
Que dice la educación sobre nuestras cegueras frente a la información
Un informe de la Universidad de Costa Rica revela que 8 de cada 10 personas desconfía del procesamiento de información electoral. Los riesgos educativos detrás de esta vulnerabilidad.
Antes de las elecciones pasada, en el mes de noviembre Programa de Libertad de Expresión y Derecho a la Información (Proledi) de la Universidad de Costa Rica publicó un hallazgo inquietante: 8 de cada 10 costarricenses considera que la desinformación es un problema grave y temía por su influencia en las elecciones de febrero 2026.
Antes que acudir a la lectura inmediata de este dato —interpretar la preocupación como señal de alerta política— cabe detenerse en una pregunta de orden educativo: ¿Qué significa que 8 de cada 10 personas sienta que no puede confiar en el procesamiento de la información que recibe? ¿Qué nos dice esto sobre cómo hemos aprendido a conocer la realidad?
El filósofo Edgar Morin utilizaba una expresión provocadora: «las cegueras del conocimiento». No se refería con ella a la ignorancia simple, sino a algo más complejo e incómodo: la incapacidad de la mente para detectar el error en el momento mismo en que lo comete. Las fuentes de error, dice Morin, son múltiples y permanentes. Provienen del exterior —de la cultura, de la sociedad, de los paradigmas que heredamos— pero también germinan en el interior de nuestros mejores mecanismos de conocimiento.
El contexto electoral de Costa Rica en 2026 ofrece un laboratorio vivo para entender estas cegueras.
Un estudio del Instituto de Investigaciones Psicológicas de la UCR, citado en reportes recientes, identificó que en la sociedad costarricense existen «valores sociales, cognitivos y económicos que vuelven más vulnerables a las personas a estar expuestas y compartir datos erróneos o sesgados». Más específicamente, la investigación precisa: «Esto se trata, sobre todo, de cómo las personas procesan la información que tienen y en qué tan temprano se comprende el contenido desinformativo para que aceptemos o no un contenido como verdadero».
Esta observación es crucial. No dice que los costarricenses sean ingenuos. Dice que existe un problema estructural en cómo procesamos información desde el inicio. Morin lo llamaría una ceguera paradigmática: una forma de ver el mundo que nos hace predispuestos a aceptar ciertas cosas como ciertas sin cuestionarlas.
Considérense algunos síntomas visibles:
La inteligencia artificial generativa avanza a velocidad vertiginosa. Google acaba de presentar «Veo 3», capaz de generar videos hiperrealistas con un costo de 450 dólares mensuales. Argentina enfrentó recientemente un video deepfake de un candidato político difundido a horas de una elección, antes que los mecanismos de verificación pudieran actuar. Costa Rica, adviertió el observador político, «llega a Elecciones 2026 con legislación desactualizada» frente a estas tecnologías.
En respuesta, instituciones del Estado, la sociedad civil y medios de comunicación han impulsado el Acuerdo Nacional contra la Desinformación y los Discursos de Odio. El acuerdo propone un «compromiso ético» para enfrentar la manipulación informativa. Es decir: se intenta frenar un síntoma (la desinformación viral) creando protocolos de responsabilidad.
Pero aquí emerge la pregunta educativa que Morin formulaba: ¿De qué sirven protocolos éticos si las cegueras del conocimiento están enraizadas en cómo aprendemos desde niños a procesar información?
Las cegueras según Morin
Morin identificaba varios tipos de ceguera cognitiva que operan simultáneamente:
Los errores mentales: aceptamos una información porque coincide con lo que deseamos que sea verdad. En contexto electoral, es predecible que ciudadanos de diferentes posiciones políticas compartan información favorable a su candidato sin verificarla.
El imprinting cultural: desde la infancia, absorbemos «marcas sin retorno» que nos predisponen a aceptar ciertas verdades como obvias. El lenguaje que usamos, las historias que nos enseñan, los valores que internalizamos, constituyen un filtro invisible a través del cual procesamos toda información nueva.
Las cegueras paradigmáticas: operamos bajo paradigmas inconscientes que determinan qué conceptos consideramos válidos y cuáles descartamos sin siquiera analizarlos. Un paradigma es el nivel más profundo donde germina la selección de ideas.
La noología —posesión por las ideas: nuestras creencias no son neutrales. Nos poseen. Un ciudadano que ha asumido profundamente la idea de que «el sistema es corrupto» procesará toda información a través de ese lente. Un electorado «poseído» por la idea de que «solo mi candidato es honesto» compartirá desinformación sobre los rivales sin cuestionarse.
Lo inesperado: nuestras teorías no tienen estructura para acoger información nueva que contradice lo que creemos. Cuando surge un hecho que no cabe en nuestro marco mental, tendemos a forzarlo dentro del marco en lugar de revisar el marco mismo.
Todas estas cegueras operan simultáneamente. Y ninguna de ellas desaparece solo porque una institución publike un «acuerdo» contra la desinformación. Están tejidas en la trama de cómo educamos.
El síntoma y la raíz
La preocupación de 80% de los costarricenses era un síntoma de salud democrática: reconocieron que hay un problema. Pero también es síntoma de enfermedad educativa: revelan que no sienten que poseen herramientas cognitivas para navegar el contexto de información en que viven.
Morin insistía en que el problema es de orden educativo, no únicamente informativo. No basta acceso a más información. Se requiere una reforma del pensamiento. Esto significa:
Enseñar a los estudiantes no solo dónde encontrar información, sino cómo el cerebro, la mente y la cultura filtran la información antes que llegue a la conciencia.
Entrenar el reconocimiento de los propios paradigmas: ¿Cuáles son mis marcos inconscientes de interpretación? ¿Qué ideas me poseen? ¿Cuándo estoy forzando un hecho nuevo dentro de un esquema viejo?
Convertir el error en materia de estudio, no en vergüenza. Si el error es tan natural como la vida misma, la pregunta educativa es: ¿Cómo detectamos nuestros errores lo antes posible?
Promover la «incertidumbre del conocimiento» como virtud intelectual: aceptar que nunca tenemos toda la información, que siempre estamos operando con certezas parciales.
Lo que el contexto electoral nos revela
El hecho de que Costa Rica se enfréntese a elecciones en medio de la amenaza de videos deepfake, desinformación viral y tecnologías que no están reguladas legislativamente no es un accidente. Es la culminación de décadas de educación que ha enseñado a procesar información de forma compartimentada, especializada, sin reflexión sobre los propios sesgos.
Morin observaba que en el siglo XX —y ahora en el XXI— se privilegia la educación especializada sobre la educación general. Se enseña a los estudiantes a ser expertos en una disciplina, pero no a pensar de manera integrada sobre los problemas complejos. Como resultado, expertos en comunicación pueden no cuestionar sus propios paradigmas; ciudadanos con acceso a tecnología no saben cómo procesarla críticamente.
Cuando la desinformación prospera, no prospera porque la ciudadanía sea incapaz. Prospera porque las cegueras están integradas en la estructura del pensamiento. Y esas cegueras son producto de cómo fuimos educados.
El Acuerdo Nacional contra la Desinformación es un paso necesario. Pero su éxito dependerá, en última instancia, de si acompaña una transformación en cómo educamos la mente.
Morin escribía: «El principal obstáculo intelectual para el conocimiento se encuentra en nuestro medio intelectual de conocimiento». Es decir: el problema no está afuera, en la maraña de información viral. Está adentro, en cómo nuestra mente fue equipada para procesar el mundo.







