Desvariando fuera de control -o sea, más que lo habitual-, Donald Trump trató de ganar, la noche del 10 de setiembre, su segundo debate presidencial de la campaña 2024 estadounidense -probablemente, el único frente a Kamala Harris-.
Por supuesto, le fue mal -como era de prever-.
Trump no puede controlarse, no puede -ni siquiera por cosmética electoral- dejar de ser el patán que, incuestionablemente/irreversiblemente, es.
En su misoginia, no puede soportar el hecho de que una mujer sea la protagonista de su posible -ojalá, probable- segunda derrota electoral consecutiva, y, en su xenofobia y su racismo, no puede soportar el hecho de que esa mujer sea, además, hija de inmigrantes no europeos -una científica india y un economista jamaiquino-.
Las casi dos horas que duró el debate -organizado por la estadounidense red de radio y televisión American Broadcasting Company (ABC)-, fueron usadas por Trump para su habitualmente abusivo uso de exageraciones, mentiras -entre ellas, los consabidos datos inventados-, afirmaciones ofensivas, satanización de migrantes, ridículo autoelogio, además de otras manifiestas mediocridades que lo caracterizan.
En el transcurso del intercambio -llevado a cabo en la sede del Centro Constitucional Nacional (National Constitution Center), en Philadelphia, la más poblada ciudad del nororiental estado de Pennsylvania-, Harris neutralizó, fácilmente -con carácter, natural superioridad, humor-, los burdos intentos de su patético rival, por hacerle perder la paciencia.
En su sitio en Internet, el Centro de define como “una organización privada, sin fines de lucro”, que “sirve como la plataforma líder de Estados Unidos para la educación y el debate constitucionales”.
Sin bajar la intensidad en sus participaciones, la inminente primera presidenta estadounidense refutó -con datos duros- las fake estadísticas trumpianas, defendió -combativamente- el derecho de las mujeres a decidir -en particular, en materia de salud sexual y reproductiva-, reafirmó -con personalidad- su calidad de líder -todo ello sin poder, por momentos, contener la risa ante algunas de las más fenomenales estupideces proferidas por su intelectualmente pobre adversario-.

Uno de los momentos culminantes que Trump protagonizó, en materia de desvaríos, estuvo marcado por su elogio -casi que a nivel de enamoramiento-, del dictador de Hungría, el radical derechista Viktor Orbán.
Los dos nefastos personajes presentan características que les son comunes, tales como la mentalidad dictatorial, la aversión al multilateralismo, la xenofobia -o sea, en términos generales: la mediocridad-.
Orbán es, oficialmente, primer ministro del país.
Se inauguró como tal, en el cuatrienio 1998-2002, y se reinstaló en 2010-2014, habiéndose mantenido, desde entonces, en el cargo -mediante sucesiva reelección-, en los períodos 2014-2018, 2018-2022, y el actual -iniciado en 2022-.
El régimen de Orbán, se caracteriza, entre otros tóxicos rasgos, por la violación a las garantías fundamentales -lo que incluye flagrante xenofobia-.
En el capítulo sobre Hungría, en su Informe Mundial 2023 (World Report 2023), la oenegé internacional Human Rights Watch (HRW) denunció que “el gobierno continúa sus
ataques contra el Estado de derecho y las instituciones democráticas”.
En el apartado sobre “Migración y Asilo”, HRW informó que “el acceso al sistema de asilo de Hungría sigue siendo virtualmente imposible”, y, en referencia a conducta antimigrante, precisó que “las expulsiones hacia (la limítrofe) Serbia, algunas veces violentas, continuaron”, agregó.
La aversión del tirano húngaro al multilateralismo, está demostrada en la oposición que permanentemente manifiesta, de diversas maneras, a la existencia de la Unión Europea (UE).
Lo anterior, no obstante el hecho de que el país del oeste europeo se incorporó, en 2004
-antes de la segunda era Orbán-, a la UE, y sin perjuicio de que Hungría está en ejercicio (1 de julio a 31 de diciembre de 2024) de la semestralmente rotativa presidencia del Consejo de la Unión Europea -que, junto con el Parlamento Europeo, constituye el Poder Legislativo regional-.
