En un contexto ideológico que, en América Latina, está, peligrosamente, caracterizándose por la irracionalidad de un populismo patán y dictatorial, el electorado guatemalteco, harto de la corrupta clase política tradicional, se apresta a elegir a quien ha de instalarse en la silla presidencial, en principio, durante el próximo cuatrienio.
Mientras en Ecuador fue asesinado un candidato presidencial -en el violento proceso hacia las elecciones generales del 20 de agosto en el andino país sudamericano-, un ultraderechista estilo Trump se proyecta como ganador de la votación presidencial programada para octubre en Argentina, y, en Perú, una ilegítima presidenta mascara manifestaciones opositora.
En ese cuadro de situación regional, Guatemala se encamina a la segunda vuelta de la votación presidencial que se enmarcó en los comicios generales del 25 de junio -y que está programa, también, para el 20 de agosto-, proceso cívico que presenta singulares características -algunas de ellas, altamente preocupantes-.
La principal, radica en el hecho de que, contrariamente a la radiografía de las encuestas previas a la primera vuelta, varios de los favoritos, garantes de la continuidad del autoritarismo y la corrupción en el Poder Ejecutivo, fueron entonces rechazados por un considerable segmento de los electores.
Entre la decena de aspirantes al más codiciado empleo guatemalteco, los perfilados como posibles ganadores fueron, estadísticamente, Sandra Torres -por la centroderechista Unión Nacional de la Esperanza (UNE)-, el dinosaurio derechista Edmond Mulet -postulado por Cabal-, y Zury Ríos, hija del sanguinario dictator (1982-1983) Efraín Ríos Montt -candidateada por el ultraderechista Valor Unionista, con Zury Ríos.
Tres variantes del conservadorismo criollo, aunque la primera pasible de ser considerada como el peor de los males.
Como resultado de la primera votación presidencial, el único pronóstico acertado fue el referido a Torres, quien se mantuvo, a lo largo del proceso, encabezando las 10 opciones.
Pero los votantes lanzaron un mensaje al corrupto y antidemocrático tradicionalismo político guatemalteco, y, si bien mantuvieron a Torres como primera opción, elevaron, desde muy abajo en la segunda mitad de la lista, hasta el segundo lugar, a Bernardo “tío Bernie” Arévalo, impulsado por el centroizquierdista Movimiento Semilla, organización política que, fundada en 2017, participó solamente en la votación parlamentaria en el marco de los comicios generales de 2019 -los inmediatamente anteriores a los actuales-.
La candidata -en su cuarto intento electoral consecutivo (2011, 2015, 2019, 2023)- fue primera dama durante el gobierno (2012-2016) de Álvaro Colom, a su vez acusado de haber incurrido en millonarias anomalías en la adjudicación de contratos para el servicio de transporte público de pasajeros.
En esa privilegiada posición, impulsó una serie de programas de naturaleza social, para cuya exitosa implementación reclutó el apoyo de numerosas instituciones estatales, asegurándose proyección mediática con miras a suceder a su esposo.
La entonces primera dama inició, sin mayor notoriedad, su incursión en el área política cuando, junto con Colom, fundó, en 2003, la Unión Nacional de la Esperanza (UNE), agrupación que llevó, a su marido -con quien se casó ese año-, a la presidencia -casi una década después-.
Su primera candidatura -impulsada, como las otras tres, por la UNE-, para las elecciones de setiembre de 2011, fue frustrada, precisamente, por su estado civil.
El artículo 186 -de los 281- de la Constitución guatemalteca, establece, entre las “Prohibiciones para optar a los cargos de Presidente o Vicepresidente de la República”, en el tercero de sus siete incisos, el parentesco “dentro del cuarto grado de consanguinidad y segundo de afinidad del Presidente o Vicepresidente de la República, cuando este último se encuentre ejerciendo la Presidencia”.
Ante ello, Torres tomó la decisión de divorciarse del entonces mandatario, lo que fue oficializado en junio de ese año.
La medida generó -por su obvia naturaleza oportunista, politiquera, e ilícita-, recursos de amparo, tramitados por opositores, sin perjuicio de lo cual la Corte de Constitucionalidad (CC) -formalmente encargada de defender el orden constitucional-, rechazó las acciones legales, y ratificó el divorcio.
