Educación emocional: una necesidad urgente, no un lujo para nuestros hijos

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Un niño que grita por una sudadera perdida, otro que no tolera perder, o uno que parece vivir desconectado del mundo. Estas escenas comunes en casas y escuelas no siempre son señales de mal comportamiento, sino de una necesidad más profunda: el desarrollo emocional. Frente a un contexto social donde los niños y adolescentes enfrentan más estímulos, presiones y menos tiempo para digerir sus emociones, la educación emocional deja de ser una opción decorativa para convertirse en una herramienta vital.

“La enseñanza emocional ya no es solo tarea de terapeutas; debe formar parte de la vida cotidiana en familias y centros educativos”, afirma la abogada y mediadora Sònia Méndez, especializada en educación emocional. Su advertencia es clara: lo que los adultos a menudo interpretan como conductas exageradas puede ser un grito emocional que no sabemos escuchar.

Más que calmar, hay que acompañar

Según Méndez, esta pedagogía no consiste solo en enseñar a calmarse. Se trata de un proceso continuo orientado al bienestar integral del menor, promoviendo el autoconocimiento, la autoestima y las habilidades sociales. “Es una competencia que se entrena desde la infancia, no se improvisa”, explica.

Los niños moldean su mundo emocional en función de sus vivencias y referentes adultos. De ahí la importancia del entorno familiar como espacio seguro. La pedagoga Leticia Garcés, fundadora del centro Padres Formados, enfatiza que muchas veces se cae en la trampa de la sobreprotección, lo cual también puede obstaculizar el desarrollo emocional. “Queremos evitarles todo malestar, pero el sufrimiento es también parte del aprendizaje”, aclara.

Educar con criterio, no con obediencia ciega

Garcés lo resume con contundencia: “No se trata de criar hijos obedientes, sino personas con criterio propio, resilientes y con herramientas para sostenerse emocionalmente”. Subraya que el amor, aunque indispensable, no basta. Educar bien implica coherencia, límites claros y mucho trabajo interno de los adultos.

Un ejemplo cotidiano lo ilustra: ante un examen, el niño debe lidiar con la tensión entre jugar y estudiar. Tomar una decisión saludable requiere habilidades como la regulación emocional, la postergación del placer y la capacidad de visualizar metas. Todo esto se entrena, no se hereda.

La escuela, clave en el proceso

“El abordaje emocional en la escuela no puede depender del entusiasmo de algunos docentes o del interés de algunas familias”, sostiene Méndez. La formación emocional debe ser estructurada, universal y basada en evidencia científica. Para ello, hace falta capacitar al profesorado y reforzar los equipos con más profesionales humanos. “No podemos esperar que los docentes sean psicólogos, enfermeros y maestros a la vez sin más apoyo”, alerta Garcés.

Ya hay herramientas en marcha en algunos centros. En preescolar, rutinas como el “semáforo emocional” o ejercicios de respiración ayudan a los más pequeños a identificar cómo se sienten. En Primaria, se promueven juegos cooperativos, círculos de diálogo, ajedrez , prácticas restaurativas que fortalecen la convivencia y la empatía.

En casa también se educa emocionalmente

Méndez propone cuatro pasos para las familias: diálogo, conexión, aceptación y sostén. Escuchar sin juicio, conectar sin imponer, aceptar sin proyectar y sostener sin anular. “Esta última es la más difícil porque interpela nuestras propias heridas”, reconoce.

“No es lo que decimos, sino cómo los tratamos, lo que les hace sentirse valiosos”, afirma Garcés, autora del libro Infancia bien tratada, adolescencia bien encaminada. Para ella, el cambio empieza en casa, y pasa por revisar cómo manejamos nuestras propias emociones.

Una inversión a largo plazo

Educar emocionalmente es formar seres humanos capaces de convivir, tomar decisiones y enfrentar los retos de la vida con fortaleza interior. “No es una moda ni un lujo. Es una necesidad vital para el equilibrio personal y social”, concluye Méndez.

En un mundo donde los algoritmos y la inteligencia artificial avanzan a pasos agigantados, formar niños emocionalmente competentes es quizás uno de los actos más revolucionarios y humanos que nos quedan.

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