La dignidad latinoamericana como escudo contra la ofensa imperialista

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La historia latinoamericana está colmada de agresión imperialista -principalmente estadounidense-, lo mismo que de criminal/corrupto entreguismo, pero también de apasionante dignidad.

Las batallas independentistas latinoamericanas del siglo 19, contra los imperios europeos, son ejemplo de ello, como igualmente lo son las luchas guerrilleras del siglo 20, en particular las que caracterizaron a las únicas revoluciones que, en América Latina, lograron el objetivo de llegar al poder -en orden cronológico: la mexicana, la cubana, la nicaragüense, invariablemente traicionadas, de distintas maneras-.

En ese contexto, se destaca un emprendimiento guerrillero que consolidó, admirablemente, la ruta moderna revolucionaria: la épica batalla que Sandino condujo, en Nicaragua, contra el criminal/corrupto imperialismo estadounidense.

Con su irregular Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, Sandino lideró una lucha que fue inminentemente armada, pero que, asimismo, fue de dignidad -de dignidad nicaragüense, y de dignidad latinoamericana-.

Ahora, frente al empoderamiento nazi de la ideología Maga en Estados Unidos, y a su nefasta incidencia a nivel mundial, admirables voces de dignidad nacional y latinoamericana se hacen escuchar por encima del gringuerismo regional que quiere endiosar a Donald Trump.

El reincidente inquilino de la Casa Blanca, no perdió el tiempo: instaló, el primer día de su segunda tóxica presidencia (2017-2021, 2025-2029), la tiranía que dirige en calidad de dictador de república bananera -así lo designé, en 2020-.

Internamente, está -en flagrante impunidad- fortaleciendo la dictadura/el Estado policial, y, en el plano mundial, está -corrupta y autoritariamente-, imponiendo respectivas versiones actualizadas de dos históricos puntos de apoyo del imperialismo estadounidense: la Doctrina Monroe, y el Destino Manifiesto.

Generadas en el siglo 19, constituyen la conceptualización de Estados Unidos como centro de poder universal que -por algo así como voluntad divina- irradia el único patrón democrático aceptable en el planeta: el estadounidense.

El origen de la doctrina se ubica en enero de 1821, cuando el entonces secretario de Estado (1817-1821, 1821-1825) John Quincy Adams, lanzó el principio de que el continente americano tenía que blindarse contra cualquier nuevo intento colonizador europeo -la mayoría de las ex posesiones europeas en América Latina se había convertido en países independientes-.

Según Adams -quien, cuatro años después de divulgar la idea, se convirtió en presidente del país (1825-1829)-, existía el peligro de que naciones europeas -tales como Austria, Francia, Rusia- intentasen aprovechar el deterioro del imperio español y recolonizar las ex posesiones iberoamericanas.

Lo expresado por su secretario de Estado sirvió, al presidente James Monroe (1817-1821, 1821-1825), como base para lanzar su doctrina.

Lo hizo al presentar, el 2 de diciembre de 1823, al congreso estadounidense, su sétimo informe anual de labor -denominado, desde 1934, mensaje del Estado de la Nación (State of the Union address, Sotu)-.

Entre otros planteamientos proteccionistas, Monroe -quien, previamente, fue secretario de Estado (1811-1815, 1815-1817)- enunció, “como un principio en el cual los derechos y los intereses de Estados Unidos están involucrados, que los continentes americanos (Norte, Centro y Sudamérica), por la libre e independiente condición que han asumido y mantienen, deben, desde ahora, no ser considerados como sujetos de futura colonización por ninguna potencia Europa”.

“Tenemos que considerar cualquier intento, de su parte, de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio, como peligroso para nuestra paz y seguridad”, recomendó.

De modo que, respecto a los nuevos países independientes en América, cualquier acción europea “con el propósito de oprimirlos, o controlar, de cualquier otra manera, su destino”, sería vista “como la manifestación de una disposición inamistosa hacia Estados Unodos”, advirtió.

También incluyó un componente de reciprocidad -no exento de admonición-, según el cual la política estadunidense, respecto a Europa, consistía en “no interferir en los asuntos internos de ninguna de sus potencias”, y en mantener las relaciones entre ambas partes “mediante una política franca, firme, y viril”.

En la opinión de Monroe, “es imposible que las potencias aliadas (europeas) extiendan su sistema político” a América, “sin poner en peligro nuestra paz y felicidad, así como nadie puede creer que nuestros hermanos sureños, por sí solos, lo adoptarían voluntariamente”, y “es igualmente imposible, por lo tanto, que nosotros viésemos con indiferencia tal interferencia”.

Como otro factor clave de su doctrina imperialista, justificó la expansión territorial estadounidense a partir de la independencia (1776) respecto a la corona británica.

“En la primera época, la mitad del territorio dentro de nuestros límites reconocidos estaba inhabitado”, dijo.

Inhabitado? En serio? Y la población indígena? El racismo/supremacismo blanco, presente -siempre- en “la manera estadounidense” (“the American way”).

Monroe ahondó en su aseveración discriminatoria, agregando que, “desde entonces, nuevo aumentado expandido en toda dirección, y nuevos estados han sido establecidos”, -negando la barbarie implícita en “cómo se ganó el Oeste” (“how the West was won”)-.

