Trump materializa amenaza, denuncia inexistente fraude electoral

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George Rodríguez/Foto-Medios

Apenas iniciado el miércoles 4, aproximadamente dos horas después de la medianoche

-hora estadounidense del este-, Donald Trump volvió a usar la Casa Blanca para una actividad partidista republicana: hizo efectiva su reiterada amenaza, al denunciar, sin prueba alguna-porque no la hay- fraude electoral.

No conforme con esa temeridad -desestabilizadora de la institucionalidad de Estados Unidos-, agregó riesgo a la arbitraria afirmación: se declaró ganador de la votación presidencial.

Y, por si las dos temeridades anteriores no hubiesen sido más que suficientes, afirmó que el conteo de votos -en marcha desde temprano la noche del martes 3- debía terminar.

En una declaración de algo más de ocho minutos -desbordando autoritarismo manipulador, de corte dictatorial-, aseveró, que “ellos” (un vago y ambiguo “they”) le robaron la elección que él ganó.

Mientras hablaba, los resultados de la jornada cívica se mostraban extremadamente ajustados, dejando la elección presidencial, aún, en el aire.

En ese momento, el demócrata Joe Biden lo aventajaba, en el volumen de votos electorales, con deferencia de apenas siete -220 a 213-.

Según el caótico sistema electoral estadounidense, los votos logrados en el Colegio Electoral-no los sufragios de la elección popular, obviamente la verdadera- son los que determinan quién llega a la Casa Blanca.

Esos votos son obtenidos según los sufragios populares que cada candidato reúne en los diferentes estados, de modo que, el aspirante presidencial ganador en un estado, recibe los votos electorales correspondientes.

Para ganar la presidencia, son necesarios, como mínimo, 270 de los 538 votos en juego en el Colegio Electoral.

Horas antes de su dictatorial mensaje en la Casa Blanca, Trump tuiteó la amenaza que repitió, hasta el cansancio, durante la campaña proselitista.

“Estamos arriba en grande, pero ellos están tratando de ROBAR la Elección”, escribió, para agregar que, “nunca les permitiremos que lo hagan”.

“Los votos no pueden emitirse después de que los Centros cierran!”, afirmó, a continuación, en alusión a los sitios receptores de sufragios.

Además de evidenciar, por enésima vez, su autoritarismo, Trump demostró, también por enésima vez, su limitación intelectual y su deficiente conocimiento del idioma, ya que, al referirse a los centros de sufragio, quiso usar la palabra inglesa “polls” -que, indistintamente, significa “voto”, o “votación”, o “centro receptor de sufragios”-, pero escribió -mayúscula incluida- “Poles”, que se pronuncia igual -pero significa, entre otras acepciones, “polo”, o “poste”, o, con mayúscula inicial, “polaco”-.

Es sabido que el limitado vocabulario del presidente es propio de tuits, pero aun al redactar uno, manifestó su monumental ignorancia.

Ese mensaje de Trump fue, sobria -aunque contundentemente-, respondido por su rival demócrata y ex vicepresidente (2009-2013, 2013-2019) de estados Unidos, Joe Biden: “declarar el ganador de esta elección no es mi lugar ni es el lugar de Donald Trump”.

Y puntualizó, con la autoridad moral de la que Trump carece: “es el lugar de los votantes”.

Sin aceptar la dinámica del conteo de votos en cada uno de los cincuenta estados -más Washington Distrito de Columbia, la capital nacional-, Trump arremetió contra algo tan natural como las tendencias, que pueden cambiar -algo que está ocurriendo desde el inicio del conteo- a medida que avanza la contabilización.

De esa manera, algunos estados que, inicialmente, parecieron escenarios de triunfo demócrata, resultaron, en triunfo republicano.

Lo mismo ocurrió, en sentido opuesto, por ejemplo en los importantes sureños estados de Florida y Texas, respectivamente, con 29 y 30 votos electorales, donde, durante algunas horas, Biden era el ganador, pero Trump fue quien se llevó el triunfo.

