El Destino Manifiesto de Israel, según Netanyahu

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Benjamin Netanyahu está, en el siglo 21, apropiándose del concepto imperialista estadounidense de “destino manifiesto”, cuyo origen data de casi dos siglos antes.

No obstante los distanciados marcos temporales, y los específicos cuadros de situación, la estructura mental es la misma, la arrogancia es la misma, la conceptualización del mundo es la misma -o sea: la mediocridad es la misma-.

Un mediocre igualado estadunidense llamado John O’Sullivan, lanzó, en 1845, lo que inicialmente fue el concepto de que Estados Unidos es el país providencialmente llamado a dominar al mundo, para salvarlo al imponerle el modelo correcto de democracia
-obviamente, el gringo-.

Un mediocre igualado israelí llamado Benjamin Netanyahu, lanzó, aproximadamente doscientos años después, el concepto de que Israel es el país providencialmente llamado a dominar al Oriente Medio, para salvarlo -y, por generosa extensión, al mundo- al imponerle el modelo correcto de paz -obviamente, el sionista-.

Ni el modelo de desarrollo democrático estadounidense -apoyado en la discriminación racial/social/étnica, en la excluyente magia del mercado, en el guerrerismo, en la corrupción- es el correcto, ni el modelo de paz israelí -apoyado en la discriminación racial/social/étnica, en el guerrerismo, en la corrupción- es el correcto.

Pero, en ambos casos, la arrogancia imperial, permite, a quienes en el tiempo impulsan los respectivos/inaceptables modelos, hablar como si tuviesen siquiera un atisbo de autoridad moral para hacerlo.

De acuerdo con relatos históricos, el nacionalista cristiano John O’Sullivan (1813-1895)
–fundador, director, y columnista de los medios de comunicación United States Magazine (Revista Estados Unidos) y Democratic Review (Revista Democrática)- escribió, en 1839, un artículo de opinión en el cual aseveró que el “destino divino” asignó, a Estados Unidos, la misión de “establecer, sobre la tierra, la dignidad moral y la salvación del hombre”.

Ello, sobre la base de lo que describió como componentes clave de la personalidad de Estados Unidos como país: la igualdad, los derechos, la libertad personal.

O’Sullivan produjo el escrito, en el marco de la escalada expansionista estadounidense
-singularmente fuerte durante las décadas de 1830 y 1840-, cuando el país crecía territorialmente, por la vía de la creación de estados -hasta llegar a los actuales 50-, mediante la compra o a través de la apropiación bélica.

Partidario de la independencia de Texas -hasta entonces, territorio mexicano- para su incorporación a Estados Unidos -lo que ocurrió en 1845-, el columnista escribió, ese año, el artículo que tituló “Annexation” (“Anexión”).

Según el autor, la asimilación de Texas -como el estado número 28- debía concretarse en razón del “derecho de nuestro destino manifiesto de extendernos y poseer la totalidad del continente que la Providencia nos ha dado para el libre desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno federado que se nos ha confiado”.

El concepto original ha incorporado, desde su primera enunciación, las adaptaciones que diferentes políticos estadounidenses le han aplicado, algunos tan contemporáneos como el corrupto ultraderechista Ronald Reagan -un pésimo actor cinematográfico y aún peor presidente (1981-1985, 1985-1989)-, con sus “combatientes por la libertad” -los criminales “contras” nicaragüenses (1982-1990) – financiados por la venta de crack en las calles de Los Ángeles.

Entre las más agresivas interpretaciones del destino manifiesto, se destaca la formulada, en 1859, por Reuben Davis (1813-1890) -entonces integrante, por el Partido Demócrata, de la Cámara de Representantes del sureño estado de Mississippi-, un propietario de esclavos quien sirvió, durante la Guerra Civil Estadounidense (1861-1865), en el Ejército Confederado (Confedrate Army) -la fuerza armada que fracasó en lograr la secesión del sur esclavista-.

En la demencial visión de Davis -imperialismo sin restricción-, “podemos expandirnos hasta incluir el mundo entero”.

Específicamente, “México, América Central, América del Sur, Cuba, la Islas de las Indias Occidentales (caribeñas), y hasta Inglaterra y Francia podríamos anexar sin inconveniente”, siguió explicando, para aclarar, de inmediato, que ello se haría, “permitiéndoles, con sus Legislaturas locales, regular sus asuntos locales, a su manera”.

Algo así como convertir a los demás países, en municipalidades de Estados Unidos.