A la fobia antipluralista, se suma el acendrado odio que Orbán profesa hacia Occidente -con excepción, por supuesto, de Trump-.
Dados los niveles de corrupción que lo caracterizan, el régimen orbanista ha recibido, internacionalmente, el calificativo de “cleptocracia” (gobierno del robo) -por ejemplo, porque, no obstante la posición contra la UE, recibe financiamiento de la entidad continental, habiendo, según versiones periodísticas, malversado al menos parte de esos fondos, para enriquecimiento propio y de allegados-.
La aversión del húngaro a la institucionalidad multilateral global, es afín a la fobia trumpiana manifestada, por ejemplo, en la recurrente amenaza de retirar, a Estados Unidos, de la militar Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan).
Ello, sumado al hecho de que, durante su nefasta presidencia (2017-2021), Trump suspendió financiamiento estadounidense a agencias especializadas de Naciones Unidas.
Lo hizo, por ejemplo, en 2018, a la Agencia de Naciones Unidas para la Población Refugiada de Palestina en Oriente Próximo (United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East, Unrwa).
Además, en 2020, anunció el cese del apoyo financiero, por parte de su régimen, a la Organización Mundial de la Salud (OMS) -ello, nada menos que inmediatamente después de estallada, ese año, la mundial pandemia de Covid-19, de cuya existencia, en su criminal y negacionista ignorancia, dijo que era “un engaño” (“a hoax”)-.
Durante el debate presidencial organizado por ABC -histórica plataforma estadounidense de cobertura informativa mundial-, y en el colmo del egocentrismo, Trump incurrió en autoelogio indirecto -citando comentarios formulados por su gemelo húngaro-.
Primero, describió a Orbán como “uno de los hombres más respetados -le dicen hombre fuerte-, es una persona ruda, inteligente, primer ministro de Hungría”, tras lo cual aseguró que el húngaro “dijo: ‘se necesita que Trump regrese como presidente. Le tenían miedo. China tenía miedo’. Y no me gusta usar la palabra ‘miedo’, pero solamente estoy citándolo (…) dijo que ‘Rusia le tenía miedo’”.
“Miren: Viktor Orban lo dijo. Él dijo que la persona más respetada, más temida es Donald Trump”, siguió autoalabándose, por interpósito dictador.
Y agregó que el húngaro ha dicho, en ese sentido, que “no teníamos ningún problema cuando Trump era presidente”, a diferencia de “este débil, patético hombre a quien ustedes vieron hace apenas unos poco meses en un debate” -obvia alusión ofensiva al actual presidente estadounidense, Joe Biden.
Las loas trumpianas a Orbán, parecieron responder a lo afirmado, el 27 de julio, en Baile Tusnad –localidad ubicada en el centro de la limítrofe Rumania-, por el primer ministro, en apoyo a la candidatura del estadounidense.
Profiriendo exageraciones de características trumpianas -quizá combinadas con demenciales rasgos también propios del motosierrista argentino Javier Milei-, el dictador europeo aseguró que Trump “quiere traer, al pueblo estadounidense, de regreso, de un estado liberal posnacionalista, a un estado-nación”.
También alucinó con que “es por eso que quieren ponerlo en la cárcel, es por eso que quieren quitarle sus bienes, y – si eso no funciona-, es por eso que quieren matarlo”.
Según versiones periodísticas, Orbán dijo, además, que, durante la presidencia húngara del Consejo de la UE, proyecta “Hacer Europa Grande Otra Vez” (“Make Europe Great Again”) -parafraseando el patriotero eslogan trumpiano “Hacer Estados Unidos Grande Otra Vez” (“Make America Great Again”, Maga).
En materia migratoria, el primer ministro formuló, en el mismo lugar -habitado mayoritariamente por inmigrantes húngaros y sus descendientes-, el argumento insultantemente simplista y xenofóbico según el cual “la experiencia occidental es que, si hay más huéspedes que propietarios, entonces, el hogar ya no es el hogar”.
