El Estado policial trumpiano se militariza: Los Angeles como laboratorio para represión nazi en escala nacional

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Donald Trump insumió menos de tres meses para construir el Estado policial, y, con tanta o mayor velocidad, lo hizo operativo.

Para ponerlo en funcionamiento usó, como laboratorio, la ciudad de Los Ángeles, en el occidental y costero estado de California -una de las ciudades santuario (sanctuary cities) para inmigrantes, odiadas por Trump y sus secuaces del extremista entorno Maga-.

La excusa para ello fue el descontento popular expresado en protestas públicas contra la violenta/xenofóbica/racista política antinmigratoria que el autócrata está implementando desde su reinstalación, el 20 de enero -el inicio de la actual administración Trump (2025-2029)-.

El discriminatorio accionar nazi del Departamento de Seguridad Interna (Department of Homeland Security, DHS) -a través de Control de Inmigración y Aduanas (Immigration and Customs Enforcement, ICE), su principal componente de terror-, da fuerza -pero no razón- a la estigmatizadora narrativa oficial sobre una supuesta invasión, durante años -en particular, el pasado cuatrienio (2021-2025)-, de criminales -mayoría de salvadoreños y venezolanos- a Estados Unidos.

Ello ha derivado en la inmisericorde detención masiva de extranjeros -niños, incluidos-, y en el traslado, de un porcentaje considerable, a prisiones en otros países -principalmente, al campo de concentración salvadoreño engañosamente denominado Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), donde los derechos humanos no existen-.

La barrida represora por parte de los agentes de ICE ha servido como pretexto para detener, además, a personas tramitando su regularización migratoria, lo mismo que a numerosos inmigrantes residentes -asentados hace años en Estados Unidos-, así como a ciudadanos estadounidenses.

Ese brutal modus operandi es un mecanismo para masificar el miedo, para generalizar la incertidumbre, para controlar mediante intimidación.

Es lo que hacen todas las dictaduras, sin excepción -ergo, la de Trump-: aterrorizar, como mecanismo de dominio.

Iniciadas el 6 de junio, a raíz de un operativo de ICE -para la habitual cacería de inmigrantes en situación irregular-, en una sucursal de Office Depot ubicada en el barrio Westlake, cerca del centro angelino, las protestas se multiplicaron en Los Ángeles, y se extendieron a decenas de otras ciudades, en más de una veintena de estados.

Inicialmente no violentas, las demostraciones de descontento derivaron en fuertes confrontaciones entre efectivos de seguridad y manifestantes.

Los choques fueron la excusa de la que Trump se valió para ordenar la movilización de dos mil efectivos de la Guardia Nacional (National Guard, NG) de California, ampliar la medida con el desplazamiento de 700 infantes de marina (marines), y agregar otros dos mil guardias nacionales californianos -y, días después, otros dos mil-.

Contrariamente a la narrativa oficial, las pacíficas demostraciones de descontento mutaron
-probablemente, por la acción de provocadores infiltrados-, en lo que, según el régimen trumpista, fue una insurrección, lo que, de acuerdo con esa falaz clasificación, ameritó la urgente militarización de las acciones contra los manifestantes.

En medio de la represión, los participantes en las tempranas protestas en Los Angeles, corearon, entre otras, la consigna “Protesta pacífica!” (“Peaceful protest!”), lo que no impidió la agresión militar.

Ante la evidente usurpación de su autoridad como máximo jefe de la NG californiana, el gobernador de California, el demócrata Gavin Newsom, enfrentó al autócrata, denunció su totalitarismo, y acudió al Poder Judicial para que el mando de la guardia le fuese restituido.

Pero la voluntad militarista de Trump arremete contra cualquier disposición legal, y, si bien algún juez declaró que la movilización de los guardias y los infantes de marina fue incorrecta, otro juez la avaló.

