Pepe Mujica: la esencia revolucionaria es invencible

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El único diálogo que mantuve con Pepe Mujica, fue breve, aunque intenso.

Se desarrolló en la Casa Presidencial, en Costa Rica, en el marco de la conferencia de prensa que el Pepe y el entonces presidente tico, mi amigo Luis Guillermo Solís, llevaron a cabo después de haberse reunido.

Si bien el número de preguntas estaba determinado -como suele ocurrir en conferencias de prensa de esa naturaleza-, logré, cuando el diálogo estaba por concluir, un breve intercambio con el fenomenal visitante.

En respuesta a una pregunta, dijo -estoy parafraseando y resumiendo- que los ricos quieren acumular riqueza pero sin pagar impuestos.

A continuación de eso, más que preguntar le dije -haciendo referencia a un popular sitio en el sur de Montevideo la capital uruguaya-: “lo que usted está planteando, me recuerda a un grafiti que leí, en los años 60, en una pared cerca del Parque Rodó: ‘el que siembra hambre, recoge tupamaros’”.

Percibí que la cita del grafiti, lo emocionó, y me respondió, sonriendo: “eso que usted está diciendo, da para una conferencia, no para una conferencia de prensa”.

Cuando, algún tiempo después, le relaté esa breve/intensa interlocución, mi hija, Silvia, me dijo: “tuviste tu ‘momento Pepe’”.

Los tupas fueron una guerrilla ejemplar, un movimiento revolucionario cuya lucha justiciera fue, evidentemente, armada, pero también lo fue de dignidad -uruguaya y latinoamericana-.

Como la lucha de Sandino, que fue un admirable combate guerrillero antimperialista, al mismo tiempo que una contienda de dignidad -nicaragüense y latinoamericana-.

El origen de la guerrilla tupamara estuvo en la concientización que, al inicio de la década de los 60, un avanzado estudiante de derecho llamado Raúl Sendic, llevó a cabo entre los explotados trabajadores de un latifundio cañero en el extremo norte de Uruguay -el departamento (provincia) de Artigas-.

Con su asesoramiento legal y solidario, esos campesinos constituyeron, en 1961, la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (Utaa), y realizaron, en 1962, una serie de acciones reivindicativas, que incluyeron la ocupación del latifundio -entonces, propiedad de las oligarcas hermanas de apellido Silva y Rosas-.

La agenda de lucha social de la Utaa incluía, como alta prioridad, la expropiación -sin indemnización- el latifundio, que cubría alrededor de 33 mil hectáreas.

El sindicato se dio a conocer públicamente, por la vía de la realización, en el ’62, de una marcha, desde Artigas hasta Montevideo -o sea, cruzando el país, caminando unos 600 kilómetros, de norte a sur-, para denunciar la injusta situación, y dar a conocer sus demandas.

La consigna, coreada, con la imbatible fuerza de quienes tienen la razón, fue “Utaa! Utaa! Por la tierra, y con Sendic!” -mientras escribo esto, escucho el rítmico sonar del poderoso eslogan, visualizo algunas de las varias marchas cañeras-.

Como complemento de esa movilización, algunos integrantes del movimiento laboral empezaron a llegar, a Montevideo, para dar a conocer la brutal explotación que tenía lugar en el latifundio, y para impulsar gestiones con miras a la expropiación -lo que ocurrió en 1973-.

La poderosa escasez de fondos para alojamiento, fue remediada, de alguna manera, por la gente del izquierdista diario Época, en cuyo local pernoctaban.

Esas estadías, daban la oportunidad, a los periodistas del diario -yo incluido-, de dialogar extensamente sobre esa realidad no tan conocida del notoriamente democrático Uruguay.

El contacto con esos compañeros, nos dio, a todos, la visión clara de que en la sólida democracia uruguaya -una isla, al igual que Costa Rica, en el océano dictatorial latinoamericano-, había debilidades socioeconómicas como el latifundio ubicado en Artigas
-departamento que tiene el nombre del máximo héroe de la independencia uruguaya: José Artigas-.

Estábamos en hermandad con el núcleo de origen del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) -popularmente conocido como “los tupas”, y por su sigla, MLN-.

