Cumbre de egos corruptos: un belicista nomina a otro para Premio Nobel de la Paz

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En una nueva cumbre bilateral de egos, los autócratas delincuentes -la redundancia es plenamente válida, y hasta necesaria- Benjamin Netanyahu y Donald Trump
-respectivamente, primer ministro de Israel, y presidente de Estados Unidos-, marcaron otro récord en materia de desfachatez.

Los dos autócratas demostraron, una vez más, que son una especie de dúo dinámico de la corrupción -teniendo en cuenta que, en realidad, la corrupción trasciende, largamente, lo monetario-.

Durante la visita que realizó, del 7 al 9 de julio, a la Casa Blanca, Netanyahu informó, a Trump, sobre la carta que dirigió, el 1 del mismo mes, al Comité Nobel, para presentar la insultante nominación, de su anfitrión, como candidato a recibir el Premio Nobel de la Paz.

La afrenta, de ambos, a las víctimas de los guerrerismos israelí y estadounidense -y a la humanidad, en general-, es de proporciones monstruosas -y es imperdonable-.

Para perpetrar ese atropello, Netanyahu -un notorio manipulador/oportunista- aprovechó la cena que Trump le ofreció, la primera jornada de la visita.

Como no podía ser de otra manera, una empalagosamente elogiosa introducción fue creando el ambiente para el bombazo.

“Quiero expresar la valoración y la admiración no sólo de todos los israelíes, del pueblo judío, y muchos, muchos admiradores alrededor del mundo, por su liderazgo, su liderazgo del mundo libre, su liderazgo de la causa justa, y la búsqueda de paz y seguridad que usted está liderando en muchas tierra, y, ahora, especialmente, en Oriente Medio”, empezó a adular/maniobrar.

“Tenemos grandes oportunidades”, aseguró, de inmediato.

Y, ahora mirando a los integrantes de ambas delegaciones presentes en la actividad, señaló que “el presidente, tiene un extraordinario equipo, y creo que nuestros equipos, juntos, hacen una extraordinaria combinación para enfrentar retos y aprovechar oportunidades”.

“Pero el presidente ya ha concretado grandes oportunidades”, indicó, para agregar -como justificando la innoble acción que estaba llevando a cabo- que “mietras hablamos, está forjando la paz, en un país, en una región tras otra”.

“Entonces, quiero entregarle, señor presidente, la carta que envié al Comité del Premio Nobel”, dijo, poniéndose de pie para depositar, el espurio documento, en manos presidenciales, ambos, frente a frente, a cada lado de la extensa mesa, flanqueados por sus respectivas delegaciones.

“Es para nominarlo al Premio de Paz, que es bien merecido, y usted tendría que obtenerlo”, aseveró, cual poseedor de la autoridad moral para hacerlo.

Tras recibir el texto -y leerlo, rápidamente-, el autócrata anfitrión -cuya ilimitada vanidad subió a niveles que harían estallar cualquier egómetro-, dijo, inicialmente: “gracias”.

“Muchas gracias”, reafirmó, a continuación, para agregar que “no sabía esto” -dicho por Trump, se supone que sabía, pero fingió sorpresa-.

“Bueno. Muchas, muchas gracias”, siguió expresando, en su notoria limitación de vocabulario -que pareciera no superar los caracteres de un tuit-.

“Viniendo de usted, esto es muy significativo”, aseguró, para re-reiterar: “muchas gracias”.

Siempre alimentando el ego de su anfitrión, Netanyahu dijo: “gracias, por todo lo que usted hace”, afirmación que fue respondida con un enésimo “gracias” trumpiano, con el agregado de que “es un gran honor”. (el extenso video de la Casa Blanca, muestra, al inicio, el vergonzoso momento.

En la carta al comité Nobel -texto consistente en cuatro vergonzosos párrafos de variada extensión-, el belicista buscado mundialmente por la Corte Penal Internacional (CPI)
-como autor de crímenes de guerra- indicó, de entrada: “Deseo presentar la nominación del Honorable Donald J. Trump, 45 y 47 Presidente de Estados Unidos de América, para el Premio Nobel de la Paz”.

