El “Destino Magafiesto”: está bien, si el imperio lo hace

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La historia de Estados Unidos está colmada de ilegales intervenciones militares, desestabilizadoras operaciones secretas de inteligencia, conspiraciones golpistas, acciones camufladas como de defensa de la democracia pero perpetradas para proteger intereses capitalistas.

De acuerdo con registros históricos, desde el desembarco, en 1798, en la costera ciudad de Puerto Plata, ubicada en el norte de República Dominicana -durante una confrontación militar con Francia-, hasta los bombardeos, el 3 de enero de 2025, contra objetivos militares y sectores civiles en la capital y otras ciudades de Venezuela -para derrocar y secuestrar al dictador Nicolás Maduro-, Estados Unidos ha perpetrado más de un centenar de intervenciones militares a nivel mundial.

Algunas de esa criminales acciones guerreristas, además de que derrocaron/instalaron gobiernos, derivaron en enfrentamientos armados que duraron años.

Complementariamente, en los casos en que no fue necesaria la movilización de tropas, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) desarrolló acciones encubiertas -algunas veces, ni tato- para facilitar u organizar golpes de Estado.

Otros contextos ameritaron el accionar conjunto militar/inteligencia para incidir en lo que el imperio describe como cambios de régimen.

En el caso de América Latina, en materia de intervenciones militares, se destaca la ocupación de Nicaragua (1912-1925, 1926-1933), que originó -en la segunda etapa- la fenomenal resistencia guerrillera liderada por Augusto César Sandino, una resistencia armada, al mismo tiempo que de dignidad -dignidad nicaragüense y dignidad latinoamericana-.

Esa intervención -que implicó la ejecución de actividades netamente estatales
-incluida, por ejemplo, la administración aduanera-, dio lugar a la instalación de la corrupta y sanguinaria dictadura somocista (1933-1979).

Otras invasiones militares estadounidenses en la región, tuvieron lugar, por ejemplo, en Granada (1983), tras el asesinato del ex primer ministro Maurice Bishop (1979-1983); en Panamá (1989), para derrocar, capturar, y llevar a enjuiciamiento en Estados Unidos al entonces dictador militar Manuel Antonio “Cara de Piña” Noriega; en Haití (1994), para derrocar al general Raoul Cédras, quien había depuesto al presidente Jean-Bertrand “Titide” Aristide -quien ejerció la presidencia en tres políticamente agitados momentos en el isleño país caribeño: 1991, 1994-1996, 2001-2004-.

Los casos de complemento CIA/militares, incluyen, entre otras operaciones, el derrocamiento, en 1954, del centroizquierdista presidente (1951-1954) guatemalteco Jacobo Árbenz; la frustrada invasión a Cuba, en 1961, para derribar a la dictadura instalada en 1959.

Las operaciones encubiertas de la CIA resultaron, entre otras catástrofes, en el golpe de Estado (1964) contra el centroizquierdista presidente João “Jango” Goulart (1961-1964), el brutal derrocamiento (1973) del socialista presidente (1970-1973) Salvador Allende, sucesivas dictaduras militares bolivianas (principalmente, en 1964-1982), los golpes de Estado en Ecuador (década de 1960).

Además, la CIA fue clave en la elaboración lo mismo que en la implementación del criminal Plan Cóndor -la denominación más conocida de la Operación Cóndor-, que permitió, desde la segunda mitad de la década de 1970 hasta algún momento de la década 1980, a las respectivas dictaduras de seis países sudamericanos -Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay- perseguir, secuestrar, torturar, desaparecer, asesinar -en acciones de sicariato político transfronterizo- a opositores quienes procuraban eludir la represión.

Uno de los principales autores/promotores del Plan Cóndor, fue el alemán naturalizado estadounidense Henry Kissinger, asesor de Seguridad Nacional y secretario de Estado del corrupto presidente (1969-1973, 1973-1974) Richard Nixon.

Víctimas de esa estructura brutalmente represiva fueron -entre numerosas otras- el general retirado chileno Carlos Prats (1974, en Buenos Aires, Argentina); el general boliviano Juan José Torres (1976, en San Andrés de Giles, Argentina); el ex canciller y ex ministro de Defensa chileno Orlando Letelier (1976, en Washington); los ex legisladores uruguayos Héctor “Toba” Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini (1976, en Buenos Aires).