Dirigiéndose al entonces presidente del congreso de Mississippi, Davis subrayó, categóricamente: “esta, señor, es la misión de esta República, y su destino original”.

Casi dos siglos después de todas esas afirmaciones del nefasto imperialismo estadounidense fuera de control, Netanyahu repite, según la mentalidad imperialista israelí, los mismos conceptos de expansionismo mesiánico.

Por ejemplo, al participar en el 78 Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas (inaugurado el 5 de setiembre de 2023), Netanyahu expuso, sin reserva, la visión de que el Estado de Israel debe ocupar la totalidad de Palestina.

El primer ministro habló, el 22 de setiembre, en marco de la Semana de Alto Nivel (19-26 del mismo mes) de la asamblea, período destinado a las presentaciones por arte de jefes de Estado, jefes de Gobierno, o sus designados -por lo general cancilleres u otros altos funcionarios-.

Pero ningún -o virtualmente ningún- representante de esa jerarquía estuvo allí para la participación del israelí.

Hablando en un inadecuado tono de confianza, como si el salón de sesiones de la asamblea General fuese la sala de reuniones del gabinete de Israel, Netanyahu se expresó en ofensiva actitud condescendiente, como explicando, a ignorantes, la verdad irrefutable, absoluta -la verdad del régimen sionista-, de la históricamente dramática situación en Oriente Medio.

Abusando del recurso de hipocresía, mintió flagrantemente, durante algo así como media hora, tratando de justificar, por adelantado, el papel de su régimen en la brutalmente crítica coyuntura geopolítica que estallaría, exactamente 15 días después, en la palestina Franja de Gaza.

Netanyahu protagonizo un patético intento por vender, al mundo, la invendible imagen de que Israel -específicamente, su régimen corrupto y guerrerista- se esfuerza por promover la paz en esa región -y, a partir de allí, en el mundo-.

“He tratado, durante mucho tiempo, hacer la paz con los palestinos”, fue una de las flagrantes mentiras aseveradas por el criminal de guerra.

“Pero también creo que no debemos dar, a los palestinos, un (poder de) veto sobre nuevos tratados de paz con Estados árabes”, aclaró, rápidamente, en alusión a sus criticadas acciones de normalización de relaciones con esos países, más recientemente, con arabia Saudita.

“Lo palestinos podrían, en gran manera, beneficiarse de una paz más amplia, podrían ser parte del proceso”, agregó, en fingida magnanimidad, para, otra vez, apresurarse a aclarar: “pero no tendrían que tener un veto sobre el proceso”.

“Y también creo que hacer la paz con más Estados árabes, en realidad, mejoraría las perspectivas de hacer la paz entre Israel y los palestinos”, siguió planteando.

Esa afirmación, en particular, enunciada de esa manera, es una de las muestras de que todo ese planteamiento no fue más que una farsa actuada en el máximo escenario de la política y la diplomacia internacionales.

Ello, porque, como máximo exponente de la autoconferida superioridad sionista, Netanyahu hizo referencia a “Estados árabes”, mencionó a “Israel” -un Estado-, pero se refirió, despectivamente, a “los palestinos” -no al Estado palestino-.

El belicista primer ministro -un ex capitán de las Fuerzas de Defensa de Israel (Israel Defense Forces, IDF)- exhibió, así, su terca oposición a la existencia del Estado de Palestina -flagrantemente violatoria de lo dispuesto, en 1947, por la Asamblea General de las Naciones Unidas-.

Esa ha sido, con variables grados de violencia, la conducta de los sucesivos 37 gobiernos israelíes desde entonces.

“Vean: los palestinos son sólo dos por ciento del mudo árabe”, pero, “mientras crean que el otro 98 por ciento va a permanecer en un estado de guerra con Israel, esa masa más grande, ese más grande mundo árabe, podría, eventualmente, asfixiar, disolver, destruir el Estado judío”, siguió aseverando.

“Ven? La Tierra de Israel está situada en la confluencia de África, Asia, y Europa, y, por siglos, mi país fue, repetidamente, invadido por imperios que lo cruzaron en sus campañas de saqueo y conquista en otros lugares”, agregó.

“Pero hoy, a medida que derribamos los muros de enemistad, Israel puede convertirse en un puente de paz y prosperidad entre estos continentes”, afirmó, a continuación.

“La paz entre Israel y Arabia Saudita creará, verdaderamente, un nuevo Oriente Medio”, planteó, a manera de ejemplo -y en alusión a la buscada normalización de relaciones entre ambos países-.

