Faroles y silencio: cuando la comunicación se interrumpe

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Cartago, 14 de setiembre de 2026 — El caso de una participación fragmentada

El 14 de setiembre de 2026, organizaciones sociales, sindicatos y colectivos en 26 puntos del país llevaron adelante una «Faroleada por la Democracia». Fue, en intención, un acto que retomaba la tradición cívica de los faroles para expresar demandas contemporáneas. En Cartago, donde simultáneamente se recibía la Antorcha de la Independencia, lo que ocurrió reveló tensiones profundas sobre cómo funciona — o deja de funcionar — la comunicación en momentos de polarización política.

La fragmentación como comunicación fallida

Según los tres libros de «Desinformación y democracia: retos para los organismos electorales» (Ford et al., TSE-IFED 2024), «Herramientas de comunicación política» (Sibaja Quesada, TSE-IFED 2020) y «Comunicación para el Desarrollo Rural: Directrices para la Planificación y la Formulación de Proyectos» (FAO 2016) para entender comunicación y democracia, existe un principio básico: «La comunicación es importante para sustentar el desarrollo participativo. La comunicación y la participación son, de hecho, las dos caras de la misma moneda». Esa máxima, establecida por especialistas en comunicación política, se vio invertida el 14 de setiembre en la Plaza Mayor de Cartago.

El operativo policial instaló un cerco sin precedentes: barreras metálicas, puestos de revisión con solicitud de cédula, verificación de bultos. Pero más allá de los elementos físicos, lo que quedó fragmentado fue la comunicación. Un grupo de aproximadamente 200 simpatizantes del gobierno — trasladados desde Limón, Puntarenas y Guanacaste — accedió a la plaza. Simultáneamente, ciudadanos cartagos que deseaban expresar su voz fueron excluidos del espacio central, quedando separados por una barrera que era, también, una barrera comunicacional.

El silenciamiento como acto político

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura sostiene que «la comunicación se relaciona directamente con el desarrollo sostenible: es el medio que garantiza la participación de la gente y la apropiación del proceso de cambio por las personas». Cuando esa comunicación se interrumpe — cuando personas que desean hablar son excluidas del espacio donde se transmite un mensaje oficial — algo distinto ocurre: la apropiación se quiebra, pero también surge una pregunta sobre qué se está comunicando realmente.

Los reportes de medios documentaron que ciudadanos no simpatizantes fueron cuestionados sobre su identidad, requiriendo pruebas documentales para acceder. Una mujer manifestó a prensa: «Nosotros disfrutamos el 14 de setiembre, los faroles y recordar nuestra independencia, pero esta forma en que nos hacen tres revisiones como si trajéramos una bomba, eso no se vale, nunca ha pasado en este país».

Lo que comunicaba ese acto de revisión triple no era seguridad. Era desconfianza selectiva. Era, en los términos de especialistas en desinformación electoral, una forma de «distorsión de la información» — no a través de palabras falsas, sino a través de la exclusión de voces.

Cuando la polarización habla más que los faroles

Los especialistas en comunicación política advirtieron años atrás: «La comunicación es tender puentes de entendimiento en una comunidad humana mediante el intercambio de mensajes que enriquezcan el sentido y el conocimiento común, con frecuencia con el propósito de aceptar el cambio».

En Cartago el 14 de setiembre no había puentes. Había líneas. Del lado de la Plaza Mayor, un grupo gritaba «Viva Laura». Del otro lado, fuera del perímetro, ciudadanos gritaban «Páguele a la Caja» y «Páguele a la Cruz Roja». Dos multitudes. Dos mensajes. Cero intercambio.

Los reportes sobre altercados verbales — increpaciones de «comunistas» contra quienes estaban fuera, gritos de respuesta desde afuera — evidenciaban que la comunicación había devenido en monólogos antagónicos. No había comunicación. Había declaraciones de guerra retórica. La FAO advierte que «muchos fracasos en la historia del desarrollo pueden atribuirse a dos factores esenciales entrelazados: la falta de participación y la falta de comunicación efectiva». Cartago experimentó ambas simultáneamente.

El teatro de la seguridad como narrativa política

Lo que sucedió físicamente — el cerco, los controles, la división espacial — fue, también, un acto comunicacional. Las autoridades municipales justificaron posteriormente que los perímetros fueron menores que en épocas anteriores, remitiendo a «épocas del TLC y el combo del ICE» cuando la seguridad fue más restrictiva.

Pero esa narrativa de justificación llegó después. En el momento, lo que se comunicaba era: «tu credencial política determina si tienes derecho a estar aquí». Eso no es seguridad pública. Es comunicación política mediante exclusión.

