La difícil tarea de buscar la paz: mis recuerdos de Doña Violeta

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Desde que llegó, en 1990, a la presidencia de Nicaragua, sostengo que Violeta Barrios fue la persona indicada, en el momento indicado, para facilitar la transición de la guerra a la paz, tarea que emprendió, con carácter, valentía, sensibilidad.

Valoré entonces, como corresponsal internacional en Nicaragua -y sigo valorando-, que doña Violeta fue un factor determinante en el fin de la confrontación armada, y tengo presente la conexión que establecimos personalmente -más allá de la comunicación profesional entre presidenta y periodista-.

Algunos combatientes y comandantes de la antisandinista Resistencia Nicaraguense –“la contrarrevolución”, o “la contra”, los “combatientes por la libertad” (“freedom fighters”) de Ronald Reagan- me dijeron, cuando los entrevisté en algunos “bolsones” (zonas) de desarme, así como en el marco de las conversaciones en la capital, con el gobierno revolucionario, que estaban dispuestos a negociar el fin de la guerra “sólo con Doña Violeta”.

Eso, porque “va a ser la presidenta de la paz”.

Doña Violeta llevó adelante, como candidata presidencial por la derechista Unión Nacional Opositora (Uno), la exitosa campaña proselitista con miras a la votación de 1990, lo que, además de convertirla en la primera presidenta de Nicaragua -y de Centroamérica-, determinó la primera de tres históricas derrotas electorales consecutivas que Daniel Ortega ha recibido (1990, 1996, 2001).

En su calidad de gobernante, siguió la ruta que, a nivel latinoamericano y caribeño, empezaron a trazar dos mujeres jefas de Estado, llegadas al poder, respectivamente, por la vía de sucesión, y mediante designación parlamentaria.

El grupo de líderes fue inaugurado por la argentina María Estela Martínez (1974-1976)
-popularmente conocida como Isabel, o Isabelita-.

Desmañándose como vicepresidenta, durante el último gobierno de su esposo, el general Juan Domingo Perón (1946-1952, 1952-1955, 1973-1974), asumió la primera magistratura cuando falleció el gobernante populista.

El mandato presidencial de Martínez terminó abruptamente, por la vía del cruento golpe militar que la reemplazó con los criminales Jorge Videla, Eduardo Massera, Orlando Agosti, quienes, constituidos en junta de gobierno, inauguraron el último régimen de facto (1976-1983) -uno de los más sanguinarios y corruptos- en el rioplatense y andino país sudamericano.

A continuación, en el contexto de fragilidad institucional que ha caracterizado a la mayor parte de América Latina durante la segunda mitad del siglo 20, y en el marco de una de las recurrentes crisis políticas que colman la violenta historia de Bolivia, la entonces legisladora izquierdista Lidia Gueiler Tejada ejerció, interinamente la presidencia (16 de noviembre de 1979-17 de julio de 1980) del mediterráneo país sudamericano.

Gueiler -prima de la actriz cinematográfica estadounidense Raquel Welch, a su vez, hija del ingeniero aeronáutico boliviano Armando Tejada- fue elegida por la Asamblea Legislativa
-el bicameral congreso-, a raíz del derrocamiento militar de Walter Guevara (8 de agosto-1 de noviembre de 1979)-.

El interinato de Gueiler tuvo también violento cierre, en este caso, por parte del general Luis García Meza -otro primo de la presidenta-, quien fue el jefe de una de las más brutales dictaduras militares (17 de julio de 1980-4 de agosto de 1981) del siglo pasado en esa atribulada nación latinoamericana.

Doña Violeta se constituyó, en 1990 -una década después del derrocamiento de Gueiler-, en la primera presidenta surgida de votación popular, en América.

Se inició así, en Nicaragua, un particularmente intenso período latinoamericano de equidad de género en materia presidencial.

En Guyana, Janet Rosenberg Jagan, nacida en Estados Unidos y esposa del mandatario Cheddi Jagan (1992-1997), sucedió a su marido durante el periodo 1997-1999, mientras que, en Ecuador -en el marco de una crisis política-, Rosalía Arteaga desempeñó, fugazmente, el cargo, en 6-11 de febrero de 1997.

A continuación, Mireya Moscoso llegó a la presidencia de Panamá (1999-2004), seguida por la costarricense Laura Chinchilla (2010-2014), y la chilena Michelle Bachelet (2006-2010, 2014-2018) -una médica socialista quien fue presa política de la brutal y corrupta dictadura militar de 1973-1990 en el andino país sudamericano-

Además, en Argentina, la peronista -centroizquierdista- ex vicepresidenta y ex senadora Cristina Fernández cumplió dos mandatos consecutivos (2007-2011, 2011-2015), y, en Brasil, la izquierdista ex guerrillera Dilma Rousseff (2011-2016) llegó a la presidencia, casi 30 años después de finalizado el régimen militar que gobernó, en 1964-1985, al país sudamericano, y que la contó entre los numerosos opositores presos.

