Netanyahu y el criminal trabajo sucio del imperialismo sionista, un caso perfecto para la justicia mundial

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En la asesina continuación de la brutal embestida militar contra la palestina Franja de Gaza, el belicista israelí Benjamin Netanyahu se guía por la nefasta combinación de corrupta desesperación personal, y obcecación geopolítica del imperialismo sionista.

A nivel personal/politiquero, en su mediocre razonar como el delincuente que es, el otra vez primer ministro -crecientemente repudiado, nacional y globalmente-, considera que la guerra es el escudo que lo blinda contra las acusaciones penales que tiene pendientes, en Israel, por haber incurrido en corrupción -aceptación de sobornos, fraude, abuso de confianza-.

Pero, además de turbio político, Netanyahu es un paladín de la racista, xenofóbica, saqueadora conceptualización geopolítica que el imperialismo sionista maneja, históricamente, respecto a Palestina y el área circundante.

Se trata de lo que el sionismo denomina la Gran Israel (the Greater Israel, y, en hebreo, Erezt Yisrael Hashlema).

Como parte del plan por establecer ese escenario en Oriente Medio, Netanyahu lanzó, el 7 de octubre, la segunda -e infinitamente más genocida- Nakba (Catástrofe, en árabe).

La primera, en 1948, desencadenada luego de que David Ben Gurion proclamó, unilateralmente, la independencia de Israel -sin dar tiempo a la proclamación de la independencia palestina-, fue brutal, pero no expulsó, ni aniquiló, a la totalidad del pueblo árabe palestino -ahí están las militarmente ocupadas/agredidas Franja de Gaza y Cisjordania-.

De modo que, 75 años después, Netanyahu se ha dado a la oportunista y criminal tarea de terminar ese trabajo sucio, mascarando a la población de Gaza, en una flagrante operación genocida de limpieza étnica, para anexar, a Israel, ese territorio árabe -y, después, Cisjordania, y, después, territorios de países vecinos-.

En un intento por justificar lo injustificable, Netanyahu, el guerrerista jefe del ultraderechista partido político Likud (La Consolidación, en hebreo), implementó la flagrante bandera falsa del ataque palestino lanzado, “sorpresivamente”, el 7 de octubre de 2023, por Hamas.

Esa criminal fabricación significó el asesinato, en territorio israelí, de algo más de mil judíos, y el secuestro de otros aproximadamente 200 -israelíes y de otras nacionalidades-, quienes no fueron más que prescindible daño colateral en aras de los turbios objetivos mayores sionistas.

En la limítrofe y palestina Franja de Gaza, el autoproclamado derecho del régimen israelí a defenderse -a través de las criminales Fuerzas de Defensa de Israel (Israel Defense Forces, IDF)-, ha significado, desde entonces -y al momento de redacción de esta nota-, el asesinato de algo más de 32 mil palestinos -la mayoría, niños y mujeres-, cientos de miles de heridos, la destrucción física de infraestructura edilicia -principalmente hospitales-, el arrasamiento de ciudades, el bloqueo al ingreso de ayuda humanitaria de emergencia -alimentos, medicinas, combustible-.

Alguna cifras -en constante ascenso- derivadas de monitoreos internacionales, se constituyen en demoledores referentes del genocidio que tiene lugar en Gaza:

AFP) (Photo by MAHMUD HAMS/AFP via Getty Images)

-la Agence France Presse (AFP) ha calculado que las víctimas fatales judías registradas el 7 de octubre, en territorio israelí, fueron aproximadamente 1,100.

-de acuerdo con números que su colega truca Andalou Agency (AA) dio a conocer, el 24 de febrero -cuatro meses después de iniciada la ininterrumpida masacre en Gaza-, solamente a esa fecha, el número de niños y mujeres asesinados por las IDF -respectivamente 12,660, y 8,570- ya era “seis veces más alto que (en) la guerra Rusia-Ucrania” -estallada hace algo más de dos años-.

Si bien las situaciones bélicas suelen generar unidad nacional -de simpatizantes y opositores- en apoyo a los gobiernos de que se trate, esos contextos también pueden ser puntos de inflexión para la caída de regímenes dictatoriales.

Fue, exactamente lo que ocurrió en Argentina, a raíz la breve guerra en la Islas Malvinas (2 de abril a 14 de junio de 1982), confrontación que -como no podía ser de otra manera- fue estrepitosamente perdida por la criminal y corrupta dictadura militar (1976-1983)
-específicamente, por el tirano de turno: el alcohólico general Leopoldo Galtieri (1981-1982)-.

