Cuando el planeta nos pasa la factura

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¿Qué significa ser ciudadano terrenal en Costa Rica en el año 2026?

146 incendios forestales, minería ilegal, inundaciones récord. Las crisis ambientales revelan qué tan profundamente entendemos nuestra dependencia de la Tierra.

En abril de 2026, Costa Rica había registrado ya 146 incendios forestales. El Cuerpo de Bomberos confirmó lo obvio pero incómodo: era el peor año de la historia registrada. Según Héctor Chaves, director de Bomberos, prácticamente todos eran provocados intencionalmente. El vandalismo, la quema de basura para preparar terrenos, las prácticas negligentes, habían convertido los bosques costarricenses en un campo de fuego.

En mayo, el Instituto Meteorológico Nacional alertaba sobre temperaturas que superarían entre 1 y 2 grados los promedios históricos.

En el Pacífico, la tormenta tropical Cristina golpeaba con inundaciones que obligaban evacuaciones de emergencia. En paralelo, investigaciones revelaban minería ilegal en el norte del país, con extracción de minerales usando químicos nocivos que amenazaban tanto ecosistemas como la salud humana.

Un estudio de la Universidad Nacional (UNA) había encontrado algo revelador: 8 de cada 10 ciudadanos costarricenses considera que el país está «poco o nada preparado» para enfrentar un desastre.

En septiembre, con la sequía de la estación seca avanzando y los reportes sobre deforestación acumulándose, emergía una pregunta educativa que rebasa los titulares: ¿Qué significa que una nación que se ha definido a sí misma como «potencia en biodiversidad» enfrente simultáneamente crisis de incendios, minería ilegal, inundaciones e inseguridad hídrica?

¿Qué nos dice esto sobre cómo hemos educado a la ciudadanía sobre la relación con el planeta que habitamosManos que sostienen una planta joven sobre musgo

Edgar Morin ofrece una respuesta que desafía las explicaciones convencionales.

En su obra «Los Siete Saberes», Morin dedica un capítulo crucial a la identidad terrenal. La tesis es radical: antes de ser ciudadanos de un país, de una región, de una comunidad local, somos ciudadanos de un planeta. Nuestro cuerpo está hecho de átomos forjados en estrellas hace miles de millones de años. Nuestra vida depende de procesos biológicos que apenas comprendemos.

Somos, en la descripción de Morin, «seres cósmicos y terrestres». La dimensión cósmica nos vincula al universo. La dimensión terrestre nos ancla a la dependencia: no podemos vivir sin el oxígeno que generan los bosques, sin el agua que regula la lluvia y los ríos, sin los ecosistemas que mantienen el equilibrio climático.

Pero hay un problema educativo profundo: la mayoría de las personas en Costa Rica no han sido educadas para sentir —no intelectualmente, sino visceralmente— esta identidad terrenal.

El problema no es información

Costa Rica tiene excelentes investigadores ambientales. El Instituto Meteorológico Nacional publica reportes sobre cambio climático. Las organizaciones ambientalistas generan informes detallados. Los medios de comunicación cubren los incendios. La información existe.

Sin embargo, en abril de 2026, cuando los bosques ardían en cifras récord, personas continuaban quemando vegetación para preparar terrenos. En lugares donde se detectaba minería ilegal, había complicidad local. En zonas de inundaciones recurrentes, se continuaban construyendo infraestructuras sin respetar la regulación de cuencas.

Morin diagnosticaba este problema como resultado de una «falsa racionalidad». Define así aquella razón que, en nombre del progreso, destruye los ecosistemas. Que practica monocultivos que empobrecen los suelos. Que deseca ríos para riego de grandes extensiones mientras las ciudades enfrentan escasez hídrica. Que autoriza proyectos inmobiliarios o mineros en zonas ecológicamente sensibles porque generan «empleo» o «desarrollo».Grupo posa durante una actividad ambiental

Esta falsa racionalidad no surge del aire. Es el producto de cómo hemos educado el pensamiento. Morin identifica el origen: la compartimentación. Se enseña biología separada de geografía. Economía desconectada de ecología. Desarrollo ajeno a límites planetarios. Historia sin conexión con el presente ambiental.

