La cancha se extiende a la vida real: cuando convergen derechos humanos y fútbol

0
581

El deporte es, en esencia, una expresión humana -por lo tanto, un derecho humano-.

Las ampliamente variadas disciplinas deportivas son ámbitos de irrestricta libertad -lo mismo personal que colectiva-, en las cuales, quienes participan -individual o grupalmente-, actúan sin más limitación que su respectiva capacidad.

De modo que cualquier violación a las garantías fundamentales tiene eco, por natural extensión, en aquella área de la realización humana.

Y el fútbol, como histórica pasión colectiva de millones en el planeta, no es la excepción.

Si bien diferentes regímenes dictatoriales suelen lucrar, tanto monetaria como políticamente, del ancestral “deporte rey”, el factor humano -como componente esencial de los equipos-, da sorpresas deportivas -en la cancha- y de dignidad -en la vida real-.

Algunos de los más recientes acontecimientos en ese sentido, tuvieron lugar en el torneo que, por la versión 2022 de la Copa Mundial de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (Fifa), se llevó a cabo, del 20 de noviembre al 18 de diciembre-, en Qatar.

La paradoja/ironía/casualidad es que la competencia se realizó -en ocho estadios- en un país árabe gobernado por un emirato internacionalmente cuestionado por sistemáticas violaciones a las garantías fundamentales -en particular, los derechos de las mujeres-.

Pero estas acciones de dignidad -que tienen lugar principalmente en América y en Europa-, no son nuevas, y van desde el ingreso a la cancha luciendo, encima del uniforme, una camiseta alusiva a alguna causa humanitaria o solidaria, hasta hincarse apoyando una rodilla sobre el césped -en respaldo a algún movimiento, o a alguna víctima, o en protesta contra violaciones a los derechos humanos-.

También incluyen decisiones, de jugadores de equipos nacionales, como, por ejemplo, la de no cantar el himno del país que representan, durante la ceremonia previa al inicio de algún partido internacionales.

En una de las más tempranas acciones de esta naturaleza, el líder negro y religioso, además activista de derechos humanos, Martin Luther King (1929-1968), y otros dirigentes, se hincaron para orar, el 1 de febrero de 1965, en la cuidad de Selma, ubicada en el estado de Alabama, en el Sur Profundo de Estados Unidos -uno de los principales bastiones del racismo en ese país-.

Los líderes -conjuntamente con más de doscientas personas- fueron detenidos por haber participado en una histórica y emblemáticamente multitudinaria manifestación en apoyo al derecho, de la población afroestadounidense, a votar.

Mientras estaban en custodia policial, King y los demás dirigentes se hincaron, para orar, apoyando una rodilla sobre el suelo.

Este gesto ha permeado el ámbito deportivo, con jugadores de equipos de fútbol -lo mismo que de fútbol estadounidense-, habiéndose expresado así, por ejemplo, para protestar contra asesinatos policiales de civiles negros -lo mismo hombres que mujeres-, y, más recientemente, en apoyo al masivo movimiento -estadounidense e internacionalizado- Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan).

Durante su cuestionado ejercicio de la presidencia estadounidense (2017-2021), el racista, xenofóbico, misógino, agresor de género, corrupto republicano Donald Trump, formuló reiteradas -e inevitablemente insultantes- críticas contra ese solidario proceder de numerosos jugadores del fútbol nacional -tanto mujeres como hombres-.

El escenario, ahora, fue Qatar, la casa -desde el 20 de noviembre hasta el 18 de diciembre- del torneo mundial de fútbol masculino 2022.

Entre los antecedentes de dignidad deportiva -y personal- figura, destacadamente, lo ocurrido en 1973, en Chile, algunos meses después del criminal golpe militar perpetrado la mañana del 11 de setiembre.

La selección chilena –“La Roja”- logró, ese año, clasificar al torneo mundial que tendría lugar en junio-julio de 1974, en la entonces República Federal de Alemania, más conocida como Alemania Democrática o Alemania Occidental -para diferenciarla de la República Popular de Alemania, etiquetada como Alemania Oriental, antes de que ambas se reunificasen, en 1990-.

El repechaje que permitió la hazaña, fue, al mismo tiempo, deportivo e ideológico.

El cruento derrocamiento del socialista chileno Salvador “El Chicho” Allende -y la consecuente entronización del tan cobarde cuanto criminal y corrupto Augusto Pinochet- fue condenado por buena parte de los gobiernos a nivel mundial, incluido el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (Urss) -que se sostuvo durante casi siete décadas (1922-1991), hasta que dio lugar a la Federación Rusa-.