El rasgo dictatorial trumpiano fue apuntalado, el 14 de junio, por el intimidatorio desfile militar que el presidente, en su condición de comandante en jefe (commander-in-chief) de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, organizó, con la excusa de marcar los 250 años de la creación del ejército -pero, en su descontrolado narcisismo, y en una conveniente coincidencia de fechas, para celebrar su 75 cumpleaños-.

En viralizado repudio a la represiva política antinmigratoria, millones de personas participaron, ese día, en miles de manifestaciones pacíficas, realizadas en centenares de ciudades estadounidenses, en lo que popularmente se denominó “Día de No Reyes” (“No Kings Day”).

Ello, contrastando con lo que medios de comunicación coincidieron en describir como la patéticamente pobre presencia de asistentes al desfile militar en la capital -no obstante el irreal pronóstico de fenomenal asistencia popular formulado por el megalómano-.

En su infinita mediocridad, los dictadores, hasta donde llega la memoria histórica universal, han, respectivamente, usado -en algunos casos, hasta creado- estructuras armadas con las cuales imponer el terror como uno de sus principales puntos de apoyo -además de, por supuesto, la infaltable corrupción-.

Entre otros ejemplos paradigmáticos del siglo 20, el régimen fascista italiano inventó la Ovra (Opera Vigilanza Repressione Antifascismo, Organismo para la Vigilancia y la Represión del Antifascismo), y la gemela dictadura nazi alamana se inspiró en la Ovra, para pergeñar la infame Gestapo (Geheime Statspolizei, Policía de Estado).

Además, la tiranía soviética aterrorizó con el siniestro KGB (Komitet Gosudarstvennoj Bezopasnosti, Comité para la Seguridad del Estado), mientras el régimen comunista de la ex República Democrática Alemana -Alemania Oriental-, se valió del Stasi (Ministerium für Staatssicherheit, Ministerio para la Seguridad del Estado).

Geográficamente más cerca, la última dictadura argentina tuvo al BI 601 (Batallón de Inteligencia 601), además del escuadrón paramilitar denominado Alianza Anticomunista Argentina (AAA) -la nefasta “triple a”-, el régimen uruguayo contó con el Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas (Ocoa), y la tiranía brasileña, con el SNI (Serviço Nacional de Informações, Servicio Nacional de Informaciones).

Por su parte, la stroessnerista dictadura paraguaya mantuvo activos, durante décadas, el policial Departamento de Investigaciones, y la Dirección de Asuntos Técnicos, del Ministerio del Interuor, así como el militarismo guatemalteco, tuvo el escuadronero militar/paramilitar Estado Mayor Presidencial.

El somocismo heredó, de la derrotada ocupación militar gringa a Nicaragua, la Guardia Nacional (GN), y el sanguinario/corrupto pinochetismo -la tóxica Lucía, destacadamente incluida- se valió de la Dirección Nacional de Inteligencia (Dina) para aterrorizar -mientras robaba impunemente-.

De todas esas criminales estructuras, la Gestapo es la más universalmente conocida, habiéndose constituido en sistema paradigmático en materia de terrorismo de Estado -y, como tal, ampliamente imitado-.

Ocho décadas después de la estruendosa caída del régimen nazi (1933-1945), y de su creador -el desquiciado Adolf Hitler (1889-1945)-, un tardío/demencial admirador del führer llegó, por segunda vez a la presidencia de Estados Unidos: el totalitario Donald Trump.

De acuerdo con declaraciones formuladas en octubre de 2024 -semanas antes de la elección presidencial de ese año-, el general retirado John Kelly -ex jefe de Gabinete (2017-2019) en el primer período trumpiano-, testimonió, por separado, a los diarios estadounidenses The New York Times y The Atlantic, la fascinación de Trump respecto a Hitler.

Kelly relató que su ex jefe comentó -más de una vez- que, ‘Hitler hizo algunas cosas buenas’”.

El militar retirado agregó que su respuesta, a esa delirante evaluación, fue que el dictador alemán no hizo nada que pueda calificarse como bueno.

Asimismo, narró que Trump reiteró, en diferentes momentos, el tema, habiendo llegado a aseverar que, en el sector militar, necesitaba “generales de Hitler”.