Ello, “ha eminentemente aumentado nuestros recursos, y engrandecido nuestra fuerza y respeto como una potencia que es aceptada por todos”, a nivel mundial, señaló, a continuación.

En el caso del Destino Manifiesto, esa visión imperialista data de por lo menos 1845, cuando un cristiano nacionalista estadounidense llamado John O’Sullivan (1813-1895), lanzó el demencial concepto de que Estados Unidos es el país providencialmente llamado a dominar al mundo, para, así, salvarlo mediante la imposición del modelo correcto de democracia -el gringo, por supuesto-.

Ello, aunque el paradigma de desarrollo democrático estadounidense -apoyado en la discriminación racial/social/étnica, en la excluyente “magia del mercado”, en el guerrerismo, en la corrupción, en el intervencionismo- dista mucho de ser el correcto.

Sin embargo, la arrogancia imperial, permite, a los responsables de imponer el modelo, hablar como si tuviesen siquiera un atisbo de autoridad moral para hacerlo.

Según relatos históricos, O’Sullivan –fundador, director, y columnista de los medios de comunicación United States Magazine (Revista Estados Unidos) y Democratic Review (Revista Democrática)- escribió, en 1839, un artículo de opinión en el cual aseveró que el “destino divino” asignó, a Estados Unidos, la misión de “establecer, sobre la tierra, la dignidad moral y la salvación del hombre”.

Esto, sobre la base de lo que describió como el ADN de Estados Unidos: la igualdad, los derechos, la libertad personal -ADN selectivamente blanco-.

Tal es la realidad garantizada sólo para un privilegiado sector de la población blanca, lo que -en su parcializada visión, condicionada por el endémico racismo estadounidense- Sullivan, como el ideólogo del imperialismo no necesitó explicar-.

O’Sullivan produjo el escrito, en el marco de la escalada expansionista estadounidense
-singularmente fuerte durante las décadas de 1830 y 1840-, cuando el país crecía territorialmente, por la vía de la creación de estados -hasta llegar a los actuales 50-, mediante la compra o a través de la ilegítima apropiación bélica.

Partidario de la independencia de Texas -entonces, territorio mexicano- para su incorporación a Estados Unidos -lo que ocurrió en 1845-, el columnista escribió, en 1836, el artículo que tituló “Anexión” (“Annexation”).

Según el autor, la asimilación de Texas -como el estado número 28- debía concretarse en razón del “derecho de nuestro destino manifiesto de extendernos y poseer la totalidad del continente que la Providencia nos ha dado para el libre desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno federado que se nos ha confiado”.

Entre las más agresivas interpretaciones del destino manifiesto, se destaca la formulada, en 1859, por Reuben Davis (1813-1890) -entonces integrante, por el Partido Demócrata, de la Cámara de Representantes del sureño estado de Mississippi-, un propietario de esclavos quien sirvió, durante la Guerra Civil Estadounidense (1861-1865), en el Ejército Confederado (Confedrate Army) -la fuerza armada que fracasó en lograr la secesión del sur esclavista-.

En la desquiciada visión de Davis -imperialismo sin restricción-, “podemos expandirnos hasta incluir el mundo entero”.

Específicamente, “México, América Central, América del Sur, Cuba, la Islas de las Indias Occidentales (caribeñas), y hasta Inglaterra y Francia podríamos anexar sin inconveniente”, siguió explicando, para aclarar, de inmediato, que ello se haría, “permitiéndoles, con sus Legislaturas locales, regular sus asuntos locales, a su manera”.

Algo así como convertir a los demás países, en municipalidades de Estados Unidos -lo que, en el siglo 21, sería un objetivo trumpiano, específicamente, respecto a la limítrofe Canadá devenida en el “estado 51”-.

Dirigiéndose al entonces presidente del congreso de Mississippi, Davis subrayó, categóricamente: “esta, señor, es la misión de esta República, y su destino original”.

Casi dos siglo después, Trump, cual reencarnación de Davis, lanzó algo así como dos apps imperialistas: Doctrina Monroe 2.0, Destino Manifiesto 2.0.

Su visión expansionista incluye la toma del Canal de Panamá -entregado, por estados Unidos, en 1977, al país del istmo centroamericano-, y la toma de Groenlandia -la mayor isla a nivel mundial, territorio autónomo ubicado en la zona ártica, inserto, desde 1262, en la soberanía de Dinamarca-.

Como el desquiciado ególatra y corrupto empresario que es, Trump no el presidente de la república de Estados Unidos sino el CEO de “Estados Unidos SA” -empresa que está conduciendo, como otras en su turbio historial, a la bancarrota.

Eso, internamente, en el marco de la brutal represión antinmigrante, convierte su conocido “you’re fired!” (“estás despedido!”) en lo que vendía a ser un actualizado “you’re jailed!” (“estás encarcelado!”).

Pero internacionalmente, se constituyó en un autodesignado -esencialmente corrupto- castigador comercial, arbitrariamente aplicando aranceles a las importaciones de diferentes países, en calidad de ejemplarizante castigo a las naciones cuyos respectivos gobernantes cometen la osadía de confrontarlo -o de tan sólo disentir, o de no expresarle apoyo-.

También, contradiciendo afirmaciones de campaña electoral -poner, “en un día”, fin a guerras tales como el conflicto Rusia-Ucrania, y la genocida agresión israelí a Palestina-, alienta/participa en esos conflictos, mediante financiamiento y aportando abastecimiento de materiales bélicos, lo mismo que llevando a cabo ataques aéreos contra objetivos militares.

