Irán: represión sin precedentes

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Represión sin precedentes en Irán logra sofocar protestas, por ahora

Una represión de una violencia extraordinaria por parte de las fuerzas de seguridad iraníes parece haber logrado, al menos de manera temporal, sacar a los manifestantes de las calles, según activistas y analistas que han conseguido comunicarse con personas dentro del país pese al severo bloqueo informativo impuesto por las autoridades.

Las protestas comenzaron a finales de diciembre en Teherán, inicialmente motivadas por el aumento de la inflación y la fuerte devaluación de la moneda nacional. Sin embargo, en cuestión de días se extendieron a distintas ciudades de Irán y adquirieron un carácter abiertamente antigubernamental. En respuesta, el Gobierno ordenó un apagón casi total de internet que ya supera una semana, mientras las fuerzas de seguridad avanzaban para aplastar las manifestaciones.

Aunque el bloqueo digital dificulta obtener una imagen clara de lo que ocurre sobre el terreno, han empezado a surgir testimonios de personas que logran comunicarse por líneas telefónicas, de quienes cuentan con acceso limitado a terminales satelitales Starlink y de iraníes que han salido recientemente del país. Estas fuentes describen un clima de aparente calma en las ciudades, con una fuerte presencia de fuerzas de seguridad armadas patrullando las calles y aplicando lo que muchos consideran un toque de queda de facto.

Mehdi Yahyanejad, activista iraní radicado en Washington D. C., afirmó que ha colaborado en el envío de cientos de terminales Starlink a periodistas ciudadanos y otros contactos dentro de Irán para sortear la censura estatal. “Lamentablemente, la represión ha sido tan severa que las protestas prácticamente se han detenido”, declaró a ABC News. “Hay fuerzas de seguridad por todas partes; existe un estado generalizado de miedo”.

A pesar de ello, Yahyanejad señaló que persisten señales aisladas de descontento. En algunos barrios, personas han sido escuchadas gritando consignas contra el régimen desde sus ventanas, y pequeños grupos de jóvenes se han reunido brevemente para corear lemas antes de dispersarse rápidamente ante la llegada de las fuerzas de seguridad.

El saldo humano de la represión continúa en aumento. La agencia Human Rights Activists News Agency (HRANA), con sede en Washington, estima que más de 2.800 manifestantes han muerto, mientras revisa alrededor de 1.700 reportes adicionales de fallecimientos. Además, calcula que unas 22.000 personas han sido detenidas desde el inicio de las protestas. Estas cifras no han podido ser verificadas de manera independiente y el Gobierno iraní no ha publicado datos oficiales. El líder supremo, ayatolá Alí Jamenei, reconoció el sábado que miles de personas han muerto, aunque otras autoridades han sostenido que una gran parte de las víctimas serían “mártires” fallecidos a manos de manifestantes a los que califican de “terroristas” y “agentes extranjeros”.

En el plano internacional, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, había insinuado inicialmente la posibilidad de una acción militar en apoyo a los manifestantes, pero posteriormente afirmó que decidió por sí mismo no atacar a Irán. Yahyanejad considera que, sin una intervención externa, es poco probable que las protestas se reactiven a corto plazo.

Entretanto, crecen las preocupaciones por la situación de los detenidos y heridos. Activistas advierten que muchas personas lesionadas temen acudir a hospitales por la presencia de fuerzas de seguridad en centros médicos. También han surgido denuncias de redadas en hospitales y de la detención de manifestantes heridos, respaldadas por testimonios de médicos dentro del país y por material audiovisual verificado por medios internacionales.

En medio de este escenario, Trump afirmó que el régimen iraní habría cancelado más de 800 ejecuciones programadas, aunque las autoridades iraníes no han confirmado oficialmente esa información. Lo cierto es que, mientras persiste el silencio informativo y el despliegue de seguridad, Irán atraviesa uno de los momentos más tensos y represivos de los últimos años, con una sociedad aparentemente inmovilizada por el miedo, pero con un descontento que, según activistas, sigue latente bajo la superficie.

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