“En Oriente Medio, sus esfuerzos han traído cambio dramático, y creado nuevas oportunidades para expandir el círculo de paz y normalización”, según el criminal primer ministro -quien, además, enfrenta, en el sistema judicial israelí, cargos penales por haber incurrido en variadas formas de corrupción-.

Al formular el planteamiento, probablemente pensaba en el lucrativo negocio que Trump ha concebido, y que consiste en convertir, la bélicamente devastada Franja de Gaza -con superficie de apenas 365 kilómetros cuadrados, el menor de los dos territorios que constituyen el Estado Palestino- en la turística “Costa Azul” de Oriente Medio.

Para lograr ese insultante objetivo, es necesario expulsar a los palestinos, consolidando, así, además, el propósito que el guerrerista sionismo imperialista no logró del todo cuando, en mayo de 1948, declaró unilateralmente la independencia de Israel, contraviniendo lo establecido, en noviembre de 1947, por Naciones Unidas: un Estado Judío y un Estado Palestino, en respetuosa convivencia.

En la carta al Comité Nobel, Netanyahu agregó que, entre los logros aludidos, se destaca “el esfuerzo clave del Presidente Trump en facilitar los Acuerdos Abraham”.

El principal agente político/militar del sionismo gobernante en Israel hizo, así, alusión a los pactos que fueron firmados, en setiembre de 2020 -durante la primera presidencia de Trump (2017-2021)-, en Washington, para normalizar las relaciones diplomáticas entre Israel y algunos países árabes.

Los convenios, “establecieron relaciones diplomáticas formales entre Israel y varias de esas naciones -incluidos Bahrein, los Emiratos Árabes Unidos, y Marruecos-”, planteó, además, Netanyahu, en la inaceptable carta al comité.

“Esos logros, dieron nueva forma a Oriente Medio, y marcaron un histórico avance hacia la paz, la seguridad, y la estabilidad regionales”, aseguró, para, a continuación, indicar que “la visión y el valiente liderazgo del Presidente Trump, promovieron diplomacia innovadora, definida no por el conflicto y el extremismo sino por la cooperación, el diálogo, y la prosperidad compartida”.

“Pocos líderes han alcanzado logros tan tangibles, para la paz, en tan poco tiempo”, razón por la cual “no puedo pensar en alguien más merecedor del Premio Nobel de la Paz, que el Presidente Trump”.

Tanta hipocresía, tanta manipulación, tanto oportunismo, tanta mentira, apenas 12 días después de que -en el marco de ataques aéreos israelíes contra objetivos en Irán-, el nominado al Premio Nobel de la Paz lanzó la Operación “Martillo de Medianoche” (Operation “Midnight Hammer”) -bombardeo aéreo y naval de tres instalaciones nucleares en el sector norcentral de Irán-.

En un inmediato video que difundió, en redes sociales, Netanyahu fue altamente elogioso de Trump, al destacar los ataques.

“Su valiente decisión de apuntar a las instalaciones nucleares de Irán, con la asombrosa y justa fuerza de Estados Unidos, cambiará la historia”, aseveró el primer ministro, quien, según versiones periodísticas, manipuló, con habilidad, a Trump, para que Estados Unidos bombardeara, precisamente, esos tres objetivos clave.

Mediante la Operación “Martillo de Medianoche”, el régimen trumpiano “ha hecho lo que ningún otro país, en la tierra, podría hacer”, según la visión implacablemente guerrerista de Netanyahu.

De acuerdo con versiones periodísticas, aproximadamente 125 bombarderos y un submarino estadounidenses aplicaron el “martillazo”, a la tríada de estructuras de investigación/desarrollo nuclear de la brutal dictadura religiosa instalada, en 1979, en Irán.

Las aeronaves dejaron caer, en total, más una docena de bombas de 30 mil libras (casi 14 mil kilos) cada una, en las subterráneas instalaciones de Fordow (12 explosivos) y Natanz (dos), luego de que el submarino, posicionado en el cercano Mar Arábigo, disparó más de dos docenas de misiles contra infraestructura no subterránea de Isfahan, según diferentes medios informativos.