Y la cereza del pastel: “éste es un riesgo que habría que no correr”.
En el debate de ABC, una de las veces en las que se refirió al masivo fenómeno migratorio que -con destino a Estados Unidos- se escenifica en América Latina -principalmente a lo largo de la ruta Centroamérica-México-, Trump se descontroló al proferir tóxicas/prejuiciadas imbecilidades.
En cuanto a la gestión gubernamental de Biden y Harris respecto a la migración, se refirió a “lo que le han hecho a nuestro país, al permitir que estos millones y millones de personas entren a nuestro país”.
A continuación -si existieran-, habría hecho que estallaran todos los demenciómetros.
Ello, al ubicar, en las ciudades de Aurora -en el centroccidental estado de Colorado- y Springfield -en el nororiental estado de Ohio-, hechos que no han ocurrido en ningún lugar más allá de la mente desquiciada de Trump -y que son parte de la falsa narrativa que el aspirante a la reelección difunde, para propagar, aún más, la violencia xenofóbica y racista-.
“Y, vean a lo que está pasando en pueblos en todo Estados Unidos”, comenzó a narrar, para agregar, con algún grado de incoherencia: “y muchos pueblos no quieren hablar, no van a ser Aurora o Springfield”.
“Muchos pueblos no quieren hablar de eso, porque se sienten tan avergonzados por eso: en Springfield, están comiéndose a los perros -la gente que entró-, están comiéndose a los gatos, están comiendo, están comiéndose a las mascotas de la gente que vive ahí”, aseveró, en retorcida referencia a una ciudad estadounidense donde la comunidad inmigrante está mayoritariamente constituida por nacionales de Haití.
Pero en la vida real, la cadena de televisión informativa estadounidense Cable News Network (CNN) reprodujo una declaración formulada, sobre el tema, por “una persona portavoz de ciudad de Springfield”, en el sentido de que “no ha habido denuncias creíbles ni afirmaciones específicas respecto a mascotas lastimadas, heridas, o abusadas por personas dentro de la comunidad inmigrante”.

La cruelmente absurda narrativa xenofóbica también es difundida por el senador republicano James David Vance -más conocido como JD Vance, el vergonzoso compañero de fórmula de Trump-, quien aseveró, en la red social X, un día antes del debate, que “denuncias muestran que hay personas cuyas mascotas fueron secuestradas y comidas por gente no tendría que estar en este país”.
Vance es, desde 2023, uno de los dos senadores quienes representan, precisamente, al estado de Ohio -el otro, es, desde 2007, el demócrata Sherrod Brown-.
Como no podía ser de otra manera, el gobierno de Haití rechazó, el 10 de setiembre, en fuertes términos, mediante un comunicado del Ministerio de los Haitianos Viviendo en el Extranjero (Ministère des Haïtiens Vivant a l’Étranger, Mhave), las humillantes acusaciones contra los nacionales del isleño país del Caribe francoparlante establecidos en Estados Unidos.
El Mhave “expresa su más fuerte preocupación luego de las declaraciones discriminatorias emitidas por personalidades políticas americanas respecto a nuestros compatriotas de la diáspora, principalmente aquellos quienes residen en Springfield, en
Ohio”, de acuerdo con lo señalado en el texto de cinco párrafos.
“Lamentablemente, no es la primera vez que compatriotas en el extranjero son víctimas de campañas de desinformación, son estigmatizados y deshumanizados para servir intereses políticos electorales”, denunció, a continuación, el ministerio.
“Una vez más, nos corresponde a nosotros, los a, levantarnos y proclamar, juntos y con una sola voz, nuestra humanidad”, planteó, amanera de llamado reivindicativo de la dignidad de los migrantes de Haití -y, por extensión, de la respetabilidad de los demás expatriados, sin importar sus respectivas nacionalidades-.
Citada en el texto oficial, la titular de Mhave, Dominique Dupuy, advirtió que “rechazamos, firmemente, esas afirmaciones que atentan contra la dignidad de nuestros compatriotas y que podrían poner en peligro su vida”.