Inicialmente de base campesina explotada, “la organización” -o “la orga”, como igualmente se conocía a los tupas- también pasó a contar -en su dirigencia, en sus mandos medios, y en su base- con integrantes de la mayoritaria clase media uruguaya.

Dadas las características geográficas del país -territorio básicamente plano, sin montañas, con algunos cerros cuyas respectivas cimas se elevan no más de 300 o 400 metros-, la guerrilla tenía que ser urbana.

Los tupamaros se dieron a conocer, en la década de los ’60, mediante acciones que, desde el inicio, los definieron como una organización armada, con poderosa sensibilidad social, y con inclaudicable ética.

Entre las primeras acciones -principalmente para fortalecer el arsenal-, figuró el abordaje, por parte de varios guerrilleros, en Montevideo, a un agente policial: lo encañonaron, y le quitaron “el revólver de reglamento” -y las balas-.

Dado que el Uruguay del siglo 20 se caracterizó por ser civilista, las fuerzas armadas y la policía estaban en el fondo de los presupuestos nacionales, de modo que los agentes policiales adquirían, con sus propios y escasos fondos, los revólveres, las balas, y los zapatos -solamente se les proporcionaba el uniforme-.

Teniendo en cuenta que el agente en cuestión tendría que, obligatoriamente, comprar una nueva arma -y balas-, sus “asaltantes” le entregaron el dinero suficiente para que realizase la adquisición.

También como parte de su “presentación en sociedad”, en otra acción, un comando tupa interceptó un camión de reparto, cargado con toneladas de alimentos a distribuir entre clientes del exclusivo almacén Manzanares, tomó control del vehículo, se dirigió a un barrio montevideano habitado por personas de escasos recursos, y repartió la carga.

Más adelante, en una operación para obtener fondos, otro comando asaltó -una madrugada de verano, cuando los trabajadores contaban el dinero de la jornada- uno de los principales casinos uruguayos.

Días después, la orga hizo llegar, a los trabajadores, un estimado de las propinas dejadas por los apostadores, adinerados clientes principalmente argentinos, brasileños, uruguayos
-porque el MLN no actuaba en perjuicio del pueblo-.

Varias acciones como esas, les ganaron, a los tupas, el apodo popular de “Robin Hoods”.

Entre otras acciones, planificaron -y exitosamente llevaron a cabo- espectaculares fugas de compañeros encarcelados -en un caso, un centenar, incluido el Pepe, más dos presos comunes, encerrados en una de las principales penitenciarías uruguayas-.

Cuando secuestraron a responsables del autoritarismo represivo que empezaba a instalarse en el país, sistemáticamente les proporcionaron trato humanitario -alojados en casas denominadas Cárceles del Pueblo, hasta el cobro del rescate correspondiente-.

Y, en el caso del estadounidense Dan Mitrione -uno de los responsables de la institucionalización de la tortura para interrogar a presos políticos-, el cautiverio
-sin torturarlo- incluyó su enjuiciamiento por un Tribunal del Pueblo, su sentencia a pena capital, y su fusilamiento.

En Estados Unidos, el criminal fue homenajeado como víctima de una guerrilla “comunista”, actividad en la cual Frank Sinatra cantó en su honor.

Fue, con su ejemplar accionar, cómo los tupas -el Pepe, entre ellos- se constituyeron en referente de la lucha guerrillera universal, y tuvieron amplio apoyo popular -incluido el mío, lo que me significó estar en la mira de los militares uruguayos, y los argentinos-.

La ética tupamara se patentiza en la fascinante historia del Pepe, quien pasó de ser guerrillero y preso político, a constituirse en presidente de Uruguay -el país por el cual peleó, sufrió cárcel, fue torturado-.

Como presidente, y -antes y después- como legislador, la sensibilidad social, la claridad ideológica, la sencillez personal -incluido su directo, popular modo de hablar- se mantuvieron invariables -quizá, hasta se fortalecieron-.

La natural/inclaudicable claridad ideológica fue uno de los rasgos que más lo caracterizaron.

En ese sentido, por ejemplo, en declaraciones que formuló, en octubre de 2023
-menos de dos meses antes de la asunción presidencial del impresentable Javier Milei-, formuló la certera advertencia que el liberal-libertario es tan peligroso como “un mono con una ametralladora”.

También se destacó por su visión de futuro.