Además, pretende imponer, a países soberanos, normas de conducta, y dictarles sus respectivas políticas nacionales e internacionales -lo que ha hecho, por ejemplo, irrespetando a Colombia, a México, y, más recientemente, a Brasil-.

Pero, en los tres casos, sus planteamientos fueron firmemente refutados, en lo que constituyeron excelentes lecciones de dignidad nacional -y latinoamericana-.

En lo que tiene que ver con Colombia, el encargado de poner en su lugar al autócrata anaranjado, fue el presidente de ese país sudamericano, el exguerrillero Gustavo Petro.

La situación se generó cuando el narcisista del peinado raro anunció, el 26 de enero, el imperativo/inconsulto envío, ese día, a Colombia, de dos aviones militares estadounidenses transportado a decenas de migrantes colombianos en situación irregular -detenidos, en Estados Unidos, en el marco de la trumpiana represión xenofóbica antinmigrante-, cuyo aterrizaje, en territorio del andino país sudamericano, Petro no autorizó.

En su red social -Truth Social (Verdad Social)-, Trump anunció, de inmediato, sanciones contra el gobierno de Colombia.

“Fui recién informado que dos vuelos de repatriación desde Estados Unidos, con un gran número de Criminales Ilegales, no fueron autorizados a aterrizar en Colombia”, indicó, para agregar que “esta orden fue dada por el Presidente socialista de Colombia Gustavo Petro, quien ya es muy impopular entre su pueblo” -para la ignorante ultraderecha de Magalandia, “socialista” es un insulto-.

“La negativa de Petro de estos dos vuelos ha puesto en peligro la Seguridad Nacional y la Seguridad Pública de Estados Unidos, por lo que he instruido que mi Administración tome, inmediatamente, las siguientes medidas de represalia urgentes y decisivas”, siguió planteando.

Por una parte, “tarifas de emergencia de 25% sobre todos los bienes que entran a Estados Unodos. En una semana, las tarifas de 25% serán elevadas a 50%”, comenzó a enumerar.

Asimismo, “una Prohibición de Viajes e inmediatas Revocaciones de Visa para los Funcionarios Gubernamentales colombianos”, además de “Sanciones de Visa para todos los Miembros del Partido, Miembros de la Familia, y Partidarios del Gobierno Colombiano”
-el partido político es el centroizquierdista Colombia Humana, fundado en 2011, y liderado por Petro-.

Igualmente, “mejoradas inspecciones de Protección Aduanera y Fronteriza (Customs and Border Protection, CBP) para todos los nacionales y la carga colombianos, por razones de seguridad nacional”, lo mismo que “sanciones de IEEPA (International Emergency Economic Powers Act -Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional-), de (el Departamento del) Tesoro, bancarias y financieras a ser plenamente impuestas”.

Trump también amenazó que “estas medidas son sólo el comienzo”, porque, en su imperialista visión, “no permitiremos que el Gobierno Colombiano viole sus obligaciones legales respecto a la aceptación del regreso de los Criminales que impusieron a Estados Unidos”.

El presidente estadounidense difundió la información, debajo de una fotografía en la que aparece -muy adecuadamente- vestido como un gángster estadounidense de mediados del siglo pasado -traje con chaleco negros con finas rayas blancas, camisa blanca, corbata roja, sombrero con el ala hacia abajo, al frente-, en actitud amenazante, junto a la inscripción “FAFO”, y un emoji de sonrisa.

FAFO es la sigla de una altamente vulgar e intimidatoria expresión: “Fuck Around, Find Out” (“Jodan, y Verán”).

Trump reaccionó así al mensaje difundido, horas antes, en la red social X, por Petro, en el sentido de que “los EEUU no pueden tratar como delincuentes a los migrantes Colombianos”.

“Desautorizo la entrada de aviones norteamericanos con migrantes colombiano a nuestro territorio”, agregó, a continuación, para señalar que “EEUU debe establecer un protocolo de tratamiento digno a los migrantes antes de que los recibamos nosotros”.

Por su parte, la Presidencia de Colombia, indicó, poco después, en un extenso comunicado que difundió también en X, que “el Gobierno de Colombia, bajo la dirección del Presidente Gustavo Petro, ha dispuesto el avión presidencial para el retorno digno de los connacionales que iban a llegar hoy al país en horas de la mañana, provenientes de vuelos de deportación”.

Y, en la misma red social, el gobernante sudamericano se dirigió, con firmeza/dignidad, a su insolente contraparte estadounidense.

“Trump, a mí no me gusta mucho viajar a los EEUU, es un poco aburridor, pero confieso que hay cosas meritorias, me gusta ira a los barrios negros de Washington”, comenzó planteando, en el texto de 18 párrafos.

“No me gusta su petróleo, Trump, va a acabar con la especie humana por la codicia. Quizás algún día, junto a un trago de Whisky que acepto, a pesar de mi gastritis, podamos hablar francamente de esto, pero es difícil porque usted me considera de una raza inferior y no lo soy, ni ningún colombiano”, indicó, más adelante.

“Así que si conoce algún terco, ese soy yo, punto,” aseguró.