Trump reafirmó -en la occidental y portuaria ciudad estadounidense de Los Angeles, en conferencia de prensa llevada a cabo, cinco días después del debate- su migrantefobia, cuando anunció -amenazó, en realidad-, con implementar -si regresa a la Casa Blanca- la mayor carecía humana en la historia nacional.
“Puedo decir esto: haremos grandes deportaciones desde Springfield, Ohio, grandes deportaciones, vamos a sacar a esa gente, vamos a llevarlos de regreso a Venezuela”, dijo, en el diálogo, al aire libre, con periodistas.
“Todos están, ahora, en Estados Unidos, y están tomando ciudades, es como una invasión interior, y vamos a tener la mayor deportación en la historia de nuestro país, y vamos a empezar con Springfield y Aurora”, anunció.
Trump formuló la amenaza, en la ciudad que, históricamente, es el punto de origen de uno de los principales problemas de seguridad que golpean a los países centroamericanos -en particular a los del Triángulo Norte de Centroamérica: El Salvador, Guatemala, Honduras-.
Sin que el ex presidente lo mencione en ninguno de sus xenofóbicos desvaríos, Los Angeles constituye el lugar de nacimiento de las nefastas maras centroamericanas.
Las maras son una secuela del período durante el cual Centroamérica fue un extenso campo de batalla para las guerras proxy que, en la región -y en el marco de la global guerra fría-, los criminales y corruptos megaimperios estadounidense y soviético protagonizaron, visible e invisiblemente, durante décadas.
Esas confrontaciones armadas no condujeron a nada más que la demencial pérdida de cientos de miles de vidas, daño ambiental, destrucción de infraestructura, agudización de la injusticia social -incluida la desigualdad de género-.
Los escenarios físicos fueron Guatemala (1960-1996), El Salvador (1980-1992), Nicaragua (1982-1990), y, sin haber sido formalmente lugar de combate armado, Honduras tuvo actividad guerrillera local, y fue afectada por la ola de dictaduras militares y serviles regímenes civiles proestadounidenses de la época.
En el terreno, los protagonistas directos fueron, esencialmente ejércitos/fuerzas policiales/escuadrones paramilitares apoyados principalmente por Estados Unidos, y guerrillas respaldadas esencialmente por la comunista Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (Urss) -creada en 1922, disuelta en 1991-.
Cuatro de los siete países del istmo centroamericano se convirtieron, así, en escenario de conflictos bélicos que no condujeron a nada más que pérdida de cientos de miles de vidas, daño ambiental, destrucción de infraestructura, agudización de la endémica injusticia social, dominio de la corrupción, consolidación de la enraizada violencia machista.
En su origen, las maras fueron creadas por jóvenes centroamericanos -principalmente, guatemaltecos, hondureños, salvadoreños- quienes, huyendo de la conflictividad bélica en sus respectivos países de origen, se asentaron, mayoritariamente -e indocumentadamente-, en Los Ángeles.
Ese centro urbano -ubicado en el sur del occidental y costero estado de California, cerca del extremo oeste de la frontera México-Estados Unidos- estaba territorialmente fraccionado por enraizados grupos delincuenciales chinos, mexicanos, rusos, etc.
En tal contexto, esos centroamericanos se agruparon para consolidar protección colectiva -de hecho, y quizá sin advertirlo, preservando identidad cultural-.
A diferencia de la gente del Triángulo Norte, los nicaragüenses -mayoritariamente de clases socioeconómicas media alta, y alta-, se asentaron en la sudoriental ciudad estadounidense de Miami, al tiempo que los más numerosos no adinerados cruzaron, irregularmente, la frontera sur de Nicaragua, hacia Costa Rica.
Por lo tanto, fue en Los Angeles donde surgieron las dos agrupaciones originarias -que siguen, décadas después, siendo las principales-: la Mara 18 (M18) y la Mara Salvatrucha (MS).
Las deportaciones, por parte de la implacable migra estadounidense, instalaron, a altos números de mareros, de regreso en sus respectivos países de origen.