Para el partido de ida, llevado a cabo en Moscú, las selecciones soviética y chilena salieron a la cancha, el 21 de setiembre de 1973 -apenas 10 días después del derrocamiento de Allende.

El empate sin goles generó alta expectativa para el juego de vuelta, el 21 de noviembre, en el Estadio Nacional, en Santiago, partido que el equipo local ganó por walkover (en ausencia de su adversario), ya que, en protesta contra el golpe, el conjunto soviético no asistió.

Para obtener los tres puntos necesarios, la selección chilena debía no solamente hacerse presente en la cancha sino marcar, por lo menos, un gol.

El encargado de la victoria fue el mediocampista Francisco “Chamaco” Valdés (1943-2009).

Esa instalación fue, poco después del inusual triunfo, convertida, por la dictadura, en centro de detención y tortura -y asesinato- de miles de opositores al régimen fascista -incluido el cantautor Víctor Jara, quien, al igual que numerosos otros rehenes del régimen, fue brutalmente agredido antes de ser ejecutado, en el campo de juego, para escarmiento de los demás secuestrados-.

Respecto al cruel meakeover ideológico del lugar, medios de comunicación nacionales e internacionales reprodujeron declaraciones de la corrupta y criminal Lucía Hiriart -la despreciable esposa del despreciable Pinochet- quien, en tono de retorcida broma, se dejó decir que era justo reconocer que el dictador tenía “espíritu deportivo”, porque, en lugar de encerrarlos en prisiones, enviaba, a “los comunistas”, al estadio.

Pinochet quiso capitalizar la clasificación de La Roja.

Para ello, organizó una fiesta de despedida, antes del viaje a Moscú.

El equipo completo -jugadores, técnicos- asistió, incluido el delantero Carlos Caszely-entonces, la figura principal del conjunto, y uno de los máximos goleadores chilenos-.

Caszely fue simpatizante de Allende, y fue opositor a la sanguinaria dictadura, lo que significó que, para no verse como persiguiendo a una popular figura deportiva, el régimen optó -como suele ocurrir bajo dictaduras- por golpearlo de otra manera -también brutal, además de cobarde-: detuvo -y, obviamente, torturó- a su madre.

En un momento de la despedida a la selección, Pinochet empezó, mediante apretón de manos, a saludar a cada integrante del equipo.

Frente a frente con el dictador, firmemente de pie, Caszely puso sus manos hacia atrás, y, mirando hacia otro lado, ignoró al tirano.

Un flashback (retrospectiva) personal -no mediático, aunque pertinente-.

Por ese tiempo -al final de 1973- Pinochet premió a uno de los serviles seudoperiodistas que, a diferencia de mis colegas dignos -y por lo tanto inmisericordemente perseguidos-, eran venales propagandistas del mediocre tirano y de la sanguinaria/corrupta dictadura.

En una destacada foto publicada por el diario El Mercurio, Pinochet aparece condecorando a Raúl Duque, quien se desempeñaba como corresponsal, en Chile, de la Agencia Latinoamericana de Información (Latín) -la entonces subsidiaria regional de la histórica agencia informativa británica Reuters-.

Enviada por Duque, a la sala de redacción central de Latin -en Buenos Aires-, la imagen fue colocada en un tablero de anuncios que colgaba de una de las paredes de la instalación.

Días después, en uso de vacaciones, Duque llegó, de visita, a la sala de redacción.

Acompañado por uno de los directores de la agencia, y orgulloso del patético reconocimiento dictatorial, empezó a saludar -también con apretón de manos- a los periodistas quienes en ese momento nos hallábamos alrededor de la larga mesa de redacción.

Cuando llegaron junto a mí, y el director intentó presentarnos -fue la única vez que he visto, en persona, a ese despreciable sujeto-, me levanté, sin siquiera mirarlo, y salí del lugar.

Retomando esta nota.

Décadas después, y en un nuevo siglo, otro mundial de fútbol fue espacio para el repudio a las violaciones a los derechos humanos -incluidas las garantías de los miles de trabajadores, mayoritariamente inmigrantes, quienes construyeron, bajo condiciones de feudal explotación, los estadios sede, que tanto maravillaron al mundo-.

El camino hacia Qatar -un emirato misógino y homofóbico, violador de los derechos humanos, en general- ha sido espacio y momento para algunos hitos de decencia que permiten mantener algo de fe en la humanidad.

En la ruta rumbo a Qatar 2022 -entre las más recientes expresiones deportivas puntuales en defensa de los derechos humanos-, integrantes de varios equipos de fútbol participantes en los juegos olímpicos llevados a cabo en 2021 en Japón, se hincaron sobre el césped.