Otra vez en Bolivia, en el marco de una nueva y violenta crisis política, en 2019, la entonces segunda vicepresidenta del Senado, Janine Áñez, se convirtió, por irregular designación parlamentaria, en presidenta interina (2019-2020) -la segunda del políticamente inestable país sudamericano-.

Áñez está, ahora, en prisión, luego de que fue declarada culpable de los delitos de conspiración, sedición, y terrorismo, cometidos por el régimen de facto que encabezó tras el derrocamiento del izquierdista Evo Morales (2006-2011, 2011-2017, 2017-2019).

Barbados fue el segundo isleño país del Caribe gobernado por una presidenta, cuando Sandra Mason asumió, en 2021, el cargo, después de haber sido gobernadora general.

Mason -quien está en ejercicio del cargo- fue elegida por el Colegio Electoral, cuando Barbados se declaró República, dejando de ser gobernada por la monarquía británica.

Centroamérica volvió a ser escenario de empoderamiento presidencial femenino, con la hondureña Xiomara Castro, quien llegó en 2022 al cargo, más de una década después del cruento golpe militar/civil que derrocó -y exilió forzadamente-, en junio de 2009, a su esposo, el centyroderechista convertido en izquierdista Manuel “Mel” Zelaya (2006-2009).

Castro se destacó en liderazgo antigolpista, desafiando la bestial represión contra la masiva oposición a la efímera dictadura (junio de 2009-enero de 2010) encabezada por el patéticamente mediocre diputado Roberto Micheletti.

La más reciente incorporación al club de las presidentas americanas es la de Claudia Sheinbaum, en octubre de 2024, quien, con fenomenalmente altos niveles de popularidad, y con carácter de estadista, cumple el sexenio que cierra en 2030.

Presidir Nicaragua fue un intenso desafío para Doña Violeta, inmersa en la violencia política nacional desde que la dictadura del general Anastasio Somoza Debayle (1967-1972) asesinó, el 10 de enero de 1978, en Managua, la capital nicaragüense, a su esposo, el periodista y dirigente opositor Pedro Joaquín Chamorro, director del histórico diario La Prensa.

A ello siguió su participación -la única mujer- en la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional (Jgrn), que se instaló a raíz de la caída (19 de julio de 1979), del régimen somocista, y de la cual Ortega fue coordinador hasta 1985 -cuando asumió, por la vía electoral, la presidencia de Nicaragua-.

Luego de su retiro de la Jgrn, en 1980, y como directora de La Prensa, fue una de las voces de posición al gobierno revolucionario (1979-1990) del ex guerrillero Frente Sandinista de Liberación Nacional -lo que significó la clausura temporal del periódico-.

El reto presidencial inició, en realidad, durante la actividad proselitista, no solamente porque el marco era la guerra (1982-1990) que convulsionaba al territorialmente mayor país centroamericano sino porque, a raíz de una fractura causada por un accidente, la candidata cumplió, admirablemente, con una pierna enyesada, la mayor parte de la campaña electoral.

En el contexto marcadamente machista de la sociedad nicaragüense, doña Violeta fue blanco de severas críticas durante el proceso conducente a la votación del 25 de febrero de 1990 -la segunda en el período revolucionario-, lo mismo que en su desempeño como jefa de Estados.

A causa del entorno político nicaragüense -y centroamericano, en general- posterior a la firma, en agosto de 1987, del Procedimiento para Establecer la Paz Firme y Duradera en Centroamérica, su mandato presidencial fue más extenso que los cinco años habituales, ya que se extendió, desde el 25 de abril de 1990 hasta el 10 de enero de 1997.

La coyuntura nacional, enmarcada en negativas tendencias históricas, no permitió que la administración de Doña Violeta lograse -después de ocho años de guerra- la reconciliación nacional -junto con la paz, uno de los objetivos prioritarios de su plan de gobierno-.

Tampoco redujo la pobreza, ni la brecha socioeconómica, agudizada, la segunda, por el regreso de los exiliados antisandinistas -mayoritariamente, nicaragüenses adinerados quienes migraron hacia Miami, huyendo del gobierno revolucionario-.

Hubo ajustes económicos, que redujeron los demenciales niveles inflacionarios registrados durante los once años de gobierno sandinista, pero no sanaron las finanzas.