Ahora, alrededor medio siglo después, las maras se multiplicaron en las tres naciones -El Salvador, Guatemala, y Honduras, que constituyen una de las regiones más violentas a nivel mundial-, y sus integrantes suman, respectivamente, muchas decenas de miles.
Ambas agrupaciones históricas siguen siendo los referentes básicos en el planeta de la delincuencia -estructuradas en clicas (algo así como sub-maras), cada una con su palabrero (jefe)-, habiéndose metamorfoseado, de las iniciales pandillas callejeras, en las actuales estructuras de crimen organizado, con imbatible poder territorial -y, obviamente, armado-.
Los niveles de violencia delictiva que presenta el triángulo, son de crisis de seguridad sin control, y constituyen uno de los principales causantes de la masiva/constante migración-indetenible- hacia Estados Unidos -rumbo al improbable “sueño americano”-.
De modo que, logrados los acuerdos de paz de los ‘80s, Centroamérica dejó atrás las guerras nacionales políticas -que enfrentaron a ejércitos/policías/escuadrones paramilitares contra movimientos guerrilleros-, y entró en la dimensión de las guerras nacionales de seguridad -que están poniendo, a ejércitos/policías, a combatir contra organizaciones de crimen organizado, principalmente narcoestructuras, y maras-.
Ante lo planteado por Trump, en el debate de ABC, resulta -definitiva e irrefutablemente- obvio que el racista/xenofóbico ex presidente, carece de moral, carece de decencia, carece de vergüenza, carece de ética, también cuando se trata de denigrar a los migrantes irregulares.
Ello, porque -más allá de su repulsiva naturaleza discriminatoria-, no tiene absolutamente ningún argumento para persistir la satanización de esas personas quienes, en abrumadora mayoría, solamente buscan lo que en sus países de origen no encuentran: seguridad, oportunidades, salir de la pobreza -la cual, frecuentemente, es indigencia-.
Las mujeres -lo mismo adultas que menores de edad- procuran, además, ejercer el derecho a vivir sin violencia machista, sin desigualdad de género, fuera de regímenes misóginos que las criminalizan si deciden, autónomamente, en materia de salud sexual y reproductiva
-específicamente, en cuanto a abortar-.
Las soeces expresiones que Trump usó, en el marco de una reunión de trabajo -cuando era presidente- con legisladores estadounidenses, para abordar la crisis humanitaria/migratoria que ya se evidenciaba en la extensa frontera terrestre sur estadounidense, igualmente ilustran su procaz mediocridad.
De acuerdo con versiones periodísticas de ese momento -basadas sobre testimonios de participantes en esa conversación llevada a cabo el 11 de enero de 2018, en la Casa
Blanca-, Trump soltó su pensamiento discriminatorio -obviamente, con lujo de lenguaje implícita y explícitamente insultante-.
En alusión a la variedad de nacionalidades -incluidas las mayoritarias centroamericanas- presentes en el flujo de migrantes irregulares hacia Estados Unidos, preguntó: “para qué queremos, aquí, a Haitianos? Por qué queremos, aquí, a toda esa gente de África? Por qué queremos a toda esa gente de países de mierda (shithole countries)?”.
Trump usó la expresión “shithole”, que, en inglés significa, literalmente, “hoyo de mierda” -también, literalmente, “hoyo para cagar”-, en alusión al agujero que, en lugares donde no se cuenta con instalación sanitaria adecuada, se cava, en el suelo, en reemplazo de instalación sanitaria.
Y, a continuación, afirmó que “deberíamos tener gente de lugares como Noruega”, en referencia al nórdico país europeo con cuya entonces primera ministra, la derechista Erna Solberg, se había reunido, un día antes, en Washington.
En una de las numerosas reacciones internacionales, el ex presidente mexicano (2000-2006) Vicente Fox -cuya gestión gubernamental no se caracterizó por la excelencia sino, más bien, por la mediocridad- dirigió, a Trump, en la red social Twitter (la denominación, entonces, de la actual X), un sorpresivamente demoledor mensaje: “tu boca es el más inmundo hoyo para cagar en el mundo” (“your mouth is the foulest shithole in the world”).