Y, además, actualizó a su arrogante interlocutor: “Colombia ahora deja de mirar al norte, mira al mundo”, agregando -respecto a la sanción arancelaria- que “me informan que usted pone a nuestro fruto de trabajo humano 50% de arancel para entrar a Estados Unidos, yo hago lo mismo”.

Además, le dio una demoledora lección, al mismo tiempo, de historia y de dignidad.

Siempre dirigiéndose a Trump, le advirtió que “puede con su fuerza económica y su soberbia intentar dar un golpe de estado como hicieron con Allende. Pero muero en mi ley, resistí la tortura y lo resisto a usted”.

Petro hizo, así, intensa mención del socialista presidente chileno (1970-1973) Salvador Allende, quien murió, la mañana del 11 de setiembre de 1973, armado con un fusil, defendiendo la institucionalidad y la democracia, en el marco del cruento golpe de estado que instaló a la brutal y corrupta dictadura militar de 1973-1990.

También le advirtió que “me matarás, pero sobreviviré en mi pueblo que es antes del tuyo, en las Américas”, además de retarlo: “túmbeme presidente y le responderán las Américas y la humanidad”.

“No nos dominarás nunca. Se opone el guerrero que cabalgaba nuestras tierras, gritando libertad y que se llama Bolívar”, aseguró, en referencia a Simón Bolívar (1783-1830), el colombiano libertador anticolonialista latinoamericano.

También le aclaró: “lo que quiero al lado de Colombia, son amantes de la libertad. Si usted no puede acompañarme yo voy a otros lados”.

Pero, según la distorsionadora y negacionista visión xenofóbica de los Maga, la lección de dignidad que Petro impartió a Trump, fue considerada, por la presidencia estadounidense, como una derrota del gobernante colombiano frente al autócrata estadounidense.

En el caso de México, se trata de la continua lección de dignidad que la admirable presidenta, Claudia Sheinbaum, viene dando al autócrata a quien tiene como contraparte en Estados Unidos -y, con ello, manteniéndolo a raya-.

Al hacerlo, Sheinbaum ha demostrado que es una estadista de calidad, que es una líder y una mujer de carácter, que su agradable naturaleza no es signo de debilidad sino todo lo contrario.

Ambos gobernantes se han comunicado telefónicamente, en varias oportunidades, abordando temas tan complejos/desagradables como, por ejemplo, el de los unilaterales aranceles con los que, implementando el caos como política gubernamental clave, Trump mantiene amenazado al mundo -incluidos sus dos vecinos inmediatos y socios de tratado comercial: Canadá y México-.

También han abordado la cuestión de la seguridad, con Trump enfocado -desde el obvio ángulo de la represión- en la actividad de los narcocarteles mexicanos extendida a Estados Unidos, lo que incluye el tráfico de drogas -con particular énfasis, en la sintética fentanilo- hacia territorio estadounidense, así como en el masivo ingreso, sur-norte, de migrantes a través de la frontera entre ambos países.

Aplicando la capacidad intelectual de la que notoriamente carece su interlocutor en la Casa Blanca, Sheinbaum ha sostenido la posición discrepante de su administración, en lo referido a la irracionalidad de los aranceles.

Ha sido igualmente firme en subrayar la visión estratégica de que, así como es importante frenar el narcotráfico hacia Estados Unidos, es fundamental frenar, simultáneamente, el tráfico de armas desde ese país hacia México -haciéndolo, en ambos casos, sin militarización-.

También ha mantenido el enfoque humanitario de su gobierno en la atención que proporciona a los miles de migrantes inmisericordemente rechazados por el régimen trumpista.

Lo hace, por ejemplo, recibiéndolos con respeto a sus derechos, teniendo en cuenta las brutales realidades de las que huyen, proporcionándoles apoyo humanitario, así como generándoles oportunidades laborales.

Como principio básico, Sheinbaum sostiene -en plena coincidencia con la fenomenalmente aleccionadora máxima juarista: “el respeto al derecho ajeno, es la paz”- que la relación México-Estados Unidos debe mantenerse, sin excepción, en el marco, precisamente, del mutuo respeto.

De modo que la patanería autoritaria del reincidente autócrata estadounidense, ha fracasado ante la integridad/dignidad/ética de la presidenta mexicana.

Un ejemplo del fascinante carácter de Sheinbaum quedó registrado cuando la mandataria refutó, en un admirable equilibrio de necesaria seriedad y aleccionadora ironía, el desquiciado planteamiento de Trump de asignar, al Golfo de México, el nombre Golfo de Estados Unidos (Gulf of America).

Con superficie de aproximadamente 1.5 millones de kilómetros cuadrados, el golfo es compartido por Estados Unidos, México, y Cuba -en orden de extensión de aguas territoriales: respectivamente, 800 mil, 600 mil, y 100 mil kilómetros cuadrados-.

Lo bordean las costas de, respectivamente, los sureños estados de Florida, Alabama, Mississippi, Louisiana, Texas -en Estados Unidos-, los orientales estados de Tamaulipas, Pinar del Río, y Artemisa -en Cuba-.

De pie, delante la proyección, en grandes proporciones, de un mapa histórico, Sheinbaum se refirió, el 8 de enero -12 días antes de la segunda asunción gubernamental de Trump- a los planteamientos que el entonces presidente electo venía formulando sobre el tema.

