Un espacio donde no necesitas maleta para viajar
Segunda entrega
EL VELIZ
«Se prohíbe viajar sin sueños. Se recomienda llevar abanico para el calor infernal».
En nuestro viaje por las palabras no siempre visitaremos lugares imaginarios. Algunas veces, el destino estará en la memoria, en esos caminos que recorrimos hace muchos años y que todavía guardan historias por contar.
Hoy volvemos a septiembre de 1985, cuando una joven se preparaba para dejar su hogar y comenzar una nueva etapa de su vida.
Su equipaje era pequeño. Sus sueños, enormes.
¿Nos acompañas?
Abróchate los cinturones… 🦋
Por Elizabeth Alejandra Castillo Martínez / Liaaznhy
Era septiembre de 1985, una joven de diecinueve años recibió la noticia de que tenía que presentarse a trabajar el lunes siguiente. Era viernes y, aunque la noticia representaba una oportunidad para comenzar una nueva etapa, también significaba dejar su hogar y aventurarse hacia un lugar que no conocía.
Durante la entrevista, en las oficinas de Cultura y Recreación, le dieron a elegir entre dos centros de trabajo. No conocía ninguno de los dos lugares, así que eligió uno guiándose por su intuición.
Cuando le contó a su padre adónde iría, él le advirtió que aquella ciudad aparecía con frecuencia en la nota roja. Sin embargo, la decisión estaba tomada y había poco tiempo para preparar el viaje.
Una vecina muy amable que era además su comadre, le prestó un veliz mediano, de color verde pistache, para que pudiera llevar sus pertenencias. Su madre, por su parte, cuando ella aún era estudiante, le había confeccionado una bolsa para un taller de serigrafía con la silueta de una bailarina clásica, en ella guardó algunos objetos personales y un pequeño monedero.
Pero en aquel equipaje también viajaban cosas que no podían verse ni pesarse: sus ilusiones, sus esperanzas y el deseo de construir una vida mejor.
Llegó el momento de partir.
Su padre la acompañó a la terminal de autobuses. Mientras esperaban, un joven conocido de él se acercó y lo saludó con familiaridad.
—Gordito, ¿qué haces por acá?
Después de intercambiar algunas palabras, el joven supo que la muchacha viajaría a Ciudad Paraíso. Le dijo que era de allá y se ofreció a llamar a su madre para que la recibiera en su casa. Le entregó una nota con la dirección y el número telefónico.
Aquella ayuda inesperada representó un pequeño alivio en medio de la incertidumbre.
Por los altavoces de la terminal se escuchó el anuncio de salida:
—¡Pasajeros con destino al Infierno de Dante, con escala en el Purgatorio y llegada al Paraíso, favor de abordar!
La joven, ajena a los círculos que le aguardaban en su nuevo destino, tomó su veliz y se dispuso a abordar el autobús. Todavía no lo sabía, pero aquel viaje le deparaba muchas sorpresas… y un calor que ni el mismísimo Dante habría imaginado.
Antes de subir, se despidió de su padre. Él la abrazó mientras ella lloraba.
—Confío en ti. No tengas miedo. Chuchito te va a cuidar —le dijo, refiriéndose a Nuestro Señor Jesucristo.
Ella se aferró a aquel abrazo, sin saber que sería la última vez que tendría a su padre cerca.
Era la segunda vez que se separaban y, en aquella ocasión, sería para siempre.
Con el corazón apretado, subió al autobús.
LA LLEGADA
El camino fue largo. En cada parada, la muchacha se asomaba por la ventana para buscar algún letrero que anunciara que habían llegado a su destino.
Un joven que viajaba sentado a su lado le preguntó:
—¿Adónde va, señorita?
—A Ciudad Paraíso —respondió ella.
—No se preocupe. Duerma un poco; cuando lleguemos, le aviso. Yo también voy hasta allá.
Ella le agradeció e intentó descansar, aunque hacía frío y llovía mucho.
Casi a las cuatro de la mañana, el chofer del autobús anunció por fin la llegada.
—¡Llegamos al Paraíso!
La joven se apresuró a bajar. El muchacho que había viajado a su lado le recomendó que no saliera de la terminal, pues todavía era de madrugada y lo más prudente era esperar a que amaneciera.
Se sentó con ella en unos viejos asientos que parecían formar parte de la sala de espera.
Cuando dieron las seis de la mañana y comenzó a clarear, el joven se dirigió nuevamente a ella.
