78 años de Nakba no ameritan mención por organizaciones judías obsesionadas con antisemitismo

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La nabka empezó en 1948, aún golpea bestialmente a los palestinos

La represión genocida que el Estado de Israel lanzó, apenas instalado, en 1948, en Palestina, contra la población árabe local, ameritó, en 2026, declaraciones de condena a nivel universal.

Sin embargo, las organizaciones judías que operan dentro y fuera de Israel, cuya declarada razón de ser consiste en la vigencia de la memoria histórica respecto al holocausto (en hebrero: shoah) y en condenar/prevenir el genocidio, se mantuvieron en flagrante silencio cómplice, al cumplirse, el 15 de mayo, 78 años de esa acción -que, con altibajos, persiste-.

El holocausto -uno de los más críticos momentos de la persecución que desborda la memoria histórica del pueblo judío- es el genocidio antijudío que tuvo lugar en Europa, de 1941 a 1945 -durante la mayor proporción de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y buena parte del sanguinario régimen nazi alemán (1933-1945)-.

Esa brutal manifestación de antisemitismo, fue decisiva para -una vez finalizado el conflicto bélico y derribada la dictadura- determinar la imperativa necesidad de que la población afectada ejerciera, libre de violencia, el derecho a la autodeterminación.

Ante ello, líderes históricos judíos, impulsaron, en diferentes momentos, la iniciativa de determinar un espacio geográfico autónomo en el cual asentar a esas personas.

En el dramático cuadro de situación europeo, se consideró la posibilidad de solicitar, con ese propósito humanitario, a una variedad de países -entre los que figuraron Argentina, Angola, Australia, Chipre, Estados Unidos, Japón-, un área territorial, y la opción definitiva fue Oriente Medio -específicamente, Palestina-.

El histórico dominio extranjero sobre Palestina incluye al ex Imperio Otomano -o Imperio Turco- (inicio del siglo 14 a inicio del siglo 20), cuyo amplio territorio llegó a cubrir partes del sureste asiático, lo mismo que de Europa, además del norte africano.

Finalizada la Primera Guerra Mundial (1914-1918), y luego de la antiotomana Rebelión Árabe (transliteración del árabe: al-Thawra al-‘Arabiyya al-Kubrā) (1916-1918), Palestina fue convertida, en 1920, por mandato de la Liga de Naciones (1920-1946), en territorio bajo mandato (administración) británico -estatus que se extendió hasta 1948-.

Naciones Unidas -que reemplazó, en 1946, a la Liga de Naciones-, aprobó, el 27 de noviembre de 1947, la Resolución 181, que dio vigencia al “Plan de Partición con Unión Económica” -más conocido como “el Plan de Partición de Palestina” o “el Plan de Partición”-.

La idea original fue la creación del Estado de Israel y del Estado Palestino -para que coexistieran pacíficamente y en cooperación mutua-, Pero el sionismo imperialista arrebató el poder en el primero, para negar -desde entonces- la existencia del segundo -con el propósito de anexar ese territorio-.

La negación se mantiene desde que el dirigente sionista polaco David Ben-Gurion (1886-1973) anunció, unilateralmente, el 14 de mayo de 1948, al mundo, la independencia del Estado de Israel -inaugurando, además, el cargo de primer ministro, que desempeñó en dos períodos: 1948-1953, 1955-1963)-.

Manipuladoramente, se apoyó, para la acción inconsulta, en el inminente fin del mandato británico, y en la aprobación del plan de partición -además de que frustró la declaración palestina de independencia-.

Con el anuncio formulado por Ben-Gurion, el sionismo extremista lanzó -al día siguiente- su ofensiva de expansión territorial, objetivo para el cual soltó la despiadada fuerza destructora con la que, desde entonces, victimiza bestialmente al pueblo palestino.

En tal contexto, palestinos fueron masivamente expulsados de sus lugares de origen, por la brutalidad militar israelí, lo que generó la Nakba (en árabe: Catástrofe).

La persecución antipalestina se constituyó, así, en la política guerrerista/imperialista que sucesivos gobiernos israelíes han mantenido durante casi ocho décadas -y que el régimen actual ha, inmisericordemente, agudizado-.

En su persistente agresión contra esa comunidad, el sionismo viola fronteras y soberanías, asesina -en países limítrofes y n naciones cercanas- a dirigentes de organizaciones políticomilitares que lo enfrentan lo mismo en defensa de una población históricamente victimizada en grado de limpieza étnica, que contra masacres de comunidades civiles
-asesinando, principalmente, a mujeres y a niños-.

De modo que, habiendo los judíos dejado atrás el holocausto -y su condición de víctimas-, el sionismo empoderado en Israel se ha convertido en victimario, esforzándose, criminalmente, por hacer efectiva la consolidación del plan de ilegal anexión territorial denominado Gran Israel (en hebreo: Erezt Yisrael Hashlema, en inglés: Greater Israel).

Ese nefasto proyecto expansionista incluye el exterminio o la expulsión -o el sojuzgamiento- de los palestinos de la Frana de Gaza y de Cisjordania, las dos áreas territoriales que constituyen el Estado de Palestina.

Ahora, cuando la Nakba cumple 78 de brutal vigencia, mientras el planeta escenificó, el 15 de mayo, expresiones de solidaridad con los palestinos y de repudio al genocidio que perpetra el sionismo imperialista, las organizaciones judías que, con plena tazón, condenan el holocausto, ratificaron, con ese ensordecedor silencio, su complicidad con la masacre que se desarrolla, en tiempo real, a la vista del mundo.