El mapa, que data de 1607 -169 años antes de que existiera Estados Unidos-, muestra al territorio del sur de lo que ahora es territorio estadounidense, como “América Mexicana”.

“Obviamente, el Golfo de México es reconocido -el nombre- por Naciones Unidas”, empezó a plantear la presidenta, durante la conferencia de prensa de esa mañana –“la mañanera”-.

Ahora, refiriéndose al mapa, y señalándolo, preguntó: “por qué no le llamamos ‘América Mexicana’? Se oye bonito, no? Verdad que sí?”.

Y reafirmó, siempre combinando seriedad e ironía: “entonces, vamos a llamarle América Mexicana. Se oye bonito, no? Verdad que sí?”.

Sheinbaum también aprovechó esa “mañanera”, para asegurar a Trump que, “en México, gobierna el pueblo”.

La presidenta dio, a los actuales administradores del imperialismo estadounidense, otra fascinante lección de dignidad, durante la conferencia de prensa del 14 de marzo.

El diálogo con periodistas se desarrolló un día después de la audiencia de Ronald Johnson
-entonces propuesto por Trump para ser su embajador en México-, en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense.

La cámara alta dio luz verde, al 9 de abril, a la designación de Johnson, un ex Boina Verde (Green Beret) -integrante de las Fuerzas Especiales (Special Forces) del Ejército de Estados Unidos-, y un ex operativo de la Agencia Central de Inteligencia (Central Intelligence Agency, CIA).

Johnson, retirado del ejército con grado de coronel, formuló, durante su diálogo con los integrantes de la comisión senatorial, afirmaciones ofensivas respecto a ese país.

El entonces candidato a embajador, expuso, al grupo parlamentario, su visión -o sea: la de su jefe- de que, sin perjuicio de lograr cooperación con el gobierno de México, no hay que descartar la alternativa de intervención militar para combatir a los narcocarteles que operan en ese país.

Sobre ese planteamiento, fue interrogado, con precisión, por el senador demócrata Chris Coons, respecto a si considera que, en territorio de México, no debe llevarse a cabo ninguna operación militar antinarco, sin el conocimiento y sin el consentimiento del gobierno de ese país latinoamericano.

Después de indicar que lo deseable, para el gobierno de Estados Unidos, es trabajar en coordinación con su contraparte de México, Johnson aseguró que “yo sé que el presidente Trump toma muy seriamente su responsabilidad de salvaguardar las vidas de los ciudadanos estadounidenses”.

“Y, si hubiese un caso en el que las vidas de ciudadanos estadounidenses están en riesgo, creo que todas las cartas están sobre la mesa” (“all cards are on the table”), aseguró, en una no muy velada amenaza.

La demoledora respuesta de Sheinbaum -aplicando dignidad nacional para refutar tales expresiones de autoritarismo imperialista- fue –como no podía ser de otra manera- de claro y sólidamente fundamentado rechazo a lo aseverado por Johnson.

Interrogada, durante esa “mañanera”, sobre las aseveraciones del coronel convertido en embajador, comenzó a plantear, en su estilo intensamente sereno/seguro: “pues, no estamos de acuerdo”.

“Él dijo: ‘todo está sobre la mesa’”, agregó la presidenta, para precisar, esbozando una sonrisa, aunque con firmeza: “pues, no, eso no está sobre la mesa, ni sobre la silla, ni sobre el piso, ni sobre ningún lado”.

“Eso no”, reafirmo, además de indicar; a continuación, que, las dos naciones, “colaboramos, en un marco de respeto, nos coordinamos”.

“En efecto, hay muy buena coordinación, y hay muy buena coordinación porque hay respeto entre ambos países”.

Se trata de “colaboración en el marco de nuestra soberanía, y de los cuatro ejes que hemos hablado aquí, que tienen que ver con la confianza mutua, que tienen que ver con que se respeten los márgenes de coordinación y colaboración en los que estamos, y, también, principalmente, con el respeto a nuestra soberanía”, explicó, además.

“Entonces, vamos a seguir colaborando, coordinándonos”, vaticinó, advirtiendo, de inmediato, que, “como hemos dicho: a México, se le respeta”.

Punto. Fin de discusión. Estamos claros?

Más recientemente, Trump violó la soberanía de Brasil, en venganza por el anuncio de enjuiciamiento de su alma gemela y patético ex presidente de Brasil (2019-2023), el derechista capitán retirado Jair Bolsonaro, por haber intentado, en 2023, un golpe de Estado el actual -y tres veces- presidente brasileño (2003-2007, 2007-2011, desde 2023) Luiz Inácio “Lula” da Silva.

Se trató de una acción altamente similar al intento golpista perpetrado por Trump, el 6 de enero de 2021, para impedir la asunción presidencial -14 días después- de Joe Biden, su rival demócrata en las elecciones de noviembre de 2020 -las que el autócrata sigue diciendo que le fueron robadas-.

En el caso de Brasil, las violentas acciones bolsonaristas tuvieron lugar el 8 de enero de 2023 -una semana después de la tercera asunción presidencia de Lula-.

El Supremo Tribunal Federal (STF) -la corte suprema de justicia brasileña- anunció, el 26 de enero de 2025, el juicio contra Bolsonaro.

En declaraciones formuladas entonces en Tokyo -durante una visita oficial a Japón-, Da Silva dio, al mundo, una lección en materia de respeto al Estado de Derecho.