—Permítame acompañarla, por seguridad. Dígame adónde va y yo la llevo.
—Voy a la Casa de la Cultura.
—Queda muy cerca. Vamos, la acompaño.
Él tomó el veliz verde y se dirigió con ella a la Casa de la Cultura. Durante el camino se presentó: se llamaba Gustavo y trabajaba en la oficina de correos de una comunidad llamada: El Valle de los Condenados.
Con mucha amabilidad, le recomendó que no dudara en buscarlo si llegaba a tener algún problema.
Como la Casa de la Cultura estaba relativamente cerca, no tardaron en llegar. Gustavo la acompañó hasta la puerta del edificio, del lado del estacionamiento, se despidió y se fue.
Nunca más volvieron a verse.
El portón del estacionamiento estaba abierto, así que la joven no dudó en entrar. El velador se acercó y le explicó que las oficinas abrían hasta las nueve, pero que podía esperar. La condujo hasta la entrada de las oficinas y allí permaneció.
Justo cuando dieron las nueve, llegó un señor de buen porte y aspecto agradable.
—Buenos días, ¿vienes a la biblioteca? —le preguntó.
—Buenos días. No, busco al director.
—Soy yo. Pasa.
Cuando ella se presentó como la nueva maestra de Música, el director se sorprendió muchísimo. ¡Era muy joven! Apenas había cumplido diecinueve años.
Le dio la bienvenida y le pidió que regresara por la tarde para entrevistarse con el subdirector y concretar algunos asuntos relacionados con su trabajo.
La muchacha salió de allí emocionada, con muchas ilusiones. Ahora tenía una nueva tarea: encontrar la casa de la madre del joven conocido de su padre, aquel que se había ofrecido a recibirla.
Sin sacar la notita que le habían entregado, comenzó a repetir mentalmente:
Calle de la esperanza, col. Del Purgatorio…
Y se puso en camino.
Su instinto la guio. Salió por el mismo portón, cruzó un bulevar y se maravilló ante el verdor que prevalecía por todas partes. Había grandes extensiones de mangales en lo que hoy es una plaza comercial. Todo aquello fue sacrificado con el paso del tiempo…
Mientras avanzaba, sentía que no estaba sola. En verdad creía que, desde el momento en que había salido de su hogar, el Espíritu Santo la acompañaba.
El camino que eligió resultó ser el correcto. Encontró la calle y solo tuvo que preguntar una vez.
Y… ¿qué creen?
¡Ese era el lugar!
La recibió una viejecita linda y muy amable que le habló con ternura:
—Ahorita la asisto, señorita.
Abrió un pequeño portón y la hizo pasar. Después le ofreció el desayuno.
Cuando terminó de comer, la señora le preguntó:
—¿Le gustó el desayuno?
—¡Oh, claro que sí, señora! Muy sabroso. Era carne de cerdo, ¿verdad?
—¡Nooo! Es carne de monte, tejón. ¿Lo había probado?
Naturalmente, no lo había probado, pero prefirió no decirlo. En su tierra natal había comido el delicioso conejo de monte, pero ¿el tejón? ¡Ni siquiera tenía idea de cómo era el pobre animalito!
Después del desayuno, la señora la llevó a la que sería su habitación. Era una construcción de madera, con techo de palma, un gran ventilador y una cama rodeada por un pabellón blanco.
¡Parecía una cama de princesa!
Por la noche comprendería por qué la cama estaba protegida de aquella manera. En Ciudad Paraíso abundaban los mosquitos y también unos insectos diminutos que pican horrible y dejan un puntito de sangre en la piel. Se llamaban chaquistes.
Y hablando de aquel destino anunciado por los altavoces, la joven todavía no sabía que el calor de Ciudad Paraíso bien podría haberle inspirado a Dante unos cuantos círculos infernales adicionales.
¡Porque una cosa era imaginar el Infierno y otra muy distinta vivirlo con aquel calorón!
Así pasó su primera noche en el Paraíso, la tierra que la acogió y donde hizo realidad muchos de sus sueños, entre ellos, el de seguirse preparando.
Aquella noche, quizá sin saberlo, la joven había comenzado a desempacar mucho más que sus pertenencias. En aquel veliz verde pistache había llevado sus ilusiones; en aquella tierra empezaría a descubrir hasta dónde podían conducirla, con la certeza de que el recuerdo del amor infinito de su padre la acompañaría por siempre.
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