Las viralizadas imágenes no corresponden al inicio de la criminal y corrupta dictadura militar de Chile (1973-1990), ni al represivo y corrupto régimen que tiene (desde 2019), a El Salvador, como rehén: se trata de un estadio, en la brutalmente agredida Franja de Gaza, convertido, por las autoridades de la fuerza militar invasora israelí, en campo de concentración para centenares de palestinos.
Un recurrente déjà vu histórico.
Tras el cruento golpe militar que derrocó, el 11 de setiembre de 1973, al gobierno constitucional del socialista presidente chileno Salvador Allende, la delictiva junta militar de facto -cuya jefatura fue ejercida por el cobarde Augusto Pinochet-, viendo que las masivas detenciones hacían colapsar la capacidad de las cárceles, habilitó el Estadio Nacional, en Santiago -la capital chilena-, como megaprisión para adicionales miles de presos políticos.
Allí, la tortura -en variantes particularmente crueles-, las ejecuciones extrajudiciales de secuestrados políticos -como escarmiento para los demás-, entre otros crímenes de lesa humanidad, fueron la norma.
La vileza de la cúpula golpista quedó reflejada en un soez comentario de la esposa de Pinochet -la criminal ratera Lucía Hiriart-, respecto a ese espacio para la sistemática y permanente violación de los derechos humanos.
En declaraciones a periodistas -la mayoría locales y alineados con la dictadura, incluido un servil reportero llamado Raúl Duque, condecorado, en 1973, por Pinochet, como premio a su servil abyección-, Hiriart dijo, en tono de cruel broma, que su esposo tenía espíritu deportivo, porque no encarcelaba a los presos políticos sino que los enviaba al estadio.
Casi medio siglo después, el régimen del salvadoreño Nayib Bukele -el dictador “cool”, el supuesto paladín anticorrupción-, se enfocó, manipuladoramente/efectistamente -además de electoreramente-, en combatir a las maras -pandillas-, las estructuras criminales que plantean, en el Triángulo Norte de Centroamérica -El Salvador, Guatemala, Honduras-, un particularmente severo problema en materia de seguridad nacional.
Las maras son uno de los destructivos frutos de las guerras proxy que Estados Unidos y la entonces Unión Soviética (1922-1991) libraron, durante la segunda mitad del siglo veinte, en Centroamérica -El Salvador (1980-1992), Guatemala (1960-1996), Nicaragua (1982-1990)-, habiendo cobrado cientos de miles de vidas locales.
Si bien no fue escenario de guerras como las de sus tres vecinos, Honduras estuvo, entonces, bajo represivos y corruptos regímenes de facto.
Esos contextos bélicos internos, generaron masiva migración indocumentada
-en proporción considerable, jóvenes en edad de reclutamiento militar-, hacia Estados Unidos -en procura de paz y oportunidades, buscando el utópico “sueño americano”-.
En el caso del Triángulo Norte, quienes huían de esa violencia -personas, por lo general, en situación de vulnerabilidad socioeconómica-, llegaron principalmente a la occidental y costera ciudad de Los Angeles.
En cambio, la migración nicaragüense de ese momento -mayoritariamente, de clase socioeconómica alta, opositores al gobierno revolucionario sandinista (1979-1990)-, se dirigió a la sudoriental ciudad de Miami.
Al establecerse en Los Angeles, los jóvenes encontraron que pandillas nacionales
-integradas por inmigrantes de variadas nacionalidades, incluidos mexicanos-, habían dividido territorialmente, la ciudad, marcando zonas de dominio -las que, respectivamente, defendían con armas-.
Los centroamericanos se vieron, así -por razones de seguridad, lo mismo que de identidad cultural-, en necesidad de establecer sus propios sectores de influencia -y a custodiarlos, también, violentamente-.
Fue el nacimiento de las maras -originalmente, la 18 (M18) y la Salvatrucha (MS)-.
El tenaz accionar del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (US Immigration and Customs Enforcement, ICE), causó la reiterada y masiva deportación, entre otros, de numerosos centroamericanos, a sus respectivos países de origen.
Ello generó el establecimiento, en el Triángulo Norte, de las maras angelinas -ahora nacionalizadas, en los tres países, también como M18 y MS-.