Al hablar, también en 2023, en Brasil, durante el Congreso de la Unión Nacional de Estudiantes (União Nacional dos Estudantes, UNE), precisó que “la democracia no es perfecta (…) está llena de defectos, porque son nuestros humanos defectos”, y, de inmediato, aclaró: “pero, hasta hoy, no hemos encontrado nada mejor”.

“Por lo tanto, es fácil perderla, y es difícil volverla a ganar”, reflexionó, para aconsejar, sensatamente, a su auditorio: “tienen que cuidarla”.

La sencillez fue, probablemente, una de las principales particularidades que, sin proponérselo, le generaron masiva admiración -y, por supuesto, fuertes y absurdas críticas surgidas de la patética mediocridad conservadora-.

En ese contexto de completa ausencia de lujo, siendo gobernante, no se hospedó en la residencia presidencial sino que siguió habitando su modesta chacra (granja) en las afueras de Montevideo.

Además, siguió transportándose en su histórico Volkswagen tradicionalmente celeste -igual, exactamente, al que tuve durante mi período como corresponsal internacional en la Nicaragua revolucionaria, con la placa de circulación que, entonces, indicaba, encima del número: “Nicaragua Libre”-.

Además, un vecino y amigo siguió visitándolo, en la chacra, y, allí, periódicamente, cortándole el pelo.

Respecto a su austeridad, en el marco de una actividad presidencial que llevó a cabo en España, una periodista local le preguntó cuál era la tazón por la cual mantenía ese modo de vida,

La respuesta fue que, después de las innumerables privaciones que enfrentó durante su extenso cautiverio bajo la dictadura, no necesitaba cosas superfluas.

Y, en una entrevista -igualmente, en 2023- con el medio de comunicación British Broadcasting Corporation (BBC), explicó: “estuve, añares, preso, me pasó de todo, después fui presidente, entonces, tengo que gritarle ‘gracias!’, a la vida”.

En ese sentido, también dialogando con la BBC, aunque nueve años antes -cuando era presidente (2010-2015), planteó: “qué es lo que le llama la atención al mundo? Que vivo con poca cosa, una casa simple, que ando en un autito viejo?”.

“Esas son las novedades?”, siguió preguntando, para responder, con admirable espontaneidad: “entonces, este mundo está loco, porque le sorprende lo normal”.

La austeridad presidencial del Pepe, me recordó a la sencillez de otro gobernante uruguayo, décadas antes, cuando el Poder Ejecutivo no era encabezado por un presidente sino por un Consejo Nacional de Gobierno, integrado por nueve consejeros -la mayoría, del partido ganador de las elecciones, y, la minoría, del segundo más votado-.

Lo presidía, anualmente, uno de los consejeros de la mayoría.

De modo que, en un fascinante ejercicio de descentralización democrática del poder, Uruguay tenía, por cuatrienios, nueve presidentes.

Integrante del último gobierno colegiado (1952-1967), el centroizquierdista consejero Enrique Rodríguez Fabregat -mi padre, un profesor cuyos padres, respectivamente uruguaya y andaluz, fueron maestros rurales-, se caracterizó por la humildad.

Cada consejero, tenía asignados un automóvil y un chofer.

En el caso de Enrique -popularmente conocido como “el profesor”-, el piloto de su vehículo gubernamental era habitante de El Cerro, un barrio, en la periferia capitalina, poblado por trabajadores y personas de escasos recursos, mayoritariamente descendientes de inmigrantes europeos -en su mayoría, armenios, lituanos, polacos, rusos, además de españoles e italianos-.

Para llegar a la Casa de Gobierno -entonces, la modesta sede del Poder Ejecutivo-, el hombre debía tomar dos buses, y otros dos para regresar a su vivienda -cuatro, por todo-.

Ante ello, en su primer día de trabajo como consejero nacional de Gobierno, Enrique le propuso que, para evitar la incomodidad de sus desplazamientos, por las noches, regresara, en el carro, al Cerro, y se trasladara, por las mañanas, desde allí, hacia la Casa de Gobierno.

De modo que -como no poseía vehículo propio-, Enrique llegaba caminando, temprano, a cumplir sus labores de gobernante.

Lo mismo hizo durante los aproximadamente 20 años que fue embajador de Uruguay en Naciones Unidas: se desplazaba, caminando, o en taxi, o en bus, o en metro, desde su apartamento o desde su oficina, hasta la sede del parlamento mundial.