Por su parte, entrevistado, también en octubre de 2024, por la emisora estadounidense National Public Radio (NPR), el periodista Jeffry Goldberg, director de The Atlantic, dijo, al respecto, que Trump “ha estado preocupado, por años, con maximizar el poder, y se ha sentido frustrado con las limitaciones impuestas, a un presidente, en una democracia”.

“En 2020, la frustración realmente creció, y él empezó a hablar sobre -y sigue hablando de eso-, hablar sobre Hitler y los generales de Hitler”, Goldberg precisó, además de señalar que “ha sido corregido, en conversaciones privadas con John Kelly y otros”.

“Él, sencillamente, admira a gente que ejerce poder absoluto”, reflexionó, para revelar que, por esa razón, Kelly y otros analistas, “han dicho que tiene tendencias fascistas”.

En cuanto al discurso proselitista de Trump con miras a la votación presidencial de noviembre de 2024, Goldberg dijo que, “si uno escucha la retórica de la campaña, uno escucha la manera en que habla del poder, la manera en que habla -comillas- de ‘el enemigo interior’”.

A continuación, el director del Atlantic precisó que “eso es lenguaje tomado del autoritarismo”.

“Habla del enemigo interno, habla de encarcelar a opositores, habla de usar a los militares en la represión de protestas locales”, agregó -de hecho, vaticinando a Los Angeles como el prólogo lo que se perfila como la masificación de la ofensiva antiopositora-.

“Obviamente, hablar de la manera en que movilizaría a los militares, dentro de Estados Unidos, para enfrentar la crisis inmigratoria -como él la ve-, y para participar en capturar a inmigrantes, es como un novedoso enfoque del uso de los militares”, reflexionó, a manera de premonitoria advertencia, tres meses antes de la segunda juramentación presidencial trumpiana.

Nuevamente instalado -hace aproximadamente medio año- en la Casa Blanca, Trump ha construido, sin freno, un eficaz Estado policial de terror -estilo nazi-, con el DHS -en sus diferentes variantes represivas reunidas en las fuerzas del departamento (DHS forces)- como punta de lanza.

De acuerdo con lo indicado en el sitio del departamento, en Internet, se trata, por ejemplo, de fuerzas tales como -además de ICE- Protección Aduanera y Fronteriza (Customs and Border Protection, CBP), Servicio Secreto de Estados Unidos (US Secret Service, USSS), Guardia Costera de Estados Unidos (US Coast Guard, USCG), Administración de Seguridad del Transporte (Transport Security Administration, TSA).

Según la información oficial del Departamento de Defensa (Department of Defense, DoD), en su sitio en Internet, la Guardia Nacional es una de las siete Fuerzas Armadas de Estados Unidos -además, del Ejército, la Infantería de Marina, la Marina, la Fuerza Aérea, la Fuerza Espacial, y la Guardia Costera-.

En lo que tiene que ver con lo cotidiano de la presente represión antinmigrante, ICE -con su modus operandi, que es un híbrido de la Ovra fascista, la Gestapo nazi, y los ultraderechistas escuadrones paramilitares latinoamericanos- viene a ser el pilar fundamental.

Su matones suelen movilizarse enmascarados, vestidos de civil, sin identificación visible, actuando sin orden judicial, atacando por sorpresa a sus preseleccionadas víctimas, perpetrando detenciones sin dar razón válida.

Por definición oficial, ICE “promueve la seguridad interna y la seguridad pública a través del cumplimiento penal y civil de las leyes federales que rigen el control fronterizo, las aduanas, el comercio, y la inmigración” -obviamente, omitiendo mención puntual de la capacidad nazi en materia de represión-.

Otro pilar de la cacería de “ilegales” -como los fachos suelen referirse a las personas en situación migratoria irregular- es CPB, cuyo amedrentador modus operandi es afín al que exhibe ICE.