Horas, después de tuitear, y nuevamente convirtiendo a la Casa Blanca -propiedad del Estado- en sede del Partido Republicano-, Trump volvió a arremeter contra “ellos”, y continuó con su tenaz debilitamiento de la institucionalidad estadounidense -en este caso, el proceso electoral-, proceso en el que se embarcó hace casi cuatro años.

“Quiero agradecer, al pueblo estadounidense, por su tremendo apoyo: millones y millones de personas votaron por nosotros, esta noche”, comenzó diciendo.

“Y, un muy triste grupo de personas está tratando de privar, a ese grupo de personas, de su derecho al voto”, afirmó, a continuación, demostrando deficiente dominio de sintaxis, aunque aclamado por el reducido grupo de simpatizantes, en un acto político violatorio de las elementales medidas sanitarias antipandémicas -nadie usó mascarillas, nadie mantuvo el necesario distanciamiento social-.

“Y no lo permitiremos, no lo permitiremos”, agregó.

“Estábamos preparándonos para una gran celebración, estábamos ganando todo, y, de pronto, todo estuvo mal”, siguió en su difamatorio discurso, con gestos faciales y corporales como de sorpresa.

Luego de enumerar los estados en los cuales, supuestamente, “ganamos” -aunque el conteo de votos, en la mayoría, no había terminado sino que continuaría por la mañana-, pero “ellos ni siquiera lo incluyen en las tabulaciones”, cumplió su reiterada amenaza de campaña, y dejó caer la esperada bomba.

“Esto, es un fraude contra el público estadounidense”, acusó.

“Esto, es una vergüenza para nuestro país”, continuó afirmado.

“Estábamos preparándonos para ganar esta elección”, dijo, y, tras una brevísima pausa, agregó: “francamente, ganamos esta elección”.

“Entonces, nuestro objetivo, ahora, es asegurar la integridad, por el bien de esta nación”, planteó, a continuación, sin explicar a qué integridad se refería, y aseguró que “este es un momento muy grande”.

“Esto, es un gran fraude contra nuestra nación”, insistió.

“Queremos que la ley sea usada de manera adecuada, por lo que iremos a la Corte Suprema de Estados Unidos”, porque “queremos que toda la votación se detenga, no queremos que ellos encuentren ninguna boleta electoral a las cuatro de la mañana, y las agreguen a la lista, ok?”, persistió en acusar sin fundamento alguno.

“Es un momento muy triste, quiero decir, es un momento muy triste, y vamos a ganar esto, y, en lo que a mí respecta, ya hemos ganado”, reafirmó.

Finalizada su diatriba, invitó al actual vicepresidente -y su compañero de fórmula electoral-, a dirigirse a los fanáticos presentes, quien reiteradamente interrumpieron a Trump, con gritos de aprobación, y aplausos.

Apegado a su estilo más moderado, Pence, también ultraderechista, avaló, implícitamente, la acusación de fraude, aunque formuló una velada discrepancia con su jefe, en cuanto a la contabilidad de los sufragios.

“A medida que los votos continúan siendo contados, vamos a mantenernos vigilantes, como dijo el presidente”, expresó.

“El derecho a votar ha estado en el centro de nuestra democracia, desde la fundación de esta nación, y vamos a proteger la integridad del voto”, agregó, para expresar la seguridad del triunfo electoral republicano.

Unas horas antes de que Trump lanzara formalmente su insostenible teoría conspirativa de fraude electoral en su contra, Biden -usando mascarilla- expresó, en un mensaje a un grupo de simpatizantes en la ciudad de Wilmington, en el nororiental y costero estado de Delaware, confianza en el triunfo demócrata.

“Creo que estamos encaminados a ganar esta elección”, dijo, en marcado contraste con el autoritarismo manipulador de su adversario.

“Soy optimista, respecto a este resultado”, agregó, sonriendo y acompañado por su esposa, Jill Jacobs, en un modesto escenario al aire libre.

“Mantengan la fe, gente! Vamos a ganar esto!”, expresó.

Un día después de la jornada electoral, el conteo de votos populares avanzaba lentamente, habiendo asignado, por la tarde, 227 votos electorales, a Biden, frente a 213 logrados por Trump.

El objetivo, para llegar a la Casa Blanca es, como cifra mínima, 270 de los 538 votos del Colegio Electoral.

 

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