El leitmotiv de esas agrupaciones es la vigencia de la memoria histórica del holocausto, el repudio a la discriminación, el rechazo a la violencia -aunque en los dos últimos casos, sólo cuando la discriminación y la violencia son ejercidos contra judíos-.

Tal es el caso del Instituto Auschwitz para la Prevención del Genocidio y las Atrocidades Masivas (Auschwitz Institute for the Prevention of Genocide and Mass Atrocities, Aipg), que toma su nombre del conglomerado de algo más de cuarenta campos de concentración y de exterminio que el régimen alemán nazi (1933-1945) operó, de 1940 a 1945, en el marco del holocausto y de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en el sur de la Polonia ocupada.

De acuerdo con registros históricos, trenes de carga transportaron, en ese brutal quinquenio, desde diferentes lugares de la Europa bajo dominio nazi, hasta Auschwitz, a alrededor de 1.3 millones de personas, de las cuales aproximadamente 1.1 millones fueron asesinadas.

Se trató, principalmente, de judíos (unos 960 mil), aunque también de polacos no judíos (algo más de 70 mil), romaníes -gitanos- (alrededor de 21 mil), prisioneros de guerra soviéticos (aproximadamente 15 mil).

En el caso de los judíos, unos 865 mil fueron exterminados en cámaras de gas, una de las principales características de Auschwitz, que también fue escenario de otros crímenes de lesa humanidad -incluidos experimentos médicos-.

En su sitio en Internet, el Aipg -creado en 2006- asegura que “nuestros programas regionales e internacionales para apoyar a los estados a que desarrollen o fortalezcan mecanismos para la prevención del genocidio y las atrocidades masivas, permanece enraizado en el poder de Auschwitz”.

Según el instituto, “el poder de Auschwitz -su realidad, su memoria, su legado- trasciende el lugar, e inspira el trabajo de Aipg a nivel mundial”.

“Nuestra misión -construir un mundo que impida el genocidio y otras atrocidades masivas- está enraizado en la historia de Auschwitz, y su significado para nuestro mundo contemporáneo”, señala, además, la entidad con sede en la nororiental ciudad estadounidense de Nueva York.

Aunque el régimen sionista israelí encabezado por el corrupto/guerrerista primer ministro Benjamin Netanyahu -con orden de captura internacional, desde el 21 de noviembre de 2024- perpetra, flagrantemente, “genocidio y otras atrocidades masivas” contra el pueblo palestino, el Aipg se ha abstenido de condenar esa barbarie -además de ignorar los 78 años de la Nakba-.

Similar conducta han mantenido organizaciones judías latinoamericanas tales como los muesos argentino del holocausto, y judío chileno.

De acuerdo con su información oficial, en su sitio en Internet, el Museo del Holocausto de Buenos Aires -creado en 1999-, “tiene como visión la preservación y transmisión de la memoria de la Shoá para estimular comportamientos democráticos, éticos y solidarios a través de sus aprendizajes”.

“La misión central es mantener viva la memoria de la Shoá”, reafirma, lo mismo que “investigar, transmitir, informar, difundir y educar para concientizar a la sociedad acerca de las graves consecuencias del racismo, la discriminación, la xenofobia y el antisemitismo”.

Similares enunciados oficiales justifican la existencia, del Museo Judío de Chile, inaugurado en 2014, y con sede en Santiago -la capital nacional-.

“Nuestra misión es educar y compartir la historia, cultura y tradiciones del pueblo judío con la sociedad chilena, en el contexto de la historia universal, para comprender el impacto de la integración de las minorías en la cultura occidental”, señala, en su sitio en Internet.

“Buscamos promover de manera didáctica el valor y respeto por la multiculturalidad, para formar futuras generaciones integrales, capaces de dialogar, reflexionar y generar opiniones propias, a través de actividades educativas que incentiven el entendimiento entres los distintos entres que conforman nuestra sociedad”, según la misma fuente

El silencio negacionista genera complicidad, y el criminal intento por normalizar el genocidio en desarrollo en Palestina fracasa en ocultar la barbarie que, agudizada desde 2023, victimiza -pero no quiebra-, hace casi ocho décadas, a ese pueblo admirablemente tenaz, ejemplarmente resiliente, inclaudicablemente esperanzado.

En declaraciones que formuló el 15 de mayo, el presidente palestino, Mahmoud Abbas, señaló que, “hoy, en estas difíciles circunstancias que nuestro pueblo soporta, conmemoramos el setenta y ocho aniversario de la Nakba, la catástrofe que persiste hasta este día, y el crimen de limpieza étnica infligida contra el pueblo palestino”.

“Ese abominable crimen -la Nakba- fue acompañado por numerosas masacres durante las cuales miles de nuestro pueblo fueron masacrados y asesinados, y sus ciudades y aldeas destruidas”, relató/denunció, para agregar que “más de 531 ciudades y aldeas, otrora vibrantes con vida cultural, económica, social, y política, fueron borradas”.

Abbas advirtió que “no nos iremos, y no olvidaremos”, además de aclarar que “nosotros, el pueblo palestino y nuestros refugiados, no emigramos de Palestina no la dejamos voluntariamente en 1948 -como Israel y el movimiento sionista afirman-, más bien fuimos expulsados por la fuerza y coercitivamente”.

El líder palestino formuló, asimismo, una fuerte exhortación/reflexión: “el mundo tiene que dejar de negar la Nakba y el crimen de limpieza étnica infligido al pueblo palestino, porque nada profundiza las tragedias más que negarlas”.

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