Un ejemplo muy curioso de “diplomacia innovadora, definida no por el conflicto y el extremismo sino por la cooperación, el diálogo, y la prosperidad compartida”.

El encuentro de los dos autócratas se desarrolló también 12 después del triunfalista anuncio, por parte de Trump, de los bombardeos.

“Quiero felicitar a los grandes patriotas estadounidenses quienes pilotearon, esta noche, esas magníficas maquinas, y a todos los militares de Estados Unidos, en una operación cuyas características el mundo no ha visto en muchas, muchas décadas”, dijo entonces, en el mensaje al país y al mundo, que formuló, la noche del 21 de julio, en la Casa Blanca.

Según el supuesto pacifista, los aviones bombarderos -aparatos de letal destrucción masiva- son “magníficas máquinas” -probablemente porque, en su desquiciada distorsión de la realidad, causan “magnífico aniquilamiento”-.

“También quiero felicitar al jefe del Estado Mayor Conjunto (estadounidense), el general Dan ‘Razin’ Caine -un general espectacular-, y a todas las brillantes mentes militares involucradas en ese ataque”, expresó, de inmediato, derrochando elogios.

De acuerdo con la cavernaria conceptualización del nuevo nominado al galardón Nobel, una mentalidad destructora -como la militar estadounidense- es “brillante”.

O sea que -como no podía ser de otra manera- el reincidente inquilino de la Casa Blanca representa, perfectamente, lo opuesto de lo que es -en su génesis- el Premio Nobel de la Paz.

Como también lo representaron personajes tales como Theodore “Teddy” Roosevelt, el belicista/imperialista presidente estadounidense (1901-1905, 1905-1909), y Henry Kissinger, el nefasto asesor de Seguridad Nacional y secretario de Estado del corrupto presidente estadounidense (1969-1973, 1973-1974) Richard “Tricky Dicky” Nixon -el que renunció para no ser enjuiciado-.

Roosevelt -quien describió su imperial política exterior como “hablar suavemente, y cargar un gran garrote” (“speak softly, and carry a big stick”)- obtuvo, en 1906, el galardón, mientras Kissinger -responsable, entre otra barbaridades, de la dictadura militar chilena (1973-1990)-, lo recibió, en 1973 -el año, precisamente, del golpe que, con Nixon, y la CIA, y la ITT, y los camioneros locales promovió en Chile-.

El origen del premio se sitúa en un tiempo tan lejano como la segunda mitad del siglo 19, en Suecia.

El adinerado empresario, ingeniero, químico sueco Alfred Nobel (1833-1896) -inventor, entre otras cosas, de la dinamita, que patentó en 1867-, creó los premios que llevan su nombre, probablemente para enmendar el hecho de que algunos de sus inventos -por ejemplo, la dinamita- resultaron ser letales y altamente destructivos.

Las áreas cubiertas por los galardones, son las de, respectivamente, economía, física, fisiología o medicina, literatura, paz, química -cada una, consistete en: diploma, medalla de oro, 11 millones de coronas suecas (algo más de 1.1 millones de dólares)-.

Su idea -para cuya implementación destinó una parte considerable de su fortuna- fue lo diametralmente opuesto a lo que nefastos personajes tales como Trump y Netanyahu representan.

En su testamento -reproducido en el sitio oficial denominado El Premio Nobel (The Nobel Prize), en Internet-, planteó la voluntad de “constituir un fondo, el interés del cual se distribuirá, anualmente, como premios entre aquellos quienes, durante el año precedente, han otorgado el mayor beneficio a la humanidad”.

“El interés será dividido en cinco partes iguales, y distribuido como sigue: una parte, a la persona quien haya hecho el descubrimiento o la invención más importante en el campo de la física”, comenzó a explicar.

“Una parte, a la persona quien hizo el descubrimiento o el mejoramiento químico más importante”, y, “una parte, a la persona quien haya hecho el descubrimiento más importante en el dominio de la fisiología o la medicina”, agregó, a continuación.