Formalmente, su “misión prioritaria es la de mantener a los terroristas y sus armas fuera de Estados Unidos”, además de que “asegura y facilita el comercio y los viajes mietras hace cumplir reglas, incluyendo las leyes sobre inmigración y drogas”.

Las respectivas descripciones oficiales de ambas fuerzas represivas, son lo suficientemente vagas como para facilitar el uso -flagrantemente violatorio de derechos humanos- que el régimen de Trump está dándoles.

El procedimiento, para el uso presidencial de esa fuerza militar, ha consistido en una solicitud de un gobernador o en una consulta con éste, instancia que Trump salteó.

Entre otras fuertes declaraciones, Newsom advirtió, en la red social X, al inicio de la crisis angelina: “esto no es sobre seguridad pública. Esto es sobre alentar el ego de un presidente peligroso”.

“Avivó el fuego, y actuó ilegalmente”, al ordenar, unilateralmente, la movilización de la Guardia Nacional, indicó, asimismo, para pronosticar, en calidad de certera advertencia: “la orden que firmó, no aplica solamente a California: le permitirá ir a CUALQUIER ESTADO, y hacer lo mismo”.

Por su parte, también inmediatamente después de estallada -y militarizada- la represión, en Los Angeles, la alcaldesa de la ciudad, la ex congresista demócrata (2011-2022) afroestadounidense Karen Bass, aseguró que “no necesitábamos a la Guardian Nacional”.

“Y necesitan infantes de marina, encima de eso?”, preguntó, para expresar que “no entiendo eso”.

Y, en directa reflexión/denuncia, puntualizó: “es por eso que siento como que somos parte de un experimento del que no pedimos ser parte”.

La trumpista introducción del concepto de movimiento insurreccional para tratar de descalificar la creciente protesta popular, probablemente apunta a la intención del tirano en cuanto a hacer uso de la Ley de Insurrección (Insurrection Act), que data de 1807.

Entre otras cosas, autoriza, al presidente de Estados Unidos, a movilizar efectivos militares, en territorio nacional -lo que, en principio, está prohibido-.

El excepcional desplazamiento está previsto para casos de insurrección u otras situaciones de violencia interna, de acuerdo con lo especificado en esa ley.

En manipuladoras declaraciones que formuló el 10 de junio -cuatro días después de que estalló la provocada crisis de seguridad en Los Angeles-, refiriéndose a esa ley, Trump dijo, en la Oficina Oval de la Casa Blanca que, “si hay una insurrección, indudablemente, la invocaría”.

“Vamos a ver”, dijo, a continuación, además, de aseverar, pintando una escena convenientemente caótica, que “anoche, fue terrible, y, antenoche, fue terrible”.

En un artículo de opinión difundido, también el 10 de junio, por el canal de televisión informativa estadounidense MSNBC, el columnista y director de Opinión de ese medio, Zeeshan Aleem, condenó el accionar de Trump en el caso de las protestas angelinas.

“El presidente Donald Trump están tratando de justificar su decisión de desplazar tropas de la Guardia Nacional, hacia el área de Los Angeles, el fin de semana, describiendo a los manifestantes, ampliamente, cono violentos ‘insurrectos’, empecinados en destruir la ciudad”, planteó.

“Es una aseveración deshonesta que quiere deslegitimar la protesta -y anticipa una máis siniestra toma del poder”, agregó, en la nota que tituló “El insidioso subtexto de la narrativa de ‘insurrección’ en L.A.” (“The insidious subtext of Trumps’ L.A. ‘insurrection’ narrative”).

Y, como subtítulo, aclaró: “Fue Trump, no los manifestantes, quien escaló la crisis en Los Angeles” (“It was Trump, not the protesters, who escalated the crisis in Los Angeles”).

También aseguró que “no había una real crisis en L.A. hasta que Trump intervino”, además de precisar: “pero eso es exactamente lo que quería”.