Transcurridas las algo más de cuatro décadas desde la huida inicial hacia Estados Unidos, las que, en su origen, fueron pandillas juveniles callejeras, se multiplicaron en una miríada de organizaciones delictivas similares -totalizando cientos de miles de integrantes en los tres escenarios nacionales-.
Varios de esos grupos delictivos -empezando por la M18 y la MS-, se metamorfosearon en fuertes estructuras de crimen organizado -dedicadas a actividades tales como narcotráfico, sicariato, tráfico de personas, cruel reclutamiento de jóvenes-, enfrentadas -lo mismo con las fuerzas de seguridad locales, que entre sí- en conflictos que convirtieron, al Triángulo, en una de las regiones más inseguras a nivel mundial.
En Guatemala, el ejército ha reclutado mareros -enfocándose en los de naturaleza altamente violenta-, para incorporarlos a sus filas, asimilándolos a criminales grupos paramilitares para, entre otras actividades ilegales, cometer asesinatos políticos.
En ese sentido, es paradigmático el brutal caso de la antropóloga guatemalteca Myrna Mack, asesinada, en 1990 por un marero, reclutado para el militar Estado Mayor Presidencial, quien la apuñaló 21 veces.
La territorialidad, la violencia, la capacidad de acción, el arsenal de guerra han convertido, a las pandillas, en amenazas no solamente sociales -contra la población de cada país- sino para la seguridad nacional.
Las iniciativas gubernamentales, implementadas en diferentes países, para contrarrestar ese fenómeno delincuencial, han resultado, durante décadas, ineficaces, ya que, equivocadamente, priorizaron la represión militar y policial, como solución -lo que, en todos los casos, agudizó, dramáticamente, los indicadores de inseguridad-.
Valiéndose de esa realidad en El Salvador, Bukele impuso, en marzo de 2022, a través de la mayoría oficialista en la Asamblea Legislativa -parlamento unicameral-, el Régimen de Excepción, por cuya vía, ha encarcelado a más de 70 mil mareros.
La medida -que viene siendo puntualmente prorrogada, cada mes, por los diputados bukelistas-, se ha constituido en el instrumento mediante el cual el presidente viola, impunemente, los derechos humanos, consolidando la naturaleza dictatorial y corrupta de su gobierno.
El régimen atenta contra garantías constitucionales, en términos generales, además de que irrespeta los derechos de los reclusos -algo que incluye, además de detención arbitraria, tortura, eliminación del debido proceso judicial, desapariciones forzadas, fallecimiento de más de un centenar de personas bajo custodia estatal-, según ha denunciado la no gubernamental Amnistía Internacional (AI).
La guerra antimaras ha incluido la construcción de una megaprisión de máxima seguridad, destinada a alojar, únicamente, a pandilleros -terroristas, como Bukele los define- detenidos: el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot).
Los reclusos son mantenidos, en general, esposados, vistiendo solamente calzoncillos blancos, durante largos períodos, hincados, sin espacio entre sí, cada uno con la frente apoyada sobre la espalda del preso inmediatamente adelante, amenazantemente rodeados por efectivos de seguridad equipados con armas automáticas de alto calibre.
Ahora, en el contexto de la criminal agresión militar contra la población palestina de la Franja de Gaza, el sanguinario y corrupto dictador israelí, Benjamin Netanyahu, ha rescatado algunos de los peores componentes de los regímenes pinochetista y bukelista, para tratar, como si fuesen delincuentes, a los presos políticos palestinos.
De acuerdo con versiones periodísticas internacionales, los prisioneros, en el estadio palestino, incluyen, además de hombres, a numerosas mujeres, lo mismo que a niños -entre ellos, bebés-.
Imágenes -fotografías y videos- viralizadas en redes sociales, muestran, entre otras escenas, a centenares de hombres, con las manos amarradas hacia atrás, vistiendo únicamente calzoncillos, sentados o hincados sobre el suelo, o de pie, descalzos y con los brazos y la manos extendidos hacia arriba.
Los presos políticos, son rigurosamente vigilados por efectivos de las invasoras y criminales Fuerzas de Defensa de Israel (Israel Defense Forces, IDF), fuertemente armados, desplazándose, autoritarios, entre los prisioneros, a lo que se suma el reiterado paso, por el área donde están los prisioneros, de intimidantes tanques de guerra y otros vehículos militares de combate.
