“HUMANIZACIÓN CATÓLICA EN TIEMPOS DE PANDEMIA: UNA MIRADA DE FE”.

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Alberto Cabezas/Foto-Medios

 

“Hay que buscar nuevos caminos y estilos de vida, la fe nos lleva a buscar vías de solución y a no paralizarnos por el miedo o por el abatimiento y poner nuestros dones al servicio de los demás. Dios siempre saca frutos de provecho de toda situación, la alegría y esperanza cristiana brota de esta certeza.” Argumento Karina Ordoñez Torres, quien es la Coordinadora Académica del Instituto de Bioética de la Universidad Finis Terrae y Directora del Seminario Internacional de Bioética “Humanización de la salud en tiempos del COVID 19”.

Con ella conversó el Periódico Informativo Jbs.

Entrevista

¿Cuáles son los dilemas éticos que podemos encontrar en el CORONAVIRUS? 

Un gran dilema en relación al COVID19 es si es razonable prohibir a las personas salir de su casa, ya que esto implica una intromisión en su libertad que solo ante situaciones extremadamente excepcionales se podría justificar.

Recordemos que en la pandemia por la gripe H1N1 el mundo no se paralizó como ahora. Pero no solo está en juego la necesidad de aislarnos para proteger la vida de todos, especialmente los más vulnerables; sino que hay personas que viven de trabajos informales que si no salen a la calle no tienen para comer.

También es crucial el tema de la distribución de los recursos sanitarios, ya que nos enfrentemos a una gran cantidad de enfermos y a recursos que no siempre alcanzarán para todos, no es sencillo determinar a quien se le atiende y a quien no.

Por supuesto que lo ideal es darle a todos la mejor atención posible en vistas a la dignidad inalienable de toda persona, pero en situaciones extremas como esta, no siempre es posible.

¿Como cristianos como debemos enfrentar las situaciones de duelo, la enfermedad y la depresión?

Ante una situación como la que estamos viviendo el sufrimiento es compartido y, por lo mismo, nos une y hace despertar el sentimiento de solidaridad.

Pero sobretodo quiero hacer eco de lo que el Cardenal Osoro nos compartió el sábado pasado en la inauguración del seminario que estamos impartiendo: hay dos sustantivos que Jesús nos entrega en el Padre Nuestro: hijos y hermanos.

Si esta humanidad quiere defenderse de las pandemias y no quiere olvidarse de nadie, tiene que saberse que somos hijos de Dios y, precisamente por eso, somos hermanos de todos los hombres.

Tener esto presente nos cambia la visión de los otros y en lugar de ver a los demás como un peligro nos entendemos partícipes de las mismas preocupaciones y tripulantes del mismo barco.

La persona que ve las cosas como realmente son y que se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz.

Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo, afirma el Papa Francisco.

Bien dice el refrán popular que el que no vive para servir no sirve para vivir, la vida tiene sentido cuando somos capaces de salir de nosotros mismos e ir al encuentro de los demás que, en medio de esta pandemia, requiere de mucha creatividad y valentía.

La palabra clave aquí es la esperanza, no se puede afrontar un contexto adverso sin esperanza en tiempos mejores.

La esperanza no está en el descubrimiento de una vacuna, sino la certeza de que Dios no nos abandona.

¿Como mujer católica cuál sería su mensaje para que nuestros lectores tengan una mirada de fe frente a la pandemia?

Vivir a la luz de la fe no es igual a mantenernos lejos de la realidad, como temiendo ensuciarnos de humanidad, por el contrario, el mismo Papa Francisco afirma: Sufrimos la pérdida repentina de familiares, vecinos, amigos.

Pudimos mirar el rostro desconsolado de quienes no pudieron acompañar y despedirse de los suyos en sus últimas horas. Vimos el sufrimiento y la impotencia de los trabajadores de la salud que, extenuados, se desgastaban en interminables jornadas de trabajo preocupados por atender tantas demandas.

Todos sentimos la inseguridad y el miedo de trabajadores y voluntarios que se expusieron diariamente para que los servicios esenciales fueran mantenidos; y también para acompañar y cuidar a quienes, por su exclusión y vulnerabilidad, sufrían aún más las consecuencias de esta pandemia.

Escuchamos y vimos las dificultades y aprietos del confinamiento social: la soledad y el aislamiento principalmente de los ancianos; la ansiedad, la angustia y la sensación de desprotección ante la incertidumbre laboral y habitacional; la violencia y el desgaste en las relaciones. Compartimos también las angustiantes preocupaciones de familias enteras que no saben cómo enfrentarán “la olla” la próxima semana. Ningún cristiano puede permanecer indiferente frente a lo que ocurre y al sufrimiento de tantas personas. La presencia del Resucitado nos debe trazar el camino, abrir horizontes y darnos el coraje para vivir este momento histórico.

Niños y Niñas de la Carpio junto a sus familiares en el Festival de La Paz / Foto-Pacsi Valverde

Pero el dolor no puede paralizarnos, el evangelio relata cómo estando los discípulos encerrados por miedo se manifiesta Jesús en medio de ellos y les dice “La paz esté con ustedes”, Jesús nos viene a traer la paz en medio de la adversidad, pero debemos tener un corazón dispuesto a recibirla.

¿algo más que deseas agregar?

Vivimos duros momentos, pero debemos tener, como Cristo, el corazón de Cristo abierto a todos, porque todos caben en él. Y no vamos a conquistarlos, vamos como Cristo a sanarlos, en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie, ni nada nos separe de su amor redentor. Afirmaba el Cardenal Osoro el sábado pasado.

Debemos tener presente que, más allá de la pandemia, “en el atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor” (San Juan de la Cruz).

 

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