Carta abierta a Javier Milei

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Foto/Agencias

Sos una vergüenza para la humanidad.

Lo comprobaste, entre otros momentos, cuando interferiste en el presente proceso electoral brasileño.

Al dirigirme a vos, no estoy legitimando ninguna de tus patéticas expresiones insultantes sino que estoy refutándolas.

Llegaste a la presidencia, gracias a la democracia que tratás de destruir, proyectándote -sin serlo- como el paladín de la decencia, el “outsider” quien está en contra de la clase política corrupta -lo que vos, manipuladoramente, denominás “la casta”-, no obstante el hecho de que, notoriamente, la integrás.

Te instalaste en la Casa Rosada, con el falso discurso de que te disponías a salvar al país, asumiendo el papel de protector de la economía argentina, presentándote como el líder protector de los pobres, como el luchador por los derechos de la gente, como el inclaudicable defensor de la libertad -la cual te importa tres sucesivos carajos-.

Pero, desde antes de posar oficialmente tus insultantes nalgas en el mítico Sillón de Rivadavia, diste muestras de lo que realmente sos: el corrupto motosierrista destructor del país, como lo fueron los militares -aunque sin motosierra, sólo con la brutal fuerza de la represión-.

Por ejemplo, en tu patético discurso inaugural, en las afueras del Congreso, perpetraste un monumental acto de reveladora omisión, cuando ignoraste que el 10 de diciembre marca dos momentos clave -respectivamente, en la historia de la humanidad y en la historia de Argentina-.

En el primer caso, se trata de la aprobación, el 10 de diciembre de 1948 -por la Asamblea General de las Naciones Unidas-, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos
-que, el día de tu tóxica asunción presidencial, cumplió 75 años-.

En el segundo, se trata de la instalación, el 10 de diciembre de 1983, del primer gobierno democrático argentino -el presidido por Raúl Alfonsín- después de la última dictadura militar -ese día se cumplió el 40 aniversario del acto histórico argentino-.

Pero esos lapsus no resultan sorprendentes, ya que -entre otras nocivas características personales/políticas- sos un negacionista de las violaciones a los derechos humanos perpetradas por los militares -lo que te convierte en su cómplice-.

En declaraciones reproducidas, el 7 de abril de 2022, por el medio de comunicación estadounidense Bloomberg, cuando eras un temprano aspirante a la presidencia argentina, te referiste a la última dictadura -una de las tiranías latinoamericanas de esa época que me persiguieron, pero no lograron agarrarme-.

Incurriste -como acostumbrás hacer- en inexactitudes históricas, profiriendo confusos razonamientos autoritarios, presentando interpretaciones personales como si fuesen hechos comprobados sólo porque vos las planteás -algo en lo cual los autócratas, como vos y Donald Trump, incurren tenazmente, como parte de su mediocridad-.

Iniciaste esas específicas afirmaciones, aseverando, manipuladoramente: “hablemos con la verdad” -esto, dicho por una persona quien suele no hacerlo-.

“Lo primero que hay que reconocer es que número de 30 mil, es una mentira”, aseveraste, respecto a la irrefutable cifra de desaparecidos -o sea, secuestrados/asesinados- por la dictadura, para, a continuación, reafirmar tu insultante negacionismo: “no fueron 30 mil desaparecidos”.

Refutaste, así, la cifra aproximada que, tras exhaustiva/seria investigación, denunciaron admirables/valientes organizaciones no gubernamentales cuya labor es referente internacional en materia de promoción/defensa de los derechos humanos, y en cuanto a rescate de la verdad y de la memoria histórica -por ejemplo: Madres de Plaza de Mayo, Abuelas de Plaza de Mayo, Centro de Estudios Legales y Sociales-.

Por si esa barbaridad hubiese sido poco, afirmaste, además -siempre, creyéndote dueño de la verdad-: “lo otro que hay que entender es que era una guerra”.

“Mirá: si, en este momento, alguien va y te pone una bomba, y volás por los aires, te parece bien eso? O que vayan a tu familia, y le pongan una bomba, y la hagan volar por los aires, te parece bien? Te parece muy, muy bellamente idealista? No sé, pregunto”, agregaste, en tu simplista/criminal/cómplice desvarío de patán autoritario.

“Primero, hay que entender que terrorismo es terrorismo. No es un chiste. Eso generó una guerra”, según tu antirrazonamiento.

De inmediato, electoreramente, echaste marcha atrás -aunque tratando de quedar simultáneamente bien con partidarios y con enemigos de la dictadura como potenciales votantes-: “lo que hizo el terrorismo es gravísimo (…) lo que hizo el Estado fue peor todavía (…) pero, de ahí, a decir que los terroristas eran jóvenes idealistas y que eran buena gente, hay un abismo”.

De modo que no hay nada sorprendente respecto a las dos monumentales omisiones en las que incurriste, apenas al inaugurarte como presidente.

Sumado a eso, tu hipócrita aversión a “la casta” quedó en nada, cuando ganaste la segunda vuelta gracias a los votos de -precisamente- “la casta”.

Tu nuevo caudal de sufragios incluyó los que te regaló la ultraderechista Patricia Bullrich, la candidata presidencial perdedora quien venía de ser ministra de Seguridad del corrupto Mauricio Macri, y se aprestaba a cobrarte el favor siendo tu ministra de Seguridad -con su criminal política de “gatillo fácil”-.

Brevísimo paréntesis: me pregunto si vas a tener tu propio “hit del verano” -porque, al igual que Macri, indudablemente, lo merecés-. Fin del brevísimo paréntesis.