Y la desmovilización de una buena parte del ejército, y de la contra, no fue lo socioeconómicamente exitosa que se suponía que resultaría.

Violeta Barrios de Chamorro llega a la Presidencia en las elecciones del 25 de febrero de 1990, derrotando en las urnas a un Daniel Ortega y poniéndole fin a 10 años de guerra y atraso económico. En la imagen la presidenta Chamorro el día de su toma de posesión el 25 de abril de 1990. Foto: Archivo/ La Prensa.

El descontento lo mismo entre los “compas” del ejército y los contras antes la desmovilización, condujo a algunos, en ambos bandos, a rearmarse, como “recompas” y “recontras”, lo que dio lugar a violencia armada, y a la posterior fusión de ambos bandos como “revueltos”.

No obstante las monumentales dificultades políticas, económicas, sociales, la presidencia de Doña Violeta fue marcada por la accesibilidad y la sencillez de trato con las que se caracterizó, algo que valoré durante mi corresponsalía nicaragüense.

  • En su calidad de presidenta, rodeada por periodistas durante actividades oficiales, cuando yo le formulaba alguna pregunta, después de responderme, solía preguntarme, en tono ameno: “vos sos nica?”.
  • Mi respuesta -que imagino que ella esperaba-, en igual tono, solía ser: “no, Doña Violeta, no soy Nica”.
  • A continuación me preguntaba: “pero, te gusta Nicaragua?”, a lo que yo respondía, diciéndole la verdad: “sí, Doña Violeta, me gusta Nicaragua”.
  • De inmediato, se dirigía a los demás colegas -mayoritariamente nicaragüenses-, diciendo: “ven? Cuando lo extranjeros vienen, se enamoran de Nicaragua”.

En determinado momento, fui guía local de un equipo de colegas de la Radiotelevisone Italiana (Rai) quienes trabajaban un reportaje a profundidad sobre la Nicaragua después de la revolución.

Además de llevarlos a alguna de las zonas delimitadas por Naciones Unidas y el gobierno revolucionario para que los combatientes la contra se desarmaran, y de acompañarlos a dialogar con dirigentes de diversos sectores, les gestioné una entrevista con Doña Violeta.

Cuando llegamos a la sede presidencial, aguardamos, por indicación del ministro de la Presidencia y yerno de la mandataria, Antonio “Toño” Lacayo, algunos minutos a que concluyese una sesión del gabinete, encabezada por la jefa de Estado.

Terminada la reunión, Doña Violeta salió, junto con los ministros, y yo le consulté si podíamos ingresar a su oficina, para instalar la cámara, y las luces, a lo que accedió.

Para que el camarógrafo encuadrase/enfocase la imagen, y graduase la luz, me senté en la silla de la presidenta, detrás de su modesto escritorio.

En ese momento, Doña Violeta regresó a la oficina, y, al ver que yo estaba sentado allí, me dijo, en tono de broma, sonriendo, con las manos apoyadas en la cintura: “ah! Qué belleza! Sentado en mi escritorio!”.

  • Riendo, le dije: “sí, Doña Violeta. Estoy haciendo de usted, para que el camarógrafo encuadre y enfoque bien”.
  • Me contestó: “no te preocupés. Quedáte ahí. Yo sólo tengo que firmar unos decretos”, tras lo cual, acercó una silla, a un extremo del escritorio, y se dio, rápidamente, a esa tarea.

Durante la entrevista, relató, entre otros aspectos personales, cómo mantenía coordinadas sus responsabilidades gubernamentales, y la comunicación telefónica con sus nietos -entonces, memores de edad-.

También mostró, claramente, su preocupación por consolidar la paz en Nicaragua, y por lograr la reconciliación de la profundamente polarizada sociedad nacional.

Terminada la entrevista, los colegas italianos y yo desarrollamos un amistoso diálogo informal con la presidenta.

De pie, junto a su escritorio, y observando una hilera de fotos de mediano tamaño, enmarcadas, en una pared, que la mostraban con diferentes autoridades internacionales, le comenté, siempre en tono de broma: “veo que tiene una buena colección de fotos, para la egoteca”.

  • Rio, y me dijo: “sí, cada vez que me traen una foto, yo la cuelgo en la pared”.
  • Sorprendido, le pregunté: “usted está diciéndome que usted misma clava las fotos a la pared?”.
  • Su respuesta, señalando un sector de su escritorio: “no me creés? Abrí esa gaveta”.

Cuando lo hice, observé, en el interior, una bolsa plástica transparente, llena de clavos, junto a un martillo.

Doña Violeta tenía, asimismo, sentido del humor.

Lo demostró, en diálogo con periodistas, durante un receso de una reunión cumbre centroamericana.