Igualmente, “una parte, a la persona quien, en el campo de la literatura, produjo el trabajo más destacado en una dirección ideal”.

“Y una parte, a la persona quien haya hecho lo máximo o lo mejor para promover la comunión entre las naciones, la abolición o la reducción de ejércitos existentes, y el establecimiento y la promoción de los congresos de paz”, precisó.

Tambipen expresó el deseo de que, en cada rubro, “el premio sea otorgado a la persona más merecedora”.

En el ámbito de la paz -que implica, entre otros conceptos, defensa de los derechos humanos-, Trump no es -en lo absoluto- esa persona.

El racismo, la xenofobia, la represión, la corrupción, el totalitarismo -apenas algunos de los tóxico rasgo que caracterizan a Trump- distan mucho de ser méritos para aspirar al Premio Nobel de la Paz.

En un instante de su primera -y también tóxica- presidencia (2017-2021), en el marco de la crisis humanitaria que empezaba a salirse de control en la frontera sur estadounidense -el límite terrestre, de unos 3,155 kilómetros, con México-, dio un adelanto -que la realidad dejó corto- de su aversión a los extranjeros no adinerados.

Durante una reunión de trabajo, el 11 de enero de 2018, en la Casa Blanca, con legisladores estadounidenses, para abordar el tema migratorio, Trump soltó, con lujo de vulgaridad -sin maquillaje ni anestesia-, su pensamiento discriminatorio.

Lo hizo, al referirse a la variedad de nacionalidades -mayoritariamente centroamericanas, principalmente del Triángulo Norte- presentes en el flujo de migrantes en condición irregular hacia Estados Unidos.

Al respecto, como reflexionando, el autócrata, preguntó: “para qué queremos, aquí, a Haitianos? Por qué queremos, aquí, a toda esa gente de África?”.

Broche de oro: “por qué queremos a toda esa gente de países de mierda?”.

Trump usó la expresión “shithole”, que, en inglés significa, literalmente, “hoyo para mierda”, en alusión al agujero que, en lugares donde no se cuenta con instalación sanitaria adecuada, se cava, en el suelo, a manera de letrina.

Por si eso hubiese sido poco, amplió el anticoncepto, al afirmar, de inmediato, que “deberíamos tener gente de lugares como Noruega”.

La referencia al nórdico país europeo obedeció a que se había reunido, un día antes, en Washington, con la entonces primera ministra (2013-2021), la derechista Erna Solberg.

Entre el aluvión de reacciones internacionales, el patético ex presidente mexicano (2000-2006) Vicente Fox le respondió en la red social Twitter -la actual X-, con sorprendente dignidad, entre otras cosas: “tu boca es el más repugnante hoyo para mierda en el mundo” (“your mouth es the foulest shithole in the world”).

Es lo único acertado que le he escuchado a Fox, desde que, proyectando una imagen favorable como gobernador del central estado mexicano de Guanajuato (1995-1999), llegó a la presidencia de México -en la cual se reveló como, en el mejor de los casos, un absoluto inepto-.

No obstante su notoria xenofobia, su acendrado racismo, el dictador aspirante al Premio Nobel de la Paz es descendiente de inmigrantes -pero, europeos, o sea, del primer mundo, o sea, aceptables-.

Su madre, Mary Anne McLeod, era escocesa -casada con el neoyorquino Fred Trump, a su vez, hijo de inmigrantes alemanes-.

Sumado a ello, su primera esposa, Ivana Zelníčková (1949-2022) fue una ciudadana checa naturalizada estadounidense, y su tercera -y actual- esposa, Melanja (ahora, Melania) Knavs (nacida en 1970), es una ciudadana eslovena también naturalizada estadounidense.

La excepción marital ha sido Maria Staples (nacida 1963), oriunda de Estados Unidos
-específicamente, la ciudad de Cohutta, en el sudoriental estado de Georgia, a su vez, uno de los territorios del racismo nacional, hogar del grupo supremacista blanco y terrorista Ku Klux Klan (KKK) -.