Como presidente, el Pepe Mujica desarmó la inútil satanización que la derecha suele hacer de los gobiernos de izquierda -por ejemplo, Milei, cuando, a manera de ridículo insulto, se refiere a “los socialistas” y al supuesto daño causado por sus “regímenes”-.

Entre otras maravillas, durante su mandato, la pobreza, en Uruguay, bajó a casi la mitad -de dos dígitos, a uno-: 18.5 a 9.7 por ciento.

Por otra parte, los salarios aumentaron considerablemente, una justiciera reforma tributaria gradual se enfocó en los sectores más adinerados, y el sistema de salud pública llegó a cubrir a virtualmente todos los orientales -como los uruguayos se autodefinen, por estar, su país, al este del Río Uruguay, que, a su vez, hace de frontera con Argentina-.

Por otra parte, el crecimiento económico llegó al promedio anual de 5.4 por ciento -uno de los más altos en la historia nacional-.

Fue así como Uruguay logró registrar sus más bajos índices de desigualdad socioeconómica.

En referencia a los logros de su administración en esa materia, en declaraciones que formuló en 2021 -seis años después de haber dejado la presidencia-, a Bloomberg News
-medio de comunicación estadounidense especializado principalmente en economía y finanzas-, explicó que “hay un montón de gastos inútiles”.

A manera de ejemplo/crítica, mencionó “tres millones de dólares por minuto en presupuestos militares, en el mundo”.

“Y, después, decimos que no hay recursos para terminar con la pobreza”, agregó, para precisar, en calidad de denuncia, que “recursos hay, el problema es cómo los estamos tirando (despilfarrando)”.

Además del combate frontal y sin tregua a la injusticia socioeconómica, su gobierno marcó hitos políticamente “incorrectos”, tales como la regulación de la producción y la venta de la marihuana para uso recreativo, la legalización del matrimonio igualitario, la despenalización del aborto.

Respecto al últimos de esos tres logros, explicó, entonces, que “nadie puede estar a favor del aborto, como cuestión de principios, pero hay un cuadro de mujeres que se ve en la amargura de tomar esa decisión, y ese mundo vive en la clandestinidad”.

“Ahí, hay vidas que se pierden”, agregó, ampliando su reflexión humanitaria.

En relación con el matrimonio de personas de igual sexo, planteó, que “hemos decidido aceptar la existencia de la realidad”, y, en cuanto a la marihuana, señaló que “estamos haciendo un experimento de vanguardia en el mundo entero”.

Con la regulación del cannabis, el Pepe golpeó, severamente, al crimen organizado, demostrando, con hechos, que el combate exitoso a la narcoviolencia no consiste en la violencia militar.

En declaraciones que formuló posteriormente, aclaró que “yo no probé, jamás, en mi vida, marihuana”, aunque precisó que “conozco otros vicios: el cigarro”.

Asimismo, subrayó que, “si, para ser libre, yo tengo que tomar una droga, estoy frito (…) si soy dependiente, no soy libre”.

En otras reflexiones de naturaleza filosófica, el Pepe aseguró, en 2014, que, “en mi jardín, hace décadas que no cultivo el odio, porque aprendí una dura lección que me impuso la vida: que el odio termina estupidizando, porque nos hace perder la objetividad frente a las cosas”.

Y, en cuanto a su severo aprendizaje como preso político, aseguró, dos años antes, igualmente en diálogo con la BBC, que, en el contexto de ese aislamiento, “pasé casi siete años sin libros”, además de que “terminé contrayendo el vicio de la misantropía, de hablar conmigo mismo”.

“Fue como una autodefensa, en las condiciones en que estaba, para no piantarme (enloquecer), pro me quedó incorporado, se me transformó en una costumbre”, explicó.

“Esos años de soledad, fueron, probablemente, los que más me enseñaron”, reflexionó, además de revelar que “tuve que pensarlo todo, y aprender a galopar hacia adentro, por momentos, para no volverme loco”.

Las dictaduras, a pesar de su ensañamiento, su corrupción, su insolencia, no pueden destruir la dignidad, el carácter, la integridad revolucionarios.

El Pepe Mujica es un monumental ejemplo.

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