Por otra parte, tus manipuladoramente imprescindibles medidas drásticas para salvar la economía nacional -y las finanzas de la gente- sirvieron, en realidad, para agudizar la pobreza -exactamente la falla que adjudicaste a gobiernos anteriores, los de “la casta”-.

Cuando te instalaste en la Casa Rosada, el 10 de enero de 2023, la pobreza se ubicaba en el rango de 41.7 por ciento, mientras la pobreza extrema estaba en el nivel de 11.9 por ciento.

Pero, a causa de tu demoledora política económica, al cierre de apenas el primer semestre de 2024, la pobreza se disparó a 52.9 por ciento -un brutal salto de 11.2 puntos-, y la pobreza extrema subió a 18.1 por ciento -aumento de 6.2 puntos-.

Eso fue registrado por medios de comunicación lo mismo argentinos que internacionales, al igual que las irrefutables/reveladoras fotos de estanterías de supermercados colmadas con productos no vendidos, a causa de la drástica reducción motosierrista del poder adquisitivo de los salarios.

Esos porcentajes presentaron alguna reducción, pero persiste el daño causado, por tu liberal-libertarismo, a la base de la injusta pirámide socioeconómica -la gente a la cual se supone que, instalado en la presidencia, defenderías/protegerías-.

De modo que tu política económica no se diferencia de la históricamente aplicada por “la casta”.

En realidad, tu patética motosierra es el arma con la que agredís a la gente -incluida la que, engañada por tu barato/hipócrita discurso populista, cometió el monumental error de votar por vos-.

Pero, además de ridícula, tu motosierra es un ejemplo de tu demostrada/documentada tendencia al plagio, al robo de ideas, al lucimiento con el intelecto ajeno -porque el tuyo es, en el mejor de los casos, pobre-.

En este caso, te apropiaste de la idea impulsada -entre otros dirigentes políticos- por el senador republicano estadounidense Rand Paul, quien fue, en 2015, precandidato presidencial -adversario de Trump- con miras a la votación del año siguiente -la que tu ídolo anaranjado perdió, pero ganó gracias al legalizadamente corrupto sistema electoral estadounidense-.

Como parte de su campaña proselitista, Paul difundió un video, en el cual aparece cortando, con una motosierra, las aproximadamente 70 mil páginas del Código de Rentas Internas de 1986 (Internal Revenue Code of 1986) -el código tributario estadounidense-, al tiempo que asegura que lo reemplazaría con un texto de una sola hoja.

Y tu supuesta lucha contra la corrupción de “la casta” resultó ser otra mentira, algo de lo que el impresentable Manuel Adorni -al igual que vos, y “El Jefe”- se encargó de, irrefutablemente, demostrar.

Más recientemente, diste vergonzosa muestra de tu patanería, cuando fuiste a Brasil, a apoyar -el 25 de julio, en la ciudad de São Paulo-, en un acto político del Partido Liberal de ese país, a Flávio Bolsonaro, el corrupto senador ultraderechista rival de Lula en el actual proceso de votación brasileño programado para culminar el 25 de octubre de este año.

Perpetraste, así, un flagrante acto de injerencismo extranjero en un proceso electoral.

En línea con el tóxico estilo trumpiano, te descontrolaste en tu soez desquiciamiento ideológico, y -en alusión a quienes somos izquierdistas- hablaste de “los zurdos” y “los zurdos de mierda” -obviamente, incluyendo a Lula-.

También te referiste a quienes se identifican con el socialismo, aseverando, a gritos -como el histérico patán agresor que sos-, que tu amado Flávio va a frenar “la basura socialista”
-tu concepto de Lula-, y vociferando que “los socialistas son ladrones”.

Dos días después, cuando un periodista le solicitó un comentario sobre tus lamentables/ridículos exabruptos, Lula bromeó respecto a vos, preguntando: “quem é esse cara?” (“quién es ese tipo?”).

Y, cuatro días después de tus mediocres vulgaridades -y de tu exaltación del enjuiciado/condenado golpista Jair Bolsonaro, padre del senador/candidato-, recibiste, de Lula, una admirable/demoledora lección de humildad y, al mismo tiempo, de dignidad
-personal, brasileña, y latinoamericana-.

Al participar, el 29 de julio, también en São Paulo, en la Convención Nacional del Partido Socialista Brasileño (Partido Socialista Brasileiro, PSB), mencionó, en su habitual interacción natural/espontánea con las personas presentes, la decisión de no entrar en polémica con alguien de tu calaña -aclarando que “me gusta el pueblo argentino”-.

“Lo que quiero decirles, a ustedes, es lo siguiente: yo aprendí, muy temprano, a caminar con la cabeza erguida; yo aprendí, muy temprano, a gustar del respeto, y a respetar a las personas; yo aprendí, muy temprano, que no soy mejor pero también no soy peor que nadie, y que no soy el que sabe menos pero también que no soy el que sabe más”, expresó.

“Yo, solamente, quiero ser igual, y quiero tener la oportunidad de saber todo lo que los demás pueden saber”, dijo.

Y aclaró, sin necesidad de nombrarte: “yo quiero decirles que, mientras yo sea presidente, mientras esté vivo, nadie, de afuera, va a meter la nariz en las elecciones brasileñas”.

Lula te dio una fenomenal lección de dignidad.

Lamentablemente, carecés de la calidad humana y la dimensión política necesarias para aprenderla -porque sos un facho de mierda-.

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