Y yo agrego que lo quiso desde el primer día de su nefasto regreso a la Casa Blanca -el 20 de enero-, cuando se aseguró que, en este cuatrienio -o más-, el asalto al poder sería completo, arrasando con todo lo que obstruyese su absolutismo -es decir, destruyendo la institucionalidad democrática estadounidense vigente, aun con históricas y notorias fallas, hace casi dos siglos y medio-.

Seis de los decretos presidenciales -órdenes ejecutivas- (executive orders) y las proclamas (proclamations) que, por decenas, firmó el primer día, empezaron a preparar el camino hacia la militarización de la represión, a partir de la leyenda sobre la “invasión” de “millones” de delincuentes extranjeros a través de la frontera terrestre sur -el límite que se extiende unos 3,155 kilómetros-, con México.

En notoria conducta manipuladora, Trump tituló esos documentos, respectivamente -y en orden de aparición-: “Aclarando el Papel de los Militares en la Protección de la Integridad Territorial de Estados Unidos” (“Clarifying the Military’s Role in Protecting the Territorial Integrity of the United States”, “Asegurado Nuestras Fronteras” (“Securing Our Borders”), “Declarando Una Emergencia Nacional en la Frontera Sur de Estados Unidos” (“Declaring A National Emergency at the Southern Border of the United States”).

Además, “Protegiendo al Pueblo Estadounidense contra una Invasión” (“Protecting the American People against Invasion”), “Protegiendo a Estados Unidos de Terroristas Extranjeros y Otras Amenazas a la Seguridad Nacional y la Seguridad Pública” (“Protecting the United States from Foreign Terrorists and Other National Security and Public Safety Threats”), “Garantizando, a los Estados, Protección contra una Invasión” (“Guaranteeing the States Protection against Invasion”).

En el caso del decreto referido a la aclaración -léase: imposición- del papel militar en la política antinmigrante, en el segundo de tres puntos de la primera de cuatro secciones, Trump elogió el desempeño militar en cuanto a su visión personal de proteger al país.

“Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos han desempeñado un extenso y bien establecido papel en asegurar nuestras fronteras contra amenazas de invasión, contra ilegales incursiones por extranjeros en Estados Unidos, y contra otras actividades delictivas transnacionales que violan nuestras leyes y amenazan la paz, la armonía, y la tranquilidad de la Nación”, planteó.

“Las amenazas contra la soberanía de nuestra Nación continúan hoy, y es esencial que las Fuerzas Armadas continúen firmemente participando en la defensa de nuestra integridad territorial y soberanía”, agregó, para, a continuación, reafirmar el conocido relato antinmigrante: “una Emergencia Nacional actualmente existe a lo largo de la frontera sur de Estados Unidos”.

“Es la política de Estados Unidos, asegurar que las Fuerzas Armadas de Estados Unidos prioricen la protección de la soberanía y la integridad territorial de Estados Unidos a lo largo de nuestras fronteras nacionales”, indicó.

En virtud de ello, ordenó que el mando militar cumpla “la misión de sellar las fronteras y mantener la soberanía, la integridad territorial, y la seguridad de Estados Unidos, repeliendo formas de invasión, incluyendo migración masiva ilegal, tráfico de narcóticos, tráfico de personas, y otras actividades delictivas”.

Respecto al segundo decreto -asegurar fronteras-, la obvia intención consiste en legitimar la represión xenofóbica.

En alusión a la administración (2021-2025) de su antecesor inmediato, el demócrata Joe Biden -a quien recurrentemente insulta, en declaraciones a medios, en discursos, en documentos oficiales-, afirmó que, “los pasados 4 años, Estados Unodos ha soportado una invasión en gran escala, a un nivel sin precedente”.

“Millones de foráneos ilegales de naciones y regiones de todo el mundo, exitosamente ingresaron a Estados Unidos, donde ahora residen, incluyendo potenciales terroristas, espías extranjeros, miembros de carteles, pandillas, y violentas organizaciones criminales transnacionales, y otros actores hostiles con intención maliciosa”, agregó.