Los primeros en hacerlo, fueron los integrantes del equipo anfitrión -Los Samuráis Azules-.

En el instante en que el árbitro del partido entre esa selección y la escuadra nacional de Chile pitó el inicio de las acciones, los jugadores del conjunto asiático se apoyaron sobre una rodilla, para protestar contra el racismo.

Al ver la acción, sus rivales, llegados desde la lejana Sudamérica andina -el equipo del antipinochetista Caszely-, hicieron, de inmediato, lo mismo.

Horas después, en los minutos que antecedieron al inicio del juego -en la etapa final del fútbol femenino olímpico-, australianas y neozelandesas entrelazaron brazos, y sostuvieron la tricolor Bandera Aborigen de Australia, en protesta antirracista.

La población aborigen -integrantes de las Primeras Naciones Australianas (Australian First Nations)- ha sido, históricamente, discriminada, desde la colonización británica (1788-1850).

El símbolo -diseñado, en 1971, por el artista aborigen Harlod “Bundoo” Thomas, y oficializado, en 1995, como una de las banderas australianas- se divide, horizontalmente, en dos mitades-negra, superior, y roja, inferior-, con un amplio punto amarillo, en el centro.

El negro, representa al pueblo aborigen, al tiempo que el rojo, simboliza la tierra lo mismo que la sangre de ese pueblo, mientras que el amarillo, denota el sol.

En materia de manifestaciones solidarias y concientizadoras, el torneo mundial recién llevado a cabo en Qatar, no es la excepción.

En tal contexto, la selección alemana –“Nationalelf” (Nacional Once), también “Die Mannschaft” (El Equipo), entre otros apodos- fue una de las primeras en expresarse contra la diversofobia.

A raíz de que la Federación Internacional de Fútbol Asociación (Fifa) -organizadora de los campeonatos mundiales- prohibió el uso -anunciado por varios equipos nacionales, incluido el de Alemania- de brazaletes con los colores de la universal bandera de la comunidad sexualmente diversa, los jugadores de ese país europeo posaron, para una foto previa a su primer partido, cubriéndose, con una mano, la boca.

El gesto constituyó una protesta contra la medida que el grupo consideró como una mordaza, mediante cuya imposición la Fifa violó el derecho a la libre expresión.

Y, en materia de igualdad de género, el tercero de los tres juegos -en la etapa de grupos- protagonizado por la Nationalelf -frente a Costa Rica-, enmarcó un hecho sin precedente en la historia de los campeonatos mundiales de fútbol: tres mujeres arbitraron las acciones -la francesa Stephanie Frappart, como central, asistida por la brasileña Neuza Back, y la mexicana Karen Díaz, respectivamente, en las líneas.

El acontecimiento fue de particular relevancia, ya que esta histórica primera vez tuvo lugar en el contexto de una sociedad patriarcal, ceñida -al igual que en otros países gobernados por misóginas teocracias musulmanas- a arbitrarias interpretaciones de la legislación y las costumbres islámicas.

Y, nuevamente en materia de protestas, en otro hecho significativo, durante la segunda jornada de la competencia mundialista, los integrantes del iraní Team Melli (Equipo Melli) -en persa, idioma oficial de Irán, combinado con inglés: “El Equipo Nacional”- se negaron, durante la ceremonia introductoria al partido con la escuadra inglesa –“The Three Lions” (“Los Tres leones”)-, a cantar el himno de su país de origen.

Ello, en puntual repudio al asesinato policial -en setiembre- de una compatriota, y en apoyo a la desobediencia civil que ese crimen desencadenó -y se mantiene- a nivel nacional.

La insurrección -que ha adquirido características de revolución no armada-, comenzó como inmediata reacción -inicialmente de género- al asesinato, el 16 de setiembre, de Mahsa Amini, de 23 años, tras su detención, en Teherán -la capital nacional-, por efectivos de la represiva Gasht-e Ershad (Policía Guía, o Policía Orientadora) -fuerza de seguridad de control de la fe, popularmente conocida como “policía de la moral” -.

Según la excusa oficial para la detención, la joven violó la estricta Ley sobre Hijab y Castidad, al llevar inadecuadamente puesto el hijab -denominación del velo religioso que cubre la cabeza y los hombros, de quienes lo usan-.

De acuerdo con la versión de los captores, Amini se había colocado descuidadamente el velo -sin que le cubriese, completamente, el cabello-.

La entidad responsable de la aplicación de esa misógina legislación es la Sede para el Ordenamiento del Bien y la Prohibición del Mal -una especie de ministerio de la moralidad-.