“Por lo tanto, entiendan la magnitud de la transformación que tratamos de impulsar”, asevero, mediáticamente mostrando, a continuación, un mapa político de la región -el que marcó, ilustrativamente, con un grueso marcador rojo-.

“Todo el Oriente Medio, cambia: derribamos los muros de enemistad, traemos la posibilidad de paz, a toda esta región”, reafirmó, para agregar: “pero hacemos algo más”.

“No solamente derribaremos obstáculos entre Israel y nuestros vecinos: construiremos un nuevo corredor de paz y prosperidad que conecta a Asia, a través de los EAU (Emiratos Árabes Unidos), Arabia Saudita, Jordania, Israel, con Europa”, dijo, trazando, con el marcador, una ancha línea roja en dirección general sur-norte.

“Este es un cambio extraordinario, un cambio monumental, otro punto central de nuestra historia”, ya que, “a medida que el círculo de paz se expande, creo que un verdadero camio hacia una paz genuina con nuestros vecinos palestinos puede lograrse”, siguió hipotetizando.

“Pero hay una advertencia, tiene que decirse, aquí, fuertemente: la paz sólo puede lograrse si se basa sobre la verdad”, afirmó, temerariamente, de inmediato.

“No puede lograrse basada sobre mentiras, no puede basarse sobre la infinita difamación del pueblo judío”, siguió aseverando.

“El líder palestino Mahmoud Abbas debe dejar de divulgar horribles conspiraciones antisemitas contra el pueblo judío y el Estado judío”, agregó, en calidad de acusación, en alusión al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, la entidad de gobierno en Cisjordania -la mayor de las dos extensiones territoriales del Estado Palestino, ambas bajo ocupación militar israelí-.

“La autoridad palestina debe dejar de glorificar a los terroristas”, dijo, además de señalar que los dirigentes palestinos “deben detener su terrible política de pagar para matar, dando dinero a terroristas palestinos para el asesinato de judíos”.

“Todo esto es indignante, debe detenerse para que prevalezca la paz”, indicó.

“El antisemitismo debe ser rechazado donde aparezca, sea a la izquierda o a la derecha, sea en los salones de universidades o en los salones de Naciones Unidas”, afirmó, acumulando despropósitos -y atreviéndose ordenar, al pueblo palestino y a sus autoridades, una conducta-.

“Para que la paz prevalezca, los palestinos deben dejar de vomitar odio a los judíos, y, finalmente, reconciliarse con el Estado judío”, agregó, en la misma línea de ofensa y provocación.

“Con eso, quiero decir no solamente la existencia del Estado judío sino el derecho del pueblo judío a tener su Estado en su patria histórica, la Tierra de Israel”, dijo, sin medir la magnitud de su hipocresía.

“Y permítanme decirles: el pueblo de Israel, ansía una paz genuina”, planteó -en probablemente la única verdad contenida en su discurso-, para, de inmediato, enunciar una monumental mentira: “yo ansío esa paz”.

En insultante actitud de dueño de la verdad -una de las características de los autócratas y los belicistas-, aseguró que “hay muchos obstáculos en el camio a la paz, hay muchos obstáculos en el extraordinario camino a la paz que he descrito”.

“Pero estoy comprometido con hacer todo lo que yo pueda, para superar esos obstáculos, para forjar un mejor futuro para Israel y todos los pueblos en nuestra región”, aseguró.

Exactamente quince días después, el autoproclamado pacifista lanzó, contra la población civil de la Franja de Gaza, una de las más brutales ofensivas de las que se tiene registro histórico.

Lo hizo, apoyándose en la excusa de la flagrante bandera falsa del 7 de octubre.

Se trata de una ofensiva bélica que no es más que una operación de limpieza étnica cuyo imperialista objetivo es el de anexar Gaza, a Israel -y, seguramente Cisjordania-.

Todo lo que el farsante criminal de guerra dijo respecto al derecho -incuestionable- de que exista el Estado de Israel, se aplica -sin la implícita hipocresía manipuladora-, con absoluta equivalencia conceptual, a Palestina.

Netanyahu afirmó: “el líder palestino Mahmoud Abbas debe dejar de divulgar horribles conspiraciones antisemitas contra el pueblo judío y el Estado judío”.

El enunciado equivalente: el líder israelí Benjamin Netanyahu debe dejar de divulgar horribles conspiraciones contra el pueblo palestino y el Estado palestino.