La línea de tiempo de intervencionismo imperialista estadounidense en América Latina, conduce a Venezuela, el 3 de enero de 2026 -poco después de la medianoche hora local-, fecha de la más reciente agresión armada gringa: la Operación Absoluta Determinación (Operation Absolute Resolve).

Objetivo declarado de la rápida acción bélica: la captura del patético dictador venezolano (2013-2026) Nicolás Maduro, acusado de ser narcoterrorista, para someterlo a la justicia estadounidense.

Objetivo verdadero: tomar control del país para saquear sus recursos naturales, prioritariamente el petróleo -los mayores yacimientos a nivel planetario: algo más de 300 mil millones de barriles-, además de gas natural, minerales -hierro, níquel, oro, entre otros-, y tierras raras.

Con ese récord histórico de injerencismo global, el imperio gringo se autoasigna el título de defensor de la democracia y la libertad a nivel planetario, tratando de camuflar su autoritario papel de policía universal -algo que Trump está flagrantemente fortaleciendo con su guerrerismo, sus sanciones, sus desquiciados aranceles, su totalitarismo-.

Según el histórico razonamiento imperial, Estados Unidos puede, arbitrariamente, invadir cualquier país, porque su “destino manifiesto” así lo determina.

Convertido en arma de la intervencionista política exterior estadounidense -sin perjuicio del partido en el gobierno-, el Destino Manifiesto es una visión netamente imperialista que data de por lo menos 1845.

Un estadounidense llamado John O’Sullivan, lanzó, ese año, el demencial concepto absolutista de que Estados Unidos es la potencia providencialmente llamada a dominar al mundo, para salvarlo mediante la difusión y la imposición del modelo correcto de democracia -el gringo, obviamente-.

Esto, no obstante el hecho de que el modelo democrático estadounidense dista mucho de ser el correcto, ya que se caracteriza por la discriminación racial/social/étnica, la excluyente magia del mercado, el guerrerismo, la corrupción, el autoritarismo disfrazado de defensa de los derechos humanos.

Según relatos históricos, el nacionalista cristiano O’Sullivan (1813-1895) –fundador, director, y columnista de los medios de comunicación United States Magazine (Revista Estados Unidos) y Democratic Review (Revista Democrática)- escribió, en 1839, un artículo de opinión notoriamente imperialista.

El autor aseveró que el “destino divino” asignó, a Estados Unidos, la misión de “establecer, sobre la tierra, la dignidad moral y la salvación del hombre”.

Ello, sobre la base de lo que describió como el supuesto ADN de Estados Unidos: la igualdad, los derechos, la libertad de las personas.

Pero esa es la realidad garantizada solamente para la población caucásica -en términos generales, y con clasistas excepciones socioeconómicas-, algo que el ideólogo imperialista no tuvo en cuenta, porque en la discriminatoria pirámide poblacional capitalista, los pobres -aunque sean blancos- no entran en ninguna ecuación.

O’Sullivan produjo el escrito, en el marco de la escalada expansionista estadounidense
-fenómeno geopolítico particularmente fuerte durante las décadas de 1830 y 1840-, cuando el país crecía geográficamente, por la vía de la creación de estados -hasta llegar a los actuales 50-, mediante la compra o la apropiación bélica de territorios.

Partidario de la independencia de Texas -hasta entonces, territorio mexicano- para su violenta incorporación a Estados Unidos -lo que ocurrió en 1845-, el columnista escribió, en 1836, el artículo que tituló “Annexation” (“Anexión”).

Según el autor, la asimilación de Texas -como el estado número 28- debía concretarse en razón del “derecho de nuestro destino manifiesto de extendernos y poseer la totalidad del continente que la Providencia nos ha dado para el libre desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno federado que se nos ha confiado”.

Entre las más agresivas interpretaciones del destino manifiesto, se destaca la formulada, en 1859, por Reuben Davis (1813-1890) -entonces integrante, por el Partido Demócrata, de la Cámara de Representantes del sureño estado de Mississippi-, un propietario de esclavos quien sirvió, durante la Guerra Civil Estadounidense (1861-1865), en el Ejército Confederado (Confedrate Army) -la fuerza armada que fracasó en lograr la secesión del sur esclavista-.

Según la demencial visión de Davis -imperialismo sin restricción-, “podemos expandirnos hasta incluir el mundo entero”.