En el caso de Netanyahu, su regreso, en 2022, como primer ministro, generó masivas manifestaciones de oposición, no obstante lo cual, logró hacerse elegir nuevamente.

Las protestas se originaron, entre otras razones, en los cargos de corrupción, y en el impulso que Netanyahu dio a legislación para debilitar al Poder Judicial, con la intención de trasferir algunas facultades, a la Knesset (en hebreo: reunión, o asamblea) -parlamento unicameral-, y, así, sabotear los procesos penales que enfrenta -los que, como todo corrupto que se precie de tal, califica de “persecución política”-.

Al respecto, en declaraciones que formuló, en 2018, a The Times of Israel (ToI) -periódico israelí publicado en inglés-, el jurista local Mordechai Kremnitzer advirtió que “la Knesset puede darle inmunidad si es persuadida de que (Netanyahu) es víctima de una vendetta, como él cree que es el caso”.

El entonces fiscal general de Israel (2016-2022), Avichai Mandelblit, formalizó, en 2019, los cargos contra Netanyahu.

Desde entonces, el acusado sostiene que no ha cometido ningún delito, y que el caso -no obstante la exhaustiva documentación sobre la cual fue construido-, no es sino un intento por, inicialmente impedir su nueva elección como primer ministro, y, a partir de su regreso, por hacer que renuncie.

La extensa y exhaustivamente documentada acusación que Mandelblit produjo, contenida en aproximadamente 80 páginas, fue estructurada en tres casos: todos, por los delitos de fraude y abuso de la confianza, y uno de ellos, además, por soborno.

Según Netanyahu, se trata de una cacería de brujas impulsada por la oposición política, los medios de comunicación, la fuerza policial, y la fiscalía general -es como oír a Trump, a JOH, a Martinelli, para mencionar a apenas algunos-.

Los casos fueron identificados, respectivamente, como Caso 1000, Caso 2000, y Caso 4000, de acuerdo con el contenido del texto elaborado por el fiscal general.

El primero se refiere a acusaciones de que Netanyahu -lo mismo que su esposa, Sara Netanyahu- recibió regalos -incluyendo dinero, joyas- y otros beneficios, a cambio de ejecutar favores.

El segundo se apoya en acusaciones de que Netanyahu acordó, con el empresario Arnon Mozez, director del diario israelí Yedioth Ahronoth, debilitar a un medio de comunicación que le hacía competencia, a cambio de cobertura periodística, del primero, favorable al primer ministro.

El tercero se centra en acusaciones que también incluyen de soborno -equivalente a millones de dólares- en beneficio de un empresario de telecomunicaciones, también a cambio de cobertura periodística favorable a Netanyahu, en este caso, por la plataforma de noticias Walla.

Según los cálculos incluidos en el documento firmado por Mandelblit, los regalos recibidos por el matrimonio Netanyahu tienen valor global de 707,147 shekels (unos 192,102 dólares).

Al dar a conocer, el 16 de mayo de 2019, la versión en inglés, de los cargos formalizados contra Netanyahu -redactados, en la versión original, en hebreo-, ToI informó que, probablemente, haya más.

“Nuevas sospechas han surgido también respecto a posible conflicto de interés relacionado con negocios no declarados posiblemente vinculados con un astillero alemán al que Israel compra submarinos”, según la versión periodística.

“Las adquisiciones fueron investigadas en el llamado Caso 3000, y varias personas allegadas a Netanyahu están, al parecer, incriminadas, pero el primer ministro no es sospechoso” en este caso, indicó el medio de comunicación.

No lo es, hasta que -probablemente- lo sea.

Al igual que ocurrió a raíz de la guerra que los dictadores militares argentinos humillantemente perdieron en las Malvinas, el genocidio que el belicista primer ministro mantiene en Gaza, ha viralizado las protestas, multitudinarias en algunos casos -en Israel, lo mismo que en diferentes países a nivel mundial-.

La brutalidad del ataque lanzado velozmente, la mañana del 7 de octubre, por Hamas, en territorio israelí junto a la frontera con la Franja de Gaza, fue respondida, en flagrante desproporción, por el régimen de Netanyahu, con el genocidio que las IDF están perpetrando, desde entonces, en ese territorio palestino.

De acuerdo con recientes datos provisionales del Ministerio de Salud de Gaza, difundidos el 17 de marzo mediante versiones periodísticas, la operación limpieza de las IDF ha cobrado la vida a aproximadamente 32 mil palestinos -alrededor de la mitad, mujeres y niños-, y heridas a más de 73 mil.