En su segundo intento, en 2015, la recurrente candidata presidencial se ubicó en segundo lugar, después del corrupto y patético comediante Jimmy Morales, frente al cual perdió en el combate uno a uno.
Demostrando tenacidad y resiliencia políticas, se candidateó para la votación de 2019, cuando ascendió un escalón, para colocarse primera, siendo Alejandro Giammattei -el actual, autoritario, y corrupto presidente- su rival más inmediato, al cual no pudo vencer en el segundo enfrentamiento.
En la acera de enfrente, Arévalo es hijo de Juan José Arévalo, el centroizquierdista presidente (1945-1951) cuyo mandato se enmarcó en el período democrático guatemalteco de la Revolución de 1944 -también conocida como Revolución de Octubre-, proceso que inauguró, el 20 de octubre de ese año, una década de gobiernos progresistas caracterizados por la sensibilidad social.
La revolución finalizó abruptamente cuando su segundo presidente (1951-1954), Jacobo Árbenz, fue derrocado mediante el golpe de Estado del 27 de junio de 1954, acción que, orquestada por el gobierno de Estados Unidos y la colonizadora compañía frutera estadounidense United Fruit Company, y ejecutada por la estadounidense Agencia Central de Inteligencia (CIA), ubicó en el poder al mediocre y ultraderechista general Carlos Castillo Armas.
La sorpresiva proyección de Bernardo Arévalo como probable próximo presidente de Guatemala -país integrante, junto con El Salvador y Honduras, del Triángulo Norte, una de las áreas más violentas del planeta-, activó las alarmas para los nefastos “poderes fácticos” chapines (guatemaltecos).
Acostumbrados a manipular el sistema político -incluido el estratégico aparato judicial-, los dueños del país, y sus servidores políticos, activaron, de inmediato, al espurio Ministerio Público, en una riesgosa movida para implementar un golpe de Estado preventivo, mediante gestiones para inhabilitar a Semilla, y cuestionando los resultados de varias Juntas Electorales Departamentales (provinciales).
El intento golpista fracasó, la segunda vuelta se mantuvo.
La nueva votación se enmarca en un alto grado de incertidumbre, y en un contexto en el cual, según los datos contenidos en el más reciente sondeo llevado a cabo, conjuntamente, por las firmas encuestadoras Fundación Libertad y Desarrollo, y CID Gallup, más de 70 por ciento expresó que la democracia guatemalteca está en riesgo.
Si bien la mayoría de los encuestados se definió ideológicamente en la derecha -con igual proporción que se declaró ajeno a tendencias-, más de 40 por ciento del electorado dijo que, en segunda vuelta, votaría por Arévalo, frente a menos de 30 por ciento que se inclinaría por Torres.
En cuanto a intención de voto, 43 por ciento de los encuestados se pronunció a favor de Arévalo, frente a 28 por ciento que se identificó con Torres -mientras 22 por ciento señaló que no apoya a ninguno-, cifras, las dos primeras, que, desglosadas según potenciales votos válidos, muestran a Arévalo reuniendo 63 por ciento, con Torres recibiendo un lejano 37 por ciento.
Respecto a la capacidad de cada uno para resolver los problemas nacionales, 41 por ciento señaló a Arévalo como el candidato idóneo, frente a 24 por ciento según el cual Torres está mejor preparada, mientras 21 por ciento no confía en ninguno.
Ello, sin perjuicio de que 28 por ciento de los encuestados se declaró derechista, igual proporción indico que “no creo”, 25 por ciento dijo que “no sé”, y 10 por ciento se identificó en el centro, cuatro por ciento se dijo izquierdista, con tres por ciento ubicado en el segmento de centro derecha, y dos por ciento en el de centro izquierda.
Por encima de ideologías, a la pregunta “considera que la democracia en Guatemala está siendo amenazada?”, 73 por ciento respondió que “sí”, 17 por ciento dijo que “no”, y 10 por ciento se abstuvo de expresarse.
En cuanto a la inminente votación guatemalteca, la principal interrogante se refiere a si, ante la concientización del riesgo en el cual está su democracia, los electores optarán por una candidata surgida del tóxico “lo mismo” -aunque se esfuerza por distanciarse de eso-, o por un aspirante cuyo promisorio antecedente -actualizado a la crítica realidad presente- es la Revolución de Octubre.
La moneda está en el aire. A ver cómo aterriza -y qué pasa después-.