Específicamente, “México, América Central, América del Sur, Cuba, la Islas de las Indias Occidentales (caribeñas), y hasta Inglaterra y Francia podríamos anexar sin inconveniente”, siguió explicando, para aclarar, de inmediato, que ello se haría, “permitiéndoles, con sus Legislaturas locales, regular sus asuntos locales, a su manera”.

Algo así como convertir a los demás países, en municipalidades de Estados Unidos -lo que, en el siglo 21, puede ser un objetivo del trumpismo-.

Dirigiéndose al entonces presidente del congreso de Mississippi, Davis subrayó, categóricamente: “esta, señor, es la misión de esta República, y su destino original”.

Habiendo acuñado, casi dos siglos después, la consigna “Hacer a Estados Unodos Grande Otra Vez” (“Make America Great Again”, Maga), Trump, cual reencarnación de Davis, lanzó lo que podría etiquetarse como el “Destino Magafiesto” (“Magafest Destiny”).

Esa providencialista ideología de atropello de soberanías como misión por encargo divino, se complementa con la también nefasta Doctrina Monroe, que, igualmente, data del siglo 19.

La génesis de la doctrina se ubica en enero de 1821, cuando el entonces secretario de Estado (1817-1821, 1821-1825) John Quincy Adams, lanzó el principio de que América tendría que blindarse contra cualquier nuevo intento colonizador europeo -la mayoría de las ex posesiones europeas en el continente se había convertido, para ese momento, en países independientes-.

Según Adams -quien, cuatro años después de divulgar la idea, se convirtió en presidente del país (1825-1829)-, existía el peligro de que potencias coloniales europeas -tales como Austria, Francia, Rusia- intentasen aprovechar el deterioro del imperio español y recolonizar las ex colonias iberoamericanas.

Lo expresado por su secretario de Estado sirvió, al entonces presidente James Monroe (1817-1821, 1821-1825), como base para lanzar su doctrina, lo que hizo al presentar, el 2 de diciembre de 1823, al congreso estadounidense, su sétimo informe anual de labor.

Entre otros planteamientos proteccionistas, Monroe -quien, previamente, fue secretario de Estado (1811-1815, 1815-1817)- enunció, “como un principio en el cual los derechos y los intereses de Estados Unidos están involucrados, que los continentes americanos (Norte, Centro y Sudamérica), por la libre e independiente condición que han asumido y mantienen, deben, desde ahora, no ser considerados como sujetos de futura colonización por ninguna potencia Europa”.

“Tenemos que considerar cualquier intento, de su parte, de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio, como peligroso para nuestra paz y seguridad”, recomendó.

De modo que, respecto a los nuevos países independientes en América, cualquier acción europea “con el propósito de oprimirlos, o controlar, de cualquier otra manera, su destino”, sería vista “como la manifestación de una disposición inamistosa hacia Estados Unodos”, advirtió.

También incluyó un componente de reciprocidad -no exento de admonición-, que definió a la política estadunidense, respecto a Europa, como consistente en “no interferir en los asuntos internos de ninguna de sus potencias”, y en mantener las relaciones “mediante una política (exterior) franca, firme, y viril”.

En la opinión de Monroe, “es imposible que las potencias aliadas (europeas) extiendan su sistema político” a América, “sin poner en peligro nuestra paz y felicidad, así como nadie puede creer que nuestros hermanos sureños, por sí solos, lo adoptarían voluntariamente”, y “es igualmente imposible, por lo tanto, que nosotros veríamos con indiferencia tal interferencia”.

También justificó la expansión territorial estadounidense, a partir de la independencia (1776) respecto a la corona británica.

“En la primera época, la mitad del territorio dentro de nuestros límites reconocidos estaba inhabitado”, pero, “desde entonces, nuevo territorio de vasta extensión ha sido adquirido”, en el cual “nuestra población se ha expandido en toda dirección, y nuevos estados han sido establecidos”, precisó.

Ello, “ha eminentemente aumentado nuestros recursos y agregado a nuestra fuerza y respeto como una potencia que es aceptada por todos”, a nivel mundial, señaló, a continuación.

La actual política exterior estadounidense presenta notoria afinidad con los enunciados de Monroe, por lo que -apoyándose en las tres primeras letras del nombre de Trump-, algunos medios de comunicación estadounidenses la han bautizado como la “Doctrina Donroe” “Donroe Doctrine”).

Al inicio de su segundo período gubernamental, en enero de 2025, no se sabía si sus recurrentes declaraciones imperialistas eran solamente nuevos berrinches de patán malcriado, o componentes de su tóxico plan de gobierno -flagrantemente vinculado al Proyecto 2025-.