“Sería arrogancia, mía, hacer cualquier pronóstico sobre la decisión de la suprema corte brasileña”, planteó.

“Yo considero que lo que es correcto es que la suprema corte está basándose, manifestándose, en los autos del proceso, después de meses y meses de investigación muy bien hecha por la Policía Federal, muy bien hecha por el Ministerio Púbico, y con mucha denuncia de gente importante que está acusando lo que intentó ocurrir en Brasil”, agregó.

“Es visible que el ex presidente intentó dar un golpe en el país”, siguió expresando, para denunciar que “es visible -por todas las pruebas- que él intentó contribuir a mi asesinato, al asesinato del vicepresidente, al asesinato del ex presidente de la justicia electoral brasileña”.

“Y todo el mundo sabe qué ocurrió en este país”, por lo que “no sirve, ahora, que haga arrogancia, diciendo que está siendo perseguido”, subrayó.

“Él sabe lo que él cometió, sólo él sabe, sólo él sable lo que él hizo, él sabe que no fue correcto, y no sirve estar pidiendo amnistía, antes del juicio”, porque, “cuando él pide amnistía antes del juicio, significa que él está diciendo que tiene culpa”.

“Él debería demostrar su inocencia (…) no necesitaba pedir amnistía”, señaló, para asegurar que, “demuestra que es inocente, y va a quedar libre. Se acabó”.

“Ahora: como él no tiene cómo demostrar que él es inocente, como él no tiene cómo demostrar que él no intentó dar un golpe, él sigue intentando hacer provocación, inclusive en la sociedad brasileña”, indicó.

“Yo, sólo espero, sólo espero, que la Justicia haga justicia”, señaló Da Silva, y agregó, a continuación: “si, en los autos del proceso, él es inocente, que sea declarado inocente; si él es culpado, que sea castigado”.

“Yo, inclusive, defiendo que él tenga la presunción de inocencia que yo no tuve”, agregó, en referencia a la conspiración que Bolsonaro lideró para impedir la participación de Da Silva en la elección presidencial de 2018, en la cual Lula era el candidato favorito.

“Es importante recordar”, dijo el presidente, y agregó, de inmediato, que, “entonces, yo espero que se haga justicia”, reafirmando que “yo no doy opinión”.

Pero Trump, como el administrador imperial que es, no solamente dio opinión sino que intervino, aplicando, en represalia, tarifa de 50 por ciento, a las importaciones brasileñas.

Además, porque el magistrado Alexandre de Moraes, del Supremo Tribunal Federal, prohibió, en 2024, la operación, en el país sudamericano, de la red social X -cuyo propietario es el corrupto multibillonario sudafricano/estadounidense Elon Musk, un ex aliado -y, ahora, públicamente adversario- de Trump.

Moraes indicó, entonces, que la medida obedeció a los materiales de discurso de odio difundidos en la plataforma, además de que, contraviniendo disposiciones legales brasileñas, X no contaba con representante legal en Brasil -la red social está nuevamente operativa en el país-.

Violando la soberanía brasileña, Trump emitió, el 30 de julio, el Decreto Presidencial -Orden Ejecutiva (Executive Order, EO)- titulado “Atendiendo Amenazas a Estados Unidos por el Gobierno de Brasil (Addressing Threats to the United States by the Government of Brazil).

En la primera de las nueve secciones de la considerablemente extensa EO -alusiva a “Emergencia Nacional”-, Trump aseguró que “recientes políticas, prácticas, y acciones del Gobierno de Brasil, amenazan la seguridad nacional, la política exterior, y la economía de Estados Unidos”.

“Miembros del Gobierno de Brasil han tomado acciones que interfieren con la economía de Estados Unidos, infringen los derechos de libre expresión de personas estadounidenses, violan los derechos humanos, y minan el interés que Estados Unidos tiene en proteger a sus ciudadanos y compañías”, aseveró, en referencia al caso X.

“Recientemente, miembros del Gobierno de Brasil han tomado acciones sin precedente que dañan y son una amenaza para la economía de Estados Unidos, conflictúan y amenazan la política de Estados Unidos de promover la libertad de expresión y elecciones libres y justas en casa y afuera, y violan derechos humanos fundamentales”, planteó, asimismo.

“Miembros del Gobierno de Brasil también están persiguiendo políticamente a un ex Presidente de Brasil, lo que está contribuyendo al deliberado quiebre del estado de derecho en Brasil, a intimidación motivada políticamente en ese país, y a abusos a los derechos humanos”, afirmó, a continuación.

Todo eso, aseverado por el autócrata responsable, en Estados Unidos, del desmantelamiento del Estado, lo mismo que de la brutal represión antinmigrante -con destructivo impacto en la economía estadounidense, en particular el sector agroproductor y el área laboral-.

También es responsable de la violación a la libertad de expresión -atacando medios de comunicación a los que considera enemigos, desfinanciando a las emisoras públicas-, entre otras violaciones a los derechos humanos.

En la segunda sección, aparece el castigo trumpiano para Brasil, por la osadía, de sus autoridades, de contrariar al autócrata anaranjado: el golpe arancelario.

Bajo el subtítulo “Modificaciones Arancelarias”, Trump determinó que “artículos de Brasil importados al territorio aduanero de Estados Unidos, serán, de acuerdo con la ley, sometidos a una tasa adicional ad valorem (según el valor de la transacción) de 40 por ciento”.