Ivana (casada en 1977-1990, con Trump) fue la madre de tres de los cinco hijos del autócrata -Donald Jr, Ivanka, Eric-, mientras que Melania (matrimonio iniciado en 2005) lo es del más joven -Barron-, y María (Mrs. Trump en 1993-1999) es la madre de Tiffany -la menos conocida del quinteto-.

De modo que todos los hijos del déspota son descendientes de inmigrantes “clase A”
-cuatro de ellos, directamente-.

La coherencia de Trump se manifiesta solamente en su egolatría -porque, como esposo de inmigrantes, es contradictorio, hasta en su xenofobia-.

Lo que el autócrata no admite, en ninguna circunstancia, es que se lo contradiga, que no se acate su autoritarismo, que alguien se salga del verticalismo -características de, invariablemente, todas las tiranías que la humanidad ha conocido, y de las que, ineludiblemente, conocerá-.

Esto significa que el delito de no doblegarse ante la dictadura trumpista es castigado con represión, trátese de inmigrantes en situación irregular, o de ectranjeros naturalizados -algunos, con años, inclusive décadas, de residencia legal en el país-, o de personas nacidas en Estados Unidos -con perfil étnico/aspecto, de inmigrantes del Tercer Mundo-.

El Departamento de Seguridad Interna (Department of Homeland Security, DHS) es la dependencia encargada de implementar la política el terror de Estado.

La extremista fuerza represiva ejecutora, en el terreno, de esa política -mediante detenciones con características de secuestro, enmarcadas en abuso de autoridad- es el escuadrón de estilo nazi denominado Control de Inmigración y Aduanas (Immigration and Customs Enforcement, ICE).

Actuando, frecuentemente, con el rostro cubierto, no uniformados -solamente usando chaleco antibalas con inscripciones tales como “POLICE ICE” (POLICÍA ICE), o “POLICE”-, los matones tienden emboscadas callejeras, irrumpen en lugares de trabajo, invaden juzgados, entre otras ilegítimas acciones terroristas, sin respetar género ni edad.

Es así como, aplicando la racista técnica de perfil étnico, secuestran, en vía pública, a transeúntes, o llevan a cabo allanamientos -por lo general, con abuso de fuerza- en centros laborales donde sospechan que encontrarán trabajadores en situación irregular -incluidos establecimientos agrícolas, cuya mano de obre es, en proporción considerable, inmigrante-.

Igualmente, invaden juzgados a los cuales suelen acudir extranjeros en cumplimiento de trámites para, precisamente, regularizar su respectivo estatus migratorio.

Los matones de ICE también perpetran operativos en centros de educación, lo mismo que en instalaciones de culto religioso.

Ese variado modus operandi represivo del DHS, principalmente a través de ICE, cumple el dictatorial propósito de generar incertidumbre, lo que se traduce, por ejemplo, en la decisión de trabajadores agrícolas extranjeros de no presentarse a cumplir tareas.

También implica, para altos números de madres/padres, la terrible decisión d no enviar, a sus hijos, a centros educativos.

Al respecto, medios de comunicación han informado sobre inmigrantes detenidos sin permitírseles comunicación con sus hijos quienes se hallaban en clase.

En el contexto de atroz represión xenofóbica, Trump está enviando, a diferentes países, a inmigrantes detenidos por las hordas ICE.

Lo ha hecho a lugares que son escenarios bélicos -por ejemplo, Sudán del Sur-, donde la seguridad de los detenidos pasa a un elevado nivel de vulnerabilidad.

El destino predilecto es El Salvador, con cuyo tirano, Nayib Bukele, mantiene un idilio político, cimentado principalmente en la mentalidad represiva que caracteriza a ambos corruptos personajes.

En ese país centroamericano, los detenidos son encerrados en el Centro de Contención del Terrorismo (Cecot) -engañoso nombre del campo de concentración, construido en 2022, donde los reclusos son mantenidos en permanente régimen de violación absoluta de los derechos humanos-.

Las exportaciones humanas al Cecot implican, entre otras barbaridades, que Trump está subcontratando offshore a torturadores, trasladando, ese delito de lesa humanidad, fuera de Estados Unidos -lo que no significa que, en el país norteamericano, se lo erradique-.

