridad jurídica a las inversiones extranjeras -principalmente las estadounidenses-, y garantizar elecciones sobre la base de la participación de algunos dirigentes opositores exiliados.
En ese sentido, el régimen y un sector de la oposición inició, en junio de 2026 -y continuó, en setiembre-, un proceso de diálogo.
Encabezada por la ex diputada Dinorah Figuera -exiliada, desde 2018, en España-, la representación opositora en las conversaciones no incluye a la mediática antichavista/antimadurista/trumpista ex diputada Maria Corina Machado ni a su principal colaborador, Edmundo González.
Machado se encuentra en el exterior desde salió, en 2025, clandestinamente, de Venezuela, para recibir el Premio Nobel de la Paz correspondiente a ese año.
Dado que fue inhabilitada -por 15 años-, en 2023, para ejercer cargos públicos, la opositora se vio impedida de postularse para la votación presidencial de 2024, de modo que fue reemplazada por González -un considerablemente gris opositor a la dictadura madurista-.
No obstante masivas denuncias de fraude electoral, Maduro fue declarado, por el Consejo Nacional Electoral (CNE), como el ganador de la votación presidencial del 28 de julio de 2024.
González permanece exiliado en España.
Al exponer, en Naciones Unidas, las etapas de la reconstrucción de Venezuela, Rodríguez las describió, respectivamente, como “una reforma jurídica ordenada”, y “el ejercicio responsable y pleno de la política” -todo, según la consabida conceptualización trumpista-.
“Una nación no renace solamente reconstruyendo edificios. Renace cuando reconstruye la confianza en sus instituciones”, planteó, para explicar que, “por eso, quiero anunciar y reafirmar, con precisión, ante ustedes, los pilares de este proceso”.
En el primer caso, dijo que “Venezuela ha emprendido un proceso de revisión institucional para fortalecer el funcionamiento del Estado y poder brindar la seguridad jurídica, que no sólo los inversionistas nacionales e internacionales necesitan sino también nuestros ciudadanos”.
Ello con el propósito de “que no se sientan atropellados por un poder arbitrario sino que esté a su servicio”, para lo cual “la reforma de la justicia, y de su sistema, es impostergable”.
En cuanto al segundo componente, explicó que “Venezuela garantizará condiciones reales de participación para todas las fuerzas políticas del país”.
“La democracia no se mide por la existencia de elecciones. La democracia se mide por la calidad de la competencia que precede esas elecciones”, dijo, a manera de reflexión.
“Una elección debe ser una solución, no un generador de conflictos irreconciliables”, agregó, además de expresar que “quiero decirlo muy claro, en esta Asamblea General: en Venezuela habrá elecciones”.
El anuncio no incluyó detalles clave tales como la fecha prevista para los comicios, o si se prevé que los millones de venezolanos en el exilio voten en los países donde están.
“Y, en esa dirección, hemos iniciado un diálogo político, con sectores de la oposición, que conduzca a un proceso en igualdad de condiciones para todos”, informó.
Según Rodríguez, “el pueblo venezolano, con su sabiduría ancestral, determinará el momento correcto, y sus instituciones estarán preparadas para garantizar ese proceso inclusivo y transparente” -bajo la mirada del big brother imperial-.
En ese sentido, es necesario “que este momento político y geopolítico quede, en la historia, como el día en que decidimos levantarnos, todos juntos, para construir el renacer de Venezuela”.
Con Donald Trump como el arquitecto.







