Estados Unidos: la moneda electoral está peligrosamente en el aire

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Desde mi cobertura periodística de la crucial votación de 1990 en Nicaragua, no pronostico resultados electorales.

En ese momento, la coyuntura política nicaragüense hacía prever un porcentaje de voto de castigo al sandinismo -por la guerra estallada ocho años antes, y, sobre todo, por el impopular/obligatorio Servicio Militar Patriótico (SMP)-, pero, de todos modos, en general se pronosticaba -yo incluido- el triunfo de Daniel Ortega.

Daniel Ortega/ Presidente de Nicaragua

El voto de castigo fue superior a lo previsible, y produjo la primera de tres derrotas electorales consecutivas (1990, 1996, 2001) experimentadas por Ortega.

Aunque por razones completamente diferentes al nicaragüense del ’90, el momento político estadounidense actual también es agitado y complejo, de modo que hace impredecible el resultado de la elección presidencial programada para el 5 de noviembre.

Las encuestas de intención de voto son coincidentes en cuanto a vaticinar un sufragio extremadamente ajustado, y sus números oscilan entre darle el triunfo al candidato republicano, el impresentable Donald Trump, y vaticinar la victoria de su inesperada rival demócrata, la actual vicepresidenta Kamala Harris.

Pero el voto popular no necesariamente determina quién llega a la Casa Blanca, porque el sistema electoral de Estados Unidos legaliza el fraude.

El resultado de la elección presidencial es definido, no por los sufragios emitidos por los votantes sino por lo que decidan los integrantes de la arbitraria/antidemocrática estructura denominada Colegio Electoral de Estados Unidos (United States Electoral College).

Integrado por 538 personas en representación de los cincuenta estados -en cada caso, la misma proporción que integrantes del Poder Legislativo-, 270 votos en el colegio son el número mágico para llegar a la Casa Blanca.

Ello ha determinado cinco casos -tres en el siglo 19, dos en el siglo 20- en los cuales, a causa de ese arbitrario mecanismo, quien recibió menos votos reales resultó juramentado.

Hillary Clinton

El ejemplo más reciente ocurrió en la elección presidencial de 2016, cuyos contendientes principales fueron Trump, por el Partido Republicano, y la ex primera dama (1993-1997, 1997-2001), ex senadora (2001-2005, 2005-2009), y ex secretaria de Estado (2009-2013), la insoportable Hillary Clinton, por el Partido Demócrata -con otros cinco candidatos de partidos menores o de postulación independiente-.

Trump perdió la votación popular, pero ganó en el colegio, lo que le garantizó el aberrante inquilinato de cuatro años (2017-2021) en la Casa Blanca.

Las cifras mostraron que Clinton reunió un 48 por ciento de los votos emitidos por los electores -algo más de 65.8 millones-, en los centros de sufragio, frente un 46 por ciento -unos 62.9 millones- obtenidos por Trump -diferencia de dos puntos porcentuales, y 2.9 millones de apoyos-.

Sin embargo, en el colegio -de los 538 votos en juego, 270 son necesarios para ganar-, Trump reunió 304, mientras Clinton se hizo de 227 -los otros siete se distribuyeron entre los demás aspirantes-

De modo que 304 voluntades se impusieron a casi 66 millones -lo cual, según el peculiar sistema estadounidense, se entiende como una elección justa y como ejemplo de democracia funcional-.

En America Latina, eso -que ocurre con tenaz frecuencia- se llama fraude electoral.

Mientras el presidente Joe Biden fue el candidato demócrata a la reelección, los pronósticos de gane trumpista fueron casi unánimes.

Pero la catastrófica participación de Biden en el debate presidencial del 27 de junio, generó masivo descontento en el partido, lo que culminó el 21 de julio, cuando el entonces aspirante a repetición consecutiva anunció la ansiosamente esperada decisión de renunciar a la postulación, y que Harris, su compañera de fórmula reeleccionista, lo reemplazaría.

El cambio que registró el tiempo de campaña fue tan inmediato cuanto profundo.

Harris inyectó, al hasta entonces poco atractivo proceso electoral, una fuerte dosis de renovación.

El debate político venía centrado, entre otros temas, en lo que parecía la irreversible ventaja de Trump frente a Biden.

También estuvo enmarcado en los fuertes intercambios personales, desde sus respectivas trincheras proselitistas, así como en el tema de la edad de ambos rivales -el republicano, 78 años, y, el demócrata, 81-.

Otra buena parte de la atención -principalmente, la mediática- venía enfocándose -lo que sigue ocurriendo- en contabilizar las mentiras formuladas por Trump en sus declaraciones de campaña -las que se suman al fenomenal récord de más de 30 mil que acumuló en los cuatro años presidenciales-, además de registrar los lapsus en que Biden incurrió en sus intervenciones -los de Trump parecen no ameritar conteo-.

Con el cambio en la fórmula presidencial demócrata, el trumpismo se sintió, por primera vez en el proceso, amenazado.

En tal contexto, su reincidente candidato a la reelección ha reaccionado, por ejemplo, intensificando los ataques misóginos/racistas/xenofóbicos contra Harris.

Eso ha incluido la recurrente/insoportable práctica de pronunciar intencionalmente mal -o burlonamente bien- el nombre -por supuesto, indio- de Harris.

Correctamente, se vocaliza “Kámala” -acentuando la primera de las tres sílabas-, pero Trump suele, ofensivamente, decir “Kamála” -acentuando la segunda-.

Al explicar, en setiembre, esa pronunciación, la candidata dijo, además, que “es un nombre indio muy tradicional, clásico, y deriva del sánscrito”.

“Significa flor de loto”, agregó, durante una entrevista, además de puntualizar que “es muy prominente en muchas culturas asiáticas”.

“La idea, el simbolismo es que la flor de loto está sobre agua, pero nunca, realmente, se moja (…) la idea siendo que uno puede estar en medio del caos, o en medio de algo que ocurre, y estar allí -y tiene que estar allí-, y no necesariamente tiene que penetrarlo a uno, pero uno
tiene que estar allí”, explicó, a continuación, en probable alusión al agitado proceso electoral en el que está participando protagónicamente.

“E igualmente importante: su raíz está en el lodo, lo que significa que está conectada a la tierra, y uno tiene que siempre saber de dónde viene”, señaló.

Por supuesto que lo explicado por Harris -como cualquier conocimiento de orden cultural- está fuera de la monumental ignorancia -y de la notoriamente baja capacidad intelectual- de Trump.

El impresentable patán misógino/racista/xenofóbico está, ahora, ante la posibilidad 50-50 de perder ante una mujer quien viene de la clase media y, además, es hija de inmigrantes -una científica de India y un economista de Jamaica-, lo que la posiciona como emblemático referente del mestizaje -en particular, el femenino-.

De modo que la candidata a convertirse en la primera presidenta de Estados Unidos, reúne todos los componentes de las fobias/los prejuicios/las taras que caracterizan a Trump -y que se suman al hecho de que es un inescrupuloso empresario, un manipulador en permanente propagación de disparates/desinformación/mentiras-.

El pánico trumpista se evidenció durante la actividad proselitista que el patán llevó a cabo, el 19 de octubre, en la ciudad de Latrobe, en el nororiental estado de Pennsylvania -a su vez, limítrofe con Canadá-, cuando, con procacidad hasta ahora sin precedente -aún para ese individuo-, insultó soezmente, durante casi un minuto, a Harris -cuyo nombre persistió en pronunciar incorrectamente-.

“Ella es una persona horrible, es radical de izquierda”, dijo Trump, repitiendo adjetivos con los que, habitualmente, agrede a Harris.

En alusión a su calificación ideológica de la vicepresidenta, hizo referencia a la senadora demócrata Elizabeth Warren y al senador independiente Bernie Sanders -a quien suele mencionar como “Crazy Bernie” (“Loco Bernie”)-, etiquetándolos -nuevamente- como izquierdistas radicales.

“Pero esta –‘Kamála’-, es más de izquierda que ellos”, agregó.

“Ustedes tienen que decirle, a ‘Kamála’, que están hartos, que no pueden soportar más!”, exclamó, a continuación.

“No te soportamos!”, dijo, ahora gritando.

“Sos una vicepresidenta de mierda!” (“you’re a shit vice president!”), insultó, siempre a gritos, ahora ovacionado, con expresiones de apoyo, por el prejuiciado público de incondicionales seguidores.

“Sos la peor vicepresidenta!”, siguió desvariando.

“‘Kamála’: estás despedida! Andáte al demonio! Andáte!”, gritó a continuación, usando la expresión –“estás despedido!” (“you’re fired!”) que popularizó, hace algunas décadas, como presentador de un programa de televisión –“El aprendiz” (“The apprentice”)- en el cual los participantes competían por oportunidades laborales y financiamiento empresarial.

“Andáte al diablo, ‘Kamála’!” (“get the hell outta here, ‘Kamála’!”), reafirmó, siempre gritando en medio de aplausos y expresiones de aprobación de su irracional auditorio cautivo.

Harris describió, durante una actividad proselitista, el mismo día, en la ciudad de Detroit, en el nororiental estado de Michigan -también fronterizo con Canadá-, el estado mental de su adversario.

“Está cada vez más inestable y desquiciado” (“he’s becoming increasingly unstable and unhinged”), aseguró la vicepresidenta.

“Creo que el pueblo estadounidense está viéndolo, presenciándolo en tiempo real, y tenemos que tomar nota del hecho de que ese es un individuo quien quiere ser presidente de Estados Unidos, y creo que el pueblo estadounidense merece mejor que alguien quien, verdaderamente, parece inestable”, reflexionó.

En declaraciones formuladas al día siguiente, a la red de televisión MSNBC, reafirmó que “el pueblo estadounidense merece tanto mejor”, y precisó que “así es cómo lo comento”.

“El presidente de Estados Unidos debe establecer un estándar, no solamente para nuestra nación sino comprendiendo el estándar que nosotros, como nación, debemos establecer para el mundo”, planteó.

“Nosotros, representando a Estados Unidos, ingresamos a salones, alrededor del mundo, con la autoridad ganada y autoimpuesta, para hablar sobre la importancia de la democracia, el Estado de Derecho, y hemos sido vistos como un modelo -imperfecto como seamos-, pero un modelo de lo que significa estar comprometido con ciertos estándares, incluyendo reglas y normas internacionales, pero también estándares de decoro”, explicó.

“Y, lo que se ve en mi adversario -un ex presidente de Estados Unidos-, realmente, demerita el cargo, y, como he dicho -estoy siendo muy clara sobre esto-: Donald Trump no debe, nunca más, colocarse detrás del Escudo del Presidente de Estados Unidos (the Seal of the President of the United States)”, reflexionó, en calidad de denuncia.

“No se ha ganado el derecho, no se ha ganado el derecho”, subrayó Harris, para vaticinar: “y es por eso, que va a perder”.

Las divergencias entre las respectivas concepciones sociopolíticas, son abismales -no obstante el hecho de que hayan de ceñirse, cuando en la práctica sea necesario, a los dictados del establishment, a los designios de los poderes fácticos-.

La campaña de la candidata -quien se identifica con la clase media, con las mujeres, con los trabajadores- se desarrolla en variados frentes, destacándose, por ejemplo, el objetivo de evitar una nueva presidencia de Trump -planteando, para ello, que lo peor que puede ocurrir es el triunfo del republicano-.

Otro frente prioritario consiste en la recuperación del derecho de las mujeres a decidir en materia de salud sexual y reproductiva -puntualmente, restablecer el derecho al aborto-, como también lo es la acción socioeconómica en beneficio de la población en general, con énfasis en el sector laboral y en el pequeño y mediano emprendedurismo.

Igualmente, la solución de la crisis humanitaria fronteriza -sin demonizar a los migrantes en situación irregular-.

En materia de política exterior, los principales objetivos proyectados se refieren a consolidar la presencia de Estados Unidos como líder en el escenario internacional, proyectando/fortaleciendo la imagen de país promotor de la paz, paladín de la democracia, defensor de la libertad -con el componente clave de un sector militar fuerte-.

Por su parte, Trump repite, en su peligroso/simplista patrioterismo, que va a Hacer a Estados Unidos Grande Otra Vez (Make America Great Again, Maga), además de que insiste, obsesivamente, en tratar de imponer la leyenda de que Biden le robó la votación pasada -la de 2020, que marcó su primer esfuerzo reeleccionista-.

En el tema nacional, su planteamiento consiste, centralmente, en la eliminación de la inmigración irregular, ya que, según su manipulador argumento, quienes ingresan así a al país, están robando fuentes de trabajo que corresponden a los ciudadanos estadounidenses -y, demagógicamente, sostiene que los más afectados son los integrantes de las comunidades negra y latina-.

A nivel global, plantea que hará que -a diferencia de lo que ocurre desde que dejó la presidencia- el mundo respete, nuevamente, a Estados Unidos, promesa electoral en cuya enunciación, subraya el poderío militar.

El factor bélico es el punto en el cual ambos candidatos parecen coincidir, algo que no es sorprendente si se tiene en cuenta que, históricamente, cualquiera sea su etiqueta política, quien ocupa la Oficina Oval de la Casa Blanca gobierna según la agenda de los poderes fácticos imperiales.

Al cierre de la Convención Nacional Demócrata (Democratic National Convention, DNC)
-llevada a cabo del 19 al 22 de agosto, en la norteña ciudad de Chicago-, cuando aceptó, formalmente, la candidatura presidencial, Harris planteó su visión del ejercicio gubernamental.

“Esta elección no es solamente la más importante de muestras vidas, es una de las más importantes en la vida de nuestra nación”, subrayó.

Donald Trump

“De muchas maneras, Donald Trump es un hombre no-serio, pero las consecuencias de poner a Donald Trump, de regreso, en la Casa Blanca, son extremadamente serias”, advirtió, d inmediato.

En ese sentido, respecto a la próxima votación presidencial, llamó, a los electores, a que “consideren no solamente el caos y la calamidad de cuando estuvo en el cargo, pero, también, la gravedad de lo que ha ocurrido desde que perdió la última elección”.

Harris hizo, así, referencia a hechos tales como la insistencia de Trump en cuanto a tratar de imponer la falsa narrativa del fraude electoral, con el más reciente y riesgoso agregado de que, si ahora pierde otra vez, la perspectiva nacional es “un baño de sangre”.

La candidata demócrata destacó, en esa línea argumental, el intento de golpe de Estado que, 15 días antes de finalizar su mandato, el todavía presidente perpetró -el 6 de enero de 2021-, cuando miles de irracionales trumpianos -una proporción considerable, portando armas de fuego- asaltaron la sede parlamentaria estadunidense, para tatar de alterar el desarrollo del proceso constitucional de ratificación de los resultados de la elección presidencial.

Incentivada por su dictatorial líder, la horda irracional -incluidos los neofascistas Proud Boys (Muchachos Orgullosos)- intentó impedir que el entonces vicepresidente estadounidense, Mike Pence, en su calidad constitucional de preside del Senado, oficializara el triunfo electoral de Biden/Harris.

La vicepresidenta se refirió, igualmente, a los juicios penales que su adversario enfrenta, por actos de corrupción, incluido abuso sexual -uno de los cuales le fue adverso-.

En términos más generales, planteó que “sabemos cómo sería un segundo período Trump: todo está expuesto en el Proyecto 2025, escrito por sus más cercanos asesores”, en referencia a un exhaustivo programa de gobierno conservador elaborado por ideólogos de la ultraderecha estadounidense.

Harris hizo, así, referencia a la propuesta de 922 páginas, que, consistente en 30 capítulos distribuidos en cinco secciones, se titula “Mandato para Liderazgo. La Promesa Conservadora. Proyecto 2025. Proyecto de Transición Presidencial”, y en cuya elaboración participaron ex altos funcionarios del régimen trumpista así como allegados al candidato republicano.

Elaborado en 2023 -pensando en la reelección de Trump-, bajo supervisión de la conservadora Heritage Foundation, el plan, dado a conocer en julio de 2024, prevé, entre sus objetivos centrales, una profunda restructuración del Poder Ejecutivo -creando una blindada inmunidad, para proteger, a quien ejerza la presidencia, contra eventuales demandas judiciales por abuso de autoridad u otras variantes de corrupción-.

Establecida en 1973, la fundación -un tanque de pensamiento ultraconservador que asesora a gobiernos republicanos- se posicionó, como un actor líder de la derecha estadounidense, durante la administración (1981-1985, 1985-1989) de Ronald Reagan, el pésimo actor y peor presidente en cuya gestión tuvo fuerte influencia.

En su sitio en Internet, la fundación indica que sus tres declarados objetivos principales son los de “proporcionar soluciones, investigando, desarrollando, y promoviendo soluciones innovadoras”, además de “movilizar a los conservadores, uniendo al movimiento conservador para que trabaje unido”, lo mismo que “capacitar a líderes, preparando a las futuras generaciones que liderarán a Estados Unidos”.

También asegura que, “ahora, más que nunca, el pueblo estadounidense necesita a un defensor quien preserve el gran experimento estadounidense y todo lo bueno y lo justo que representa”.

A continuación, explica que “es por eso que La Fundación Heritage existe”.

Como consecuencia de las críticas de diversos sectores al Proyecto 2025, y de la impopularidad de la iniciativa en un amplio segmento de votantes -más de 40 por ciento, frente a un 16 por ciento de apoyo, y un 40 por ciento que no la conoce-, su director, Paul Dans -uno de los principales promotores y autores de la iniciativa-, anunció, al final de julio, la decisión de renunciar al cargo.

Dans se desempeñó, durante el régimen trumpista, como jefe de Personal de la Oficina de Administración de Personal de Estados Unidos (United States Office of Personnel Management, OPM).

La extensa iniciativa contiene el comentario introductorio “Una Nota sobre el ‘Proyecto 2025’”, en el cual Dans expuso la visión ultraderechista republicana -y, obviamente, trumpiana- de lo que debe ser el Poder Ejecutivo estadounidense.

“El Proyecto de Transición Presidencial 2025 es el esfuerzo unificado del movimiento conservador por estar pronto para que la próxima Administración conservadora gobierne a las 12:00 del mediodía, el 20 de enero de 2025”, escribió, en referencia a la fecha de juramentación de quien haya de suceder a Biden

“Para que los conservadores tengan una oportunidad combativa de asumir el Estado Administrativo y reformar nuestro gobierno federal, la tarea tiene que empezar ahora”, agregó, además de precisar que “la totalidad de este esfuerzo es para aportar al próximo presidente conservador, quien sea él o ella”.

Siguiendo la explicación de la nefasta esencia del Proyecto 2025, Harris advirtió, al hablar en la DNC, que “su resultado es, arrastrar, a nuestro país, de regreso al pasado”.

Ante ello, afirmó, a continuación, tres enérgicas veces consecutivas: “no vamos atrás!”.

“Y estamos trazando un camino hacia adelante, hacia un futuro con una fuerte clase media, porque sabemos que una fuerte clase media siempre ha sido crítica para el éxito de Estados Unidos”, de modo que, “construir esa clase media, será un propósito definitorio de nuestra presidencia”, expresó.

“Y permítanme decirles: esto es personal, para mí”, porque “la clase media es de donde yo vengo”, aclaró.

“Es por eso que crearemos lo que yo llamo una economía de oportunidad: una economía en la que todos tengan la posibilidad de competir y una posibilidad de triunfar, aunque vivan en el área rural, un pueblo pequeño, o una gran ciudad”, anunció, en calidad de compromiso.

“Ahora, comparen eso, con Donald Trump”, planteó, para explicar, con énfasis, que “él no lucha, en realidad, por la clase media (…) lucha por sí mismo y sus amigos billonarios, y va a darles otra ronda de beneficios tributarios que sumarán hasta cinco trillones de dólares a la deuda nacional”.

“Al mismo tiempo, tiene la intención de poner en vigencia lo que, en efecto, es un impuesto sobre las ventas -llámenlo un ‘impuesto Trump’- que elevaría los precios, para las familias de clase media, en casi cuatro mil dólares al año”, precisó, de inmediato.

Al destacar uno de los numerosos temas que diferencian a ambos planes de gobierno, anunció: “en lugar de un aumento de impuesto Trump, nosotros aprobaremos una reducción de impuesto para la clase media que beneficiará a más de cien millones de estadounidenses”.

Siempre en el plano de política nacional, incursionó en el divisorio terreno del aborto, uno de los polarizadores tabúes manipulados, desvergonzadamente, por la derecha y la ultraderecha estadounidenses.

Se trata de un área en que la presente mayoría conservadora de la Corte Suprema de Estados Unidos (Supreme Court of the United States, Scotus) -en particular el tercio trumpista- es responsable de haber desandado casi medio siglo en la historia de las conquistas sociales -en particular las referidas a las mujeres- en el país norteamericano.

Esos seis magistrados determinaron, el 24 de junio de 2022, la eliminación del derecho al aborto -que fue establecido, en 1973, por la entonces progresista mayoría de la Scotus-.

En cuanto a su agenda mundial, Harris garantizó, al hablar en la DNC, que, en el ejercicio de la presidencia, respaldará el robustecimiento de las fuerzas armadas estadounidenses.

“Como comandante en jefe, me aseguraré de que Estados Unidos siempre tenga la fuerza de combate más poderosa, más letal del mundo”, prometió.

También subrayó que “me aseguraré de que conduzcamos al mundo hacia el futuro en inteligencia espacial y artificial, que Estados Unidos -no China- gane la competencia por el siglo veintiuno, y que fortalezcamos, no que abandonemos, nuestro liderazgo global”.

En la notoriamente opuesta acera de enfrente, al participar en el cierre de la Convención Nacional Republicana 2024 (2024 National Republican Convention, NRC) -llevada a cabo del 15 al 18 de julio, en la norteña ciudad de Milwaukee-, Trump formalizó la aceptación de la candidatura presidencial.

En un discurso desbordante de tóxica y peligrosa retórica, lo mismo que de incoherencia, inexactitudes, y flagrantes mentiras -o sea, lo habitual-, Trump adoptó, de inicio, un tono hipócritamente conciliador, pero fue, rápidamente, dando espacio a su verdadera personalidad -autoritaria/intolerante/manipuladora-.

“Amigos, delegados, y conciudadanos: estoy frente a ustedes, esta noche, con un mensaje de confianza, fortaleza, y esperanza”, dijo, para agregar que, “dentro de cuatro meses, tendremos una increíble victoria, e iniciaremos los cuatro más grandes años en la historia de nuestro país”.

Al respecto, prometió que, “juntos, iniciaremos una nueva era de seguridad, prosperidad, y libertad para los ciudadanos de todas las razas, religiones, colores, y credos”.

“La discordia y la división, en nuestra sociedad, debe curarse, debemos curarla rápidamente”, porque, “como estadounidenses, estamos unidos por una sola suerte y un destino compartido: ascendemos juntos, o nos derrumbamos”, advirtió.

“Estoy postulándome para ser el presidente de todo Estados Unidos, no la mitad de Estados Unidos, porque no hay victoria en ganar para la mitad de Estados Unidos”, planteó, de inmediato, iniciando el mensaje aguardado por la convención.

Quizá sin darse cuenta, Trump admitió, con esa afirmación, que los estadounidenses están políticamente polarizados, y que sus simpatizantes no son más que sus detractores -en todo caso, según esa visión, hay un empate-.

De inmediato, y continuando el mensaje, declaró -con exceso de demagogia- lo que sus incondicionales/irracionales/acríticos seguidores esperaban, ansiosamente, escuchar: “por lo tanto, esta noche, con fe y devoción, orgullosamente acepto la nominación (candidatura) para presidente de Estados Unidos”.

“Y lo haremos bien, vamos a hacerlo bien”, expresó.

“Esta noche -me hayan apoyado, en el pasado, o no-, espero que me apoyen en el futuro, porque, voy a traer, de regreso, el sueño americano”, prometió, en modo de exhortación electoral.

“Eso es lo que vamos a hacer”, porque “ya ni siquiera se oye hablar del sueño americano”, dijo, a continuación, aunque refiriéndose a lo que describió como la expectativa de los ciudadanos estadounidenses.

En contraposición, tergiversó la angustiosa búsqueda de calidad de vida mejor que mueve, anualmente, a cientos de miles de migrantes, a desplazarse, en riesgosa travesía irregular, hacia Estados Unidos.

“Pero ninguna esperanza o sueño que tengamos para Estados Unidos puede tener éxito, a menos que detengamos la invasión de inmigrantes ilegales, la peor que se haya visto en cualquier lugar del mundo”, agregó, dando paso a su profundamente xenofóbica/racista visión del país.

“La invasión, en nuestra frontera sur, vamos a pararla, y vamos a pararla rápidamente”, prometió, al formular una nueva amenaza de represión contra la inmigración irregular.

Trump hizo, así, referencia al sureño límite terrestre de aproximadamente 3,155 kilómetros, que México y Estados Unidos comparten.

“Hace menos de cuatro años, entregué, a esta administración, la frontera más fuerte en la historia estadounidense”, agregó, sin tomar en cuenta que -en contradicción con lo que recurrentemente sostiene- el creciente fenómeno de migración irregular masiva hacia Estados Unidos no se detuvo durante se nefasto cuatrienio gubernamental (2017-2021).

“Vean qué sucedió después de eso: comenzó la invasión”, pero “nosotros tuvimos lo contrario, nosotros detuvimos la invasión” , persistió en aseverar.

“Pero la invasión que detuvimos no fue nada, en comparación con lo que pasó después que me fui”, siguió manipulando, para agregar -satanizado a los migrantes-: “vean qué pasó después de que me fui: se tomaron el país”.

“Bajo la administración Trump, si alguien entraba ilegalmente, era aprehendido, inmediatamente, y era deportado, iba de regreso”, dijo.

Contradiciendo críticas formuladas por sectores de oposición a Biden, en el sentido de que el gobierno actual está implementando políticas migratoria de naturaleza trumpiana, agregó que “la presente administración terminó cada una de esas grandes políticas Trump que yo puse en vigencia para sellar la frontera”.

Mentirosamente pintando un panorama inexacto, aseguró -en exagerado tono xenofóbico- que, “hoy, nuestras ciudades están inundadas con extranjeros ilegales, los estadounidenses están siendo expulsados de la fuerza laboral, y sus empleos son tomados”.

“A propósito: saben ustedes quién está tomando los empleos, los empleos que son creados?”, preguntó, a continuación, para responder -obviamente, sin proporcionar fuente de información-: “107 por ciento de esos trabajos están siendo tomados por extranjeros ilegales”.

“Y también están tomándolos de los sindicatos, los sindicatos están sufriendo por eso”, aseguró -siempre, sin precisar el origen del supuesto dato-.

“Y, saben ustedes quién está siendo más afectado por los millones de personas entrando desbordadamente a nuestro país?”, volvió a preguntar, para responder, en calidad de manipulación electorera: “la población negra y la población hispana” -dos sectores que, aparte del valor político, no son prioritarios para el racista/clasista Trump.

Para fortalecer aún más su narrativa incitadora de odio antiextranjero, prometió: “voy a terminar la crisis de inmigración, cerrando nuestra frontera, y terminando el muro, la mayor parte del cual ya construí”.

A ello, agregó una fuerte dosis de autoritarismo, al señalar -un tanto incoherentemente-, en alusión al período durante el cual fue presidente: “respecto al muro, estábamos tratando con un Congreso muy difícil, y yo dije: ‘está bien, no iremos al Congreso’. La llamo una ‘invasión’. Le dimos, a los militares, casi 800 mil millones de dólares”.

“Yo dije: ‘voy a tomar un poquito de ese dinero, porque es una ‘invasión’, y construimos -la mayor parte ya estaba construida-, y la construimos a través de usar los fondos, porque, qué es más, qué es mejor que eso?”, siguió divagando.

Como justificación de esa narrativa, afirmó, inventando números, que “tenemos que parar la invasión a nuestro país, que está matando a cientos de miles de personas por año”, y subrayó que “no vamos a dejar que eso ocurra”.

“El mundo entero está desbordándose en nuestro país, por esta muy irresponsable administración”, siguió exagerando.

“La mayor invasión en la historia, está teniendo lugar aquí, en nuestro país”, agregó, en la misma tónica, afirmando que “vienen de cada rincón de la tierra, no sólo de Sudamérica sino de África, Asia, Oriente Medio, vienen de todos lados, vienen a niveles que nunca hemos visto antes”.

En planeta Trump -paraíso de la ignorancia y el simplismo-, Sudamérica es, toda América Latina -en algunos casos, México lo es-.

“Es una invasión, en efecto, y esta administración no hace absolutamente nada para frenarlos”, siguió repitiendo.

Sin tener en cuenta que la abrumadora mayoría del flujo migrante es expulsada a causa de la injusticia económica históricamente imperante en los respectivos países de origen, Trump se permitió aseverar, procaz afrenta a esas personas, que, sin excepción, “vienen de prisiones, vienen de cárceles, vienen de instituciones psiquiátricas, y de asilos de locos”.

Según es narrativa, los gobiernos de esos países “están vaciando sus asilos de locos”, además de que, en esa masiva población desplazada, se cuenta a “terroristas, en números que nunca hemos visto antes”, lo que significa “que van a pasar cosas malas”.

“Entretanto, nuestra tasa de criminalidad está subiendo, mientras las estadísticas de criminalidad en todo el mundo están bajando”, aseveró, en otra de las mentiras que colmaron su alocución en la RNC -más de veinte contabilizadas por medios de comunicación estadounidenses-.

En otro momento de alta demagogia en su discurso de aceptación de la candidatura, dirigiéndose a todos sus compatriotas, aseveró que, “esta noche, Estados Unidos, esta es mi promesa solemne: no permitiré que esos asesinos y delincuentes entren a nuestro país, mantendré seguros a nuestros hijos e hijas”:

“Al traer seguridad a nuestras calles, ayudaremos a traer estabilidad al mundo”, agregó, ahora asumiendo el fantasioso papel de hábil componedor de extremadamente complejos conflictos internacionales -y, por supuesto, inventando una realidad a su medida-.

Por si eso hubiese sido poco, en flagrante autoelogio, aseveró -como reflexionando- que “estamos tan cerca de hacer algo grande, pero necesitamos un líder que permita que se haga”.

Sin nombrarlo, se refirió a Donald Trump.

La demócrata y su adversario republicano representan dos conceptualizaciones de país que son diametralmente opuestas, irreconciliablemente antagónicas.

La polarización -que, con particular fuerza, está partiendo, políticamente, al país- muestra que ambas visiones tienen considerable respaldo popular -racional, informado, concientizado, en el bando de la vicepresidenta, y acrítico, irracional, manipulado, en el bando del desquiciado megalómano-.

La pugna es intensa, y de resultado impredecible que se proyecta como extremadamente ajustado -de photoshop-.

De modo que la moneda electoral está, peligrosamente, en el aire.

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