Durante el debate presidencial, Trump también recurrió su gastado argumento de que los migrantes irregulares quienes logran ingresar a territorio de Estados Unidos son criminales, violadores, delincuentes, personas con padecimientos siquiátricos, gente que llega para arrebatar oportunidades laborales estadunidenses.
Con esta narrativa, el republicano procura generar divisionismo entre comunidades -por ejemplo la negra y la latina-.
“Tenemos millones de gente entrando a nuestro país, desde prisiones y cárceles, desde instituciones mentales y asilos para locos, y están entrado y están agarrado empleos que ahora son ocupados por afroestadounidenses e hispanos, y también sindicatos”, aseveró, sin ninguna base.
“Los sindicatos van a ser afectados, muy pronto”, reafirmó, para agregar que “ustedes ven lo que está pasando en ciudades en todo Estados Unidos”.
“Ustedes miran a Springfield, Ohio, ustedes miran a Aurora, en Colorado, están apoderándose de las ciudades, están apoderándose de edificios, entran violentamente -son la gente que ella y Biden dejan que entre a nuestro país-, y están destruyendo nuestro país”, siguió divagando, ahora señalando a Harris, ubicada a su izquierda.
“Son peligrosos, están en el más alto nivel de criminalidad, y tenemos que sacarlos, tenemos que sacarlos, rápido”, agregó, para afirmar, en su característicamente pésima sintaxis, que “estos millones y millones de gente que están entrando a nuestro país, mensualmente, donde creo que son 21 millones de personas, no los 15 que la gente dice, y creo que es mucho más que los 21 -eso es más grande que el estado de Nueva York-, entrando”.
“Y miren, nada más, lo que están haciéndole a nuestro país, son criminales -muchas de esas personas entrando-, son criminales”, enfatizó, además de plantear que “la mala inmigración es lo peor que pude ocurrirle a nuestra economía”.
En un adicional ataque contra Biden y Harris -nuevamente, señalando a su adversaria-, expresó que “ellos han -y ella ha- destruido nuestro país, con política que es demencial, política que casi se diría que la tienen para odiar a nuestro país”.
“Ellos permitieron delincuentes, muchos, muchos millones de delincuentes, ellos permitieron terroristas, ellos permitieron delincuentes callejeros comunes”, siguió acusando.
“Dejaron entrar gente, vendedores de dogas, entrar a nuestro país, y ahora están en Estados Unidos, advertidos por sus países -como Venezuela-: ‘no vuelvan nunca, o vamos a matarlos’”, dijo, a continuación -también, sin fundamento alguno-.
“Saben ustedes que la criminalidad en Venezuela, y la criminalidad en países en todo el mundo está bien baja? Saben por qué?” preguntó, para, de inmediato, responder -otra vez, señalando a Harris, y sin ninguna base argumentaria-: “porque han quitado, de las calles, a sus delincuentes, y se los han dado a ella, para ponerlos en nuestro país”.
“Y éste será uno de los más grandes errores en la historia -que lo permitan-, y creo que probablemente lo hicieron, porque creen que van a recibir votos”, dijo, a continuación.
Exponiendo -sin respaldo estadístico válido- la realidad que inventa, Trump aseguró, además, que, “en todo el mundo, la criminalidad está baja, en todo el mundo, menos aquí”.
“La criminalidad, en este país, atravesó el techo, y tenemos una nueva forma de criminalidad: se llama criminalidad migrante, y está ocurriendo a niveles que nadie pensó posible”, enfatizó.
El aspirante a la reelección formuló esas aseveraciones, tres meses después de que el Buró Federal de Investigación Federal Bureau of Investigation, FBI) dio a conocer, el 10 de junio, datos duros/reales que, para el primer trimestre de 2024, indican, exactamente, lo contrario.
De acuerdo con el Informe Trimestral Uniforme sobre Criminalidad (Quarterly Uniform Crime Report, Q1), del Programa de Información Uniforme sobre Criminalidad (Uniform Crime Reporting Program, UCR), al comparar los datos para los trimestres enero-marzo de 2023 y enero-marzo de 2024, “la criminalidad violenta denunciada bajó en 15.2 por ciento”.