“Esta tasa será efectiva (…) 7 días después de la fecha (de emitida) esta orden”, agregó, además de indicar otras precisiones.

Al respecto, el Departamento del Tesoro informó, el mismo día, que esa tasa adicional elevó, el arancel, a 50 por ciento.

En la cuarta sección –“Modificación de Autoridad”-, que contiene una serie de amenazas, Trump restableció que, “para asegurar que se encare la emergencia declarada en esta orden, puedo modificar esta orden, inclusive a la luz de información adicional, recomendaciones de altos funcionarios, o circunstancias cambiantes”.

A continuación, amenazó que, “si el Gobierno de Brasil toma represalia en respuesta a esta acción, modificaré esta orden para asegurar la eficacia de las acciones aquí ordenadas”.

Y precisó: “por ejemplo, si el Gobierno de Brasil toma represalia mediante aumento arancelario a las exportaciones estadounidenses, incrementaré el arancel ad valorem establecido en esta orden con una cantidad correspondiente”.

La lógica imperialista, en plena vigencia: Estados Unidos ordena, el resto del planeta obedece -o se atiene a las consecuencias-.

Pero Trump se equivocó con el actual gobierno brasileño -y, específicamente, con su líder-.

La demoledora respuesta de Lula, constituyó una nueva -y fenomenal- lección de dignidad latinoamericana -y, en este caso, por supuesto, brasileña-, dirigida al autócrata de la Casa Blanca.

En un comunicado que difundió el mismo día, la Presidencia de la República (Presidência da República) explicó -específicamente, a Trump y al resto de los imperialista nazis de Magalandia- que “Brasil es un país soberano y democrático, que respeta los derechos humanos y la independencia entre los Poderes”.

“Un país que defiende el multilateralismo y la convivencia armoniosa entre las Naciones, lo que ha garantizado la fuerza de nuestra economía y la autonomía de nuestra política externa”, agregó, a continuación, en el texto de nueve cortos pero contundentes párrafos.

Y, en un noqueador jab directo a la mandíbula del imperio, advirtió: “es inaceptable la interferencia del gobierno norteamericano en la Justicia brasileña”.

O sea: qué parte de “inaceptable” los Maga no entienden?

Asimismo, señaló/denunció, también inequívocamente, que “el gobierno brasileño se solidariza con el ministro (magistrado) Alexandre de Moraes, del Supremo Tribunal Federal, blanco de sanciones motivadas por la acción de políticos brasileños que traicionan a nuestra patria y nuestro pueblo en defensa de los intereses personales”.

La presidencia brasileña hizo, así, referencia al anuncio, formulado también el 30 de julio, por los departamentos, respectivamente, del Tesoro y de Estado, de la decisión del régimen trumpista de sancionar a De Moraes.

El Departamento del Tesoro informó, en el comunicado que tituló “El Tesoro Sanciona a Alexandre de Moraes” (“Treasury Sanctions Alexandre de Moraes”), que, “hoy, la Oficina de Control de Bienes Extranjeros (Office of Foreign Assets Control, Ofac) del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, está sancionando al magistrado de la Suprema Corte Federal (STF) brasileña, Alexandre de Moraes (…) quien ha usado su cargo para autorizar detenciones pre-enjuiciamiento, y reprimir la libertad de expresión”.

“Como resultado de la acción de hoy, todas las propiedades y los intereses en propiedad de la persona designada o bloqueada descrita arriba, que esté en Estados Unidos o en posesión o control de personas estadunidenses, son bloqueados y deben ser informados a la Ofac”, entre otras medidas, de acuerdo con la información oficial del régimen trumpiano.

Citado en el texto de 10 extensos párrafos, del departamento, su titular, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, aseveró -en la trumpiana línea de irrespeto a la soberanía de los países, en este caso, la brasileña-, difamando flagrantemente, que “Alexandre de Moraes se encargó de ser juez y jurado en una ilegal cacería de brujas contra ciudadanos y compañías estadounidenses y brasileños”.

“De Moraes es responsable de una opresiva campaña de censura, detenciones arbitrarias que violan los derechos humanos, y enjuiciamientos politizados -incluyendo contra el ex Presidente Jair Bolsonaro-”, agregó, en la misma siembra de falacias.

“La acción de hoy, deja claro que el Tesoro continuará responsabilizando a aquellos quienes amenazan los intereses de Estados Unidos y las libertades de nuestros ciudadanos”, reafirmó.

“Detenciones arbitrarias que violan los derechos humanos”, “cacería de brujas contra ciudadanos”, “amenazan los intereses de Estados Unidos y las libertades de nuestros ciudadanos” -suena muy familiar trumpiano, es la exacta descripción de la brutal distopia denominada Maga-.

Suponiendo que lo planteado por Bessent fuese cierto -que, obviamente, no lo es-: esa conducta es exactamente igual a la desplegada, internamente, por el régimen de Trump, con la única diferencia de que, en Estados Unidos, es en inglés, y que el autócrata, a diferencia de Lula, es rubio, de ojos celestes, se peina ridículamente, y se maquilla -anaranjado-.

Por su parte, el secretario de Estado trumpiano, el miamense de ascendencia cubana Marco Rubio -un ex senador republicano quien está, claramente, haciendo carrera política, con agenda propia, y con la mira puesta en la presidencia-, no se quedó atrás.