Un especialista en comunicación para el desarrollo explicó que «el entendimiento de los diferentes objetivos y tipos de comunicación es el primer paso hacia una mejor comprensión del campo de la comunicación para el desarrollo». Lo que faltó en Cartago fue exactamente eso: comprensión compartida de qué se estaba comunicando. Para quienes estaban adentro de la plaza, se comunicaba legitimidad de gobierno. Para quienes estaban afuera, se comunicaba represión. El mismo acto físico — el cerco — significaba cosas completamente distintas según de qué lado uno estuviera.

El resto del país escuchó otra narrativa

Mientras en Cartago la comunicación se fragmentaba, en el Parque Morazán de San José se desarrollaba una «Faroleada» de centenares de personas que gritaban consignas de defensa de la democracia, de la CCSS, de la independencia judicial. Esos ciudadanos — sin barreras, sin revisiones triple, sin división espacial — realizaban lo que la FAO llamaría «diálogo social»: «facilitar la planificación participativa y de abajo hacia arriba» donde se expresan «percepciones, conocimientos, habilidades y actitudes» del ciudadano común.

En 26 puntos del país, la «Faroleada por la Democracia» fue —según reportes— mayoritariamente pacífica. Los ciudadanos llevaron faroles. Gritaron consignas. Expresaron demandas. Pero no fueron excluidos del espacio donde eso ocurría.

Cartago fue la excepción. Y eso comunica algo.

El silencio como fracaso comunicacional

Gina Sibaja Quesada, especialista en comunicación política, advirtió que «el establecimiento del diálogo entre los actores principales» es «valioso, y a menudo indispensable» para «cualquier tipo de proyecto». En Cartago no había proyecto compartido. Había dos proyectos enfrentados, intentando ocupar el mismo espacio, separados por una barrera metálica.

El problema no fue la barrera. El problema fue que nadie parecía querer conversar sobre por qué estaba allí. Los simpatizantes del gobierno dentro no decían: «Queremos que participen, pero necesitamos estas medidas por X razón, converse con nosotros». Los opositores afuera no decían: «Entendemos la seguridad, pero proponemos Y alternativa».

Lo que ocurrió fue lo opuesto a la comunicación: fue incomunicación estructurada. Fue diálogo hecho imposible por diseño.

Antecedentes de una fractura que no comenzó el 14 de setiembre

Los estudios sobre desinformación electoral y polarización advierten que «cuando la polarización política se agudiza, cuando candidatos y movimientos compiten en plataformas digitales con fragmentadas audiencias, donde la capacidad de comunicar con claridad determina tanto la credibilidad personal como institucional», tiende a suceder lo que vimos en Cartago: que los espacios públicos se conviertan en territorios disputados más que en ágoras compartidas.

El 14 de setiembre de 2026 fue simplemente cuando eso se hizo visible. Fue cuando la comunicación política que había ocurrido de forma dispersa en meses anteriores — en redes sociales, en medios, en conversaciones de pasillo — se condensó en un lugar físico y alguien decidió que no todos podrían estar en ese lugar al mismo tiempo.

Lo que los faroles no pudieron iluminar

Los faroles tienen una larga historia en Costa Rica como símbolos de participación popular pacífica. Fueron instaurados como desfile en 1953, retomando un símbolo que en Centroamérica remonta a la independencia de 1821. Son, en esencia, «un medio para ampliar y profundizar la interrelación entre los muchos temas y diferentes áreas del conocimiento», según la FAO. Son expresión de diversidad dentro de un marco compartido.

El 14 de setiembre de 2026 en Cartago, los faroles se llevaron a dos lados de una barrera. Illuminaban espacios separados. No iluminaban puentes entre esos espacios. No revelaban caminos de comunicación. Simplemente marcaban la distancia entre dos grupos que, aunque ocupaban la misma ciudad y celebraban la misma fecha patria, no estaban en condiciones de comunicar.

Una pregunta que permanece

La FAO establece un principio: «Si las comunidades toman el liderazgo de los programas y proyectos destinados a mejorar sus vidas, es probable que esos programas sean más eficaces y sostenibles una vez que la asistencia técnica externa se haya retirado». En Cartago, ningún grupo comunitario tomó el liderazgo de nada. La comunicación fue impuesta desde arriba: desde autoridades que decidieron quién podía estar, desde gobiernos locales y nacionales que establecieron perímetros y controles, desde una estructura de poder que dijo «sí» a unos y «no» a otros.

Lo que quedó después fue la pregunta silenciosa que flota sobre el 14 de setiembre de 2026 en Cartago: ¿Cómo se reconstruye comunicación cuando la estructura misma que debería garantizarla — el espacio público, las instituciones democráticas, la convocatoria cívica — se convierte en instrumento de exclusión?

Los faroles brillaron esa noche. Pero no iluminaron la respuesta a esa pregunta.

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