Al desglosar los números, el FBI precisó que “el asesinato descendió en 26.4 por ciento, la violación descendió en 25.7 por ciento, el robo descendió en 17.8 por ciento, y la agresión agravada descendió en 12.5 por ciento”, mientras que “el delito contra la propiedad denunciado, también descendió en 15.1 por ciento”.
Al refutar -siempre con demoledores planteamientos-, las aseveraciones de Trump sobre migración y seguridad ciudadana, Harris comenzó por aclarar que “soy la única persona, en este escenario, quien ha enjuiciado, a organizaciones criminales, por tráfico de armas, drogas, y seres humanos”.
Harris aludió así su labor como fiscala de Distrito de Los Ángeles (2004-2011), y fiscala General del estado de California (2011-2017)-, inmediatamente antes de su período senadora (2017-2021), y su actual ejercicio de la vicepresidencia del país (2021-2025).
“Y permítanme decir que el congreso de Estados Unidos -incluidos algunos de los miembros más conservadores del Senado de Estados Unidos- elaboró un proyecto de ley de seguridad fronteriza, que yo apoye”, agregó.
“Y ese proyecto habría puesto 1,500 nuevos agentes fronterizos, en la frontera, para ayudar a las personas quienes están trabajando allí, sobretiempo, tratando de hacer su trabajo”, comenzó a puntualizar, agregando que “nos habría permitido frenar el flujo de fentanilo que entra a Estados Unidos”.
“Ese proyecto, habría puesto más recursos para permitirnos enjuiciar a organizaciones criminales transnacionales, por tráfico de armas, drogas, y seres humanos”, aclaró, a continuación.
“Pero, saben qué pasó con ese proyecto? Donald Trump agarró el teléfono, llamó a algunas personas en el Congreso, y dijo: ‘maten el proyecto’. Y saben por qué? Porque prefirió hacer campaña electoral sobre un problema, en lugar de resolver un problema”, subrayó, en fuerte modo de revelación y denuncia.
Trump también atacó a Harris, comparándola con Biden -pero afirmó que el actual mandatario desaprueba de la vicepresidenta-.
Incurriendo en contradicciones, aseguró que “ella es Biden. Ella está tratando de alejarse de Biden. ‘No conozco al caballero’, dice. Ella es Biden”.
Sin embargo, más adelante, en el debate, en una nueva alusión al actual presidente y a la vicepresidenta, trató de mostrar a los gobernantes como en conflicto.
“Voy a darles un pequeño secreto: él la odia, él no la soporta”, dijo -otra vez, señalando, hacia la izquierda, en una de sus característicamente breve gesticulaciones con sus pequeñas manos-.
En una demoledora lección de calidad personal y política, Harris comenzó a responder, asegurando que, “claramente, no soy Joe Biden, y, seguramente, no soy Donald Trump”.
“Y lo que ofrezco es una nueva generación de liderazgo para nuestro país, que cree en lo que es posible, que aporta una sensación de optimismo a lo que podemos hacer, en lugar de, siempre, menospreciar al pueblo estadounidense”, siguió puntualizando.
“Ese es el tipo de conversación que creo (…) que el pueblo realmente quiere esta noche, en oposición a una conversación que es, constantemente, sobre humillar, e insultar”, aseguró, para proponer: “pasemos la página, y avancemos”.
Los debates presidenciales no necesariamente inciden en los resultados de las votaciones.
Sin embargo, el que organizó ABC, indudablemente, determinó -por si alguien tenía alguna duda al respecto- quién es quién en esta campaña electoral estadounidense.
También aportó -por si alguien no estaba al tanto- claridad sobre la diametralmente opuesta calidad humana de cada contendiente, al tiempo que dejó plenamente explicado -para aquellos aún en confusión- qué implicará votar, en noviembre, en un sentido o en el otro.
Pero más allá de quién venció en la mediática confrontación Harris-Trump, está el histórico/recurrente hecho de que, gane quien gane en las elecciones estadounidenses, el imperio no se ciñe a agendas partidistas ni personales -impone la propia-.