Además de otros componentes, en la quinta de doce secciones, ordenó, al Departamento de Seguridad Interna (Department of Homeland Security, DHS), la brutal represión antinmigrante que está en desarrollo.

Titulada “Detención” (“Detention”), la sección establece que el DHS llevará a cabo “todas las acciones pertinentes para detener, en el más pleno grado permitido por la ley, a los foráneos aprehendidos por violaciones a la ley de inmigración, hasta su exitosa remoción de Estados Unidos”.

El DHS emitirá, “consistentemente con la ley aplicable (…) nueva orientación de política”, además de proponer “reglamentos respecto al uso apropiado y consistente de la autoridad para detención legal bajo la INA”, precisó, en alusión a la Ley de Inmigración y Nacionalidad (Immigration and Nationality Acto, INA) -que data de 1952-.

Esas y otras disposiciones, sumadas a declaraciones presidenciales, claramente, señalan el camino hacia la implementación, por parte de Trump, de la Ley de Insurrección -con miras, probablemente, a la futura y previsiblemente no lejana represión política antiopositora a nivel nacional-.

El primer paso visible fue dado en el tercer documento de la lista -la proclama sobre declaración de emergencia en la frontera con México-.

En el segundo punto de la sexta de siete secciones, el presidente ordenó, a Pete Hegseth y a Kristy Noem, los respectivamente impresentables titulares del Departamento de Defensa (Department of Defense, DoD) y del DHS, proporcionarle, en el plazo de 90 días a partir del 20 de enero, “un informe conjunto (…) sobre las condiciones en la frontera sur de Estados Unidos”.

Ello, incluyendo “cualquier recomendación respecto a acciones adicionales que puedan ser necesarias para obtener el completo control operativo de la frontera sur, incluyendo si se invoca la Ley de Insurrección de 1807”, precisó, a continuación.

En declaraciones que formuló, el 8 de junio -dos días después de iniciada la crisis en Los Angeles-, a la cadena estadounidense de radio y televisión American Broadcasting Company (ABC), respecto a si invocaría la Ley de Insurrección, Trump dijo -en una de sus habitualmente imprecisas/contradictorias respuestas- que “depende de si hay o no hay una insurrección”.

Aunque negó que en esa ciudad estuviese desarrollándose una situación de insurrección, afirmó que “hay gente violenta, y no vamos a dejar que se salgan con la suya”.

Además -y sin poder precisar qué es una insurrección-, dijo: “en realidad, sólo hay que ver el lugar (Los Angeles), para ver qué está pasando”.

Sin embargo, en afirmaciones que difundió, horas después, en su plataforma Truth Social (Verdad Social), aseveró que, en Los Angeles, “violentas turbas insurrectas (“violent, insurrectionist mobs”) están invadiendo y atacando a nuestros agentes federales, para tratar
de detener nuestras operaciones de deportación”.

En cuanto a los parámetros para justificar el envío de infantes de marina, expresó, con su habitual despotismo: “los parámetros son lo que yo pienso que son”.

El futuro de autoritarismo -incluida dictatorial represión policial/militar antiopositora- pasó de ser una posibilidad, antes del 20 de enero, a ser una realidad consolidándose a indetenible velocidad.

En lo inmediato, las víctimas son los inmigrantes en situación irregular, además de residentes extranjeros, personas en regularización de su estatus migratorio -niños, incluidos-, y hasta ciudadanos estadounidenses-.

En el futuro considerablemente cercano, es previsible que las víctimas serán quienes se le opongan -o tan sólo disientan de su arbitrariedad-.

De momento, la oposición a la represión antinmigrante, se ha manifestado en calles de ciudades a nivel nacional.

Queda por verse si, como ocurre con todas las dictaduras, el terror logra sofocar la voz de la conciencia popular estadounidense -hasta que la tiranía se termine, o sea terminada-.

En todo contexto dictatorial, en la medida en que haya resistencia, hay esperanza de liberación.

Por lo tanto, es necesario evitar que la brutalidad del terrorismo de Estado imponga el silencio.

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