La ya exagerada severidad en la aplicación de esa ley fue agudizada, en agosto, por la vía de un decreto emitido por el intensamente cuestionado presidente Iraní, Ebrahim Raisi.

Amini fue brutalmente golpeada, mientras estaba en custodia policial, lo que determinó su traslado a un hospital, donde, poco después, falleció -a causa del maltrato-.

El asesinato viralizó las marchas por parte de mujeres -principalmente jóvenes, incluidas adolescentes-, y con alguna participación de hombres, a nivel nacional.

Las protestas -que se mantienen en decenas de ciudades incluida Teherán- han incluido, como signos más visibles de insurrección de género, la reiterada remoción y quema de hijabs, y el corte de pelo, por parte de numerosas participantes.

En Irán, la dictadura teocrática musulmana impone, mediante represión, su arbitraria interpretación del Corán -libro sagrado cuyo nombre árabe, Qur-ān, significa “recitación”, o “lectura”-, y de las costumbres islámicas -incluida la sharia, su legislación-.

Ello, violando los conceptos coránicos, en particular, y las garantías fundamentales, en general -con particular ensañamiento, los derechos de la discriminada población femenina-.

Números de la oenegé local Iran Human Rights (Derechos Humanos Irán), difundidos, el 19 de noviembre, por el diario saudita Arab News, indican que, desde el inicio de la desobediencia popular, hasta esa fecha, la represión dictatorial antiopositora cobró la vida a, por lo menos, 378 personas -incluidos 47 menores-.

Además, ha generado centenares de detenciones y de ilegítimos procesos judiciales -cifra temporal que, seguramente, aumentará-.

Agudizando aún más la conducta dictatorial de violación a los derechos humanos -incluidos crímenes de lesa humanidad-, numerosos de los ilegales juicios han resultado en fallos condenatorios a pena capital.

Entre los así castigados, figura el futbolista iraní Amir Nasr-Azadani.

Señalado por la dictadura de los ayatolas (máximos sacerdotes) de haber cometido “traición a la patria”, al deportista le fue tipificado, el 12 de diciembre, el fabricado delito de moharebeh –“enemistad con Dios”, o “o hacer la guerra contra Dios”-, que, de acuerdo con lo indicado por IranWire -medio de comunicación iraní con sede en el Reino Unido-, se castiga con ahorcamiento.

Nasr-Azadani, de 26 años, ha alineado en los equipos iraníes Gol-e Rayhan, Rah-Ahan, y Tractor -equipo, el tercero, que, entre sus integrantes, alinea a un latinoamericano: el brasileño Gustavo Vagenin-.

En inmediata reacción de repudio a la medida, la Federation Internationale de Associations de Footballeurs Professionnels (Federación Internacional de Asociaciones de Futbolistas Profesionales, Fifpro), se pronunció, el 12 de diciembre, en una de las más fuertes declaraciones internacionales emitidas sobre el tema.

“FIFPRO está en shock y repugnada por las informaciones de que el futbolista profesional Amir Nasr-Azadani enfrenta ejecución en Irán después de haber apoyado los derechos de las mujeres y la libertad básica en su país”, expresó, en la red social Twitter, la federación, entidad con sede en Holanda -el mayor de los cuatro países que constituyen el Reino de Países Bajos, en el noroeste europeo-.

“Estamos en solidaridad con Amir y llamamos a la inmediata remoción de su castigo”, agregó la entidad -fundada en 1965, en la noroccidental ciudad holandesa de Hoofddorp-, en el viralizado mensaje inmediatamente visto por casi cincuenta mil personas, y retuiteado casi nueve mil veces.

En marcado contraste, al momento de redacción de este artículo, la Fifa mantenía silencio.

Con anterioridad, el futbolista Voria Ghafouri, un ex integrante de la selección nacional mayor iraní, fue detenido por oponerse a la dictadura, de acuerdo con lo informado, el 25 de noviembre, por IranWire -medio de comunicación iraní con sede en el Reino Unido-.

Ghafouri fue arrestado después de haber supuestamente incurrido en el crimen de “insultar a la selección nacional de fútbol”, y “hacer propaganda contra el gobierno”, precisó IranWire, que citó versiones periodísticas generadas en el país asiático.

El jugador se ha expresado contra el régimen, específicamente, respecto, entre otras medidas discriminatoria de género, a la prohibición de que mujeres asistan, a instalaciones deportivas, a presenciar partidos de fútbol masculino.

