ENTRE SUEÑOS Y PALABRAS Un espacio donde no necesitas maleta para viajar

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Foto/Agencias

Tercera entrega
—¡Mira, mamá, mi maestra por tu culpa ya se va!
La exclamación de un niño interrumpió por un instante los preparativos de una ofrenda del Día de Muertos en un jardín de niños. Nadie entendía por qué estaba tan molesto ni a quién intentaba detener. Él, en cambio, parecía tener muy claro lo que estaba sucediendo.
Lo que siguió nos enfrentó a una de esas escenas en las que la mirada infantil nos obliga a detenernos y reconocer que los niños pueden vivir una misma realidad de una manera muy distinta a la nuestra.
Zapatitos
Era finales de octubre y, como cada año, en el jardín de niños se preparaban los detalles para celebrar el Día de Muertos.
Las educadoras, acompañadas por algunas madres de familia, trabajaban afanosamente en el montaje de la ofrenda tradicional. Unas acomodaban los alimentos; otras colocaban los adornos, mientras varios pequeños ayudaban a clasificar las frutas y las semillas.
En una canasta fueron depositando naranjas —de esas que abundan por la región—, manzanas, plátanos, mandarinas, cacahuates, nueces y, por supuesto, el infaltable plátano macho.
Mientras tanto, otros niños aprovechaban la ocasión para jugar en los columpios.
Entre ellos había un pequeño travieso que llevaba unos zapatitos negros, tan diminutos que llamaban la atención. Se mecía cada vez más alto, mientras su mamá le advertía desde cierta distancia:
—¡Hey, hijo, ten cuidado!
—¡Sí, mamaaaaaá! —respondía él, alargando la voz, sin disminuir el entusiasmho.
La mañana transcurría entre preparativos, juegos y voces infantiles, hasta que llegó el momento de colocar las fotografías en la ofrenda.
La directora fue a su oficina y regresó con varias imágenes. Entre ellas estaban las de Pancho Villa, Miguel Hidalgo y una más: la de una joven educadora que había fallecido después de una dura batalla contra el cáncer.
Conmovida, la directora comentó que era importante recordar a quien había sido su compañera de trabajo en aquel jardín de niños.
Las fotografías quedaron colocadas al fondo de la ofrenda. En el centro pusieron la de la joven maestra.
Al verla, los ojos de la directora se llenaron de lágrimas.
Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.
El pequeño de los zapatitos negros llegó corriendo para contemplar la ofrenda terminada. Recorrió con la mirada los alimentos, los adornos y las fotografías, hasta que se detuvo frente a una de ellas.
Abrió los ojos, sorprendido.
—¿Y tú qué haces allí?
Las educadoras y las madres de familia se volvieron hacia él, desconcertadas.
Su mamá le preguntó:
—¿A quién le hablas, hijo?
El pequeño señaló la fotografía.
—A mi maestra, mamá. Ella es la que me enseña canciones y juega conmigo en los columpios.
Las miradas se cruzaron en silencio.
El niño volvió a observar la imagen. Esta vez, su expresión cambió. Parecía molesto, como si acabara de descubrir algo que no le gustaba en absoluto.
—Mira, mamá, mi maestra, por tu culpa, ya se va.
Su mamá intentó comprender lo que decía.
—¿A dónde se va?
—Pues a su casa. ¡Mira, ya va saliendo por el portón!
Sin esperar respuesta, el pequeño salió corriendo hacia la entrada del jardín.
El portón estaba cerrado.
Se quedó allí unos minutos, mirando a través de la reja, esperando quizá ver aparecer a su maestra o alcanzarla antes de que se marchara.
Pero no ocurrió nada.
Después regresó al patio y volvió a jugar, como si nada extraordinario hubiera sucedido.
Las educadoras continuaron con sus actividades, aunque algo en aquella escena las había dejado pensativas.
El pequeño ya no volvió a hablar del asunto.
Se alejó hacia los columpios, hacia los juegos de siempre, hacia ese mundo infantil en el que todo parecía continuar exactamente igual.
Sin embargo, quienes habían presenciado la escena sabían que algo había ocurrido.
Aquel niño no había visto una fotografía colocada en una ofrenda. Había reconocido a su maestra, la misma que le enseñaba canciones, compartía sus juegos y formaba parte de sus días en el jardín.
Y, al encontrarla allí, entre las imágenes de quienes habían partido, creyó que también ella estaba a punto de marcharse.
Quizá por eso corrió hasta el portón.
Quizá por eso esperó.
Los adultos conocían la razón de aquella fotografía. El pequeño, en cambio, solo sabía que su maestra estaba allí y que él no quería que se fuera.
Y mientras los demás continuaron con los preparativos de la ofrenda, sus zapatitos negros volvieron a recorrer el patio, a subir y bajar de los columpios, a perderse entre las risas de sus compañeros.
Como cualquier otro día.
Aunque aquella mañana, frente a una fotografía, un niño había buscado a su maestra donde los adultos sabían que ya no podían encontrarla.
Todos los derechos de autor reservados/ Liaazhny 🌈

—¡Mira, mamá, mi maestra por tu culpa ya se va!

La exclamación de un niño interrumpió por un instante los preparativos de una ofrenda del Día de Muertos en un jardín de niños. Nadie entendía por qué estaba tan molesto ni a quién intentaba detener. Él, en cambio, parecía tener muy claro lo que estaba sucediendo.

Lo que siguió nos enfrentó a una de esas escenas en las que la mirada infantil nos obliga a detenernos y reconocer que los niños pueden vivir una misma realidad de una manera muy distinta a la nuestra.