La dictadura trumpiana también analiza la perspectiva de retirar la ciudadanía estadounidenses, a extranjeros naturalizados, lo mismo que a personas nacidas, en Estados Unidos, de padres inmigrantes.

Al respecto, lo mismo que algunos funcionarios de su administración, Trump ha formulado cuestionamientos al derecho a la ciudadanía por nacimiento (birthright citizenship).

Ello es flagrantemente contrario a lo establecido en la decimocuarta de las 27 enmiendas a la Constitución estadounidense.

En la primera de sus cinco secciones, la Enmienda 14 -que data de 1868-, establece, claramente, entre otras disposiciones, que “todas las personas nacidas o naturalizadas en Estados Unidos, y sujetas a su jurisdicción, son ciudadanos de Estados Unidos”.

“Ningún Estado hará o implementará ninguna ley que restrinja los privilegios o las inmunidades de los ciudadanos de Estados Unidos”, agrega, con similar precisión.

En innegable violación a esa reforma constitucional, Trump aseguró, el 12 de julio, dictatorialmente, que estaba pensando la posibilidad de retirar, específicamente a la actriz/comediante Rosie O’Donnell, la ciudadanía estadounidense.

O’Donnell, simpatizante del ex gobernante y ahora opositor Partido Demócrata, es oriunda del Condado de Suffolk, en la nororiental ciudad estadounidense de Nueva York.

Pero mantiene, con Trump, una disputa que data de antes de la primera candidatura presidencial (2016) del autócrata.

De modo que no es de extrañar que Trump la haya puesto en su mira diversofóbica y misógina, porque la artista -hija de un inmigrante irlandés y una nacional estadounidense de ascendencia irlandesa- reveló, en 2002, que es lesbiana.

En el mundo Maga, el delito de O’Donnell consiste en tres componentes básicos: ser mujer, tener ascendencia extranjera, y pertenecer a la comunidad sexualmente diversa -además de haber adoptado a sus hijos-.

La actriz se trasladó a Irlanda, en 2025 -poco antes de la segunda asunción presidencial de Trump, el 20 de enero-.

En declaraciones que formuló entonces, O’Donnell dijo que lamenta, profundamente, “ver qué está pasando políticamente”.

En su desquiciamiento xenofóbico, el autócrata escribió, el 12 de julio, en la red social Truth Social -de su propiedad-, que, “a causa del hecho de que Rosie O’Donnell no es del mejor interés de nuestro Gran País, estoy dando seria consideración a retirarle la Ciudadanía”.

“Ella es una Amenaza para la Humanidad, y debe permanecer en el maravilloso País de Irlanda, si la quieren”, agregó, en una más de sus habituales/desquiciadas exageraciones
-las que, por su reiteración y magnitud, hacen dudar sobre su salud mental-.

La demoledora respuesta de O’Donnell llegó al día siguiente, por la vía de la red social Instagram.

“Soy todo lo que temés: una mujer estridente, una mujer queer (homosexual), una madre que dice la verdad, una estadounidense que salió del país antes de que lo incendiaras”, expresó.

“Vos sos todo lo que está mal en Estados Unidos, y yo soy todo lo que odiás que todavía está bien”, agregó.

La artista amplió sus comentario, en declaraciones, el mismo día, a la emisora irlandesa RTÉ Radio 1.

“Reaccioné con un pequeño post que escribí en cinco minutos, y que ha tenido mucha atención, en línea”, dijo, respecto a su mensaje en Instagram.

En cuanto a Trump y su nefasta política general, planteó, con plena claridad: “estoy muy orgullosa por oponerme puntualmente a cada cosa que él dice, hace, y representa”.

Por si la histeria xenofóbica no fuese suficiente, surgen las de mediocres personajes de Magalandia, como, en el caso más reciente, lo expresado por tres legisladores estadounidenses, quienes restaron importancia al hecho de que, en sus barridas violatorias de los derechos humanos, las hordas de ICE detengan a ciudadanos estadounidenses.