El enfrentamiento bélico -estallado el 7 de octubre, es decir, hace casi tres meses- enfrenta, visible y brutalmente, al régimen israelí contra el movimiento político-militar palestino Harakat al-Muqawama al-Islamiya -transliteración del árabe que significa Movimiento de Resistencia Islámica- (Hamas).
Los actores en el campo de batalla que es la palestina Franja de Gaza, son las IDF -que mantienen la ocupación, y la constante agresión-, y las Brigadas Izz ad-Din al-Qassam (Izz ad-Din al-Qassam Brigades, IQB) -la estructura militar de Hamas-.
Las IQB llevan el nombre del predicador musulmán sirio Izz al-Din al-Qassam (1882-1935), un histórico líder nacionalista árabe quien murió en combate, en territorio palestino, contra efectivos militares del Reino Unidos -entonces la potencia administradora de Palestina, más de una década antes de la creación, por Naciones Unidas, en Palestina, de un Estado judío (Israel) y un Estado árabe (Palestina)-.
La occidental Franja de Gaza -también conocida como Gaza, y fronteriza con Israel y Egipto-, y la oriental Cisjordania -mencionada, asimismo, como la Margen Occidental (West Bank), limítrofe con Israel y Jordania-, constituyen -separadas por territorio israelí-, el Estado de Palestina.
Cisjordania, establecida sobre 5,640 kilómetros cuadrados -con algo menos de 3.2 millones de habitantes-, es el área mayor, mientras Gaza cubre 365 kilómetros cuadrados -y su población es de poco más de 2.1 millones, desplazada, en un noventa por ciento, por la guerra-.
Bordeada, en el oeste, por el Mar Mediterráneo, Gaza -gobernada, desde 2007, por Hamas- es una de la zonas más densamente pobladas, a nivel mundial, a lo que se suma el hecho de que, a causa del inmisericorde bloqueo impuesto, ese año, por Israel, la aislada franja presenta algunos de los más críticos índices socioeconómicos.
Ambas extensiones territoriales están bajo ocupación por parte de las IDF -Gaza, en el contexto de la presente guerra, completamente, y Cisjordania, hace décadas, en más de 90 por ciento-.
El guerrerismo del régimen de Netanyahu, es constantemente reafirmado por funcionarios civiles y militares israelíes.
En una de las más recientes declaraciones, citado, el 26 de diciembre, por el diario The Times of Israel -medio de comunicación publicado en inglés-, el jefe del Estado Mayor de las IDF, el teniente general Herzi Halevi, reiteró -tal como la hecho, recurrentemente, Netanyahu-, que la guerra contra Hamas es a largo plazo.
“Esta guerra tiene objetivos necesarios y difíciles de lograr, tiene lugar en territorio complejo”, aseveró, a manera de justificación, para, inmediatamente, decir que “es por eso que la guerra continuará por muchos meses más”.
“Y trabajaremos con diferentes métodos, de modo que el logro será mantenido durante largo tiempo”, agregó, a continuación.
“No hay soluciones mágicas, ni hay atajos en el exhaustivo desmantelamiento de una organización terrorista: solamente pelea terca y decidida, y nosotros estamos muy, muy decididos”, siguió planteando, en modo de amenaza.
“Desde el inicio, evaluamos que tomaría mucho meses, y creemos que nuestras evaluaciones son precisas”, reveló, además de indicar que, “por lo tanto, la escala de tiempo será prolongada”.
Camuflada como el ejercicio del derecho a la defensa tras un ataque terrorista, la limpieza étnica que Israel está perpetrando, en la Franja, es flagrante, como lo es su no declarado objetivo ulterior: anexar Gaza.
Al inicio de la actual guerra Israel-Hamas, el régimen de Netanyahu, ordenó, a la población de la norteña ciudad de Gaza -la capital de la Franja-, que se desplazara, desde el norte de la zona -limítrofe con Israel- hacia el sur -fronterizo con Egipto-.
Ello, a causa de que la ofensiva estaba concentrada en esa ciudad -descrita como bastión de la agrupación palestina-.
Pero, poco después, las IDF empezaron a bombardear -siempre, desde aire, mar, y tierra- también el sur, además que tropas israelíes incursionaron en el área -situación que persiste, lo mismo que en el resto de ese territorio-.
Ello significa que, para los palestinos en Gaza -o sea, en su país-, no tienen un lugar seguro donde protegerse.