Según cifras, igualmente provisionales, del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (United Nations Children’s Fund, Unicef), también citadas por medios en la misma fecha, el total de víctimas fatales incluye a unos 13 mil niños.

La guerra de exterminio lanzada por el régimen de Netanyahu trasciende lo militar, ya que incluye la hambruna convertida en arma de destrucción masiva, situación que resulta del criminal bloqueo terrestre y marítimo que Israel mantiene -con algunos períodos de parcialidad, desde 1991, y, completamente, desde 2023- alrededor de Gaza -y que se ha intensificado en el marco del genocidio actual-.

En un artículo de análisis y opinión que difundieron, el 21 de marzo, en Internet, el economista, investigador, y analista político canadiense Michel Chossudovsky, y el docente universitario israelí, defensor de los derechos humanos, y sobreviviente del holocausto (genocidio de judíos europeos, de 1941 1945, por el régimen nazi alemán), Israel Shahak, abordaron, precisamente, el componente imperialista sionista del genocidio que Netanyahu está perpetrando en Gaza.

“Benjamin Netanyahu está presionando para formalizar ‘el proyecto colonial de Israel’, específicamente la apropiación de todas las Tierras Palestinas”, señalaron, en el extenso artículo titulado “‘Gran Israel’ entonces y ahora: el plan sionista para el Oriente Medio” (“‘Greater Israel’ Then and Now: The Zionist Plan for the Middle East”).

“Su posición, definida más abajo, consiste en la total apropiación, además de la directa expulsión, del pueblo palestino, de su patria”, plantearon.

A continuación, citaron al primer ministro israelí: “estas son las líneas básicas del gobierno nacional encabezado por mí: el pueblo judío tiene exclusivo e incuestionable derecho a todas las áreas de la Tierra de Israel” -o sea: Eretz Yisrael, o sea: Gran Israel-.

De acuerdo con la misma cita textual, Netanyahu aseveró, en calidad de flagrante amenaza a ser cumplida, que “el gobierno promoverá y desarrollará asentamientos en todas las partes de la Tierra de Israel -Galilea, el Neguev, el Golán, Judea, y Samaria-”.

Ello significa la toma de algunas áreas de los territorios, respectivamente, de Arabia Saudita, Egipto, Irak, Siria, y la totalidad territorial, respectivamente, de Israel, Jordania, Líbano, y Palestina.

Chossudovsky y Shahak incluyeron, en el análisis, el siguiente mapa de la Gran Israel -en el centro, en letras verdes y moradas, se lee: “Fronteras de la Gran Israel” (“Greater Israel’s Borders”)-:En otro texto -ilustrado con el mismo mapa-, elaborado el 19 de setiembre de 2023, y actualizado el 8 de octubre -un día después del ataque de Hamás, y del inicio del genocidio de las IDF en Gaza-, Chossudovsky explicó que “el proyecto sionista (de Gran Israel) ha apoyado al movimiento colonizador judío (en territorio palestino)”.

“Más ampliamente, implica una política de exclusión, de palestinos, de Palestina, conduciendo a la anexión, tanto de Cisjordania como de Gaza, al Estado de Israel”, agregó.

Eso es impulsado por “poderosas facciones sionistas dentro del actual gobierno de Netanyahu, del partido Likud, así como dentro del establishment militar y de inteligencia israelí”, explicó, a manera de advertencia.

Netanyahu y su “gabinete de guerra”, lo mismo que los genocidas de la IDF en el terreno en Gaza, tienen que, indefectiblemente, ser sometidos a la justicia internacional, para que den cuenta, pormenorizada, de las atrocidades que están perpetrando, en territorio palestino, como responsables ya sea intelectuales o materiales -o ambos-.

Como integrante (1967-1973) -con grado de séren (capitán)- de las criminales IDF, el primer ministro peleó para el imperialismo sionista.

Se desempeñó como integrante del Cuartel General de las IDF (General Staff IDF, cuya sigla, en hebreo es Matkal), específicamente, en la Unidad de Reconocimiento (Reconnaissance Unit, denominada en hebreo Sayeret Matkal), considerada como una unidad de fuerzas especiales de élite.

Seguramente, así fue como inició su profuso récord como criminal de guerra.

A iniciativa de Sudáfrica, la Corte Internacional de Justicia ordenó -en el mejor de los casos, ingenuamente-, a Israel, abstenerse de cometer genocidio en Gaza -algo que, flagrantemente, está perpetrando-.

Hay que ver si la Corte Penal Internacional toma el brutal caso.

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