Esa propuesta de 922 páginas, consistente en 30 capítulos distribuidos en cinco secciones, se titula “Mandato para Liderazgo. La Promesa Conservadora. Proyecto 2025. Proyecto de Transición Presidencial”, y en su elaboración -por la ultraderechista Fundación Heritage-, participaron ex altos funcionarios del primer régimen trumpista (2017-2021) y otros allegados al autócrata.

Elaborada durante 2023 -pensando en la reelección de Trump-, la iniciativa -dada a conocer en julio de 2024- prevé, entre sus objetivos centrales, una profunda restructuración del Poder Ejecutivo, creando una blindada inmunidad, para proteger, a quien ejerza la presidencia -pensando en Trump o en cualquier otro republicano-, contra eventuales demandas judiciales por abuso de autoridad u otras variantes de corrupción -sí, suena muy familiar-.

Establecida en 1973, la fundación -un tanque de pensamiento ultraconservador que asesora a gobiernos republicanos- se posicionó, como una voz de la derecha estadounidense, durante la administración (1981-1985, 1985-1989) de Ronald Reagan, el pésimo actor y peor presidente en cuya gestión tuvo fuerte influencia.

En su sitio en Internet, la fundación indica que sus tres declarados objetivos principales son los de “proporcionar soluciones, investigando, desarrollando, y promoviendo soluciones innovadoras”, además de “movilizar a los conservadores, uniendo al movimiento conservador para que trabaje unido”, lo mismo que “capacitar a líderes, preparando a las futuras generaciones que liderarán a Estados Unidos”.

También asegura que, “ahora, más que nunca, el pueblo estadounidense necesita a un defensor quien preserve el gran experimento estadounidense y todo lo bueno y lo justo que representa” -o sea: la esencia del Desino Manifiesto-.

Cualquier duda respecto al ADN imperialista/guerrerista trumpiano quedó aclarada el 3 de enero, poco después de la medianoche, cuando más de 100 aviones y helicópteros militares, en cumplimiento de la Operación Absoluta Determinación (Operation Absolute Resolve), violaron la soberanía de Venezuela, bombardeando objetivos militares además sectores civiles, en Caracas -la capital nacional- y otras ciudades.

Durante la operación, que fue velozmente ejecutada, fueron secuestrados Maduro y su esposa, Cilia Flores, quienes se encuentran, desde algunas horas después, encarcelados, en la nororiental ciudad estadounidense de Nueva York, en uno de cuyos tribunales de justicia les fueron tipificados los cargos por los que son acusados.

La Operación Absoluta Determinación se llevó a cabo para secuestrar a Maduro y a Flores, como cortina de humano para el control gringo de los recursos naturales del caribeño país sudamericano -principalmente, el petróleo, del cual Venezuela contiene los mayores yacimientos a nivel mundial-.

Así como la occidental ciudad estadounidense de Los Ángeles fue, en 2025, el ensayo para la viralización, a nivel nacional, de la brutal retorsión policial en la que Trump está enmarcando su xenofóbica/racista política antinmigratoria, Caracas se presenta como el ensayo de la militarizada expansión imperialista global que el dictador norteamericano está amenazando con ampliar.

Reinstalad o en la Casa Blanca, empezó a plantear, por ejemplo, la conveniencia de la vecina Canadá -país con el cual Estados Unidos comparte casi 8,900 kilómetros de frontera terrestre- se convierta en el estado 51 -lo que recibió fuerte rechazo canadiense-.

Al mismo tiempo, planteó que Estados Unidos retomaría el Canal de Panamá, vía interoceánica que, luego de casi un siglo (1914-1999) perteneció al país norteamericano, fue transferido a la soberanía panameña.

Y en un patético acto de autoritarismo anunció la unilateral decisión de cambiar el nombre del Golfo de México -compartido por Estados Unidos, México, y Cuba-, a Golfo de Estados Unidos (Gulf of America).

Sumado a todo ello, declaró, a las estructuras narcotraficantes que operan en México, como organizaciones terroristas que plantean un riesgo a la seguridad nacional estadounidense, amenazando con atacarlas, militarmente, en el terreno.

El éxito de la impune violación militar de la soberanía venezolana, envalentonó al patán imperialista, quien, en lo inmediato -además de vaticinar, como consecuencia directa, la caída de la dictadura cubana-, ha lanzado amenazas, al gobierno de México, aseverando que podría lanzar, en ese país -con el que comparte frontera terrestre de unos 3155 kilómetros-una acción similar a la Operación Absoluta Determinación, en este caso, para erradicar a los narcocarteles.