Netanyahu afirmó: “la autoridad palestina debe dejar de glorificar a los terroristas”, y los dirigentes palestinos “deben detener su terrible política de pagar para matar, dando dinero a terroristas palestinos para el asesinato de judíos”.

El enunciado equivalente: el régimen israelí debe dejar de glorificar a los asesinos militares, y los dirigentes israelíes deben detener su terrible política de masacrar, con su asesina fuerza militar, a los palestinos.

Netanyahu afirmó: “todo esto es indignante, debe detenerse para que prevalezca la paz”.

El enunciado equivalente: exactamente el mismo, dirigido al régimen sionista.

Netanyahu afirmó: “el antisemitismo debe ser rechazado donde aparezca, sea a la izquierda o a la derecha, sea en los salones de universidades o en los salones de Naciones Unidas”.

El enunciado equivalente: la fobia antipalestina debe ser rechazada donde aparezca, sea a la izquierda o a la derecha, sea en los salones de universidades o en los salones de Naciones Unidas.

Netanyahu afirmó: “para que la paz prevalezca, los palestinos deben dejar de vomitar odio a los judíos, y, finalmente, reconciliarse con el Estado judío”.

El enunciado equivalente: para que la paz prevalezca, los israelíes deben dejar de vomitar odio a los palestinos, y, finalmente, reconciliarse con el Estado palestino.

Netanyahu afirmó: “no solamente la existencia del Estado judío sino el derecho del pueblo judío a tener su Estado en su patria histórica, la Tierra de Israel”.

El enunciado equivalente: no solamente la existencia del Estado palestino sino el derecho del pueblo palestino a tener su Estado en su patria histórica, la Tierra Palestina.

En síntesis: tiene que cumplirse, a cabalidad, la Resolución 181, aprobada, el 27 de noviembre de 1947, por mayoría de la Asamblea General de las Naciones Unidas: un Estado israelí y un Estado palestino. Punto. Fin de discusión.

Pero la discusión -que data de casi ocho décadas-, no termina.

La razón: el criminalmente terco negacionismo sionista respecto al innegable derecho de los palestinos -como lo es el de los judíos- a tener Estado.

Netanyahu es, en este momento, el principal exponente de esa brutal conducta -y se esfuerza por demostrarlo-.

En uno de los más recientes ejemplos, la agencia informativa británica Reuters informó, el 20 de enero -algo más de tres meses después de iniciada la masacre de las IDF en Gaza-, que Netanyahu expresó, claramente, su oposición a la existencia del Estado de Palestina.

“Con un acuerdo, o sin un acuerdo, Israel debe tener control en materia de seguridad sobre la totalidad del territorio a oeste del Río Jordán”, aseguró, para afirmar que “esa es una condición necesaria”.

“Choca con el principio de soberanía, pero qué hacer?”, agregó.

Al hablar del “territorio al oeste del Río Jordán”, Netanyahu hizo, concreta referencia a las superficies que corresponde, respectivamente, a Israel, asi como a Cisjordania y Gaza -el Estado palestino-.

Los límites de ese conjunto territorial son, respectivamente, el Río Jordán -al este- y el Mar Mediterráneo -al oeste-.

Según la misma versión periodística, la Oficina del Primer Ministro informó, ese día, que Netanyahu reafirmó su visión respecto a Gaza, durante el diálogo que mantuvo, el 19 de enero, con el presidente estadounidense, Joe Biden.

“En su conversación con el Presidente Biden, el Primer Ministro reiteró su política de que, después de que Hamas sea destruido, Israel debe retener control, en materia de seguridad, sobre Gaza, para asegurar que Gaza no presente más una amenaza a Israel, un requisito que contradice la exigencia de soberanía palestina”, señaló la dependencia gubernamental judía.

La oficina de Netanyahu hizo, así, referencia al movimiento político-militar palestino Harakat al-Muqawama al-Islamiya (Hamas) -cuyo nombre, en transliteración del árabe, significa Movimiento de Resistencia Islámica-.

La estructura militar de Hamas -Brigadas Izz ad-Din al-Qassam (Izz ad-Din al-Qassam Brigades, IQB)-, es la fuerza palestina que está enfrentada, en Gaza, a las IDF.

Las IQB llevan el nombre del predicador musulmán sirio Izz al-Din al-Qassam (1882-1935), un histórico líder nacionalista árabe quien murió en combate, en territorio palestino, contra efectivos militares del Reino Unidos -entonces la potencia administradora de Palestina, más de una década antes de la creación, en 1947, por Naciones Unidas, de los estados israelí y palestino-.