Además de responder las preguntas que los periodistas le formulamos, se refirió, espontáneamente, al entonces presidente panameño (1989-1994) Guillermo Endara.

Recientemente casado con Ana Mea Díaz, unos 30 años menor que él, Endara permaneció en su habitación en el hotel que alojaba a los gobernantes, buena parte del desarrollo de la reunión.

Al respecto, haciendo reír a los periodistas, la presidenta dijo, en tono de broma, y en alusión al sobrepeso que Endara presentaba: “pobrecita, esa muchachita. Se imaginan aguantar a un gordocomo ese? Debe ser como que te tiren un ropero encima”.

Doña Violeta dio una inicial muestra de carácter presidencial, cuando se dirigió al país -y al resto del mundo, que monitoreaba, con intensa atención, a Nicaragua-, en su mensaje inaugural, la histórica mañana del 25 de abril de 1990.

Entre otras medidas iniciales, anunció la decisión de asumir la titularidad del Ministerio de Defensa -cargo que el general Humberto Ortega, hermano de Daniel Ortega, había desempeñado, junto con la jefatura del Ejército Popular Sandinista (EPS)-.

También anunció que el general se mantendría al frente del EPS -fuerza militar que estaba próxima a ser rebautizada con su denominación actual: Ejército de Nicaragua-.

Asimismo, enumeró lo que describió como “cuatro tareas fundamentales” de su administración, respectivamente consistentes en “consolidar las libertades democráticas”, “impulsar al máximo la producción económica”, “reducir las desigualdades sociales”, “inspirar todos nuestros actos en el espíritu de reconciliación”.

Igualmente, en la línea concertadora que, al igual que en la campaña electoral, estaba ahora enunciando, dijo que “voy a otorgar una amplia e incondicional amnistía por todos los delitos políticos y comunes conexos, cometidos por los nicaragüenses hasta la fecha de hoy”.

Además, dijo que estaba “ordenando la suspensión definitiva del reclutamiento del Servicio Militar, y decretando que los jóvenes actualmente se encuentren movilizados, pueden acortar su período de servicio y retornar a sus hogares lo más pronto posible”.

El fin de la guerra y la eliminación del Servicio Militar Patriótico (SMP) -que fue obligatorio durante la confrontación armada- fueron dos reclamos prioritarios y permanentes de la abrumadora mayoría de los nicaragüenses, y se constituyeron en pilares esenciales para el triunfo electoral de Doña Violeta.

“Ofrecí, en mi campaña electoral, que Nicaragua volvería a ser República”, expresó, además, durante el acto de asunción presidencial, llevado a cabo exactamente dos meses después de abre ganado la votación.

“Hoy, es el amanecer de esa República que nació del voto del pueblo, que nació, no de gritos ni de balas sino del silencio más hondo del alma nicaragüense: de la conciencia”, agregó, minutos después de que Ortega -vestido de civil, con un sandinista pañuelo rojinegro amarrado al cuello-, le colocó la banda presidencial.

En conferencia de prensa realizada dos meses antes, al amanecer del 26 de febrero, Ortega dio respuesta a la interrogante de todos los periodistas reunidos en la sala de prensa instalada en el Centro de Convenciones “Olof Palme”.

Había dos opciones: o aceptaba la derrota -y daba, al mundo, un ejemplo de civismo-, o desconocía el resultado -para lo cual contaba con el respaldo del EPS, el ejército más poderoso de Centroamérica-.

“Entregamos el gobierno, pero no el poder”, fue la premonitoria advertencia formulada por Ortega, en medio del llanto desconsolado de numerosos integrantes del Ministerio de Información, presentes en la conferencia de prensa.

La derrota electoral no figuraba en la mayoría de los cálculos de diferentes sectores, lo que Ortega alimentó, recurrentemente, desde el anuncio, en junio de 1989, de la constitución de la UNO, cuando, menospreciando la fuerza de la coalición de 14 partidos respaldada por Estados Unidos, inició una conferencia de prensa, afirmando: “uno, no es ninguno…uno no es ninguno”.

  • Cerrando su primer mensaje como presidenta, Doña Violeta dijo que “mi orgullo es ser nicaragüense, mi fuerza es ser nicaragüense y contar con la solidaridad de los nicaragüenses”.
  • “Soy la primera mujer que recibe, de su pueblo, el mandato de presidir el gobierno”, reflexionó, para agregar que “es una inmensa responsabilidad, pero cuento con mi pueblo, y pido, a Dios, ayuda”.
  • Además, exclamó: “Nicaragüenses: esta es vuestra presidenta. No quiero mandar sino servir!”.

En mi opinión: lo hizo.

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