En tal cuadro de situación, estableció, en su característica arbitrariedad, que es de interés de Estados Unidos, incorporar a la norteña Groenlandia -la mayor isla a nivel planetario- como territorio estadounidense.

Ubicada al noreste de Canadá -país del que es fronterizo-, y bordeada por el Océano Ártico (norte), la Bahía de Baffin (oeste), el Océano Atlántico (sureste), y el Mar de Groenlandia (este), la isla es un territorio autónomo de Dinamarca, y sus habitantes son ciudadanos daneses.

Groenlandia no cuenta con fuerzas armadas propias, por lo que su defensa militar es responsabilidad de Dinamarca, a su vez uno de los 32 países integrantes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) -entre los cuales también figura Estados Unidos-.

El expansionismo imperialista del régimen de Trump, cuenta, entre sus principales promotores, al secretario de Estado, Marco Rubio, un ex legislador republicano de origen cubano, quien, además, se desempeña, en la actual administración, como asesor presidencial interino en materia de Seguridad Nacional -con la agregada responsabilidad de ser actor clave en el control estadounidense sobre Venezuela-.

En declaraciones que formuló, el 7 de enero, en la sede del Congreso,
en el marco de reuniones informativas sobre la agresión a Venezuela, lanzó una advertencia de facto al planeta.

“Todos los presidentes (…) siempre mantienen la opción (…) y estoy hablando globalmente, si el presidente identifica una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos, todos los presidentes mantienen la opción de enfrentarla a través de medios militares”.

Por si eso fuese poco, el intelectualmente impresentable secretario de Defensa -secretario de Guerra, según la belicista etiqueta trumpiana-, quien acompañó a Rubio, interrumpió al secretario de Estado para -en tono conflictivo, plenamente fuera de lugar- amenazar -en su habitual estilo ridículo-: “esta es una administración de acción, para impulsa nuestros intereses, y está en plena demostración”.

Según el razonamiento de los tan autoritarios cuanto ignorantes líderes del planeta Maga, se llega a la conclusión -obviamente falsa-, de que es correcto que, por impulsar sus intereses, la tiranía rusa haya invadido Ucrania y causado la guerra que, contra el régimen ultraderechista ucraniano, está masacrando al pueblo de ese país europeo.

De la misma manera, estaría bien si, por impulsar sus intereses, la dictadura de China invadiera Taiwán, para recuperar a esa nación isleña a la que considera escindida de la soberanía nacional.

Pero nada de eso es admisible, porque, de acuerdo con la flagrantemente distorsionada percepción colonialista estadounidense, si lo hacen otros, es incorrecto, pero, si lo hace el imperio gringo, está bien.

Entre las voces de oposición al ataque militar contra Venezuela, surgió el claro/valiente planteamiento de la ex vicepresidenta estadounidense (2021-2025) Kamala Harris, quien, entre otros puntuales conceptos, señaló que, si bien maduro era el dictador de Venezuela, la agresión contra el país latinoamericano es condenable.

“Las acciones de Donald Trump en Venezuela no hacen, a Estados Unidos, más seguro, más fuerte, ni más asequible”, escribió, el 3 de enero, en la red social Facebook, iniciando así un mensaje de seis párrafos mayoritariamente extensos.

“Que Maduro es un dictador brutal e ilegítimo no cambia el hecho de que esa acción fue lo mismo ilegal que imprudente”, agregó la dirigente demócrata, en el habitual estilo de la admirable mujer de carácter que es.

“Hemos visto, antes, esta película”, señaló Harris, quien también ha sido senadora (2017-2021), y fiscala general del occidental y costero estado de California (2011-2015, 2015-2017).

“Guerras para cambio de régimen o petróleo que son vendidas como fuerza pero que se convierten en caos, y las familias estadounidenses pagan el precio”, denunció, a continuación.

“El pueblo estadounidense no quiere esto, y está cansado de que se le mienta”, escribió, de inmediato, a manera reflexión/advertencia.

Y, destacando la conducta dictatorial del recurrente inquilino de la Casa Blanca, puntualizó: “esto no es sobre drogas ni democracia. Es sobre petróleo y el deseo de Donald Trump de jugar al hombre fuerte regional”.

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