El territorio del segundo, consiste en la oriental Cisjordania -mencionada, asimismo, como la Margen Occidental (West Bank), limítrofe con Israel y Jordania-, y en la occidental Franja de Gaza -también conocida como Gaza, limítrofe con Israel y Egipto, y bordeada por el Mar Mediterráneo-.

Ambos sectores palestinos, están separados por el territorio de Israel.

Cisjordania, establecida sobre 5,640 kilómetros cuadrados -con algo menos de 3.2 millones de habitantes-, es el área mayor, mientras Gaza cubre 365 kilómetros cuadrados -y su población es de poco más de 2.1 millones, desplazada, en un noventa por ciento, por la guerra en desarrollo-.

Gaza -gobernada, desde 2007, por Hamas- es una de la zonas más densamente pobladas, a nivel mundial, a lo que se suma el hecho de que, a causa del inmisericorde bloqueo impuesto, desde ese año, por Israel, la aislada franja presenta algunos de los más críticos índices socioeconómicos.

Ambas extensiones territoriales palestinas están bajo ocupación por parte de las IDF -Gaza, en el contexto de la presente guerra, completamente, y Cisjordania, hace décadas, en más de 90 por ciento-.

El origen de la presente guerra Israel-Hamás, se asimila considerablemente a la bandera falsa orquestada por el gobierno estadounidense de George W. Bush (2001-2005, 2005-2009), para la concreción de los ataques terroristas, el 11 de setiembre de 2001, en territorio de Estados Unidos.

Las acciones fueron -respectivamente en la nororiental ciudad de Nueva York, Washington, y un sector rural del nororiental y costero estado de Pennsylvania-, tuvieron lugar mientras Bush leía un cuento infantil –“A Pet Goat” (“Una Cabra Mascota”)- a preescolares en una escuela en la ciudad de Sarasota, en el extremo sur de la costa occidental del sudoriental estado de Florida.

Convenientemente, Bush estaba a casi 1,500 kilómetros de distancia del área donde se concentraron los incidentes.

Apoyado en esa bandera falsa, Bush lanzó la esquizofrénica “guerra al terrorismo”, que, en lo inmediato, sirvió para las invasiones militares, respectivamente, en octubre de 2001, a Afganistán -contra el movimiento islámico Talibán-, y en enero de 2002, a Irak -contra “el eje de la maldad” (“the axis of evil”), constituido por corea del Norte, Iran, e Irak-.

Pero la segunda invasión apuntó, específicamente, al entonces dictador (1979-2003) Saddam Hussein, un ex agente de la estadounidense Agencia Central de Inteligencia (CIA) quien, como gobernante, fue enemigo de Estados Unidos, y, tras su derrocamiento, en abril de 2003, fue capturado, el 13 de diciembre de ese año, por tropas invasoras, y ejecutado, mediante ahorcamiento, el 30 de diciembre de 2006.

El gobierno de Bush responsabilizó, de los ataques terroristas de 2001, a Osama Bin-Laden -el aristócrata saudita convertido en jefe de la organización armada islámica al-Qaeda-, cuyo asesinato no ocurrió durante esa administración -después de todo, la aristocrática familia saudita Bin Laden y la adinerada familia estadounidense Bush, mantenían una alianza en materia de negocios, de acuerdo con versiones periodísticas difundidas después de 2001-.

Netanyahu vuelve a parecerse a los guerreristas estadounidenses, ahora, algo más de dos décadas después, copiando/pegando -con las necesarias adaptaciones- la bandera falsa bushiana, para justificar lo injustificable: la masacre de un pueblo, en calidad de “derecho a la defensa” después de un ataque terrorista.

En caso israelí, la acción terrorista fue convenientemente perpetrada cuando Netanyahu
-quien tiene pendientes tres procesos judiciales, en todos los casos, por haber cometido los delitos de soborno, fraude, y abuso de confianza- enfrentaba masiva oposición, en Israel, entre otras razones, por el impulso que estaba dando a legislación para debilitar, precisamente, al Poder Judicial.

En exacta equivalencia con su ídolo estadounidense, el autocrático presidente (2017-2021) y corrupto empresario, el misógino Donald Trump -quien también enfrenta procesos judiciales-, Netanyahu reaccionó, a la tipificación de cargos, afirmado que se trata de “una cacería de brujas”.

El israelí uso la afirmación del norteamericano, sin derecho de autor -pero no importa, porque, entre delincuentes, se entienden-.

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