Zapatitos

Era finales de octubre y, como cada año, en el jardín de niños se preparaban los detalles para celebrar el Día de Muertos.

Las educadoras, acompañadas por algunas madres de familia, trabajaban afanosamente en el montaje de la ofrenda tradicional. Unas acomodaban los alimentos; otras colocaban los adornos, mientras varios pequeños ayudaban a clasificar las frutas y las semillas.

En una canasta fueron depositando naranjas —de esas que abundan por la región—, manzanas, plátanos, mandarinas, cacahuates, nueces y, por supuesto, el infaltable plátano macho.

Mientras tanto, otros niños aprovechaban la ocasión para jugar en los columpios.

Entre ellos había un pequeño travieso que llevaba unos zapatitos negros, tan diminutos que llamaban la atención. Se mecía cada vez más alto, mientras su mamá le advertía desde cierta distancia:

—¡Hey, hijo, ten cuidado!

—¡Sí, mamaaaaaá! —respondía él, alargando la voz, sin disminuir el entusiasmho.

La mañana transcurría entre preparativos, juegos y voces infantiles, hasta que llegó el momento de colocar las fotografías en la ofrenda.

La directora fue a su oficina y regresó con varias imágenes. Entre ellas estaban las de Pancho Villa, Miguel Hidalgo y una más: la de una joven educadora que había fallecido después de una dura batalla contra el cáncer.

Conmovida, la directora comentó que era importante recordar a quien había sido su compañera de trabajo en aquel jardín de niños.

Las fotografías quedaron colocadas al fondo de la ofrenda. En el centro pusieron la de la joven maestra.

Al verla, los ojos de la directora se llenaron de lágrimas.

Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.

El pequeño de los zapatitos negros llegó corriendo para contemplar la ofrenda terminada. Recorrió con la mirada los alimentos, los adornos y las fotografías, hasta que se detuvo frente a una de ellas.

Abrió los ojos, sorprendido.

—¿Y tú qué haces allí?

Las educadoras y las madres de familia se volvieron hacia él, desconcertadas.

Su mamá le preguntó:

—¿A quién le hablas, hijo?

El pequeño señaló la fotografía.

—A mi maestra, mamá. Ella es la que me enseña canciones y juega conmigo en los columpios.

Las miradas se cruzaron en silencio.

El niño volvió a observar la imagen. Esta vez, su expresión cambió. Parecía molesto, como si acabara de descubrir algo que no le gustaba en absoluto.

—Mira, mamá, mi maestra, por tu culpa, ya se va.

Su mamá intentó comprender lo que decía.

—¿A dónde se va?

—Pues a su casa. ¡Mira, ya va saliendo por el portón!

Sin esperar respuesta, el pequeño salió corriendo hacia la entrada del jardín.

El portón estaba cerrado.

Se quedó allí unos minutos, mirando a través de la reja, esperando quizá ver aparecer a su maestra o alcanzarla antes de que se marchara.

Pero no ocurrió nada.

Después regresó al patio y volvió a jugar, como si nada extraordinario hubiera sucedido.

Las educadoras continuaron con sus actividades, aunque algo en aquella escena las había dejado pensativas.

El pequeño ya no volvió a hablar del asunto.

Se alejó hacia los columpios, hacia los juegos de siempre, hacia ese mundo infantil en el que todo parecía continuar exactamente igual.

Sin embargo, quienes habían presenciado la escena sabían que algo había ocurrido.

Aquel niño no había visto una fotografía colocada en una ofrenda. Había reconocido a su maestra, la misma que le enseñaba canciones, compartía sus juegos y formaba parte de sus días en el jardín.

Y, al encontrarla allí, entre las imágenes de quienes habían partido, creyó que también ella estaba a punto de marcharse.

Quizá por eso corrió hasta el portón.

Quizá por eso esperó.

Los adultos conocían la razón de aquella fotografía. El pequeño, en cambio, solo sabía que su maestra estaba allí y que él no quería que se fuera.

Y mientras los demás continuaron con los preparativos de la ofrenda, sus zapatitos negros volvieron a recorrer el patio, a subir y bajar de los columpios, a perderse entre las risas de sus compañeros.

Como cualquier otro día.

Aunque aquella mañana, frente a una fotografía, un niño había buscado a su maestra donde los adultos sabían que ya no podían encontrarla.

Todos los derechos de autor reservados/ Liaazhny 🌈

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Elizabeth A. Castillo Martínez
Poetizaá Liaazhny (Poeta nube/ arcoíris) • Mexicana, de sangre Zapoteca • Doctora en ciencias de la educación • Bilingüe: Zapoteco su lengua materna y español Docente jubilada de educación básica y de posgrado, actualmente, facilitadora en el Doctorado en Educación de la Universidad Hispano de Tuxtepec; Oaxaca México; es directora de tesis de grado; Par evaluador internacional de proyectos de investigación para publicación. Escritora de poesía, relatos y cuentos cortos para niños en zapoteco y en español. Premio Mundial a la excelencia águila platino por la Academia mundial de lengua, literatura y arte en alianza global con la Unión Hispano Mundial de Escritores y Mil mentes por México internacional. En Coautoría con Flavio de Jesús Castillo Silva en 2022 publicaron el libro “Dos castillos entre cuentos y poemas” En 2022 publicó su libro titulado Metamorfosis poética Ha participado en diversas antologías poéticas como Per virtud poética 2 (España) Verbo Raíz, Jardín de figuras abiertas…entre otras.

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