El senador Tommy Tuberville, y los representantes Troy Nehls y Ralph Norman, respondieron así a la pregunta “a usted le importa si ciudadanos estadunidense son Capitolio -la sede legislativa estadounidense-, por el director del medio de comunicación Migrant Insider, Pablo Manríquez -pregunta y respuestas reproducidas por el medio de comunicación estadounidense The New Republic.

Según Tuberville la regla de oro para evitar detención por parte de agentes -no siempre uniformados, casi siempre enmascarados- de ICE: “no se junten con ilegales”.

Por lo tanto, “primero de todo, no se pongan en una situación donde eso ocurre”, fue otro consejo del xenofóbico senador.

“Estoy seguro de que, con los ilegales que tenemos en este país, ocurren algunas equivocaciones”, aseguró, para agregar que “eso va a pasar”.

“Pero, si usted va a estar juntándose con gente que no son ciudadanos de este país, cosas como esa, probablemente, van a ocurrir”, planteó, como reflexionando.

Como parte de su igualmente inaceptable respuesta, Nehls dijo, derrochando xenofobia, que, “si sos ilegal, no tenés que estar aquí”.

Y, para justificar las detenciones de ciudadanos estadounidenses, se permitió afirmar: “bueno, posiblemente mucha gente tampoco puede demostrar que son ciudadanos estadounidenses, (no) tienen los documentos”.

“No es un gran problema, realmente, realmente no lo es”, agregó, respecto a la posibilidad de detención “por más de tres días”.

Norman también fue clarísimo, al responder que “no, eso no me preocupa”, aclarando que “me preocupa la ley y el orden en Estados Unidos”.

Por lo tanto, ser ciudadano estadounidense por nacimiento, no exime, en Magalandia, de la arbitrariedad nazi que caracteriza a la rápidamente consolidada dictadura trumpiana.

Como parte de todo lo anterior, Trump es intolerante, afecto a descalificar cualquier crítica lo mismo que cualquier revelación de la verdad, y cualquier acto de insumisión.

Es así como, en su recurrente intento por descalificar a los medios de comunicación no alineados en su verticalidad, el tirano etiqueta la información que no le gusta, como fake news (noticias falsas), y se refiere a esos medios con insultantes calificativos, tales como como “basura”.

Un ejemplo de ello es la prohibición impuesta, a periodistas de la histórica agencia informativa estadounidense The Associated Press (AP), de acceso a la Oficina Oval (la oficina prudencial) de la Casa Blanca -lo que implica la dictatorial práctica de censura-.

Esto, porque, en su material informativo, la AP mantiene -como corresponde- la denominación del Golfo de México, tal como es, negándose a usar la arbitraria/ridícula/ofensiva etiqueta trumpista de “Golfo de Estados Unidos” (“Gulf of America”).

Con esa patética decisión, el autócrata imperialista violó, simultáneamente, la Declaración Universal de los Derechos Humanos -aprobada, por Naciones Unidas, en 1948- y la Convención Interamericana sobre Derechos Humanos -aprobada, por la Organización de los Estados Americanos, en 1969-.

En el 19 de sus 30 artículos, a declaración establece, entre otras, la libertad de información.

“Todo individuo tiene derecho a las libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de (…) investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Coincidentemente, en el primero de los cinco incisos del 13 de sus 82 artículos, la convención continental determina, entre otras disposiciones, que “toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento y de expresión”.

“Este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole (…) ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento”, agrega, a continuación.

Y, en el segundo inciso, precisa que “el ejercicio del derecho previsto en el inciso precedente no puede estar sujeto a censura previa”.

De modo que, sobre la base de negar la naturaleza tiránica de Trump, llega, al Comité Nobel, la insultante nominación impulsada por Netanyahu.

Quizá, como parte de su descontrolada egomanía, Trump aspira a ser el primer galardonado Nobel tonalidad naranja.

Lo cierto es que Netanyahu -un fugitivo criminal de guerra- no tiene autoridad moral para nominar a nadie, ni Trump -su cómplice- reúne los requisitos siquiera mínimos para aspirar al premio.

La historia humana desborda aberraciones.

Es de esperar que esta no se materialice.

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