Como resultado, un ingeniero puede diseñar un proyecto minero sin comprender completamente cómo los químicos que usa afectarán el ciclo del agua. Un empresario puede planificar un desarrollo turístico sin integrar en su análisis cómo cada hectárea de deforestación afecta el microclima regional. Un funcionario puede autorizar permisos sin una visión sistémica de las consecuencias.

No son malas personas. Son producto de una educación fragmentada.

La paradoja costarricense

Costa Rica ha construido internacionalmente una identidad como potencia ambiental. El turismo ecológico genera miles de millones de dólares. Los tratados ambientales internacionales mencionan al país como modelo. Pero esta identidad global coexiste con crisis ambientales que escalan año tras año.

En 2013, los incidentes por lluvias e inundaciones eran una cantidad. Para 2024, habían aumentado más de 1.200%. Eso no es un indicador de que el sistema esté funcionando. Es un indicador de colapso acelerado.

Morin sugiere que esta paradoja surge porque no hemos educado a la ciudadanía en lo que él denomina la «identidad terrenal». No basta con reconocer intelectualmente que somos «ciudadanos del planeta». Debe haber un cambio profundo en cómo comprendemos nuestra relación con la naturaleza.

Esto significa:

Entender que el bosque que arde en Guanacaste no es un «problema de Guanacaste». Es un problema de Costa Rica entera, porque afecta patrones de lluvia, calidad del aire, equilibrio hídrico nacional.

Reconocer que el dinero de la minería ilegal no es «ganancia». Es deuda ambiental que se paga con agua contaminada, suelos destruidos, salud deteriorada de generaciones futuras.

Integrar en toda decisión económica o política una pregunta fundamental: ¿Cómo afecta esto los ciclos del agua, la biodiversidad, la estabilidad climática del territorio?

Asumir que la «preparación» ante desastres no puede limitarse a mecanismos de evacuación o albergues temporales. Debe incluir prevención basada en comprensión de los ecosistemas: reforestación estratégica en cuencas, regulación estricta de construcción en zonas de riesgo, protección efectiva de bosques.

Lo que falta

En septiembre de 2026, con los datos del año más crítico de incendios ya registrados, Costa Rica enfrenta una encrucijada educativa que no aparece en los títulos de los periódicos. Es la pregunta sobre qué significa ser educado en la comprensión de la identidad terrenal.

Morin escribía: «Debemos reconocer nuestro doble arraigamiento en el cosmos físico y en la esfera viviente, al igual que nuestro desarraigamiento propiamente humano. Estamos a la vez dentro y fuera de la naturaleza». Esto no es poesía. Es descripción de realidad.

Mientras que fuera de la naturaleza, hemos construido instituciones, mercados, proyectos que frecuentemente actúan como si no dependiéramos de ella. Como si los bosques fueran solo «recursos», los ríos solo «agua para usar», los suelos solo «tierra para explotar».

La educación de la identidad terrenal implicaría transformar no solo los currículos escolares, sino también los marcos de decisión en empresas, gobiernos e instituciones. Implicaría formar ingenieros que piensen como ecólogos. Economistas que comprendan que el PIB que ignora el colapso ambiental es una mentira. Políticos que internalicen que no hay seguridad electoral, económica ni social posible sin seguridad ambiental.

La pregunta centralPersonas plantan un árbol en una zona verde

En septiembre de 2026, cuando Costa Rica contabiliza el peor año de incendios forestales, cuando la minería ilegal continúa, cuando 8 de cada 10 ciudadanos sienten que no estamos preparados para desastres, emerge una pregunta que excede la técnica ambiental o la política electoral:

¿Hemos educado a una generación que comprenda que es ciudadana de un planeta? ¿O hemos educado a generaciones que creen que pueden extraer riqueza de la naturaleza indefinidamente mientras la naturaleza se colapsa?

Morin nos recuerda algo incómodo: somos seres terrestres. Dependemos de esta Tierra. No podemos vivir sin ella. Y si la Tierra está enferma, nosotros nos enfermamos con ella.

Costa Rica tuvo una oportunidad histórica de liderar una educación basada en esta identidad terrenal. Los datos de 2026 sugieren que hemos fallado esa oportunidad. Aún hay tiempo de repensar qué significa educar para el planeta que habitamos, no contra él.

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