También ha señalado la necesidad, en general, de que la dictadura ponga fin a la brutal represión contra las manifestaciones opositoras.

Por su parte, Alireza Beiranvand, portero de la selección nacional que participó en la competencia en Qatar, se pronunció, en la red social Instagram, contra las condenas a pena capital impuestas a los manifestantes detenidos, y señaló que es necesario revocarlas.

En tal contexto, dos hombres quienes participaron en algunas de las actuales protestas fueron acusados, igualmente, de haber cometido el delito de moharebeh – “enemistad con Dios”, o “hacer la guerra a Dios”-.

Los asesinados fue ron identificado como, Mohsen Shekari, y el fisicoculturista y luchador profesional Majid Reza Rahnavard, quienes fueron colgados de una grúa, en vía pública, respectivamente el 8 y el 12 de diciembre, en la ciudad de Mashhad -la capital de la nororiental provincia iraní de Razavi Khorasan, limítrofe con Afganistán y con Turkmenistán-.

El retrógrado mensaje pareciera consistir en que la misoginia no admite traiciones -por ejemplo, la de hombres, inadmisiblemente/escandalosamente, apoyando y participando en manifestaciones de mujeres-.

El delito pareciera, en realidad, haber sido el de enemistad con el machismo criminal, y el mensaje implícito pareciera dirigido a la población masculina: el patriarcado teocrático iraní no acepta la afrenta de que hombres participen, inadmisiblemente/escandalosamente, en desobediencias de mujeres-.

Las manifestaciones están apoyando exigencias que van más allá de la eliminación de las leyes tradicionalmente machistas: ahora reclaman mayor libertad, en términos generales, y, sobre todo, la caída de la dictadura.

Así, la consigna inicial de la sublevación -“mujer, vida, libertad!”- dio, gradualmente, espacio a un más amplio/más determinante desahogo liberador: “muerte a la República Islámica!”.

Es un hecho que, cuando la gente deja de temerles, las dictaduras empiezan, inexorablemente, a caer.

Otro flashback personal -también pertinente-.

Durante una conferencia de prensa -en 2001 o 2002- en Tegucigalpa, pregunté, sobre este concepto, al general retirado argentino Martín Balza.

El militar habló al cierre de una capacitación -que dirigió- impartida por Naciones Unidas, para el sector militar hondureño, en materia de sensibilización respecto a los derechos humanos -soñar, todavía, es gratis-.

Como base de apoyo para mi pregunta/afirmación, expuse mi impresión de que, por ejemplo, la dictadura militar argentina (1976-1983) cayó cuando, tras la humillante derrota bélica en las Malvinas -en apenas dos meses y doce días, en 1982-, la gente se sacudió el miedo acumulado -junto con la bronca- durante siete años.

Para mí sorpresa, cuando estaba preparándome para un fuerte choque ideológico de naturaleza civil-militar, Balza -quien participó en esa guerra de defensa de la soberanía argentina- me dio la razón.

Nuevamente, retomando la nota.

La criminalmente misógina dictadura teocrática -instalada, en 1979, en el país del oeste asiático- es encabezada por un ayatola (máximo sacerdote), como líder supremo -la más alta autoridad gubernamental, cuyo rango es superior al presidencial-.

El cargo es, ahora, desempeñado por el ultraconservador ayatola Ali Khamenei-,

El régimen religioso fue constituido luego de que un proceso denominado Revolución Islámica (1978-1979) derrocó al monarca iraní, el sha (rey) Mohammad Reza Pahlavi -quien gobernó desde 1941 hasta 1979-, para instalar en el poder al ayatola Ruhollah Khomeini -quien estaba exiliado en Francia-.

Al parecer, los dictadores teocráticos iraníes comprendieron que están frente a una insurrección no armada -más que a una serie de manifestaciones de mujeres reclamando derechos, y a algunos traidores al machismo quienes las apoyan-, y optaron por implementar brutal escarmiento.

Quizá, en la distorsionada visión con la cual los tiranos suelen percibir la realidad, los ayatolas iraníes creen que, mediante brutalidad medieval, pueden frenar la indetenible voluntad popular.

Es un error de cálculo del que ningún dictador derrocado se ha arrepentido lo suficiente.

Ya hubo un adelanto, para los ayatolas iraníes: su expulsión, el 14 de diciembre, de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de Naciones Unidas -conocida por la sigla Uncsw, que corresponde a su denominación en inglés (United Nations Commission on the Status of Women)-.

Un hecho sin precedente, en las casi ocho décadas desde la creación de ese organismo especializado.

Un recuerdo de que ninguna dictadura es intocable -ni eterna-.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí