Argentina salta al abismo

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Las palabras describen una pesadilla en potencia: Javier Milei es el nuevo presidente de Argentina.

Después de su juramentación, en la sala de sesiones de la Cámara de Diputados -en la reunión de la Asamblea Legislativa, integrada por los diputados y los senadores-, Milei se ubicó detrás de un podio sobre un escenario montado en las afueras de la sede parlamentaria, frente a la Plaza del Congreso, para dirigirse a la multitud de seguidores quienes, repetidamente, interrumpieron el discurso, para aclamar a su líder.

El discurso inaugural del ultraderechista dirigente -quien saltó de su condición de diputado a la de presidente, y quien se define como liberal libertario- dio, en algo más de media hora, una visión general de lo que le espera al rioplatense y andino país sudamericano -y no pinta bien-.

Por una parte, el nuevo presidente -quien suele referirse, en términos fuertemente críticos, a “los políticos”, como si él no fuese uno de ellos-, se esforzó por subrayar -recurrentemente- que su administración recibe un país socioeconómicamente en ruinas -y dominado por el crimen organizado-.

Para ello, durante algo más de la tercera parte de su discurso -obviamente leído, y con algunos tropiezos al decir algunas de las palabras-, presentó un catálogo de cifras según las cuales, entre otros peligros, Argentina está ante la perspectiva de niveles inflacionarios en el rango de 15 mil por ciento interanual, y con proyecciones socioeconómicas de pobreza casi total y pobreza extrema para la mitad de la población.

Lo que Milei, obviamente no hizo, fue explicar -aunque todos los argentinos lo saben, lo mismo que el delictivo Fondo Monetario Internacional (FMI)- que la catástrofe económica que fotografió como herencia del gobierno inmediatamente anterior fue, en realidad, herencia originada en la desastrosa administración Macri.

Al pintar el sombrío panorama, el nuevo presidente trató de justificar lo que definió como la necesidad a la que se ve enfrentado, en cuanto aplicar lo que se perfila -según sus adelantos- como una despiadada política económica consistente en un brutal reajuste fiscal, y en igual shock -porque, según afirmó, no es tiempo de gradualismos-.

También presentó el panorama de que, ante el descontento social que, obviamente prevé
-aunque no lo mencionó con las palabras exactas-, habrá represión y castigo -algo que está garantizado por su designación de la represora fascista y macrista Patricia Bullrich, la promotora de la política policial de “gatillo fácil”, como ministra de Seguridad.

Milei fue recurrente en plantear que la crisis nacional que describió, no admite otra política económica que la anunciada.

También dijo que no será fácil salir de esa coyuntura, de la que culpó al gobierno saliente, y a los demás gobiernos que Argentina ha tenido en un siglo, lo que, de hecho, incluye la administración de su cómplice político Mauricio Macri (2015-2019), a quien obviamente no mencionó -sí el mismo de la rítmica consigna popular que caracterizó a su impopular y corrupto gobierno: “Mau-ri-cio Macri: la puta que te parió!”-.

Un breve paréntesis: habrá consigna popular para Milei, cuando los argentinos se den cuenta del fenomenal error de haberlo convertido en el nuevo inquilino de la Casa Rosada? Cierre del paréntesis.

Una de las reiteradas aseveraciones que colmaron el discurso inaugural mileísta, fue la que presentó, a la jornada, como el inicio de “una nueva era” en Argentina.

Sin embargo, las prometidas -o amenazadas- políticas gubernamentales esbozadas en el autoritario mensaje, evidenciaron un contraste entre el 10 de diciembre de 2023 y el 10 de diciembre de 1983 -hace, exactamente, 40 años-.

El tono autoritario del mensaje lanzado por Milei fue diametralmente opuesto a la conducta de Raúl Alfonsín, cuya juramentación, cuatro décadas atrás, marcó el fin de la última sanguinaria y corrupta dictadura militar (1976-1983) que Argentina soportó.

“Hoy, comienza una nueva era, en Argentina”, aseveró al inicio del discurso -algo que repetiría varias veces, más adelante-.

“Hoy, damos por terminada una larga y triste historia de decadencia y declive, y comenzamos el camino de la reconstrucción de nuestro país”, porque “los argentinos, de manera contundente, han expresado una voluntad de cambio que ya no tiene retorno”.

“Hoy, enterramos décadas de fracaso, peleas intestinas, y disputas sin sentido, peleas que lo único que han logrado es destruir nuestro querido país, y dejarnos en la ruina”, de modo que, “hoy, comienza una nueva era, en Argentina, una era de paz y prosperidad, una era de crecimiento y desarrollo, una era de libertad y progreso”.

Al esbozar una patriotera narrativa histórica nacional, dijo que, a lo largo de la historia, “decidimos, como pueblo, abrazar las ideas de la libertad”.

En tal contexto, “se sancionó una constitución liberal, con el objetivo de asegurar los beneficios de la libertad”, lo que permitió “la expansión económica más impresionante de nuestra historia”, cuando “pasamos a ser la primer potencia mundial”, además de que, “para principios del siglo 20, éramos el faro de luz de occidente”, subrayó, para ser interrumpido por exclamaciones de aprobación de la multitud en la Plaza del Congreso -lo que ocurrió frecuentemente, durante la alocución-.

“Lamentablemente, nuestra dirigencia decidió abandonar el modelo que nos había hecho ricos, y abrazaron las ideas empobrecedoras del colectivismo”, dijo, además de que señaló que “ese modelo ha fracasado (…) en todo el mundo, pero, en especial, ha fracasado en nuestro país”.

“Así como la caída del muro de Berlín marcó el final de una época trágica para el mundo, estas elecciones han marcado el puesto de quiebre de nuestra historia”, aseguró, lo que motivó a sus seguidores a corear, reiteradamente: “libertad!”.

“En estos días, mucho se ha hablado de la herencia que vamos a recibir”, señaló.

“Dejen que sea muy claro, en esto: ningún gobierno ha recibido una herencia peor que la que estamos recibiendo nosotros”, expresó.

Luego de ofrecer el sombrío panorama económico nacional, indujo, a sus simpatizantes, a llegar, con él, a la conclusión de que “no existe solución viable en la que se evite atacar al déficit fiscal”.

“La solución implica, por un lado, un ajuste fiscal en el sector público nacional de cinco puntos del PBI, que, a diferencia del pasado, cae, totalmente, sobre el Estado, y no sobre el sector privado”, planteó, ahora, gritando, lo que motivó, en la multitud, la consigna, también varias veces coreada: “Argentina!”.

También aclaró -curándose en salud- que, no obstante las bondades de su plan socioeconómico, “seguiremos pagando los costos del desmadre monetario del gobierno saliente (…) lo vamos a pagar en inflación”.

Respuesta de la masa: “Milei, amigo, el pueblo está contigo!”, también varias veces.

La crisis se traduce en que “la tasa de inflación (…) viene viajando a un rimo del 300 por ciento”, y “podríamos pasar a una tasa anual del 3,600”, con el riesgo de llegar “a niveles del 15 mil por ciento anual”, aseguró.

“Esta es la herencia que nos deja (la administración saliente): una inflación plantada del 15 mil por ciento, la cual vamos a luchar, contra (sic) uñas y dientes, para erradicarla”, prometió, como si estuviese, todavía, en campaña electoral, mientras los mileístas coreaban, repetidamente: “sí, se puede!”.

“Es más, ese número, que parece un disparate, quiero que sepan que implica una inflación del 52 por ciento mensual, mientras que, hoy mismo, ya viaja a un ritmo -de acuerdo a estimaciones privadas- que oscilan entre el veinte y el cuarenta por ciento mensual, para los meses entre diciembre y febrero”, siguió revolviendo cifras.

“Esto es: el gobierno saliente, nos ha dejado, plantada, una hiperinflación, y es nuestra prioridad hacer todos los esfuerzos posible para evitar semejante catástrofe, que llevaría, a la pobreza, por encima del noventa por ciento, y la indigencia por encima del cincuenta”, reafirmó.

“En consecuencia, no hay solución alternativa al ajuste”, planteó, nuevamente, a manera de lavado de cerebro para sus votantes.

Y siguió acusando a la administración inmediatamente antecesora.

“Nos han arruinado la vida, nos han hecho caer, por 10 veces, nuestro salario, por lo tanto, tampoco nos debería sorprender que el populismo nos esté dejando 45 por ciento de pobres y 10 por ciento de indigentes”, agregó.

En su insistente justificación de lo que está por hacer, volvió a la advertencia sobre la terapia de shock económico: “luego de dicho cuadro de situación -que, a todas luces, parece irremontable-, debe quedar claro que no hay alternativa posible al ajuste”

“Tampoco hay lugar a la discusión entre el shock y el gradualismo, en primer lugar, porque, desde el punto de vista empírico, todos los programas gradualistas, terminaron mal, mientras que todos los programas de shock, salvo el de 1959, fueron exitosos” -en referencia a la inflación anual de 130 por ciento registrada entonces-.

“En segundo lugar, porque, desde el punto de vista teórico, si un país carece de reputación
-como, lamentablemente, es el caso de Argentina-, los empresarios no invertirán hasta que vean el ajuste fiscal, haciendo que el mismo sea receptivo”, siguió advirtiendo.

“En tercer lugar -no, por ello, menos importante-: para hacer gradualismo, es necesario que haya financiamiento, y, lamentablemente, tengo que decírselos de nuevo-: no hay plata”, agregó.

A lo que siguió más lavado de cerebro: “por ende, la conclusión es que no hay alternativa al ajuste, y no hay alternativa al shock”.

Y la aclaración -para que, después, nadie se queje-: “naturalmente, ello impactará, de modo negativo, sobre el nivel de actividad, el empleo, los salarios reales, la cantidad de pobres e indigentes”.

La reacción de la gente: “Milei, querido, el pueblo está contigo!” -durante algunos
minutos-.

Pero, en opinión del nuevo presidente, sin perjuicio de las privaciones que marcan el inminente panorama económico argentino, “habrá luz, al final del camino”.

En el caso de que, a esa altura del discurso, alguien todavía tenía alguna interrogante sobre la política económica del gobierno mileísta, una nueva reafirmación: “por lo tanto, luego de semejante cuadro de situación, no pueden quedar dudas que la única opción posible es el ajuste, un ajuste ordenado, y que caiga, con toda su fuerza, sobre el Estado, y no sobre el sector privado”.

Y más garantía de privaciones en masa: “sabemos que será duro”, porque “el nivel de deterioro, de nuestro país, es tal, que abarca todas las esferas de la vida en comunidad”.

“En materia de seguridad, Argentina se ha convertido en un baño de sangre, los delincuentes caminan libres, mientras los argentinos de bien se encierran tras las rejas”, además de que “el narcotráfico, se apoderó, lentamente, de nuestras calles, a punto tal que una de las ciudades más importantes de nuestro país, ha sido secuestrada por los narcos y la violencia”, agregó -sin identificar el lugar-.

“Nuestras fuerzas de seguridad han sido humilladas y maltratadas, durante décadas, han sido abandonados, por una clase política que le ha dado la espalda a quienes nos cuidan”, afirmó, lanzando un mensaje al sector armado.

“La anomia es tal, que sólo el tres por ciento de los delitos, son condenados”, pero “se acabó con el ‘siga, siga’ de los delincuentes”, aseguró.

Lo alarmante, aquí, fue la reacción de la masa mileísta: la consigna “policía!”, fue coreada, con particular fuerza, repetidas veces. “nuestras fuerzas de seguridad han sido humilladas y maltratadas, durante décadas, han sido abandonados, por una clase política que le ha dado la espalda a quienes nos cuidan”

También se refirió al sector educación, al que describió también como dramáticamente deteriorado, y, a manera de añoranza, dijo: “Argentina fue el primer país en terminar con el analfabetismo, en el mundo”.

En ese sentido, Milei reafirmó que, “en materia social, estamos recibiendo un país donde la mitad de la población es pobre, con el tejido social completamente roto”, y aseguró que, “en todas las esferas, miren donde miren, la situación de Argentina es de emergencia”.

Para ser aún más explícito, aclaró que, “lo que quiero graficar, con todo esto, es que la situación de la Argentina es crítica y de emergencia”, que “no tenemos alternativa, y tampoco tenemos tiempo, no tenemos margen para discusiones estériles, nuestro país exige acción, y una acción inmediata”.

Y otra vez: “la clase política deja un país al borde de la crisis más profunda de nuestra historia”, de modo que, “cada uno de ellos, tendrá que hacerse cargo de su responsabilidad, no es tarea mía señalarlo”, ahora, con la aclaración de que “no buscamos ni deseamos las duras decisiones que habrá que tomar en las próximas semanas, pero, lamentablemente, no nos han dejado opción”.

“Sin embargo, nuestro compromiso con los argentinos, es inalterable”, contexto en el cual “vamos a tomar todas las decisiones necesarias para arreglar el problema que causaron cien años de despilfarro de la clase política, aun cuando el principio sea duro”, agregó.

Y, usando el discurso politiquero de la clase política a la cual condena -y de la cual, aunque proyecte otra imagen, es parte-, dijo que “sabemos que, de corto plazo, la situación empeorará, pero, luego, veremos los frutos de nuestro esfuerzo, habiendo creado las bases de un crecimiento sólido y sostenible en el tiempo”.

“Hoy, empezamos a desandar el camino de la decadencia, y comenzaos a transitar el camino de la prosperidad”, reafirmó, para agregar que “tenemos todo, para hacer el país que siempre soñamos, tenemos los recursos, tenemos la gente, tenemos la creatividad, y desandas -mucho más importante-, tenemos la resilencia (sic) para salir adelante”.

“Hoy, volvemos a abrazar las ideas de la libertad, esas ideas que se resumen en la definición del liberalismo, de nuestro máximo prócer de las ideas de la libertad, el profesor Alberto Benegas Lynch hijo”, subrayó.

Lynch resulta ser un peculiar “prócer”.

De acuerdo con registros históricos y periodísticos, su padre -el primer Alberto Benegas Lynch- apoyó la corrupta y sanguinaria dictadura militar argentina (1955-1958) -que, autodenominada “revolución libertadora”, derrocó al entonces presidente, general Juan Perón, en el segundo de sus tres mandatos presidenciales (1946-1952, 1952-1955, 1973-1974)-.

También respaldó al último régimen de facto (1976-1983) -igualmente sanguinario y corrupto- instalado en Argentina, tras el derrocamiento de la presidenta (1974-1976) María Estela Martínez, quien, como vicepresidenta, asumió el cargo tras el fallecimiento de Perón, su esposo.

El segundo -Alberto Benegas Lynch hijo, el amado “prócer” de Milei-, reveló, el 6 de diciembre, en declaraciones a un medio de comunicación argentino, dijo que “estoy a favor de la venta de órganos (humanos), y en contra del aborto”.

Por su parte, el Tercer Alberto Benegas Lynch, fue postulado, para ser diputado, por el ahora gobernante, el ultraderechista partido La Libertad Avanza -agrupación política fundad, en 2021, por Milei-.

Tras elogiar a su “prócer”, Milei citó la definición dada por Benegas, respecto a esa ideología: “el liberalismo es el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión, en defensa del derecho a la vida, a la libertad, y a la propiedad, cuyas instituciones fundamentales son la propiedad privada, los mercados libres de intervención estatal, la libre competencia, la división del trabajo, y la cooperación social”.

Totalitariamente aseveró, de inmediato: “en esa frase de 57 palabras, está resumida la esencia del nuevo contrato social que eligieron los argentinos”.

“Este nuevo contrato social, nos propone un país distinto, un país en el que el Estado no dirija nuestras vidas sino que vele por nuestros derechos; un país en el que el que las hace, las paga; un país en el que quien corta la calle, violando los derechos de sus conciudadanos, no recibe la asistencia de la sociedad”, agregó, en el último caso, a manifestantes opositores, además de, represoramente, amenazar -ahora, gritando-: “puesto en otros términos: el que corta, no cobra!”.

De inmediato, continuó la descripción de la “nueva Argentina”, como “un país que, dentro de la ley, permite todo, pero, fuera de la ley, no permite nada!” -nuevamente, gritando-, “un país que conviene a quienes lo necesitan, pero no se deja extorsionar por aquellos que utilizan, a quienes menos tiene, para enriquecerse a ellos mismos!”.

Marcando una contradicción -o enunciando un planteamiento hipócrita- respecto al tono totalitario de su discurso inaugural, Milei expresó que, “en cuanto a la clase política argentina, quiero decirles que no venimos a perseguir a nadie, no venimos a saldar viejas vendettas, ni a discutir espacios de poder (…) nuestro proyecto es un proyecto de país”.

“No pedimos acompañamiento ciego, pero no vamos a tolerar que la hipocresía, la deshonestidad, o la ambición de poder interfieran con el cambio que los argentinos elegimos”, volvió a amenazar.

“A todos aquellos dirigentes políticos, sindicales, y empresariales que quieran sumarse a la nueva Argentina, los recibimos con los brazos abiertos (…) no importa de dónde vengan, no importa qué hayan hecho antes: lo único que importa es hacia dónde quieren ir”, agregó, alternando entre el autoritarismo y la condescendencia.

“Aquellos que quieren utilizar la violencia o la extorsión para obstaculizar el cambio, les decimos que se van a encontrar con un presidente de convicciones, inamovible, que utilizará todos los resortes del Estado, para avanzar en los cambios que nuestro país necesita”, dijo, otra vez en tono de advertencia.

“No vamos a claudicar! No vamos a retroceder! No nos vamos a rendir! Vamos a avanzar con los cambios que el país necesita, porque estamos seguros que avanzar las ideas de la libertad, es la única manera en la que podremos salir del pozo en el que nos han metido!”, subrayó, otra vez, gritando.

Y, nuevamente, la definición del país en el kilómetro cero de la carretera hacia la recuperación: “que quede claro: hoy, comienza una nueva era en Argentina”

“El desafío que tenemos por delante, es titánico, pero la verdadera fortaleza de un pueblo, se mide en cómo enfrenta los desafíos, cuando se presentan, y cada vez que creemos que nuestra capacidad para superar esos desafíos ha sido alcanzada, miramos al cielo, y recordamos que, esa capacidad, bien podría ser ilimitada”, dijo.

“No es casualidad que esta inauguración presidencial ocurra durante la fiesta de Hanukah, la fiesta de la luz, ya que, la misma, celebra la verdadera esencia de la libertad”, agregó, en alusión a la festividad hebrea.

“La guerra de los macabeos (movimiento judío de liberación, en 167 AC), es el triunfo de los débiles por sobre los poderosos, de los pocos por sobre los muchos, de la luz por sobre la oscuridad, y, sobre todas las cosas, de la verdad por sobre la mentira”, dijo, para exclamar que “ustedes saben que prefiero decirles una verdad incómoda, antes que una mentira confortable!”.

Además de afirmar que “estoy convencido de que vamos a salir adelante”, y siguiendo le línea religiosa de esta parte de su discurso, mencionó “una cita del Libro de Macabeos, 3:19, que dice que la victoria, en la batalla, no depende de la cantidad de soldados sino de las fuerzas que vienen del cielo”.

Milei hizo, así referencia, al pasaje bíblico según una parte del cual, “lo importante no es tener muchos solados sino contra con la ayuda poderos de Dios”.

“Por lo tanto, Dios bendiga a los argentinos, y que las fuerzas del cielo nos acompañen en este desafío”, expresó, además de, nuevamente, advertir, ahora exclamando, que “será difícil, pero lo vamos a lograr!”.

Aparentemente aún ubicado en la campaña electoral, Milei cerró su mensaje de inauguración presidencial, con el grito proselitista -siempre repetido tres veces- de “viva la libertad, carajo!”.

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