En una declaración que el Departamento de Estado difundió, igualmente, el 30 de julio, Rubio aseveró que “hoy, Estados Unidos está sancionando al magistrado de la Suprema Corte de Justicia brasileña Alexandre de Moraes, por serio abuso a los derechos humanos, incluyendo detención arbitraria implicando flagrantes negativas a garantías de proceso penal justo y violaciones a la libertad de expresión”.

“Moraes abusó de su autoridad al involucrarse en un selectivo y políticamente motivado esfuerzo diseñado para silenciar a críticos políticos a través de la emisión de órdenes secretas obligando a plataformas en línea, incluidas compañías de redes sociales estadounidenses, a prohibir las cuentas de personas por postear expresión protegida”, agregó.

“Moraes además abuso de su cargo para autorizar detenciones pre-enjuiciamiento y minar la libertad de expresión”, se permitió afirmar, en la declaración de cuatro párrafos de variada extensión, titulada “Sancionando al Magistrado de la Corte Suprema Brasileña Alexandre Moraes por serio abuso a los Derechos umanos2 (“Sanctioning Brazilian Supreme Court Justice Alexandre de Moraes for serious Human Rights Abuse”).

“Estados Unidos usará todos los instrumentos diplomáticos, políticos, y legales pertinentes y eficaces para proteger la expresión de los estadounidenses ante malignos actores extranjeros, como Moraes, quienes procurarían minarla”, planteó.

Otra vez: la falacia contra la administración de Lula parece describir -de hecho, lo hace- la bestial distopia trumpiana.

En su comunicado, el gobierno brasileño señaló, contundentemente, que “uno de los fundamentos de la democracia y del respeto a los derechos humanos en Brasil, es la independencia del Poder Judicial, y cualquier intento por debilitarlo constituye una amenaza al régimen democrático mismo”.

A continuación señaló, en calidad de ejemplificante advertencia: “la Justicia no se negocia”.

“En Brasil, la ley es para todos los ciudadanos y todas las empresas”, además de que “cualquier actividad que afecte la vida de la población y de la democracia brasileña, está sujeta a normas”, lo cual “no es diferente para las plataformas digitales”, aclaró, aleccionadoramente -marcando una de numerosas diferencias con el régimen de Trump-.

Aclaró, asimismo, la coincidencia gobierno-pueblo, en Brasil, señalando que “la sociedad brasileña rechaza contenidos de odio, racismo, pornografía infantil, golpes, fraudes, discursos contra los derechos humanos y la democracia”.

La administración Lula también refutó la narrativa que pretende justificar el peligroso/corrupto desquiciamiento arancelario que Trump está exhibiendo, y que, en el caso de Brasil constituye una flagrante interferencia en la separación de poderes.

“El gobierno brasileño considera injustificable el uso de argumentos políticos para validar medidas comerciales anunciadas por el gobierno norteamericano contra las exportaciones brasileñas”, se indicó, asimismo, en el texto.

“Brasil ha acumulado, en las últimas décadas, un significativo déficit comercial en bienes y servicios con Estados Unidos”, agregó la presidencia, para, inmediatamente aclarar, en calidad de fuerte advertencia, que “la motivación política de las medidas contra Brasil atenta contra la soberanía nacional y la relación histórica misma entre los dos países”.

La responsabilidad gubernamental con la gente, fue también destacada, al informar, la administración brasileña, sobre un plan de contingencia para blindar a la población contra las consecuencias del abusivo accionar imperialista/capitalista.

“Ya iniciamos la evaluación de los impactos de las medidas, y la elaboración de las acciones para apoyar y proteger a los trabajadores, a las empresas y a las familias brasileñas”, anunció.

En el marco de una entrevista con el diario estadounidense The New York Times, publicada el 30 de julio, el estadista brasileño reafirmó la dignidad como componente de la relación entre las naciones.

“Estamos tratando esto, con la mayor seriedad, pero seriedad no exige sumisión”, aseguró Lula, un sindicalista perseguido por la dictadura militar brasileña de 1964-1985 -por la cual Bolsonaro expresa, recurrentemente, añoranza-, además de aclarar/advertir que “trato a todo el mundo con gran respeto, pero quiero que se me trate con respeto”.

El popular presidente sudamericano, dio, además, a su impresentable contraparte estadounidense, una breve/precisa clase de educación cívica elemental, cuando se refirió a la insultante afirmación, de Trump, en su red social Truth Social (Verdad Social), de que el juicio a Bolsonaro es “una cacerías de brujas que tendría que terminar INMEDIATAMENTE” (“Witch Hunt that should end IMMEDIATELY”).

“Tal vez no sepa que aquí, en Brasil, el Poder Judicial es independiente”, planteó, a manera de poderosa reflexión.

También aclaró que su administración no se siente intimidada por el bullying del autócrata Maga.

Indicó que “conocemos el poder económico de Estados Unidos, reconocemos el poder militar de Estados Unodos, reconocemos el tamaño tecnológico de Estados Unidos”.

“Pero eso no nos hace tener miedo, nos hace estar preocupados”, advirtió, y, en otra demoledora afirmación de dignidad, precisó: “en ningún momento, Brasil negociará como si fuera un país pequeño frente a país grande”.

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